Violencia
y metafísica.
Ensayo sobre el pensamiento de Emmanuel Levinas.
Jacques Derrida
Extraído
de:
La escritura y la diferencia
Jacques Derrida
Traducción de Patricio Peñalver
Ed. Anthropos, Barcelona, 1989
Hebraism and Hellenism: between these two points of influence moves out
world. At one time it feels more powerfully the attraction of one of them,
at another time of the other; and it ought to be, though it never is,
evenly and happily balanced between them.
MATTHEW ARNOLD
Culture and anarchy
Que la filosofía haya muerto ayer, después de Hegel o Marx,
Nietzsche o Heidegger -y aun así la filosofía tendría
que errar hacia el sentido de su muerte- o que haya vivido siempre de
saberse moribunda, lo que se confiesa silenciosamente en la sombra que
produce la expresión misma que declaró la philosophia
perennis; que haya muerto un día, en la historia, o que haya
vivido siempre de agonía y de abrir violentamente la historia arrancándole
su posibilidad contra la no-filosofía, su fondo adverso, su pasado
o su facticidad, su muerte y su recurso; que más allá de
esta muerte o de esta mortalidad de la filosofía, quizás
incluso gracias a ellas, el pensamiento tenga un porvenir o incluso, se
dice hoy, esté todo él por venir a partir de lo que se reservaba
todavía en la filosofía; más extrañamente
todavía, que el porvenir tenga él mismo así un porvenir:
todas estas cuestiones no son capaces de respuesta. Son, por nacimiento
y por una vez al menos, problemas que se plantean a la filosofía
como problemas que ella no puede resolver.
Quizás, incluso, estas cuestiones no son filosóficas, no
son ya de la filosofía. Deberían ser sin embargo las únicas
que pueden fundar hoy la comunidad de lo que, en el mundo, se llama todavía
los filósofos por un recuerdo, al menos, que habría que
interrogar sin cesar, y a pesar de la diáspora de los institutos
o de las lenguas, de las publicaciones y de las técnicas que se
ponen en movimiento, se engendran por sí mismas y se acrecientan
como el capital o la miseria. Comunidad de la cuestión, pues, en
esta frágil instancia en que la cuestión no está
todavía suficientemente determinada como para que la hipocresía
de una respuesta se haya inducido ya bajo la máscara de la cuestión,
como para que su voz se haya dejado ya articular fraudulentamente en la
sintaxis misma de la cuestión. Comunidad de la decisión,
de la iniciativa, de la inicialidad absoluta, pero amenazada, en que la
cuestión no ha encontrado todavía el lenguaje que ha decidido
buscar, no se ha asegurado en éste todavía acerca de su
propia posibilidad. Comunidad de la cuestión acerca de la posibilidad
de la cuestión. Es poco -no es casi nada-, pero ahí se refugian
y se resumen hoy una dignidad y un deber intangibles de decisión.
Una intangible responsabilidad.
¿Por qué intangible? Porque lo imposible ha tenido lugar ya.
Lo imposible según la totalidad de lo cuestionado, según
la totalidad de lo ente, de los objetos y de las determinaciones, lo imposible
según la historia de los hechos ha tenido lugar: hay una historia
de la cuestión, una memoria pura de la cuestión pura que
autoriza quizás en su posibilidad toda herencia y toda memoria
pura en general y como tal. La cuestión ha comenzado ya, lo sabemos,
y al concernir esta extraña certeza a otro origen absoluto, a otra
decisión absoluta, al asegurarse del pasado de la cuestión,
libera una enseñanza inconmensurable: la disciplina de la cuestión.
A través (a través, es decir, que hace falta ya saber leer)
de esta disciplina que no es todavía, incluso, la tradición
ya inconcebible de lo negativo (de la determinación negativa),
y que es muy anterior a la ironía, a la mayéutica, a la
epoché y a la duda, se anuncia una orden: la cuestión
debe ser guardada. Como cuestión. La libertad de la cuestión
(genitivo doble) debe ser dicha y resguardada. Morada fundada, tradición
realizada de la cuestión que se mantiene como cuestión.
Si este mandato tiene una significación ética, no es por
pertenecer al dominio de la ética, sino por autorizar -ulteriormente-
toda ley ética en general. No hay ley que no se diga, no hay mandato
que no se dirija a una libertad de palabra. No hay, pues, ni ley ni mandato
que no confirme y no encierre -es decir, que no disimule presuponiéndola-
la posibilidad de la cuestión. La cuestión está así
siempre encerrada, no aparece jamás inmediatamente como tal, sino
solamente a través del hermetismo de una proposición en
que la respuesta ha empezado ya a determinarla. Su pureza no hace nunca
otra cosa que anunciarse o recordarse a través de la diferencia
de un trabajo hermenéutico.
Así, los que se cuestionan acerca de la posibilidad, la vida y
la muerte de la filosofía están ya prendidos, sorprendidos
en el diálogo de la cuestión acerca de sí misma y
consigo, están ya en memoria de filosofía, inscritos en
la correspondencia de la cuestión con ella misma. Pertenece, pues,
esencialmente al destino de esta correspondencia el que llegue a especular,
a reflexionarse, a cuestionar acerca de sí en sí. Entonces
comienza la objetivación, la interpretación segunda y la
determinación de su propia historia en el mundo; entonces comienza
un combate que se sostiene en la diferencia entre la cuestión en
general y la "filosofía" como momento y modo determinados -finitos
o mortales- de la cuestión misma. Diferencia entre la filosofía
como poder o aventura de la cuestión misma y la filosofía
como acontecimiento o giro determinados en la aventura.
Esta diferencia se piensa mejor hoy. Que llegue a la claridad y se piense
como tal es sin duda el rasgo más inaparente al historiador de
los hechos, de las técnicas o de las ideas, el más inesencial
a sus ojos. Pero es quizás, comprendido con todas sus implicaciones,
el carácter más profundamente inscrito de nuestra época.
Pensar mejor esta diferencia, ¿no sería, en particular, saber
que si algo debe ocurrir todavía a partir de la tradición
en la que los filósofos se saben siempre sorprendidos, eso será
a condición de un incesante requerir su origen, y de esforzarse
rigurosamente por mantenerse en la mayor proximidad con éste? Lo
que no es balbucear y acurrucarse perezosamente en el fondo de la infancia.
Sino precisamente lo contrario.
Cerca nuestro, y después de Hegel, en su inmensa sombra, las dos
grandes voces por las que nos ha sido dictada esta repetición total,
que nos han despertado, en las que ha sido reconocida dicha repetición
de la mejor manera como la primera urgencia filosófica, son, sin
duda, las de Husserl y de Heidegger. Ahora bien, a pesar de las más
profundas desemejanzas, este recurso a la tradición -que no tiene
nada de tradicionalismo- está orientado por una intención
común a la fenomenología husserliana y a lo que llamaremos
provisionalmente, por aproximación y comodidad, la "ontología" (ii)
heideggeriana.
Así, muy sumariamente:
1. La totalidad de la historia de la filosofía se piensa a partir
de su fuente griega. No se trata, se sabe, de occidentalismo o de historicismo.
(iii). Simplemente, los conceptos fundadores de la
filosofía son en primer lugar griegos, y no sería posible
filosofar o pronunciar la filosofía fuera de su elemento. Que Platón
sea a los ojos de Husserl el instituidor de una razón y de una
tarea filosóficas cuyo telos dormía todavía
en la sombra; que marque, por el contrario, para Heidegger, el momento
en que el pensamiento del ser se olvida y se determina en filosofía,
esta diferencia sólo es decisiva al final de una raíz común
que es griega. La diferencia es fraternal en la descendencia, sometida
por entero a la misma dominación. Dominación de lo mismo,
también, que no se borrará ni en la fenomenología
ni en la "ontología".
2. La arqueología a la que nos conducen, por vías diferentes,
Husserl y Heidegger prescribe, cada vez; una subordinación o una
transgresión, en todo caso una reducción de la metafísica.
Incluso si ese gesto tiene, en cada caso, al menos en apariencia, un sentido
muy diferente.
3. En fin, la categoría de lo ético no está ahí
solamente disociada de la metafísica, sino ordenada a otra cosa
que ella misma, a una instancia anterior y más radical. Cuando
no lo está, cuando la ley, el poder de resolución y la relación
con el otro alcanzan la arché, pierden con ello su especificidad
ética. (iv)
Estos tres motivos, en cuanto que se ordenan a la única fuente
de la única filosofía, indicarían la única
dirección posible para todo recurso filosófico en general.
Si hay abierto un diálogo entre la fenomenología husserliana
y la "ontología" heideggeriana, dondequiera que se encuentren éstas
más o menos directamente implicadas, sólo en el interior
de la tradicionalidad griega parece poder entenderse. En el momento en
que la conceptualidad fundamental salida de la aventura greco-europea
está en curso de apoderarse de la humanidad entera, estos tres
motivos pre-determinarían, pues, la totalidad del logos y de la
situación histórico-filosófica mundial. Ninguna filosofía
podría conmoverlos sin comenzar por someterse a ellos o sin acabar
por destruirse ella misma como lenguaje filosófico. En una profundidad
histórica que la ciencia y las filosofías de la historia
no pueden más que presuponer, nos sabemos, pues, confiados a la
seguridad del elemento griego, en un saber y en una confianza que no serían
ni costumbres ni comodidades, sino que nos permitirían, por el
contrario, pensar todo peligro y vivir toda inquietud o todo infortunio.
Por ejemplo, la consciencia de crisis no expresa para Husserl más
que el recubrimiento provisional, casi necesario, de un motivo trascendental
que a su vez, en Descartes y Kant, comenzaba a cumplir el designio griego:
la filosofía como ciencia. Cuando Heidegger dice, por ejemplo,
que "desde hace tiempo, demasiado tiempo ya, el pensamiento está
en seco", como pez en tierra, el elemento al que quiere hacerlo volver
es todavía -ya- el elemento griego, el pensamiento griego del ser,
el pensamiento del ser cuya irrupción o llamada habrían
dado lugar a Grecia. El saber y la seguridad, pues, de la que hablamos
no están en el mundo: son más bien la posibilidad de nuestro
lenguaje y el asiento de nuestro mundo.
En esta profundidad es donde nos haría temblar el pensamiento de
Emmanuel Levinas.
En el fondo de la sequedad, en el desierto que crece, este pensamiento
que no quiere ser ya, en su fundamento, pensamiento del ser y de la fenomenalidad,
nos hace barruntar una desmotivación y una desposesión inauditas:
1. En griego, en nuestra lengua, en una lengua enriquecida con todos los
aluviones de su historia -y ya se anuncia nuestra cuestión-, en
una lengua que se acusa a sí misma de un poder de seducción,
del que disfruta sin cesar, este pensamiento nos aboca a la dislocación
del logos griego; a la dislocación de nuestra identidad, y quizás
de la identidad en general; nos aboca a abandonar el lugar griego, y quizás
el lugar en general, hacia lo que no es ya siquiera una fuente ni un lugar
(demasiado acogedores de los dioses), hacia una respiración, hacia
una palabra profética que ha soplado ya no solamente antes de Platón,
no solamente antes de los presocráticos, sino más acá
de todo origen griego, hacia lo otro de lo Griego (pero lo otro de lo
Griego, ¿será lo no-Griego? Sobre todo: ¿podrá
nombrarse como lo no-Griego? Y nos aproximamos a nuestra cuestión).
Pensamiento para el que la totalidad del logos griego ha sobrevenido ya,
humus apaciguado no sobre un suelo, sino alrededor de un volcán
más antiguo. Pensamiento que quiere, sin filología, por
la mera fidelidad a la desnudez inmediata pero enterrada de la experiencia
misma, liberarse de la dominación griega de lo Mismo y de lo Uno
(otros nombres para la luz del ser y del fenómeno) como de una
opresión, cierto que no parecida a ninguna otra en el mundo, opresión
ontológica o trascendental, pero también origen y coartada
de toda opresión en el mundo. Pensamiento, en fin, que quiere liberarse
de una filosofía fascinada por"la faz del ser que aparece en la
guerra" y"se decanta en el concepto de totalidad que domina la filosofía
occidental" (5, X).
2. Este pensamiento quiere, no obstante, definirse en su posibilidad primera
como metafísica (noción griega, sin embargo, si seguimos
la vena de nuestra cuestión). Metafísica que Levinas quiere
liberar de su subordinación, y cuyo concepto quiere restaurar contra
la totalidad de la tradición salida de Aristóteles.
3. Este pensamiento apela a la relación ética -relación
no violenta con lo infinito como infinitamente-otro, con el otro- que
podría, y sólo ella, abrir el espacio de la trascendencia
y liberar la metafísica. Ello sin apoyar la ética y la metafísica
sobre otra cosa que ellas mismas y sin mezclarlas con otras aguas en su
surgimiento.
Se trata, pues, de una potente voluntad de explicación con la historia
de la palabra griega. Potente puesto que, si esta tentativa no es la primera
de su género, el caso es que alcanza en el diálogo una altura
y una penetración en que los griegos -y en primer lugar esos dos
griegos que son todavía Husserl y Heidegger- son intimados a responder.
La escatología mesiánica en la que se inspira Levinas, si
no quiere ni asimilarse a lo que se llama una evidencia filosófica,
ni siquiera "completar" (5, X) la evidencia filosófica,
no se desarrolla, sin embargo, en su discurso ni como una teología
ni como una mística judías (incluso se puede entender como
el proceso de la teología y de la mística), ni como una
dogmática, ni como una religión, ni siquiera como una moral.
Esta tentativa no se apoya nunca en última instancia en la autoridad
de tesis o textos hebreos. Quiere hacerse entender en un recurso a la
experiencia misma. La experiencia misma, y lo que hay de más irreductible
en la experiencia: paso y salida hacia lo otro, lo otro mismo en lo que
tiene de más irreductiblemente otro: el otro. Recurso que no se
confunde con lo que se ha llamado siempre un procedimiento filosófico,
pero que llega a un punto en que la filosofía excedida no puede
no estar concernida. A decir verdad, la escatología mesiánica
no llega a proferirse literalmente jamás: se trata solamente de
designar en la experiencia desnuda un espacio, un hueco donde aquélla
pueda oírse y donde deba resonar. Este hueco no es una abertura
entre otras. Es la abertura misma, la abertura de la abertura, lo que
no se deja encerrar en ninguna categoría o totalidad, es decir,
todo lo que, en la experiencia, no se deja ya describir en la conceptualidad
tradicional y resiste, incluso, a todo filosofema.
¿Qué significan esta explicación y este desbordamiento
recíprocos de dos orígenes y de dos palabras históricas,
el hebraísmo y el helenismo? ¿Se anuncian ahí un impulso
nuevo, alguna extraña comunidad que no sea el retorno en espiral
de la promiscuidad alejandrina? Si se piensa que también Heidegger
quiere abrir el paso a una palabra antigua que, apoyándose en la
filosofía, lleve más allá o más acá
de la filosofía, ¿qué significan aquí este otro
paso y esta otra palabra? Y sobre todo, ¿qué significa este
requerido apoyarse en la filosofía en el que aquéllas siguen
dialogando? Este espacio de interrogación es el que hemos elegido
para una lectura -muy parcial- (v) de la obra de Levinas.
Desde luego, no tenemos la ambición de explorar ese espacio, ni
siquiera a título de un tímido comienzo. Apenas vamos a
intentar indicarlo, y de lejos. Querríamos en primer lugar, en
el estilo del comentario (y a pesar de algunos paréntesis y notas
en que se contendrá nuestra perplejidad), ser fieles a los temas
y a las audacias de un pensamiento. También en su historia, cuya
paciencia y cuya inquietud resumen ya, y soportan, la interrogación
recíproca de la que queremos hablar..(vi) Después
intentaremos plantear algunas cuestiones. Si consiguiesen aproximarse
al alma de esta explicación, en ningún caso serán
objeciones: sino más bien las cuestiones que nos plantea Levinas.
Acabamos de decir "temas" e "historia de un pensamiento". La dificultad
es clásica, y no es sólo de método. La brevedad de
estas páginas la agravará. No escogeremos. Nos negaremos
a sacrificar la historia del pensamiento y de las obras de Levinas al
orden y al haz de temas -no hay que decir sistema- que se reúnen
y se enriquecen en el gran libro: Totalidad e infinito. Pues
si hay que creer, por una vez, al mayor acusado del proceso instruido
en este libro, el resultado no es nada sin el devenir. Pero no sacrificaremos
tampoco la unidad fiel a sí misma de la intención, al devenir
que no sería entonces más que un puro desorden. No escogeremos
entre la abertura y la totalidad. Seremos, pues, incoherentes, pero sin
resolvernos sistemáticamente a la incoherencia. Estará en
el horizonte la posibilidad del sistema imposible para resguardarnos del
empirismo. Sin reflexionar aquí en la filosofía de esta
vacilación, anotemos entre paréntesis que, por su simple
enunciación, hemos abordado ya la problemática propia de
Levinas.
I. Violencia de la luz
La salida de Grecia estaba discretamente premeditada en la Teoría
de la intuición en la fenomenología de Husserl. Era
en 1930, en Francia, el primer gran trabajo consagrado al conjunto del
pensamiento husserliano. A través de una notable exposición
de los desarrollos de la fenomenología, tales como eran entonces
accesibles a partir de las obras publicadas y de la enseñanza del
maestro, a través de precauciones que hacían un lugar ya
a las "sorpresas" que podrían "reservar" la meditación y
los inéditos de Husserl, la reticencia era manifiesta. El imperialismo
de la theoría inquietaba ya a Levinas. Más que
cualquier otra filosofía, la fenomenología, en la huella
de Platón, debía estar afectada de luz. Al no haber sabido
reducir la última ingenuidad, la de la mirada, ésta pre-determinaba
el ser como objeto.
La acusación es todavía tímida y no forma un bloque.
a) En primer término, es difícil elevar un discurso filosófico
contra la luz. Y treinta años más tarde, cuando las acusaciones
contra el teoreticismo y la fenomenología -husserliana- lleguen
a ser los motivos esenciales de la ruptura con la tradición, será
necesario todavía que se dé en una cierta iluminación
la desnudez del rostro, esta "epifanía" de una cierta no-luz ante
la que deberán callar y desarmarse todas las violencias. En particular
la que está vinculada a la fenomenología.
b) Luego, es difícil pasarlo por alto, Husserl pre-determina tan
escasamente el ser como objeto que, en Ideas I, la existencia
absoluta sólo se le reconoce a la consciencia pura. Con frecuencia
se ha pretendido, es cierto, que la diferencia no contaba apenas, y que
una filosofía de la consciencia seguía siendo filosofía
del objeto. La lectura de Husserl por Levinas ha sido siempre, en relación
con este punto, matizada, flexible; contrastada. Ya en la Teoría
de la intuición..., la teoría se distingue justamente
de la objetividad en general. Lo veremos más adelante: la consciencia
práctica, axiológica, etc., es también, para Husserl,
una consciencia de objeto. Levinas lo reconoce netamente. La acusación
apuntaría, entonces, en realidad, al primado irreductible de la
correlación sujeto-objeto. Pero más tarde Levinas insistirá
cada vez más en aquello que, en la fenomenología husserliana,
nos lleva más allá o más acá de "la correlación
sujeto-objeto". Es, por ejemplo, "la intencionalidad en tanto relación
con la alteridad", como "exterioridad que no es objetiva", es la sensibilidad,
la génesis pasiva, el movimiento de la temporalización, (vii),etcétera.
c) Después, el sol del epékeina tes ousías
iluminará siempre para Levinas el despertar puro y la fuente inagotable
del pensamiento. No es solamente el ancestro griego del Infinito que trasciende
la totalidad (totalidad del ser o del nóema, de lo mismo o del
yo), (viii) sino el instrumento de una destrucción
de la ontología y de la fenomenología sometidas a la totalidad
neutra de lo Mismo como Ser o como Yo. Todos los ensayos agrupados en
1947 bajo el título: De la existencia al existente se
situarán bajo el signo de "la fórmula platónica que
sitúa el Bien más allá del Ser" (en Totalidad
e infinito, la "Fenomenología del Eros" describe el movimiento
del epékeina tes ousías en la experiencia misma
de la caricia). En 1947, a este movimiento que no es teológico,
que no es trascendencia hacia una "existencia superior", Levinas lo llama
"ex-cendencia". Apoyándose en el ser, la ex-cendencia es una "salida
del ser y de las categorías que lo describen". Esta ex-cendencia
ética dibuja ya el lugar-más bien el no-lugar- de la metafísica
como meta-teología, meta-ontología, meta-fenomenología.
Tendremos que volver a esta lectura del epékeina tes ousías
y a sus relaciones con la ontología. Anotemos de momento, puesto
que se trata de luz, que el movimiento platónico se interpreta
de tal manera que no conduce ya al sol, sino al más allá
mismo de la luz y del ser, de la luz del ser: "A nuestra manera nos encontramos
con la idea platónica del Bien más allá del Ser",
se leerá al final de Totalidad e infinito a propósito de
creación y fecundidad. A nuestra manera, es decir, que la ex-cendencia
ética no se proyecta hacia la neutralidad del bien, sino hacia
el otro, y que lo que (es) epékeina tes ousías
no es esencialmente luz, sino fecundidad o generosidad. La creación
no es creación más que de lo otro, no es posible sino como
paternidad, y las relaciones del padre con el hijo escapan a todas las
categorías de la lógica, de la ontología y de la
fenomenología en las que lo absoluto de lo otro es necesariamente
lo mismo. (Pero el sol platónico, ya, ¿no venía a iluminar
el sol visible?, y la ex-cendencia ¿no se ventilaba en la metá-fora
de estos dos soles? ¿No era el Bien la fuente -necesariamente nocturna-
de toda luz? Se ha hecho notar con frecuencia: el corazón de la
luz es negro. (ix) Además el sol de Platón
no ilumina solamente: engendra. El bien es el padre del sol visible que
da a los seres la "generación, el crecimiento y la alimentación".
República, 508a-509b.)
d) En fin, sin duda Levinas está muy atento a todo lo que en los
análisis de Husserl modera o complica la primordialidad de la consciencia
teórica. En un parágrafo consagrado a La consciencia
no-teórica, se reconoce que el primado de la objetividad en
general no se confunde necesariamente, en Ideas I, con el de
la actitud teórica. Hay actos y objetos no teóricos "de
una estructura ontológica nueva e irreductible". "Por ejemplo -dice
Husserl- el acto de valorar constituye un objeto (Gegenständlichkeit)
axiológico, específico en relación con el mundo de
las cosas, constituye un ser de una nueva región..." Levinas admite
además repetidas veces que la importancia atribuida a la objetividad
teorética depende de la guía trascendental escogida casi
siempre en Ideas I: la percepción de la cosa extensa.
(Se sabía sin embargo ya que este hilo conductor podía no
ser más que un ejemplo provisional.)
A pesar de todas estas precauciones, a pesar de una oscilación
constante entre la letra y el espíritu del husserlianismo (discutiendo
casi siempre aquélla en nombre de éste),(x)
a pesar de la insistencia en lo que se llama "fluctuación en el
pensamiento de Husserl", queda significada una ruptura a la que ya no
se volverá. La reducción fenomenológica, cuyo "papel
histórico [...] no es siquiera un problema" para Husserl, queda
prisionera de la actitud natural, posible por ella "en la medida en que
ésta es teórica".(xi) "Husserl se da la
libertad de la teoría, como se da la teoría misma." El capítulo
IV del trabajo, La consciencia teórica, señala,
en medio de un análisis ceñido y lleno de matices, el lugar
de la separación: no se puede mantener a la vez el primado del
acto objetivador y la originalidad irreductible de la consciencia no-teórica.
Y si "la concepción de la consciencia en la 5ª Untersuchung
nos parece no solamente que afirma un primado de la consciencia teórica,
sino que sólo en ella ve el acceso a lo que constituye el ser del
objeto", si "el mundo existente, que se nos revela, tiene el modo de existencia
del objeto que se da a la mirada teórica", si "el mundo real es
el mundo del conocimiento", si "en su filosofía [la de Husserl]
[...], el conocimiento, la representación,(xii)
no es un modo de vida del mismo grado que los otros, ni un modo secundario",
entonces "tendremos que separarnos de él".
Se prevé ya a qué incomodidad se verá condenado más
tarde un pensamiento que, aun rehusando la excelencia de la racionalidad
teorética, no dejará, sin embargo, jamás de apelar
al racionalismo y al universalismo más desarraigados contra las
violencias de la mística y de la historia, contra el rapto del
entusiasmo y del éxtasis. Se prevén también las dificultades
de un camino que lleva a una metafísica de la separación
a través de una reducción del teoreticismo. Pues es a la
separación, la distancia o la impasibilidad, a lo que apuntaban
hasta ahora las objeciones clásicas contra el teoreticismo y el
objetivismo. Tendrá más fuerza -y más peligro- denunciar,
por el contrario, la ceguera del teoreticismo, su incapacidad para salir
de sí hacia la exterioridad absoluta, hacia lo completamente-otro,
hacia lo infinitamente-otro, "más objetivo que la objetividad"
(5). Este será el verdadero blanco de Levinas:
la complicidad de la objetividad teórica y de la comunión
mística. Unidad premetafísica de una sola e idéntica
violencia. Alternancia que modifica el encierro, siempre el mismo, de
lo otro.
En 1930, Levinas se vuelve hacia Heidegger contra Husserl. Se ha publicado
entonces Sein und Zeit, y comienza a irradiar la enseñanza
de Heidegger. Todo lo que desborda el comentario y la "letra" del texto
husserliano se orienta hacia la "ontología", "en el sentido muy
especial que Heidegger da a este término" (1). En su crítica
a Husserl Levinas retiene aquí dos temas heideggerianos:
1. a pesar de "la idea tan profunda de que en el orden ontológico,
el mundo de la ciencia es posterior al mundo concreto y vago de la percepción,
y depende de él" Husserl "se ha equivocado quizás al ver,
en este mundo concreto, un mundo de objetos percibidos ante todo" (1).
Más lejos va Heidegger, para quien este mundo no está en
primer lugar dado a una mirada, sino (formulación ante la que cabe
preguntarse si Heidegger la hubiera aceptado) "en su ser mismo, como un
centro de acción, como un campo de actividad o de solicitud" (ibíd.).
2. si bien ha tenido razón contra el historicismo y la historia
naturalista, Husserl ha descuidado "la situación histórica
del hombre... tomada en otro sentido".(xiii) Hay una
historicidad y una temporalidad del hombre que no son solamente sus predicados,
sino "la sustancialidad misma de su sustancia". Eso es "esta estructura...
que ocupa un lugar tan importante en el pensamiento de un Heidegger" (ibíd.).
Se prevé ya a qué incomodidad se verá condenado más
tarde un pensamiento que, aun rehusando la excelencia de una "filosofía"
que "parece... tan independiente de la situación histórica
del hombre como la teoría que aspira a considerar todo sub
specie aeternitatis" (1), no cesará más
tarde de recurrir, como a la experiencia, a lo "escatológico" que
"en tanto que el "más allá" de la historia arranca los seres
a la jurisdicción de la historia..." (5). No hay
aquí contradicción, sino un desplazamiento de conceptos
-aquí del concepto de historia- que debemos seguir. Quizás
entonces la apariencia de contradicción se desvanecerá como
el fantasma de una filosofía atrapada en su conceptualidad elemental.
Contradicción según lo que Levinas llamará a menudo
"lógica formal".
Sigamos este desplazamiento. Lo que se le reprocha a Husserl respetuosamente,
moderadamente, en un estilo heideggeriano, no tardará apenas en
convertirse en base de acusación en una requisitoria vuelta esta
vez contra Heidegger, y cuya violencia no cesará de crecer. No
se trata ciertamente de denunciar como un teoreticismo militante un pensamiento
que, desde su primer acto, rehusó tratar la evidencia del objeto
como su último recurso; y para el que la historicidad del sentido,
según los propios términos de Levinas, "arruina la claridad
y la constitución en tanto que modos de existencia auténticos
del espíritu" (4); para el que, en fin, "la evidencia
no es ya el modo fundamental de la intelección", "la existencia
es irreductible a la luz de la evidencia" y "el drama de la existencia"
se representa "antes de la luz" (ibíd.). Sin embargo, en una singular
profundidad -pero el hecho y la acusación son así aún
más significativos- Heidegger habría, todavía, puesto
en cuestión y reducido el teoreticismo en nombre de -y desde su
interior- una tradición grecoplatónica vigilada por la instancia
de la mirada y la metáfora de la luz. Es decir, por la pareja espacial
del adentro-afuera (pero ¿es esta, de parte a parte, una pareja espacial?),
de la que vive la oposición sujeto-objeto. Al pretender reducir
este último esquema, Heidegger habría retenido lo que lo
hacía posible y necesario: la luz, el desvelamiento, la comprensión
o la pre-comprensión. Es lo que se nos dice en textos que fueron
escritos después de Descubriendo la existencia. "El cuidado heideggeriano,
completamente iluminado por la comprensión (incluso si la comprensión
misma se da como cuidado), está ya determinado por la estructura
"adentro-afuera" que caracteriza a la luz." Al conmover la estructura
"adentro-afuera" en ese punto en que habría resistido a Heidegger,
Levinas no pretende en lo más mínimo borrarla o negar su
sentido y su existencia. Ni tampoco, por otra parte, cuando se trata de
la oposición sujeto-objeto o cogito-cogitatum. En un estilo en
el que se reconoce aquí el pensamiento fuerte y fiel (es también
el estilo de Heidegger), Levinas respeta la zona o la capa de verdad tradicional;
y las filosofías cuyos presupuestos describe no son, en general,
ni refutadas ni criticadas. Aquí, por ejemplo, se trata simplemente
de hacer aparecer bajo esta verdad, fundándola y disimulándose
en ella, "una situación que precede a la escisión del ser
en un adentro y un afuera". Y sin embargo instaurar, en un sentido que
deberá ser nuevo, tan nuevo, una metafísica de la separación
y de la exterioridad radicales. Se presiente que esta metafísica
tendrá dificultades para encontrar su lenguaje en el elemento de
un logos tradicional controlado enteramente por la estructura "adentro-afuera",
"interioridad-exterioridad".
Así, "sin ser conocimiento, la temporalidad de Heidegger es un
éxtasis, el "ser fuera de sí". No trascendencia de la teoría,
pero sí, ya, salida de una interioridad hacia una exterioridad".
La estructura del Mitsein será a su vez interpretada como herencia
platónica y pertenencia al mundo de la luz. En efecto, a través
de la experiencia del eros y de la paternidad, a través de la espera
de la muerte, debería surgir una relación con lo otro que
no se deja comprender ya como modificación de "la noción
eleática del Ser" (3). Ésta exigiría
que la multiplicidad sea comprendida y sometida al imperio de la unidad.
Esa noción regiría todavía la filosofía de
Platón, según Levinas, hasta en su concepto de la feminidad
(pensada como materia en las categorías de la actividad y la pasividad)
y hasta en su concepto de la ciudad que "debe imitar el mundo de las ideas"
(3).
"Querríamos ponernos en camino hacia un pluralismo que no se fusione
en unidad; y, si es que esto puede osarse, romper con Parménides"
(3). Levinas nos exhorta, pues, a un segundo parricidio.
Hay que matar al padre griego que nos mantiene todavía bajo su
ley: a lo que un Griego -Platón- no pudo nunca resolverse sinceramente,
difiriéndolo en un asesinato alucinatorio. Pero lo que un Griego,
en este caso, no pudo hacer, un no-Griego ¿podrá conseguirlo
de otro modo que disfrazándose de griego, hablando griego, fingiendo
hablar griego para acercarse al rey? Y como se trata de matar una palabra,
¿se sabrá alguna vez quién es la última víctima
de esta ficción? ¿Se puede fingir hablar un lenguaje? El extranjero
de Elea y discípulo de Parménides había tenido que
darle la razón a éste para llegar a dar cuenta de él:
plegando el no-ser a ser, había necesitado "despedir a no sé
qué contrario del ser" y confinar el no-ser en su relatividad al
ser, es decir, en el movimiento de la alteridad.
¿Por qué era necesaria la repetición del asesinato
según Levinas? Porque el gesto platónico será ineficaz
mientras la multiplicidad y la alteridad no sean entendidos como soledad
absoluta del existente en su existir. Es entonces la traducción
escogida por Levinas, "por razones de eufonía" (3)
para Seiendes y Sein. Esta elección no dejará de
mantener un cierto equívoco; por existente Levinas entiende, en
efecto, casi siempre, si es que no siempre, el ente-hombre, el ente en
la forma del Dasein. Ahora bien, el existente comprendido así
no es el ente (Seiendes) en general, sino que remite -y en primer
término porque es la misma raíz- a lo que llama Heidegger
Existenz, "modo de ser y, justamente, el ser de aquel ente que
se mantiene abierto a la apertura del ser y en ella". Was bedeutet
"Existenz" in Sein und Zeit? Das Wort nennt eine Weise des Seins, und
zwar das Sein desjenigen Seienden, das offen steht für die Offenheit
des Seins, in der es steht, indem es sie aussteht (Introd. a Was ist Metaphysik).
Ahora bien, esta soledad del "existente" en su "existir" sería
primera, no podría pensarse a partir de la unidad neutra del existir,
que Levinas describe con frecuencia, y tan profundamente, bajo el título
de Hay. Pero el "hay" ¿no es la totalidad de lo ente indeterminado,
neutro, anónimo, etc., más bien que el ser mismo? Habría
que confrontar sistemáticamente este tema del "hay" con las alusiones
que hace Heidegger al "es gibt" (Sein und Zeit, Carta
sobre el humanismo). Confrontar también el horror o el terror,
que Levinas opone a la angustia heideggeriana, con la experiencia del
pavor (Scheu), de la que dice Heidegger, en el Nachwort a
Was ist Metaphysik, que "habita cerca de la angustia esencial".
Del fondo de esta soledad surge la relación con lo otro. Sin ella,
sin este secreto primero, el parricidio es una ficción teatral
de la filosofía. Partir de la unidad del "existir" para comprender
el secreto, bajo el pretexto de que éste existe o de que es el
secreto del existente, "sería encerrarse en la unidad y dejar escapar
a Parménides de todo parricidio" (3). Desde entonces,
pues, Levinas se orienta hacia un pensamiento de la diferencia originaria.
¿Está este pensamiento en contradicción con las intenciones
de Heidegger? ¿Hay una diferencia entre esta diferencia y la diferencia
de que habla este último? ¿Es más que verbal su proximidad?
¿Y cuál es la diferencia más originaria? Son cuestiones
que abordaremos más adelante.
Mundo de luz y de unidad, "filosofía de un mundo de la luz, de
un mundo sin tiempo". En esta heliopolítica, "el ideal social se
buscará en un ideal de fusión... el sujeto... hundiéndose
en una representación colectiva, en un ideal común. Es la
colectividad que dice "nosotros" la que, vuelta hacia el sol inteligible,
hacia la verdad, siente al otro a su lado, y no frente a sí...
El Miteinandersein sigue siendo también la colectividad del con,
y como se revela en su forma auténtica es en torno a la verdad".
Ahora bien, "por nuestra parte, esperamos mostrar que no es la preposición
mit la que debe describir la relación original con el otro". Bajo
la solidaridad, bajo el compañerismo, antes del Mitsein que sólo
sería una forma derivada y modificada de la relación originaria
con el otro, Levinas apunta ya al cara a cara y al encuentro del rostro.
"Cara a cara sin intermediario" ni "comunión". Sin intermediario
y sin comunión, ni mediatez ni inmediatez, tal es la verdad de
nuestra relación con el otro, la verdad ante la que el logos tradicional
es para siempre inhospitalario. Verdad impensable de la experiencia viva
a la que incesantemente vuelve Levinas, y que la palabra filosófica
no puede intentar abrigar sin mostrar enseguida, en su propia luz, grietas
lamentables, y su rigidez, en lo que se había tomado por solidez.
Se podría mostrar, sin duda, que la escritura de Levinas tiene
esta propiedad, la de moverse siempre, en sus momentos decisivos, a lo
largo de esas grietas, progresando con maestría mediante negaciones
y negación contra negación. Su vía propia no es la
de un "o bien... o bien", sino de un "ni... ni tampoco". La fuerza poética
de la metáfora es muchas veces la huella de esta alternativa rehusada
y de esta herida en el lenguaje. A través de ella, en su abertura,
la experiencia misma se muestra en silencio.
Sin intermediario y sin comunión, proximidad y distancia absolutas:
"... eros donde, en la proximidad del otro, la distancia se mantiene íntegramente,
y cuya patética viene a la vez de esta proximidad y de esta dualidad".
Comunidad de la no-presencia, en consecuencia, de la no-fenomenalidad.
No comunidad sin luz, no sinagoga con los ojos vendados, sino comunidad
anterior a la luz platónica. Luz antes de la luz neutra, antes
de la verdad que se presenta como tercera, "hacia la que se mira juntos",
verdad de juicio y de arbitrio. Lo otro, lo completamente otro, sólo
puede manifestarse como lo que es, antes de la verdad común, en
una cierta no-manifestación y en una cierta ausencia. Sólo
de él puede decirse que su fenómeno es una cierta no-fenomenalidad,
que su presencia (es) una cierta ausencia. No ausencia pura y simple,
pues la lógica acabaría así volviendo a arreglar
sus cuentas, sino una cierta ausencia. Lo muestra bien esta formulación:
en esa experiencia de lo otro la lógica de la no-contradicción,
todo lo que Levinas designará bajo el nombre de "lógica
formal", se ve discutida en su raíz. Esta raíz no sería
sólo la de nuestro lenguaje, sino la del conjunto de la filosofía
occidental,[xiv] en particular de la fenomenología
y la ontología. Esta ingenuidad les impediría pensar lo
otro (es decir, pensar; y la razón sería así, pero
no es Levinas el que lo ha dicho, "la enemiga del pensamiento") y ordenar
su discurso a él. La consecuencia sería doble. a) Al no
pensar lo otro, no tienen el tiempo. Al no tener el tiempo, no tienen
la historia. La alteridad absoluta de los instantes, sin la que no habría
tiempo, no puede producirse -constituirse- en la identidad del sujeto
o del existente. Aquélla viene al tiempo por el otro. Bergson y
Heidegger lo habrían ignorado (2). Husserl, todavía
más. b) Más grave, privarse de lo otro (no por una especie
de destete, separándose de él, lo cual es justamente relacionarse
con él, respetarlo, sino ignorándolo, es decir, conociéndolo,
identificándolo, asimilándolo), privarse de lo otro es encerrarse
en una soledad (mala soledad de solidez y de identidad consigo) y reprimir
la trascendencia ética. En efecto, si la tradición parmenídea
-y sabemos ahora lo que esto significa para Levinas- ignora la irreductible
soledad del "existente", ignora, por ello mismo, la relación con
lo otro. Aquélla no piensa la soledad, no se aparece como soledad
porque es soledad en totalidad y opacidad. "El solipsismo no es ni una
aberración ni un sofisma; es la estructura de la razón misma.
" Hay, pues, un soliloquio de la razón y una soledad de la luz.
Incapaces de responder a lo otro en su ser y en su sentido, fenomenología
y ontología serían, pues, filosofías de la violencia.
A través de ellas, toda la tradición filosófica en
su sentido profundo estaría ligada a la opresión y el totalitarismo
de lo mismo. Vieja amistad oculta entre la luz y el poder, vieja complicidad
entre la objetividad teórica y la posesión técnico-política.[xv]
"Si se pudiese poseer, captar y conocer lo otro, no sería lo otro.
Poseer, conocer, captar son sinónimos del poder" (3).
Ver y saber, tener y poder, sólo se despliegan en la identidad
opresiva y luminosa de lo mismo, y siguen siendo, a los ojos de Levinas,
las categorías fundamentales de la fenomenología y la ontología.
Todo lo que me está dado en la luz parece estarme dado a mí
mismo por mí mismo. Desde ese momento, la metáfora heliológica
simplemente aparta nuestra vista y proporciona una excusa a la violencia
histórica de la luz: desplazamiento de la opresión técnico-política
hacia la falsa inocencia del discurso filosófico. Pues se ha creído
siempre que las metáforas quitaban gravedad a las cosas y a los
actos, los hacían inocentes. Si no hay historia más que
por el lenguaje, y si el lenguaje (salvo cuando nombra el ser mismo o
la nada: casi nunca) es elementalmente metafórico, Borges tiene
razón: "Quizás la historia universal no es más que
la historia de algunas metáforas". De esas pocas metáforas
fundamentales, la luz no es más que un ejemplo, pero ¡qué
ejemplo! ¿Quién podrá dominarla, quién dirá
jamás su sentido sin dejarse primero decir por éste? ¿Qué
lenguaje escapará jamás de ella? ¿Cómo se liberará
de ella, por ejemplo, la metafísica del rostro como epifanía
del otro? La luz no tiene quizás contrario, no lo es, sobre todo,
la noche. Si todos los lenguajes se debaten en ella, simplemente modificando
la misma metáfora y escogiendo la mejor luz, Borges, unas páginas
más adelante, vuelve a tener razón: "Quizás la historia
universal no es más que la historia de las diversas entonaciones
de algunas metáforas" (La esfera de Pascal. La cursiva es nuestra).
II. Fenomenología, ontología, metafísica
Estos caminos eran de carácter crítico, pero obedecían
a la voz de certezas plenas. Sólo que éstas apenas llegaban
a aparecer, a través de ensayos, análisis concretos y sutiles
que exponían el exotismo, la caricia, el insomnio, la fecundidad,
el trabajo, el instante, el cansancio hasta el punto, hasta la punta de
lo indescriptible indestructible que encuentra la conceptualidad clásica,
y que buscaban, en medio de rechazos, su propia conceptualidad. Totalidad
e infinito, la gran obra, no sólo enriquece esos análisis
concretos, los organiza dentro de una potente arquitectura.
Al movimiento positivo que lleva más allá del menosprecio
o del desconocimiento de lo otro, es decir, más allá de
la apreciación o de la toma, de la comprensión y del conocimiento
del otro, Levinas lo llama metafísica o ética. La trascendencia
metafísica es deseo.
Este concepto de deseo es lo más anti-hegeliano posible. No designa
el movimiento de negociación y de asimilación, la negación
de la alteridad necesaria en primer término para llegar a ser "consciencia
de sí", "cierta de sí" (Fenomenología del espíritu
y Enciclopedia). El deseo es por el contrario, para Levinas, el respeto
y el conocimiento del otro como otro, momento ético-metafísico
que la consciencia debe prohibirse transgredir. Este gesto de transgresión
y de asimilación sería, por el contrario, según Hegel,
una necesidad esencial. Levinas ve ahí una necesidad natural, pre-metafísica,
y separa, en bellos análisis, el deseo del goce; lo que no parece
hacer Hegel. El goce está simplemente diferido en el trabajo: el
deseo hegeliano no sería, pues, más que la necesidad en
el sentido de Levinas. Pero las cosas llegarían a parecer más
complicadas, cabe plantear la duda, en caso de seguir minuciosamente el
movimiento de la certeza y de la verdad del deseo en la Fenomenología
del espíritu. A pesar de sus protestas antikierkegaardianas, Levinas
se encuentra aquí con los temas de Temor y temblor: el movimiento
del deseo no puede ser lo que es más que como paradoja, como renuncia
a lo deseado.
Ni la intencionalidad teórica ni la afectividad de la necesidad
agotan el movimiento del deseo: aquéllas tienen como sentido y
como fin cumplirse, colmarse, satisfacerse en la totalidad y la identidad
de lo mismo. El deseo, por el contrario, se deja apelar por la exterioridad
absolutamente irreductible de lo otro, ante lo que debe mantenerse infinitamente
inadecuado. Sólo se iguala a la desmesura. Ninguna totalidad se
cerrará jamás sobre él. La metafísica del
deseo es, pues, metafísica de la separación infinita, pero
no consciencia de la separación como consciencia judía,
como consciencia desgraciada: en la Odisea hegeliana la desgracia de Abraham
queda determinada como provisión, como necesidad provisional de
una figura y de un paso en el horizonte de la reconciliación, del
retorno a sí y del saber absoluto. Además, el deseo no es
desgraciado. Es apertura y libertad. Y lo infinito deseado puede dirigirlo,
pero jamás saciarlo con su presencia. "Y si el deseo tuviese que
cesar con Dios, / ¡Ay!, envidiaría tu infierno." (¿Se
nos permitirá citar a Claudel para comentar a Levinas, a pesar
de que éste polemiza también con ese "espíritu admirado
desde [nuestra] juventud"? [6].)
Lo infinitamente otro es lo invisible puesto que la visión sólo
se abre a la exterioridad ilusoria y relativa de la teoría y la
necesidad. Exterioridad provisional que se da uno con vistas a consumirla,
a consumarla. Inaccesible, lo invisible es lo altísimo. Esta expresión
-afectada quizás por las resonancias platónicas evocadas
por Levinas, pero sobre todo por otras que se reconocerán más
rápidamente- desgarra, por el exceso superlativo, la letra espacial
de la metáfora. Por alta que sea, la altura es siempre accesible;
lo altísimo, en cambio, es más alto que la altura. Ningún
aumento de altura podría medirlo. No pertenece al espacio, no es
del mundo. Pero ¿de qué tipo es la necesidad de esta inscripción
del lenguaje en el espacio en el momento de excederlo? Y si el polo de
la transcendencia metafísica es no-altura espacial, ¿qué
legitima en última instancia la expresión trans-ascendencia
tomada de J. Wahl? El tema del rostro nos ayudará a comprenderlo
quizás.
El yo es lo mismo. La alteridad o la negatividad interna al yo, la diferencia
interior no es más que una apariencia: una ilusión, un "juego
de lo Mismo", el "modo de identificación" de un yo cuyos momentos
esenciales se llaman el cuerpo, la posesión, la casa, la economía,
etc. Levinas les consagra bellas descripciones. Pero este juego de lo
mismo no es monótono, no se repite en el monólogo y la tautología
formal. Comporta, en tanto trabajo de identificación y producción
concreta del egoísmo, una cierta negatividad. Negatividad finita,
modificación interna y relativa por la que el yo se afecta a sí
mismo en su movimiento de identificación. Se altera, así,
hacia sí en sí. La resistencia ofrecida al trabajo, provocando
éste, sigue siendo un momento de lo mismo, momento finito que conforma
sistema y totalidad con el agente. Ni que decir tiene, Levinas describe
así la historia como ceguera a lo otro y laboriosa procesión
de lo mismo. Podrá preguntarse si la historia puede ser la historia,
si hay historia cuando la negatividad queda encerrada en el círculo
de lo mismo y cuando el trabajo no se tropieza verdaderamente con la alteridad,
cuando se da a sí mismo su resistencia. Cabrá preguntarse
si la historia misma no comienza con esa relación con lo otro que
Levinas sitúa más allá de la historia. El esquema
de esta cuestión podría dominar toda la lectura de Totalidad
e infinito. Se asiste así, en cualquier caso, a ese desplazamiento
del concepto de historicidad del que hablábamos más arriba.
Hay que reconocer que sin este desplazamiento, ningún anti-hegelianismo
podría ser consecuente de principio a fin. Se ha cumplido, pues,
la condición necesaria de este anti-hegelianismo.
Hay que tener cuidado con esto: este tema de la tautología concreta
(no-formal) o de la falsa heterología (finita), este tema difícil
se propone bastante discretamente al comienzo de Totalidad e infinito;
pero condiciona todas las afirmaciones de este libro. Si la negatividad
(trabajo, historia, etc.) no contiene jamás relación con
lo otro, si lo otro no es la simple negación de lo mismo, entonces
ni la separación ni la trascendencia metafísica se piensan
bajo la categoría de la negatividad. De la misma manera que -lo
veíamos más arriba- la simple consciencia interna no podría,
sin la irrupción de lo totalmente otro, darse el tiempo y la alteridad
absoluta de los instantes, así también el yo no puede engendrar
en sí la alteridad sin el encuentro del otro.
Si estas proposiciones iniciales que autorizan la ecuación del
yo con lo mismo no nos convencen, nada lo hará ya. Si no se sigue
a Levinas cuando afirma que lo que se ofrece al trabajo o al deseo -en
el sentido hegeliano (por ejemplo, la objetividad natural)- pertenece
al yo, a su economía (a lo mismo), no le ofrece la resistencia
absoluta reservada a lo otro (el otro), si se está tentado por
pensar que esta última resistencia supone, en su sentido más
propio, pero sin confundirse con ella, la posibilidad de la resistencia
de las cosas (la existencia del mundo que no es yo, y en el que estoy,
de forma tan original como se quiera, por ejemplo como origen del mundo
en el mundo...), si no se sigue a Levinas cuando afirma que la verdadera
resistencia a lo mismo no es la de las cosas, no es real, sino inteligible,[xvi]
si se está en contra de la noción de resistencia puramente
inteligible, ya no podrá seguirse a Levinas. Y no podrán
seguirse sin un malestar indefinible las operaciones conceptuales a las
que da lugar la disimetría clásica de lo mismo y lo otro
al dejarse invertir; o (diría una mentalidad clásica), al
fingir prestarse a tal inversión, manteniéndose sin embargo
como la misma, impasible bajo una sustitución algebraica.
¿De qué clase es, pues, este encuentro con lo absolutamente-otro?
Ni representación, ni limitación, ni relación conceptual
con lo mismo. El yo y lo otro no se dejan dominar, no se dejan totalizar
por un concepto de relación. Y en primer lugar porque el concepto
(materia del lenguaje), siempre dado a lo otro, no puede cerrarse sobre
lo otro, comprenderlo. La dimensión dativa o vocativa, en la medida
en que abre la dirección originaria del lenguaje, no podría
dejarse comprender y modificar en la dimensión acusativa o atributiva
del objeto sin violencia. El lenguaje, pues, no puede totalizar su propia
posibilidad y comprender en sí su propio origen o su propio fin.
A decir verdad, no hay que preguntarse de qué clase es este encuentro:
es el encuentro, la única salida, la única aventura fuera
de sí, hacia lo imprevisiblemente-otro. Sin esperanza de retorno.
En todos los sentidos de esta expresión, y por eso esta escatología
que no espera nada parece a veces infinitamente desesperada. A decir verdad,
en La huella de lo otro, la escatología no sólo "parece"
desesperada. Se da como tal y la renuncia forma parte de su significación
esencial. Al describir la liturgia, el deseo y la obra como rupturas de
la Economía y de la Odisea, como imposibilidad de retorno a lo
mismo, Levinas habla de una "escatología sin esperanza para sí
o liberación respecto a mi tiempo".
No hay pues conceptualidad del encuentro: éste se hace posible
por lo otro, por lo imprevisible, "refractario a la categoría".
El concepto supone una anticipación, un horizonte en que la alteridad
se amortigua al enunciarse, y dejarse prever. Lo infinitamente-otro no
se enlaza en un concepto, no se piensa a partir de un horizonte que es
siempre horizonte de lo mismo, la unidad elemental en la que los surgimientos
y las sorpresas vienen a ser acogidos siempre por una comprensión,
son reconocidos. Se debe pensar, así, contra una evidencia de la
que se podría creer -de lo que todavía no se puede no creer-
que es el éter mismo de nuestro pensamiento y de nuestro lenguaje.
Intentar pensar lo contrario corta el aliento. No se trata sólo
de pensar lo contrario, que es todavía su cómplice, sino
de liberar su pensamiento y su lenguaje para el encuentro más allá
de la alternativa clásica. Sin duda este encuentro que, por primera
vez, no tiene la forma del contacto intuitivo (en la ética, en
el sentido que le da Levinas, la prohibición principal, central,
es la del contacto), sino la de la separación (el encuentro como
separación, otra rotura de la "lógica formal"),[xvii]
sin duda este encuentro con lo imprevisible mismo es la única abertura
posible del tiempo, el único porvenir puro, el único gasto
puro más allá de la historia como economía. Pero
este porvenir no es otro tiempo, un mañana de la historia. Está
presente en el corazón de la experiencia. Presente no de una presencia
total sino de la huella. La experiencia misma es, pues, escatológica,
por su origen y de parte a parte, antes de todo dogma, toda conversión,
todo artículo de fe o de filosofía.
Cara a cara con el otro en una mirada y una palabra que mantienen la distancia
e interrumpen todas las totalidades, este estar-juntos como separación
precede o desborda la sociedad, la colectividad, la comunidad. Levinas
lo llama religión. Y ésta abre la ética. La relación
ética es una relación religiosa (6). No
una religión, sino la religión, la religiosidad de lo religioso.
Esta trascendencia más allá de la negatividad no se efectúa
en la intuición de una presencia positiva, "instaura, simplemente,
el lenguaje en que ni el no ni el sí son la primera palabra" (5),
sino la interrogación. Interrogación no teórica,
sin embargo, cuestión total, desamparo e indigencia, súplica,
ruego exigente dirigido a una libertad, es decir, mandato: el único
imperativo ético posible, la única no-violencia encarnada
puesto que es respeto del otro. Respeto inmediato del otro mismo puesto
que no pasa, podría quizás decirse sin seguir ninguna indicación
literal de Levinas, por el elemento neutro de lo universal y por el respeto
-en el sentido kantiano-[xviii] de la Ley.
Esta restauración de la metafísica permite entonces radicalizar
y sistematizar las reducciones anteriores de la fenomenología y
la ontología. La visión es, sin duda, en primera instancia,
un conocimiento respetuoso y la luz pasa por ser el elemento que más
fielmente, de la manera más neutra, en tercera persona, deja ser
lo conocido. La relación teórica no ha sido el esquema preferido
de la relación metafísica por azar (cf. 5). Cuando el tercer
término es, en su más neutra indeterminación, luz
del ser -que no es ni un ente ni un no-ente, mientras que lo mismo y lo
otro son- la relación teórica es ontología. Ésta,
según Levinas, devuelve siempre lo otro al seno de lo mismo gracias
a la unidad del ser. Y la libertad teorética que accede al pensamiento
del ser no es más que la identificación de lo mismo, luz
en que yo me doy lo que digo encontrar, libertad económica en el
sentido particular que Levinas da a esta palabra. Libertad en la inmanencia,
libertad pre-metafísica, podría casi decirse física,
libertad empírica incluso si en la historia se llama razón.
La razón sería naturaleza. La metafísica se abre
cuando la teoría se critica como ontología, como dogmatismo
y espontaneidad de lo mismo, cuando, saliendo de sí, se deja someter
a cuestión por lo otro en el movimiento ético. La metafísica,
posterior de hecho, como crítica de la ontología, es por
derecho y filosóficamente, primera. Si es verdad que "la filosofía
occidental ha sido las más de las veces una ontología" dominada
desde Sócrates por una Razón que no recibe más que
lo que ella se da a sí misma,[xix] que no hace
jamás sino acordarse de sí misma, si la ontología
es una tautología y una egología, es que ha neutralizado
siempre, en todos los sentidos de la palabra, lo otro. La neutralización
fenomenológica, cabría la tentación de decirlo, da
su forma más sutil y más moderna a esta neutralización
histórica, política y policial. Sólo la metafísica
podría liberar a lo otro de esa luz del ser o del fenómeno
que "quita al ser su resistencia".
La "ontología" heideggeriana, a pesar de seductoras apariencias,
no escaparía a este esquema. Seguiría siendo todavía
"egología" e incluso "egoísmo": "Sein und Zeit no ha sostenido
quizás más que una sola tesis: el ser es inseparable de
la comprensión del ser (que se desarrolla como tiempo), el ser
es ya apelación a la subjetividad. El primado de la ontología
heideggeriana no reposa sobre el truismo: "Para comprender el ente, hay
que haber comprendido el ser del ente". Afirmar la prioridad del ser en
relación al ente es pronunciarse ya sobre la esencia de la filosofía,
subordinar la relación con alguien, que es un ente (la relación
ética), a una relación con el ser del ente que, impersonal,
permite la aprehensión, la dominación del ente (en una relación
de saber), subordina la justicia a la libertad... modo de permanecer lo
Mismo en el seno de lo Otro". A pesar de todos los malentendidos que pueden
entrar en este tratamiento del pensamiento heideggeriano -lo estudiaremos
por sí mismo más adelante-, en todo caso la intención
de Levinas parece clara. El pensamiento neutro del ser neutraliza al otro
como ente: "La ontología como filosofía primera es una filosofía
del poder", filosofía de lo neutro, tiranía del estado como
universalidad anónima e inhumana. Aquí se sostienen las
premisas de una crítica de la alienación estatal cuyo anti-hegelianismo
no sería ni subjetivista ni marxista; ni anarquista, pues es una
filosofía del "principio, que sólo es posible como mandato".
Las "posibilidades" heideggerianas siguen siendo poderes. No por ser pre-técnicos
y pre-objetivos oprimen y poseen menos. Por otra paradoja, la filosofía
de lo neutro comunica con una filosofía del lugar, del enraizamiento,
de las violencias paganas, del rapto, del entusiasmo, filosofía
expuesta a lo sagrado, es decir, a lo divino anónimo, a lo divino
sin Dios (6). Para ser completo, "materialismo vergonzoso",
pues en su fondo el materialismo no es en primer lugar un sensualismo,
sino la primacía reconocida a lo neutro (5). La
noción de primacía que tan frecuentemente usa Levinas, traduce
bien todo el gesto de su crítica. Según la indicación
presente en la noción de arché, el comienzo filosófico
es inmediatamente traspuesto a mandato ético o político.
El primado es de entrada principio y jefe. Todos los pensamientos clásicos
interrogados por Levinas son arrastrados al ágora, y conminados
a explicarse en un lenguaje ético-político que no siempre
han querido o creído querer hablar, conminados a trasponerse confesando
su designio violento; y un lenguaje que hablaban ya en la ciudad, que
decían claramente, a través de giros y a pesar del desinterés
aparente de la filosofía, a quién debía corresponder
el poder. Aquí se sostienen las premisas de una lectura no-marxista
de la filosofía como ideología. Las vías de Levinas
son decididamente difíciles: aun rehusando el idealismo y las filosofías
de la subjetividad, debe denunciar también la neutralidad de un
"Logos que no es verbo de nadie" (ibíd.). (Sin duda se podría
mostrar que Levinas, incómodamente instalado -y ya por la historia
de su pensamiento- en la diferencia entre Husserl y Heidegger, critica
siempre al uno en un estilo y según un esquema tomados del otro,
acabando por mandarlos juntos entre bastidores como compadres en el "juego
de lo Mismo" y cómplices en el mismo golpe de fuerza histórico-filosófico.)
El verbo debe no solamente ser verbo de alguien; debe desbordar hacia
el otro lo que se llama el sujeto hablante. Ni las filosofías de
lo neutro ni las filosofías de la subjetividad pueden reconocer
este trayecto de la palabra que ninguna palabra puede totalizar. Por definición,
si el otro es el otro, y si toda palabra es para el otro, ningún
logos como saber absoluto puede comprender el diálogo y el trayecto
hacia el otro. Esta incomprensibilidad, esta ruptura del logos no es el
comienzo del irracionalismo, sino herida o inspiración que abre
la palabra y hace luego posible todo logos o todo racionalismo. Un logos
total debería todavía, para ser logos, dejarse exponer a
lo otro más allá de su propia totalidad. Si hay, por ejemplo,
una ontología o un logos de la comprensión del ser (del
ente), "ésta se dice ya al ente que resurge detrás del tema
en que se expone. Este "decir a Otro" -esta relación con Otro como
interlocutor, esta relación con un ente- precede a toda ontología.
Es la relación última en el ser. La ontología supone
la metafísica" (5). "Al desvelamiento del ser
en general, como base del conocimiento y como sentido del ser, preexiste
la relación con el ente que se expresa; al plano de la ontología,
el plano ético." Así pues, la ética es la metafísica.
"La moral no es una rama de la filosofía, sino la filosofía
primera."
El desbordamiento absoluto de la ontología -como totalidad y unidad
de lo mismo: el ser- por lo otro se produce como infinito puesto que ninguna
totalidad puede abrazarlo. Lo infinito irreductible a la representación
de lo infinito, que excede el ideatum en el que es pensado, pensado como
más de lo que puedo pensar, como lo que no puede ser objeto o simple
"realidad objetiva" de la idea, tal es el polo de la trascendencia metafísica.
La idea cartesiana del infinito, tras el epékeina tes ousías,
haría aflorar una segunda vez la metafísica en la ontología
occidental. Pero lo que ni Platón ni Descartes han reconocido (con
algunos otros, si se nos permite no creer tanto como Levinas en su soledad
en medio de una multitud filosófica que no entiende ni la verdadera
trascendencia ni la extraña idea de Infinito) es que la expresión
de este infinito es el rostro.
El rostro no es sólo la cara que puede ser superficie de las cosas
o facies animal, aspecto o especie. No es solamente, como quiere el origen
de la palabra, lo que es visto, visto porque desnudo. Es también
lo que ve. No tanto lo que ve las cosas -relación teórica-
sino lo que intercambia su mirada. La cara no es rostro más que
en el cara a cara. Como decía Scheler (pero nuestra cita no debe
hacernos olvidar que Levinas no es nada scheleriano): "Yo no veo sólo
los ojos de otro, veo también que me mira".
¿No lo decía ya Hegel? "Pero si nos preguntamos en cuál
de estos órganos aparece toda el alma en tanto que alma, pensamos
enseguida en el ojo, pues es en el ojo donde se concentra el alma; ésta
no sólo ve a través del ojo, sino que se deja ver ahí
a su vez. De la misma manera que al hablar del exterior del cuerpo humano
hemos dicho que toda su superficie, en oposición a la del animal,
revela la presencia y las pulsaciones del corazón, diremos del
arte que tiene como tarea hacer que en todos los puntos de su superficie
lo fenoménico devenga el ojo, sede del alma que hace visible el
espíritu" (Estética). (Sobre el ojo y la interioridad del
alma, ver también extensas y bellas páginas que no podemos
citar aquí, t. III, 1. ª parte.)
Esta es quizás la ocasión de subrayar, en relación
con un punto preciso, un tema que ampliaremos más adelante: Levinas
está muy próximo a Hegel, mucho más próximo
de lo que querría él mismo, y esto en el momento en que
se opone a él de la manera aparentemente más radical. Se
da ahí una situación que debe compartir con todos los pensadores
anti-hegelianos, y cuya significación última habría
que meditar. Aquí, en particular, a propósito de la relación
entre el deseo y el ojo, el sonido y la teoría, la convergencia
es tan profunda como la diferencia, y no se añade ni se yuxtapone
simplemente a ésta. En efecto, como Levinas, Hegel pensaba que
el ojo, en tanto no pretende "consumir", suspende el deseo. Es el limite
mismo del deseo (y quizás por eso su recurso) y el primer sentido
teórico. No es a partir de algún género de fisiología,
sino de la relación entre muerte y deseo, como hay que pensar la
luz y la abertura del ojo. Tras haber hablado del gusto, del tacto y del
olfato, Hegel escribe de nuevo en la Estética: "La vista, por el
contrario, se encuentra con los objetos en una relación puramente
teórica, por intermedio de la luz, esta materia inmaterial que
deja a los objetos su libertad, aclarándolos e iluminándolos,
pero sin consumirlos, como lo hacen el aire y el fuego, de una manera
imperceptible o manifiesta. La vista exenta de deseo se dirige, pues,
a todo lo que existe materialmente en el espacio, pero que, conservando
su integridad, no se manifiesta más que por la forma y el color".
Esta neutralización del deseo es la excelencia de la vista según
Hegel. Pero es además, para Levinas, y por las mismas razones,
la primera violencia, aunque el rostro no sea lo que es cuando la mirada
esté ausente. La violencia sería, pues, la soledad de una
mirada muda, de un rostro sin palabra, la abstracción del ver.
Según Levinas, la mirada, por sí sola, contrariamente a
lo que se podría creer, no respeta al otro. El respeto, más
allá de la toma y del contacto, del tocar, del olfato y del gusto,
no es posible más que como deseo, y el deseo metafísico
no busca, como el deseo hegeliano o como la necesidad, consumir. Por eso
Levinas considera el sonido por encima de la luz. (" El pensamiento es
lenguaje y se piensa en un elemento análogo al sonido y no a la
luz." ¿Qué quiere decir aquí esta analogía,
diferencia y semejanza, relación entre el sonido sensible y el
sonido del pensamiento como palabra inteligible, entre la sensibilidad
y la significación, los sentidos y el sentido? Es una cuestión
que se plantea también Hegel cuando admira la palabra Sinn.)
En Totalidad e infinito, el movimiento de la metafísica es, pues,
también la trascendencia del oír con respecto al ver. Pero
en la Estética de Hegel también: "El oído es el otro
sentido teórico. Aquí se produce lo contrario de lo que
ocurre con la vista. El oído tiene que ver no con el color, con
la forma, etc., sino con los sonidos, con las vibraciones del cuerpo,
vibraciones que no son un proceso de disociación o de evaporación,
como en los objetos percibidos por el olfato, sino un simple temblor del
objeto que se mantiene él mismo intacto. Este movimiento ideal
por el que, diríamos, se manifiesta la simple subjetividad, al
resonar el alma del cuerpo, la oreja lo percibe de la misma manera teórica
que aquélla con la que el ojo percibe el color o la forma, convirtiéndose
así la interioridad del objeto en la del sujeto mismo". Pero: "...
El oído que, como la vista, forma parte no de los sentidos prácticos
sino de los sentidos teóricos..., es incluso más ideal que
la vista. Pues dado que la contemplación en calma, desinteresada
de las obras de arte, lejos de intentar suprimir los objetos, los deja
por el contrario subsistir tal como son y allí donde están,
lo que es captado por la vista no es lo ideal en sí, sino que persevera
por el contrario en su existencia sensible. La oreja, en cambio, sin volverse
prácticamente a los objetos, percibe el resultado de este temblor
interior del cuerpo por el que se manifiesta y se revela, no la figura
material, sino una primera idealidad que viene del alma".
La cuestión de la analogía nos reconduciría así
a esta noción de temblor, que nos parece decisivo en la Estética
de Hegel, en tanto que abre el paso a la idealidad. Por otra parte, para
confrontar sistemáticamente los pensamientos de Levinas y de Hegel,
sobre el tema del rostro, habría que consultar no solamente las
páginas que la Fenomenología del espíritu consagra
a la fisiognomonía, sino el parágrafo 411 de la Enciclopedia
sobre el espíritu, el rostro y el lenguaje.
Por motivos que nos son ahora familiares, el cara a cara escapa, pues,
a toda categoría. Pues el rostro se da ahí simultáneamente
como expresión y palabra. No solamente mirada, sino unidad original
de la mirada y de la palabra, de los ojos y de la boca -que habla, pero
que dice también su hambre-. Es, pues, también lo que oye
lo invisible, pues "el pensamiento es lenguaje" y "se piensa en un elemento
análogo al sonido y no a la luz". Esta unidad del rostro precede,
en su significación, a la dispersión de los sentidos y de
los órganos de la sensibilidad. Su significación es, pues,
irreductible. Por lo demás el rostro no significa. No encarna,
no reviste, no señala a otra cosa que él mismo, alma, subjetividad,
etc. El pensamiento es palabra, así pues es inmediatamente rostro.
En esto, la temática del rostro pertenece a la filosofía
más moderna del lenguaje y del cuerpo propio. El otro no se señala
a través de su rostro, es ese rostro: "... absolutamente presente,
en su rostro, el Otro -sin ninguna metáfora- me hace frente".[xx]
El otro no se da, pues, "en persona" y sin alegoría más
que en el rostro. Recordemos lo que decía a este respecto Feuerbach,
que también ponía en comunicación los temas de la
altura, la sustancia y el rostro: "Lo que está situado más
alto en el espacio es también en la cualidad lo más alto
del hombre, lo que le es más próximo, lo que no puede separar
ya de él -y es la cabeza. Si veo la cabeza de un hombre, es a él
mismo al que veo; pero si no veo más que el tronco, no veo nada
más que su tronco".[xxi] Aquello que no se puede
separar de... es la sustancia en sus predicados esenciales y "en sí".
Levinas dice también a menudo kath'autó y "sustancia" hablando
del otro como rostro. El rostro es presencia, ousía.
El rostro no es una metáfora, el rostro no es una figura. El discurso
sobre el rostro no es una alegoría ni, como se estaría tentado
de creer, una prosopopeya. De ahí que la altura del rostro (en
relación con el resto del cuerpo) determine quizás en parte
(en parte solamente, lo veremos más adelante) la expresión
altísimo, sobre la que nos interrogábamos anteriormente.
Si la altura de lo altísimo, estaríamos tentados de decir,
no pertenece al espacio (y por eso el superlativo debe destruir el espacio
construyendo su metáfora), no es por ser extraño al espacio,
sino por ser (en) el espacio, el origen del espacio, por orientar el espacio
a partir del habla y de la mirada, del rostro, de la cabeza que gobierna
desde arriba el cuerpo y el espacio. (Aristóteles compara ciertamente
el principio trascendente del bien con el jefe de los ejércitos;
ignora sin embargo el rostro, y que el dios de los ejércitos es
La Faz.) El rostro no significa, no se presenta como un signo, sino que
se expresa, dándose en persona, en sí, kath'autó:
"La cosa en sí se expresa". Expresarse es estar detrás del
signo. Estar detrás del signo, ¿no es en primer término
estar en condiciones de asistir (a) su palabra, prestarle su ayuda, según
la expresión del Fedro pleiteando contra Thot (o Hermes) y que
Levinas hace suya muchas veces? Sólo la palabra viva, en su dominio
y su magistralidad, puede prestarse ayuda, sólo ella es expresión
y no signo sirviente. Con tal que sea verdaderamente palabra, "la voz
creadora, no la voz cómplice que es una voz sirviente" (E. Jabés).
Y sabemos que todos los dioses de la escritura (Grecia, Egipto, Asiría,
Babilonia) tienen el status de dioses auxiliares, secretarios serviles
del gran dios, pasadores lunares y astutos que destronan a veces al rey
por procedimientos deshonrosos. Lo escrito y la obra no son expresiones,
sino signos, para Levinas.
Con la referencia al epékeina tes ousías, ese es al menos
el segundo tema platónico de Totalidad e infinito. Se lo reencuentra
también en Nicolás de Cusa. "Mientras que el obrero abandona
su obra, que en adelante prosigue su destino independiente, el verbo del
profesor es inseparable de la persona misma que lo profiere."[xxii]
La crítica de la obra implicada de esta manera separa, por una
vez al menos, a Hegel de Nicolás de Cusa.
Habría que abordar esta problemática separadamente y por
sí misma. ¿Es "el discurso oral" "la plenitud del discurso"?
¿Es lo escrito solamente "lenguaje que vuelve a ser signo"? ¿O,
en otro sentido, "palabra actividad" en la que "me ausento y falto a mis
productos" que me traicionan más bien que me expresan? La "franqueza"
de la expresión ¿está esencialmente del lado de la
palabra viva para quien no es Dios? Esta cuestión no tiene sentido,
sin duda, para Levinas, que piensa el rostro en la "semejanza" del hombre
y de Dios. La altura y el magisterio de la enseñanza ¿no están
del lado de la escritura? ¿No pueden invertirse todas las proposiciones
de Levinas en relación con este punto? ¿Mostrando, por ejemplo,
que la escritura puede prestarse ayuda, pues tiene el tiempo y la libertad,
al escapar mejor que la palabra a la urgencia empírica? ¿Que,
al neutralizar las demandas de la "economía" empírica, su
esencia es más "metafísica" (en el sentido de Levinas) que
el habla? ¿Que el escritor se ausenta mejor, es decir, se expresa
mejor como otro, y se dirige mejor al otro, que el hombre de la palabra?
¿Y que, al privarse de los goces y de los efectos de sus signos,
renuncia mejor a la violencia? ¿Es verdad que aquél no pretende
quizás sino multiplicarlos hasta el infinito, olvidando así
-al menos- lo otro, lo infinitamente otro en tanto muerte, practicando
así la escritura como diferancia y economía de la muerte?
El límite entre la violencia y la no-violencia no pasa, pues, quizás,
entre la palabra y la escritura, sino por dentro de cada una de ellas.
La temática de la huella (distinguida por Levinas del efecto, de
la pista o del signo que no se relacionan con el otro como invisible absoluto)
debería conducir a una cierta rehabilitación de la escritura.
El "Él" cuya trascendencia y ausencia generosa se anuncian sin
retorno en la huella ¿no es más fácilmente el autor
de la escritura que el de la palabra? La obra, la trans-economía,
el gasto puro tal como Levinas lo determina, no es ni el juego, ni la
muerte. No se confunde simplemente ni con la letra ni con la palabra.
No es un signo, y su concepto no podría, en consecuencia, recubrir
el concepto de obra que se encuentra en Totalidad e infinito. Levinas
está, pues, a la vez muy cerca y muy lejos de Nietzsche y de Bataille.
M. Blanchot expresa su desacuerdo a propósito de esta preeminencia
del discurso oral que se asemeja a "la tranquila palabra humanista y socrática
que nos hace próximo al que habla" [xxiii]
¿Cómo, por otra parte, podría el hebraísmo rebajar
la letra, cuyo elogio sabe escribir tan bien Levinas? Por ejemplo: "Admitir
la acción de la literatura sobre los hombres, esta es quizás
la última sabiduría de Occidente, en que se reconocerá
el pueblo de la Biblia" (6), y "El espíritu es
libre en la letra y está encadenado en la raíz"; además
"Amar la Thora más que a Dios" es "protección contra la
locura de un contacto directo con lo Sagrado... " (6).
Se ve bien lo que Levinas quiere salvar de la palabra viva y originaria
misma. Sin su posibilidad, fuera de su horizonte, la escritura no es nada.
En ese sentido, ésta será siempre segunda. Liberarla de
esta posibilidad y de este horizonte, de esta secundariedad esencial,
es negarla como escritura y dejar paso a la gramática o al léxico
sin lenguaje, a la cibernética o a la electrónica. Pero
sólo en Dios se cumple sin desfallecimiento la palabra como presencia,
como origen y horizonte de la escritura. Habría que poder mostrar
que sólo esta referencia a la palabra de Dios distingue la intención
de Levinas de la de Sócrates en el Fedro; que para un pensamiento
de la finitud originaria esta distinción no es ya posible. Y que
si la escritura es segunda entonces, nada, sin embargo, tiene lugar antes
de ella.
Por lo que concierne a sus relaciones con Blanchot, nos parece que, a
pesar de las aproximaciones frecuentes que propone Levinas, las afinidades,
profundas e indiscutibles, pertenecen todas ellas al momento de la crítica
y la negatividad, en ese vacío de la finitud donde la escatología
mesiánica llega a resonar, en esa espera de la espera en la que
Levinas ha empezado a oír una respuesta. Esta respuesta se llama
todavía espera, desde luego, pero esta espera no se hace esperar
ya para Levinas. La afinidad cesa, nos parece, en el momento en que la
positividad escatológica llega a aclarar retrospectivamente el
camino común, a levantar la finitud y la negatividad pura de la
cuestión, cuando se determina lo neutro. Blanchot podría
extender sin duda a todas las proposiciones de Levinas lo que dice de
la disimetría en el espacio de la comunicación: "He aquí
lo decisivo en la afirmación de que debemos oír, y que habrá
que mantener independientemente del contexto teológico en el que
esta afirmación se presenta". Pero, ¿es eso posible? Si se
lo independiza de su "contexto teológico" (expresión que
Levinas rehusaría sin duda), ¿no se vendría abajo todo
este discurso?
Estar detrás del signo que está en el mundo es, seguidamente,
permanecer invisible al mundo en la epifanía. En el rostro, el
otro se entrega en persona como otro, es decir, como lo que no se revela,
como lo que no se deja tematizar. No podré hablar de otro, convertirlo
en tema, decirlo como objeto, en acusativo. Solamente puedo, solamente
debo hablar a otro, llamarle en vocativo, que no es una categoría,
un caso de la palabra, sino el surgimiento, la elevación misma
de la palabra. Es necesario que falten las categorías para que
no se falte al otro; pero para que no se falte al otro, es necesario que
éste se presente como ausencia y aparezca como no-fenomenalidad.
Siempre detrás de sus signos y de sus obras, en su interioridad
secreta y discreta por siempre, interrumpiendo por su libertad de palabra
todas las totalidades de la historia, el rostro no es "del mundo". Es
su origen. No puedo hablar de él más que hablándole;
y no puedo alcanzarle más que como debo alcanzarle. Pero no debo
alcanzarle más que como lo inaccesible, lo invisible, lo intangible.
El secreto, la separación, la invisibilidad de Gyges ("condición
misma del hombre") son el estado mismo, el status de lo que se llama la
psyque. Esta separación absoluta, este ateísmo natural,
esta libertad de mentira en donde radican la verdad y el discurso, todo
eso es "una gran gloria para el creador". Afirmación que, por una
vez al menos, apenas podrá desconcertar.
Para que el rostro presente al otro sin metáfora, la palabra no
debe simplemente traducir el pensamiento. Sin duda es necesario que el
pensamiento sea ya palabra, pero es necesario sobre todo que el cuerpo
se mantenga siendo también lenguaje. Es necesario que el conocimiento
racional no sea la primera palabra de las palabras. De creer a Levinas,
la subordinación clásica del lenguaje al pensamiento y del
cuerpo al lenguaje, Husserl y Heidegger la habrían aceptado en
el fondo. En cambio, Merleau-Ponty, "mejor que otros", habría mostrado
"que el pensamiento desencarnado, que piensa la palabra antes de hablarla,
el pensamiento que constituye el mundo de la palabra, era un mito". Pero
por la fuerza de un movimiento genuino suyo, Levinas sólo asume
tal extrema audacia "moderna" para replegarla hacia un infinitismo que,
en su parecer, aquélla debe suponer, y cuya forma es muchas veces
muy clásica, prekantiana más que hegeliana. Así,
los temas del cuerpo propio como lenguaje e intencionalidad no pueden
eludir los escollos clásicos, y el pensamiento no puede ser de
entrada lenguaje si no se reconoce que es de entrada e irreductiblemente
relación con el otro (lo que, nos parece, no había escapado
a Merleau-Ponty),[xxiv] pero un otro irreductible
que me convoca sin retorno hacia afuera, pues en él se presenta
el infinito sobre el que ningún pensamiento puede cerrarse, que
prohíbe el monólogo "aunque tenga "la intencionalidad corporal"
de Merleau-Ponty". Contra todas las apariencias y contra todo lo acostumbrado,
se debería reconocer, pues, aquí, que la disociación
entre pensamiento y lenguaje y la subordinación de éste
a aquél constituyen lo típico de una filosofía de
la finitud. Y esta demostración nos remitiría de nuevo al
Cogito cartesiano de la tercera de las Meditaciones, más allá
de Merleau-Ponty, Heidegger y Husserl. Y ello según un esquema
que nos parece sostener el conjunto de este pensamiento; lo otro no es
lo otro más que si su alteridad es absolutamente irreductible,
es decir, infinitamente irreductible; y lo infinitamente Otro sólo
puede ser lo Infinito.
Palabra y mirada, el rostro no está, pues, en el mundo, puesto
que abre y excede la totalidad. Por eso marca el límite de todo
poder, de toda violencia, y el origen de la ética. En un sentido,
el asesinato se dirige siempre al rostro, pero para fallar siempre el
intento. "El asesinato ejerce un poder sobre lo que escapa al poder. Todavía
poder, pues el rostro se expresa en lo sensible; pero ya impotencia, puesto
que el rostro desgarra lo sensible.". "El Otro es el único ser
al que puedo querer matar", pero el único también que me
manda: "no matarás", y que limita absolutamente mi poder. No oponiéndome
otra fuerza en el mundo, sino hablándome y mirándome desde
otro origen del mundo, desde lo que ningún poder finito podría
oprimir. Extraña, impensable noción de resistencia no real.
Desde su artículo de 1953 (ya citado) no dice ya, que sepamos,
"resistencia inteligible" -expresión cuyo sentido pertenece todavía,
al menos por su literalidad, a la esfera de lo Mismo, y que sólo
había sido utilizada, al parecer, para significar una resistencia
no-real- En Totalidad e infinito, Levinas habla de "resistencia ética".
Lo que escapa al concepto como poder no es, pues, la existencia en general,
sino la existencia del otro. Y en primer término porque no hay,
a pesar de las apariencias, concepto del otro. Habría que reflexionar
de forma artesanal, en la dirección en que filosofía y filología
vienen a controlarse, y a unir su cuidado y su rigor, con esta palabra
"Otro" (Autrui), apuntada en silencio por la mayúscula que aumenta
la neutralidad de lo otro (l'autre), y de la que nos servimos con tanta
familiaridad, siendo así que es el desorden mismo de la conceptualidad.
¿Es sólo un nombre común sin concepto? Pero, en primer
lugar, ¿es un nombre? No es un adjetivo, ni un pronombre, es, pues,
un sustantivo -y así lo clasifican los diccionarios- pero un sustantivo
que no es, como de costumbre, una especie de nombre: ni nombre común,
pues no soporta, como en la categoría de lo otro en general, del
héteron, el artículo definido. Ni el plural. "En la expresión
de cancillería "l'autrui" no hay que tomar le por el artículo
de autrui; se sobreentiende bien, derecho; el bien, el derecho d'autrui"
nota Littré, que había empezado así: "Autrui, de
alter-huic, este otro, en régimen gramatical de caso: de ahí
por qué autrui está siempre en régimen y por qué
autrui es menos general que los otros". Así pues, y sin hacer de
la lengua el accidente del pensamiento, habría que dar cuenta de
esto: que lo que está, en la lengua, siempre "en régimen",
y en la menor generalidad, sea, por su sentido, indeclinable y allende
el género. ¿Cuál es el origen de este caso del sentido
en la lengua, de este régimen en que la lengua introduce el sentido?
"El otro" (autrui) no es, por lo demás, un nombre propio, aunque
su anonimato no signifique sino el recurso innombrable de todo nombre
propio. Habría que reflexionar pacientemente sobre lo que sucede
en la lengua cuando el pensamiento griego del héteron parece perder
el aliento ante el alter-huic, parece hacerse impotente para dominar lo
que sólo él, sin embargo, permite pre-comprender disimulando
como alteridad (otro en general) aquello que de vuelta le revelará
el centro irreductible de su sentido (lo otro como el otro). Habría
que reflexionar en la complicidad de esta disimulación y de esta
pre-comprensión que no se produce dentro de un movimiento conceptual,
pues la palabra francesa autrui no designa una especie del género
otro. Habría que reflejar este pensamiento de lo otro en general
(que no es un género), pensamiento griego dentro del que esta diferencia
no específica (se) produce (en) nuestra historia. Antes todavía:
¿qué significa otro antes de la determinación griega
del héteron y la determinación judeo-cristiana de el otro?
Es el tipo de cuestión que Levinas parece recusar en el fondo:
según él sólo la irrupción del otro permite
acceder a la alteridad absoluta e irreductible de lo otro. Habría
que reflexionar, pues, en ese Huic del otro, cuya trascendencia no es
todavía la de un tú. Aquí cobra sentido la oposición
de Levinas a Buber o a G. Marcel. Tras haber opuesto la altura magistral
del Usted a la reciprocidad íntima del Yo-Tú (5),
Levinas parece orientarse en su meditación de la Huella hacia una
filosofía del Ille, del Él (del prójimo como extranjero
lejano, según la ambigüedad original de la palabra que se
traduce como "prójimo" al que amar). De un Él que no sería
el objeto impersonal opuesto al tú, sino la trascendencia invisible
del otro.[xxv] Si en el rostro la expresión
no es revelación, lo no-revelable se expresa más allá
de toda tematización, de todo análisis constitutivo, de
toda fenomenología. En sus diversas etapas, la constitución
trascendental del alter ego, tal como Husserl intenta ordenar su descripción
en la quinta de las Meditaciones cartesianas, presupondría aquello
cuya génesis pretende (según Levinas) seguir. El otro no
sería constituido como un alter ego, fenómeno del ego, por
y para un ego monádico que procede por una analogía apresentativa.
Todas las dificultades que encuentra Husserl serían "superadas",
si se reconociera la relación ética como cara a cara originaria,
como surgimiento de la alteridad absoluta, de una exterioridad que no
se deja ni derivar, ni engendrar, ni constituir a partir de otra instancia
que ella misma. "Fuera" absoluto, exterioridad que desborda infinitamente
la mónada del ego cogito. Otra vez aquí, Descartes contra
Husserl, el Descartes de la tercera de las Meditaciones que Husserl habría
ignorado. Mientras que en la reflexión sobre el cogito, Descartes
toma consciencia de que el infinito no sólo no puede constituirse
en objeto (dudoso), sino que lo ha hecho ya posible como cogito al desbordarlo
(desbordamiento no espacial contra el que se rompe la metáfora),
Husserl, por su parte, "ve en el cogito una subjetividad sin ningún
apoyo fuera de ella, constituye la idea misma de infinito, y se la da
como objeto" (5). Pero lo infinito (infinitamente otro)
no puede ser objeto puesto que es palabra, origen del sentido y del mundo.
Ninguna fenomenología puede, pues, dar cuenta de la ética,
de la palabra y de la justicia.
Pero si toda justicia comienza con la palabra, no toda palabra es justa.
La retórica puede volver a la violencia de la teoría que
reduce al otro cuando lo conduce, en la psicagogia, la demagogia, incluso
la pedagogía que no es enseñanza. Ésta desciende
de la altura del maestro cuya exterioridad absoluta no hiere la libertad
del discípulo. Más allá de la retórica, la
palabra descubre la desnudez del rostro sin la que ninguna desnudez tendría
sentido. Todas las desnudeces, "incluso la desnudez del cuerpo experimentada
en el pudor", son "figuras" para la desnudez sin metáfora del rostro.
El tema está ya muy explícito en ¿Es fundamental la
ontología?.
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