Violencia
y metafísica.
Ensayo sobre el pensamiento de Emmanuel Levinas.
Jacques Derrida
Extraído
de:
La escritura y la diferencia
Jacques Derrida
Traducción de Patricio Peñalver
Ed. Anthropos, Barcelona, 1989
Hebraism and Hellenism: between these two points of influence moves out
world. At one time it feels more powerfully the attraction of one of them,
at another time of the other; and it ought to be, though it never is,
evenly and happily balanced between them.
MATTHEW ARNOLD
Culture and anarchy
Que la filosofía haya muerto ayer, después de Hegel o Marx,
Nietzsche o Heidegger -y aun así la filosofía tendría
que errar hacia el sentido de su muerte- o que haya vivido siempre de
saberse moribunda, lo que se confiesa silenciosamente en la sombra que
produce la expresión misma que declaró la philosophia
perennis; que haya muerto un día, en la historia, o que haya
vivido siempre de agonía y de abrir violentamente la historia arrancándole
su posibilidad contra la no-filosofía, su fondo adverso, su pasado
o su facticidad, su muerte y su recurso; que más allá de
esta muerte o de esta mortalidad de la filosofía, quizás
incluso gracias a ellas, el pensamiento tenga un porvenir o incluso, se
dice hoy, esté todo él por venir a partir de lo que se reservaba
todavía en la filosofía; más extrañamente
todavía, que el porvenir tenga él mismo así un porvenir:
todas estas cuestiones no son capaces de respuesta. Son, por nacimiento
y por una vez al menos, problemas que se plantean a la filosofía
como problemas que ella no puede resolver.
Quizás, incluso, estas cuestiones no son filosóficas, no
son ya de la filosofía. Deberían ser sin embargo las únicas
que pueden fundar hoy la comunidad de lo que, en el mundo, se llama todavía
los filósofos por un recuerdo, al menos, que habría que
interrogar sin cesar, y a pesar de la diáspora de los institutos
o de las lenguas, de las publicaciones y de las técnicas que se
ponen en movimiento, se engendran por sí mismas y se acrecientan
como el capital o la miseria. Comunidad de la cuestión, pues, en
esta frágil instancia en que la cuestión no está
todavía suficientemente determinada como para que la hipocresía
de una respuesta se haya inducido ya bajo la máscara de la cuestión,
como para que su voz se haya dejado ya articular fraudulentamente en la
sintaxis misma de la cuestión. Comunidad de la decisión,
de la iniciativa, de la inicialidad absoluta, pero amenazada, en que la
cuestión no ha encontrado todavía el lenguaje que ha decidido
buscar, no se ha asegurado en éste todavía acerca de su
propia posibilidad. Comunidad de la cuestión acerca de la posibilidad
de la cuestión. Es poco -no es casi nada-, pero ahí se refugian
y se resumen hoy una dignidad y un deber intangibles de decisión.
Una intangible responsabilidad.
¿Por qué intangible? Porque lo imposible ha tenido lugar ya.
Lo imposible según la totalidad de lo cuestionado, según
la totalidad de lo ente, de los objetos y de las determinaciones, lo imposible
según la historia de los hechos ha tenido lugar: hay una historia
de la cuestión, una memoria pura de la cuestión pura que
autoriza quizás en su posibilidad toda herencia y toda memoria
pura en general y como tal. La cuestión ha comenzado ya, lo sabemos,
y al concernir esta extraña certeza a otro origen absoluto, a otra
decisión absoluta, al asegurarse del pasado de la cuestión,
libera una enseñanza inconmensurable: la disciplina de la cuestión.
A través (a través, es decir, que hace falta ya saber leer)
de esta disciplina que no es todavía, incluso, la tradición
ya inconcebible de lo negativo (de la determinación negativa),
y que es muy anterior a la ironía, a la mayéutica, a la
epoché y a la duda, se anuncia una orden: la cuestión
debe ser guardada. Como cuestión. La libertad de la cuestión
(genitivo doble) debe ser dicha y resguardada. Morada fundada, tradición
realizada de la cuestión que se mantiene como cuestión.
Si este mandato tiene una significación ética, no es por
pertenecer al dominio de la ética, sino por autorizar -ulteriormente-
toda ley ética en general. No hay ley que no se diga, no hay mandato
que no se dirija a una libertad de palabra. No hay, pues, ni ley ni mandato
que no confirme y no encierre -es decir, que no disimule presuponiéndola-
la posibilidad de la cuestión. La cuestión está así
siempre encerrada, no aparece jamás inmediatamente como tal, sino
solamente a través del hermetismo de una proposición en
que la respuesta ha empezado ya a determinarla. Su pureza no hace nunca
otra cosa que anunciarse o recordarse a través de la diferencia
de un trabajo hermenéutico.
Así, los que se cuestionan acerca de la posibilidad, la vida y
la muerte de la filosofía están ya prendidos, sorprendidos
en el diálogo de la cuestión acerca de sí misma y
consigo, están ya en memoria de filosofía, inscritos en
la correspondencia de la cuestión con ella misma. Pertenece, pues,
esencialmente al destino de esta correspondencia el que llegue a especular,
a reflexionarse, a cuestionar acerca de sí en sí. Entonces
comienza la objetivación, la interpretación segunda y la
determinación de su propia historia en el mundo; entonces comienza
un combate que se sostiene en la diferencia entre la cuestión en
general y la "filosofía" como momento y modo determinados -finitos
o mortales- de la cuestión misma. Diferencia entre la filosofía
como poder o aventura de la cuestión misma y la filosofía
como acontecimiento o giro determinados en la aventura.
Esta diferencia se piensa mejor hoy. Que llegue a la claridad y se piense
como tal es sin duda el rasgo más inaparente al historiador de
los hechos, de las técnicas o de las ideas, el más inesencial
a sus ojos. Pero es quizás, comprendido con todas sus implicaciones,
el carácter más profundamente inscrito de nuestra época.
Pensar mejor esta diferencia, ¿no sería, en particular, saber
que si algo debe ocurrir todavía a partir de la tradición
en la que los filósofos se saben siempre sorprendidos, eso será
a condición de un incesante requerir su origen, y de esforzarse
rigurosamente por mantenerse en la mayor proximidad con éste? Lo
que no es balbucear y acurrucarse perezosamente en el fondo de la infancia.
Sino precisamente lo contrario.
Cerca nuestro, y después de Hegel, en su inmensa sombra, las dos
grandes voces por las que nos ha sido dictada esta repetición total,
que nos han despertado, en las que ha sido reconocida dicha repetición
de la mejor manera como la primera urgencia filosófica, son, sin
duda, las de Husserl y de Heidegger. Ahora bien, a pesar de las más
profundas desemejanzas, este recurso a la tradición -que no tiene
nada de tradicionalismo- está orientado por una intención
común a la fenomenología husserliana y a lo que llamaremos
provisionalmente, por aproximación y comodidad, la "ontología" (ii)
heideggeriana.
Así, muy sumariamente:
1. La totalidad de la historia de la filosofía se piensa a partir
de su fuente griega. No se trata, se sabe, de occidentalismo o de historicismo.
(iii). Simplemente, los conceptos fundadores de la
filosofía son en primer lugar griegos, y no sería posible
filosofar o pronunciar la filosofía fuera de su elemento. Que Platón
sea a los ojos de Husserl el instituidor de una razón y de una
tarea filosóficas cuyo telos dormía todavía
en la sombra; que marque, por el contrario, para Heidegger, el momento
en que el pensamiento del ser se olvida y se determina en filosofía,
esta diferencia sólo es decisiva al final de una raíz común
que es griega. La diferencia es fraternal en la descendencia, sometida
por entero a la misma dominación. Dominación de lo mismo,
también, que no se borrará ni en la fenomenología
ni en la "ontología".
2. La arqueología a la que nos conducen, por vías diferentes,
Husserl y Heidegger prescribe, cada vez; una subordinación o una
transgresión, en todo caso una reducción de la metafísica.
Incluso si ese gesto tiene, en cada caso, al menos en apariencia, un sentido
muy diferente.
3. En fin, la categoría de lo ético no está ahí
solamente disociada de la metafísica, sino ordenada a otra cosa
que ella misma, a una instancia anterior y más radical. Cuando
no lo está, cuando la ley, el poder de resolución y la relación
con el otro alcanzan la arché, pierden con ello su especificidad
ética. (iv)
Estos tres motivos, en cuanto que se ordenan a la única fuente
de la única filosofía, indicarían la única
dirección posible para todo recurso filosófico en general.
Si hay abierto un diálogo entre la fenomenología husserliana
y la "ontología" heideggeriana, dondequiera que se encuentren éstas
más o menos directamente implicadas, sólo en el interior
de la tradicionalidad griega parece poder entenderse. En el momento en
que la conceptualidad fundamental salida de la aventura greco-europea
está en curso de apoderarse de la humanidad entera, estos tres
motivos pre-determinarían, pues, la totalidad del logos y de la
situación histórico-filosófica mundial. Ninguna filosofía
podría conmoverlos sin comenzar por someterse a ellos o sin acabar
por destruirse ella misma como lenguaje filosófico. En una profundidad
histórica que la ciencia y las filosofías de la historia
no pueden más que presuponer, nos sabemos, pues, confiados a la
seguridad del elemento griego, en un saber y en una confianza que no serían
ni costumbres ni comodidades, sino que nos permitirían, por el
contrario, pensar todo peligro y vivir toda inquietud o todo infortunio.
Por ejemplo, la consciencia de crisis no expresa para Husserl más
que el recubrimiento provisional, casi necesario, de un motivo trascendental
que a su vez, en Descartes y Kant, comenzaba a cumplir el designio griego:
la filosofía como ciencia. Cuando Heidegger dice, por ejemplo,
que "desde hace tiempo, demasiado tiempo ya, el pensamiento está
en seco", como pez en tierra, el elemento al que quiere hacerlo volver
es todavía -ya- el elemento griego, el pensamiento griego del ser,
el pensamiento del ser cuya irrupción o llamada habrían
dado lugar a Grecia. El saber y la seguridad, pues, de la que hablamos
no están en el mundo: son más bien la posibilidad de nuestro
lenguaje y el asiento de nuestro mundo.
En esta profundidad es donde nos haría temblar el pensamiento de
Emmanuel Levinas.
En el fondo de la sequedad, en el desierto que crece, este pensamiento
que no quiere ser ya, en su fundamento, pensamiento del ser y de la fenomenalidad,
nos hace barruntar una desmotivación y una desposesión inauditas:
1. En griego, en nuestra lengua, en una lengua enriquecida con todos los
aluviones de su historia -y ya se anuncia nuestra cuestión-, en
una lengua que se acusa a sí misma de un poder de seducción,
del que disfruta sin cesar, este pensamiento nos aboca a la dislocación
del logos griego; a la dislocación de nuestra identidad, y quizás
de la identidad en general; nos aboca a abandonar el lugar griego, y quizás
el lugar en general, hacia lo que no es ya siquiera una fuente ni un lugar
(demasiado acogedores de los dioses), hacia una respiración, hacia
una palabra profética que ha soplado ya no solamente antes de Platón,
no solamente antes de los presocráticos, sino más acá
de todo origen griego, hacia lo otro de lo Griego (pero lo otro de lo
Griego, ¿será lo no-Griego? Sobre todo: ¿podrá
nombrarse como lo no-Griego? Y nos aproximamos a nuestra cuestión).
Pensamiento para el que la totalidad del logos griego ha sobrevenido ya,
humus apaciguado no sobre un suelo, sino alrededor de un volcán
más antiguo. Pensamiento que quiere, sin filología, por
la mera fidelidad a la desnudez inmediata pero enterrada de la experiencia
misma, liberarse de la dominación griega de lo Mismo y de lo Uno
(otros nombres para la luz del ser y del fenómeno) como de una
opresión, cierto que no parecida a ninguna otra en el mundo, opresión
ontológica o trascendental, pero también origen y coartada
de toda opresión en el mundo. Pensamiento, en fin, que quiere liberarse
de una filosofía fascinada por"la faz del ser que aparece en la
guerra" y"se decanta en el concepto de totalidad que domina la filosofía
occidental" (5, X).
2. Este pensamiento quiere, no obstante, definirse en su posibilidad primera
como metafísica (noción griega, sin embargo, si seguimos
la vena de nuestra cuestión). Metafísica que Levinas quiere
liberar de su subordinación, y cuyo concepto quiere restaurar contra
la totalidad de la tradición salida de Aristóteles.
3. Este pensamiento apela a la relación ética -relación
no violenta con lo infinito como infinitamente-otro, con el otro- que
podría, y sólo ella, abrir el espacio de la trascendencia
y liberar la metafísica. Ello sin apoyar la ética y la metafísica
sobre otra cosa que ellas mismas y sin mezclarlas con otras aguas en su
surgimiento.
Se trata, pues, de una potente voluntad de explicación con la historia
de la palabra griega. Potente puesto que, si esta tentativa no es la primera
de su género, el caso es que alcanza en el diálogo una altura
y una penetración en que los griegos -y en primer lugar esos dos
griegos que son todavía Husserl y Heidegger- son intimados a responder.
La escatología mesiánica en la que se inspira Levinas, si
no quiere ni asimilarse a lo que se llama una evidencia filosófica,
ni siquiera "completar" (5, X) la evidencia filosófica,
no se desarrolla, sin embargo, en su discurso ni como una teología
ni como una mística judías (incluso se puede entender como
el proceso de la teología y de la mística), ni como una
dogmática, ni como una religión, ni siquiera como una moral.
Esta tentativa no se apoya nunca en última instancia en la autoridad
de tesis o textos hebreos. Quiere hacerse entender en un recurso a la
experiencia misma. La experiencia misma, y lo que hay de más irreductible
en la experiencia: paso y salida hacia lo otro, lo otro mismo en lo que
tiene de más irreductiblemente otro: el otro. Recurso que no se
confunde con lo que se ha llamado siempre un procedimiento filosófico,
pero que llega a un punto en que la filosofía excedida no puede
no estar concernida. A decir verdad, la escatología mesiánica
no llega a proferirse literalmente jamás: se trata solamente de
designar en la experiencia desnuda un espacio, un hueco donde aquélla
pueda oírse y donde deba resonar. Este hueco no es una abertura
entre otras. Es la abertura misma, la abertura de la abertura, lo que
no se deja encerrar en ninguna categoría o totalidad, es decir,
todo lo que, en la experiencia, no se deja ya describir en la conceptualidad
tradicional y resiste, incluso, a todo filosofema.
¿Qué significan esta explicación y este desbordamiento
recíprocos de dos orígenes y de dos palabras históricas,
el hebraísmo y el helenismo? ¿Se anuncian ahí un impulso
nuevo, alguna extraña comunidad que no sea el retorno en espiral
de la promiscuidad alejandrina? Si se piensa que también Heidegger
quiere abrir el paso a una palabra antigua que, apoyándose en la
filosofía, lleve más allá o más acá
de la filosofía, ¿qué significan aquí este otro
paso y esta otra palabra? Y sobre todo, ¿qué significa este
requerido apoyarse en la filosofía en el que aquéllas siguen
dialogando? Este espacio de interrogación es el que hemos elegido
para una lectura -muy parcial- (v) de la obra de Levinas.
Desde luego, no tenemos la ambición de explorar ese espacio, ni
siquiera a título de un tímido comienzo. Apenas vamos a
intentar indicarlo, y de lejos. Querríamos en primer lugar, en
el estilo del comentario (y a pesar de algunos paréntesis y notas
en que se contendrá nuestra perplejidad), ser fieles a los temas
y a las audacias de un pensamiento. También en su historia, cuya
paciencia y cuya inquietud resumen ya, y soportan, la interrogación
recíproca de la que queremos hablar..(vi) Después
intentaremos plantear algunas cuestiones. Si consiguiesen aproximarse
al alma de esta explicación, en ningún caso serán
objeciones: sino más bien las cuestiones que nos plantea Levinas.
Acabamos de decir "temas" e "historia de un pensamiento". La dificultad
es clásica, y no es sólo de método. La brevedad de
estas páginas la agravará. No escogeremos. Nos negaremos
a sacrificar la historia del pensamiento y de las obras de Levinas al
orden y al haz de temas -no hay que decir sistema- que se reúnen
y se enriquecen en el gran libro: Totalidad e infinito. Pues
si hay que creer, por una vez, al mayor acusado del proceso instruido
en este libro, el resultado no es nada sin el devenir. Pero no sacrificaremos
tampoco la unidad fiel a sí misma de la intención, al devenir
que no sería entonces más que un puro desorden. No escogeremos
entre la abertura y la totalidad. Seremos, pues, incoherentes, pero sin
resolvernos sistemáticamente a la incoherencia. Estará en
el horizonte la posibilidad del sistema imposible para resguardarnos del
empirismo. Sin reflexionar aquí en la filosofía de esta
vacilación, anotemos entre paréntesis que, por su simple
enunciación, hemos abordado ya la problemática propia de
Levinas.
I. Violencia de la luz
La salida de Grecia estaba discretamente premeditada en la Teoría
de la intuición en la fenomenología de Husserl. Era
en 1930, en Francia, el primer gran trabajo consagrado al conjunto del
pensamiento husserliano. A través de una notable exposición
de los desarrollos de la fenomenología, tales como eran entonces
accesibles a partir de las obras publicadas y de la enseñanza del
maestro, a través de precauciones que hacían un lugar ya
a las "sorpresas" que podrían "reservar" la meditación y
los inéditos de Husserl, la reticencia era manifiesta. El imperialismo
de la theoría inquietaba ya a Levinas. Más que
cualquier otra filosofía, la fenomenología, en la huella
de Platón, debía estar afectada de luz. Al no haber sabido
reducir la última ingenuidad, la de la mirada, ésta pre-determinaba
el ser como objeto.
La acusación es todavía tímida y no forma un bloque.
a) En primer término, es difícil elevar un discurso filosófico
contra la luz. Y treinta años más tarde, cuando las acusaciones
contra el teoreticismo y la fenomenología -husserliana- lleguen
a ser los motivos esenciales de la ruptura con la tradición, será
necesario todavía que se dé en una cierta iluminación
la desnudez del rostro, esta "epifanía" de una cierta no-luz ante
la que deberán callar y desarmarse todas las violencias. En particular
la que está vinculada a la fenomenología.
b) Luego, es difícil pasarlo por alto, Husserl pre-determina tan
escasamente el ser como objeto que, en Ideas I, la existencia
absoluta sólo se le reconoce a la consciencia pura. Con frecuencia
se ha pretendido, es cierto, que la diferencia no contaba apenas, y que
una filosofía de la consciencia seguía siendo filosofía
del objeto. La lectura de Husserl por Levinas ha sido siempre, en relación
con este punto, matizada, flexible; contrastada. Ya en la Teoría
de la intuición..., la teoría se distingue justamente
de la objetividad en general. Lo veremos más adelante: la consciencia
práctica, axiológica, etc., es también, para Husserl,
una consciencia de objeto. Levinas lo reconoce netamente. La acusación
apuntaría, entonces, en realidad, al primado irreductible de la
correlación sujeto-objeto. Pero más tarde Levinas insistirá
cada vez más en aquello que, en la fenomenología husserliana,
nos lleva más allá o más acá de "la correlación
sujeto-objeto". Es, por ejemplo, "la intencionalidad en tanto relación
con la alteridad", como "exterioridad que no es objetiva", es la sensibilidad,
la génesis pasiva, el movimiento de la temporalización, (vii),etcétera.
c) Después, el sol del epékeina tes ousías
iluminará siempre para Levinas el despertar puro y la fuente inagotable
del pensamiento. No es solamente el ancestro griego del Infinito que trasciende
la totalidad (totalidad del ser o del nóema, de lo mismo o del
yo), (viii) sino el instrumento de una destrucción
de la ontología y de la fenomenología sometidas a la totalidad
neutra de lo Mismo como Ser o como Yo. Todos los ensayos agrupados en
1947 bajo el título: De la existencia al existente se
situarán bajo el signo de "la fórmula platónica que
sitúa el Bien más allá del Ser" (en Totalidad
e infinito, la "Fenomenología del Eros" describe el movimiento
del epékeina tes ousías en la experiencia misma
de la caricia). En 1947, a este movimiento que no es teológico,
que no es trascendencia hacia una "existencia superior", Levinas lo llama
"ex-cendencia". Apoyándose en el ser, la ex-cendencia es una "salida
del ser y de las categorías que lo describen". Esta ex-cendencia
ética dibuja ya el lugar-más bien el no-lugar- de la metafísica
como meta-teología, meta-ontología, meta-fenomenología.
Tendremos que volver a esta lectura del epékeina tes ousías
y a sus relaciones con la ontología. Anotemos de momento, puesto
que se trata de luz, que el movimiento platónico se interpreta
de tal manera que no conduce ya al sol, sino al más allá
mismo de la luz y del ser, de la luz del ser: "A nuestra manera nos encontramos
con la idea platónica del Bien más allá del Ser",
se leerá al final de Totalidad e infinito a propósito de
creación y fecundidad. A nuestra manera, es decir, que la ex-cendencia
ética no se proyecta hacia la neutralidad del bien, sino hacia
el otro, y que lo que (es) epékeina tes ousías
no es esencialmente luz, sino fecundidad o generosidad. La creación
no es creación más que de lo otro, no es posible sino como
paternidad, y las relaciones del padre con el hijo escapan a todas las
categorías de la lógica, de la ontología y de la
fenomenología en las que lo absoluto de lo otro es necesariamente
lo mismo. (Pero el sol platónico, ya, ¿no venía a iluminar
el sol visible?, y la ex-cendencia ¿no se ventilaba en la metá-fora
de estos dos soles? ¿No era el Bien la fuente -necesariamente nocturna-
de toda luz? Se ha hecho notar con frecuencia: el corazón de la
luz es negro. (ix) Además el sol de Platón
no ilumina solamente: engendra. El bien es el padre del sol visible que
da a los seres la "generación, el crecimiento y la alimentación".
República, 508a-509b.)
d) En fin, sin duda Levinas está muy atento a todo lo que en los
análisis de Husserl modera o complica la primordialidad de la consciencia
teórica. En un parágrafo consagrado a La consciencia
no-teórica, se reconoce que el primado de la objetividad en
general no se confunde necesariamente, en Ideas I, con el de
la actitud teórica. Hay actos y objetos no teóricos "de
una estructura ontológica nueva e irreductible". "Por ejemplo -dice
Husserl- el acto de valorar constituye un objeto (Gegenständlichkeit)
axiológico, específico en relación con el mundo de
las cosas, constituye un ser de una nueva región..." Levinas admite
además repetidas veces que la importancia atribuida a la objetividad
teorética depende de la guía trascendental escogida casi
siempre en Ideas I: la percepción de la cosa extensa.
(Se sabía sin embargo ya que este hilo conductor podía no
ser más que un ejemplo provisional.)
A pesar de todas estas precauciones, a pesar de una oscilación
constante entre la letra y el espíritu del husserlianismo (discutiendo
casi siempre aquélla en nombre de éste),(x)
a pesar de la insistencia en lo que se llama "fluctuación en el
pensamiento de Husserl", queda significada una ruptura a la que ya no
se volverá. La reducción fenomenológica, cuyo "papel
histórico [...] no es siquiera un problema" para Husserl, queda
prisionera de la actitud natural, posible por ella "en la medida en que
ésta es teórica".(xi) "Husserl se da la
libertad de la teoría, como se da la teoría misma." El capítulo
IV del trabajo, La consciencia teórica, señala,
en medio de un análisis ceñido y lleno de matices, el lugar
de la separación: no se puede mantener a la vez el primado del
acto objetivador y la originalidad irreductible de la consciencia no-teórica.
Y si "la concepción de la consciencia en la 5ª Untersuchung
nos parece no solamente que afirma un primado de la consciencia teórica,
sino que sólo en ella ve el acceso a lo que constituye el ser del
objeto", si "el mundo existente, que se nos revela, tiene el modo de existencia
del objeto que se da a la mirada teórica", si "el mundo real es
el mundo del conocimiento", si "en su filosofía [la de Husserl]
[...], el conocimiento, la representación,(xii)
no es un modo de vida del mismo grado que los otros, ni un modo secundario",
entonces "tendremos que separarnos de él".
Se prevé ya a qué incomodidad se verá condenado más
tarde un pensamiento que, aun rehusando la excelencia de la racionalidad
teorética, no dejará, sin embargo, jamás de apelar
al racionalismo y al universalismo más desarraigados contra las
violencias de la mística y de la historia, contra el rapto del
entusiasmo y del éxtasis. Se prevén también las dificultades
de un camino que lleva a una metafísica de la separación
a través de una reducción del teoreticismo. Pues es a la
separación, la distancia o la impasibilidad, a lo que apuntaban
hasta ahora las objeciones clásicas contra el teoreticismo y el
objetivismo. Tendrá más fuerza -y más peligro- denunciar,
por el contrario, la ceguera del teoreticismo, su incapacidad para salir
de sí hacia la exterioridad absoluta, hacia lo completamente-otro,
hacia lo infinitamente-otro, "más objetivo que la objetividad"
(5). Este será el verdadero blanco de Levinas:
la complicidad de la objetividad teórica y de la comunión
mística. Unidad premetafísica de una sola e idéntica
violencia. Alternancia que modifica el encierro, siempre el mismo, de
lo otro.
En 1930, Levinas se vuelve hacia Heidegger contra Husserl. Se ha publicado
entonces Sein und Zeit, y comienza a irradiar la enseñanza
de Heidegger. Todo lo que desborda el comentario y la "letra" del texto
husserliano se orienta hacia la "ontología", "en el sentido muy
especial que Heidegger da a este término" (1). En su crítica
a Husserl Levinas retiene aquí dos temas heideggerianos:
1. a pesar de "la idea tan profunda de que en el orden ontológico,
el mundo de la ciencia es posterior al mundo concreto y vago de la percepción,
y depende de él" Husserl "se ha equivocado quizás al ver,
en este mundo concreto, un mundo de objetos percibidos ante todo" (1).
Más lejos va Heidegger, para quien este mundo no está en
primer lugar dado a una mirada, sino (formulación ante la que cabe
preguntarse si Heidegger la hubiera aceptado) "en su ser mismo, como un
centro de acción, como un campo de actividad o de solicitud" (ibíd.).
2. si bien ha tenido razón contra el historicismo y la historia
naturalista, Husserl ha descuidado "la situación histórica
del hombre... tomada en otro sentido".(xiii) Hay una
historicidad y una temporalidad del hombre que no son solamente sus predicados,
sino "la sustancialidad misma de su sustancia". Eso es "esta estructura...
que ocupa un lugar tan importante en el pensamiento de un Heidegger" (ibíd.).
Se prevé ya a qué incomodidad se verá condenado más
tarde un pensamiento que, aun rehusando la excelencia de una "filosofía"
que "parece... tan independiente de la situación histórica
del hombre como la teoría que aspira a considerar todo sub
specie aeternitatis" (1), no cesará más
tarde de recurrir, como a la experiencia, a lo "escatológico" que
"en tanto que el "más allá" de la historia arranca los seres
a la jurisdicción de la historia..." (5). No hay
aquí contradicción, sino un desplazamiento de conceptos
-aquí del concepto de historia- que debemos seguir. Quizás
entonces la apariencia de contradicción se desvanecerá como
el fantasma de una filosofía atrapada en su conceptualidad elemental.
Contradicción según lo que Levinas llamará a menudo
"lógica formal".
Sigamos este desplazamiento. Lo que se le reprocha a Husserl respetuosamente,
moderadamente, en un estilo heideggeriano, no tardará apenas en
convertirse en base de acusación en una requisitoria vuelta esta
vez contra Heidegger, y cuya violencia no cesará de crecer. No
se trata ciertamente de denunciar como un teoreticismo militante un pensamiento
que, desde su primer acto, rehusó tratar la evidencia del objeto
como su último recurso; y para el que la historicidad del sentido,
según los propios términos de Levinas, "arruina la claridad
y la constitución en tanto que modos de existencia auténticos
del espíritu" (4); para el que, en fin, "la evidencia
no es ya el modo fundamental de la intelección", "la existencia
es irreductible a la luz de la evidencia" y "el drama de la existencia"
se representa "antes de la luz" (ibíd.). Sin embargo, en una singular
profundidad -pero el hecho y la acusación son así aún
más significativos- Heidegger habría, todavía, puesto
en cuestión y reducido el teoreticismo en nombre de -y desde su
interior- una tradición grecoplatónica vigilada por la instancia
de la mirada y la metáfora de la luz. Es decir, por la pareja espacial
del adentro-afuera (pero ¿es esta, de parte a parte, una pareja espacial?),
de la que vive la oposición sujeto-objeto. Al pretender reducir
este último esquema, Heidegger habría retenido lo que lo
hacía posible y necesario: la luz, el desvelamiento, la comprensión
o la pre-comprensión. Es lo que se nos dice en textos que fueron
escritos después de Descubriendo la existencia. "El cuidado heideggeriano,
completamente iluminado por la comprensión (incluso si la comprensión
misma se da como cuidado), está ya determinado por la estructura
"adentro-afuera" que caracteriza a la luz." Al conmover la estructura
"adentro-afuera" en ese punto en que habría resistido a Heidegger,
Levinas no pretende en lo más mínimo borrarla o negar su
sentido y su existencia. Ni tampoco, por otra parte, cuando se trata de
la oposición sujeto-objeto o cogito-cogitatum. En un estilo en
el que se reconoce aquí el pensamiento fuerte y fiel (es también
el estilo de Heidegger), Levinas respeta la zona o la capa de verdad tradicional;
y las filosofías cuyos presupuestos describe no son, en general,
ni refutadas ni criticadas. Aquí, por ejemplo, se trata simplemente
de hacer aparecer bajo esta verdad, fundándola y disimulándose
en ella, "una situación que precede a la escisión del ser
en un adentro y un afuera". Y sin embargo instaurar, en un sentido que
deberá ser nuevo, tan nuevo, una metafísica de la separación
y de la exterioridad radicales. Se presiente que esta metafísica
tendrá dificultades para encontrar su lenguaje en el elemento de
un logos tradicional controlado enteramente por la estructura "adentro-afuera",
"interioridad-exterioridad".
Así, "sin ser conocimiento, la temporalidad de Heidegger es un
éxtasis, el "ser fuera de sí". No trascendencia de la teoría,
pero sí, ya, salida de una interioridad hacia una exterioridad".
La estructura del Mitsein será a su vez interpretada como herencia
platónica y pertenencia al mundo de la luz. En efecto, a través
de la experiencia del eros y de la paternidad, a través de la espera
de la muerte, debería surgir una relación con lo otro que
no se deja comprender ya como modificación de "la noción
eleática del Ser" (3). Ésta exigiría
que la multiplicidad sea comprendida y sometida al imperio de la unidad.
Esa noción regiría todavía la filosofía de
Platón, según Levinas, hasta en su concepto de la feminidad
(pensada como materia en las categorías de la actividad y la pasividad)
y hasta en su concepto de la ciudad que "debe imitar el mundo de las ideas"
(3).
"Querríamos ponernos en camino hacia un pluralismo que no se fusione
en unidad; y, si es que esto puede osarse, romper con Parménides"
(3). Levinas nos exhorta, pues, a un segundo parricidio.
Hay que matar al padre griego que nos mantiene todavía bajo su
ley: a lo que un Griego -Platón- no pudo nunca resolverse sinceramente,
difiriéndolo en un asesinato alucinatorio. Pero lo que un Griego,
en este caso, no pudo hacer, un no-Griego ¿podrá conseguirlo
de otro modo que disfrazándose de griego, hablando griego, fingiendo
hablar griego para acercarse al rey? Y como se trata de matar una palabra,
¿se sabrá alguna vez quién es la última víctima
de esta ficción? ¿Se puede fingir hablar un lenguaje? El extranjero
de Elea y discípulo de Parménides había tenido que
darle la razón a éste para llegar a dar cuenta de él:
plegando el no-ser a ser, había necesitado "despedir a no sé
qué contrario del ser" y confinar el no-ser en su relatividad al
ser, es decir, en el movimiento de la alteridad.
¿Por qué era necesaria la repetición del asesinato
según Levinas? Porque el gesto platónico será ineficaz
mientras la multiplicidad y la alteridad no sean entendidos como soledad
absoluta del existente en su existir. Es entonces la traducción
escogida por Levinas, "por razones de eufonía" (3)
para Seiendes y Sein. Esta elección no dejará de
mantener un cierto equívoco; por existente Levinas entiende, en
efecto, casi siempre, si es que no siempre, el ente-hombre, el ente en
la forma del Dasein. Ahora bien, el existente comprendido así
no es el ente (Seiendes) en general, sino que remite -y en primer
término porque es la misma raíz- a lo que llama Heidegger
Existenz, "modo de ser y, justamente, el ser de aquel ente que
se mantiene abierto a la apertura del ser y en ella". Was bedeutet
"Existenz" in Sein und Zeit? Das Wort nennt eine Weise des Seins, und
zwar das Sein desjenigen Seienden, das offen steht für die Offenheit
des Seins, in der es steht, indem es sie aussteht (Introd. a Was ist Metaphysik).
Ahora bien, esta soledad del "existente" en su "existir" sería
primera, no podría pensarse a partir de la unidad neutra del existir,
que Levinas describe con frecuencia, y tan profundamente, bajo el título
de Hay. Pero el "hay" ¿no es la totalidad de lo ente indeterminado,
neutro, anónimo, etc., más bien que el ser mismo? Habría
que confrontar sistemáticamente este tema del "hay" con las alusiones
que hace Heidegger al "es gibt" (Sein und Zeit, Carta
sobre el humanismo). Confrontar también el horror o el terror,
que Levinas opone a la angustia heideggeriana, con la experiencia del
pavor (Scheu), de la que dice Heidegger, en el Nachwort a
Was ist Metaphysik, que "habita cerca de la angustia esencial".
Del fondo de esta soledad surge la relación con lo otro. Sin ella,
sin este secreto primero, el parricidio es una ficción teatral
de la filosofía. Partir de la unidad del "existir" para comprender
el secreto, bajo el pretexto de que éste existe o de que es el
secreto del existente, "sería encerrarse en la unidad y dejar escapar
a Parménides de todo parricidio" (3). Desde entonces,
pues, Levinas se orienta hacia un pensamiento de la diferencia originaria.
¿Está este pensamiento en contradicción con las intenciones
de Heidegger? ¿Hay una diferencia entre esta diferencia y la diferencia
de que habla este último? ¿Es más que verbal su proximidad?
¿Y cuál es la diferencia más originaria? Son cuestiones
que abordaremos más adelante.
Mundo de luz y de unidad, "filosofía de un mundo de la luz, de
un mundo sin tiempo". En esta heliopolítica, "el ideal social se
buscará en un ideal de fusión... el sujeto... hundiéndose
en una representación colectiva, en un ideal común. Es la
colectividad que dice "nosotros" la que, vuelta hacia el sol inteligible,
hacia la verdad, siente al otro a su lado, y no frente a sí...
El Miteinandersein sigue siendo también la colectividad del con,
y como se revela en su forma auténtica es en torno a la verdad".
Ahora bien, "por nuestra parte, esperamos mostrar que no es la preposición
mit la que debe describir la relación original con el otro". Bajo
la solidaridad, bajo el compañerismo, antes del Mitsein que sólo
sería una forma derivada y modificada de la relación originaria
con el otro, Levinas apunta ya al cara a cara y al encuentro del rostro.
"Cara a cara sin intermediario" ni "comunión". Sin intermediario
y sin comunión, ni mediatez ni inmediatez, tal es la verdad de
nuestra relación con el otro, la verdad ante la que el logos tradicional
es para siempre inhospitalario. Verdad impensable de la experiencia viva
a la que incesantemente vuelve Levinas, y que la palabra filosófica
no puede intentar abrigar sin mostrar enseguida, en su propia luz, grietas
lamentables, y su rigidez, en lo que se había tomado por solidez.
Se podría mostrar, sin duda, que la escritura de Levinas tiene
esta propiedad, la de moverse siempre, en sus momentos decisivos, a lo
largo de esas grietas, progresando con maestría mediante negaciones
y negación contra negación. Su vía propia no es la
de un "o bien... o bien", sino de un "ni... ni tampoco". La fuerza poética
de la metáfora es muchas veces la huella de esta alternativa rehusada
y de esta herida en el lenguaje. A través de ella, en su abertura,
la experiencia misma se muestra en silencio.
Sin intermediario y sin comunión, proximidad y distancia absolutas:
"... eros donde, en la proximidad del otro, la distancia se mantiene íntegramente,
y cuya patética viene a la vez de esta proximidad y de esta dualidad".
Comunidad de la no-presencia, en consecuencia, de la no-fenomenalidad.
No comunidad sin luz, no sinagoga con los ojos vendados, sino comunidad
anterior a la luz platónica. Luz antes de la luz neutra, antes
de la verdad que se presenta como tercera, "hacia la que se mira juntos",
verdad de juicio y de arbitrio. Lo otro, lo completamente otro, sólo
puede manifestarse como lo que es, antes de la verdad común, en
una cierta no-manifestación y en una cierta ausencia. Sólo
de él puede decirse que su fenómeno es una cierta no-fenomenalidad,
que su presencia (es) una cierta ausencia. No ausencia pura y simple,
pues la lógica acabaría así volviendo a arreglar
sus cuentas, sino una cierta ausencia. Lo muestra bien esta formulación:
en esa experiencia de lo otro la lógica de la no-contradicción,
todo lo que Levinas designará bajo el nombre de "lógica
formal", se ve discutida en su raíz. Esta raíz no sería
sólo la de nuestro lenguaje, sino la del conjunto de la filosofía
occidental,[xiv] en particular de la fenomenología
y la ontología. Esta ingenuidad les impediría pensar lo
otro (es decir, pensar; y la razón sería así, pero
no es Levinas el que lo ha dicho, "la enemiga del pensamiento") y ordenar
su discurso a él. La consecuencia sería doble. a) Al no
pensar lo otro, no tienen el tiempo. Al no tener el tiempo, no tienen
la historia. La alteridad absoluta de los instantes, sin la que no habría
tiempo, no puede producirse -constituirse- en la identidad del sujeto
o del existente. Aquélla viene al tiempo por el otro. Bergson y
Heidegger lo habrían ignorado (2). Husserl, todavía
más. b) Más grave, privarse de lo otro (no por una especie
de destete, separándose de él, lo cual es justamente relacionarse
con él, respetarlo, sino ignorándolo, es decir, conociéndolo,
identificándolo, asimilándolo), privarse de lo otro es encerrarse
en una soledad (mala soledad de solidez y de identidad consigo) y reprimir
la trascendencia ética. En efecto, si la tradición parmenídea
-y sabemos ahora lo que esto significa para Levinas- ignora la irreductible
soledad del "existente", ignora, por ello mismo, la relación con
lo otro. Aquélla no piensa la soledad, no se aparece como soledad
porque es soledad en totalidad y opacidad. "El solipsismo no es ni una
aberración ni un sofisma; es la estructura de la razón misma.
" Hay, pues, un soliloquio de la razón y una soledad de la luz.
Incapaces de responder a lo otro en su ser y en su sentido, fenomenología
y ontología serían, pues, filosofías de la violencia.
A través de ellas, toda la tradición filosófica en
su sentido profundo estaría ligada a la opresión y el totalitarismo
de lo mismo. Vieja amistad oculta entre la luz y el poder, vieja complicidad
entre la objetividad teórica y la posesión técnico-política.[xv]
"Si se pudiese poseer, captar y conocer lo otro, no sería lo otro.
Poseer, conocer, captar son sinónimos del poder" (3).
Ver y saber, tener y poder, sólo se despliegan en la identidad
opresiva y luminosa de lo mismo, y siguen siendo, a los ojos de Levinas,
las categorías fundamentales de la fenomenología y la ontología.
Todo lo que me está dado en la luz parece estarme dado a mí
mismo por mí mismo. Desde ese momento, la metáfora heliológica
simplemente aparta nuestra vista y proporciona una excusa a la violencia
histórica de la luz: desplazamiento de la opresión técnico-política
hacia la falsa inocencia del discurso filosófico. Pues se ha creído
siempre que las metáforas quitaban gravedad a las cosas y a los
actos, los hacían inocentes. Si no hay historia más que
por el lenguaje, y si el lenguaje (salvo cuando nombra el ser mismo o
la nada: casi nunca) es elementalmente metafórico, Borges tiene
razón: "Quizás la historia universal no es más que
la historia de algunas metáforas". De esas pocas metáforas
fundamentales, la luz no es más que un ejemplo, pero ¡qué
ejemplo! ¿Quién podrá dominarla, quién dirá
jamás su sentido sin dejarse primero decir por éste? ¿Qué
lenguaje escapará jamás de ella? ¿Cómo se liberará
de ella, por ejemplo, la metafísica del rostro como epifanía
del otro? La luz no tiene quizás contrario, no lo es, sobre todo,
la noche. Si todos los lenguajes se debaten en ella, simplemente modificando
la misma metáfora y escogiendo la mejor luz, Borges, unas páginas
más adelante, vuelve a tener razón: "Quizás la historia
universal no es más que la historia de las diversas entonaciones
de algunas metáforas" (La esfera de Pascal. La cursiva es nuestra).
II. Fenomenología, ontología, metafísica
Estos caminos eran de carácter crítico, pero obedecían
a la voz de certezas plenas. Sólo que éstas apenas llegaban
a aparecer, a través de ensayos, análisis concretos y sutiles
que exponían el exotismo, la caricia, el insomnio, la fecundidad,
el trabajo, el instante, el cansancio hasta el punto, hasta la punta de
lo indescriptible indestructible que encuentra la conceptualidad clásica,
y que buscaban, en medio de rechazos, su propia conceptualidad. Totalidad
e infinito, la gran obra, no sólo enriquece esos análisis
concretos, los organiza dentro de una potente arquitectura.
Al movimiento positivo que lleva más allá del menosprecio
o del desconocimiento de lo otro, es decir, más allá de
la apreciación o de la toma, de la comprensión y del conocimiento
del otro, Levinas lo llama metafísica o ética. La trascendencia
metafísica es deseo.
Este concepto de deseo es lo más anti-hegeliano posible. No designa
el movimiento de negociación y de asimilación, la negación
de la alteridad necesaria en primer término para llegar a ser "consciencia
de sí", "cierta de sí" (Fenomenología del espíritu
y Enciclopedia). El deseo es por el contrario, para Levinas, el respeto
y el conocimiento del otro como otro, momento ético-metafísico
que la consciencia debe prohibirse transgredir. Este gesto de transgresión
y de asimilación sería, por el contrario, según Hegel,
una necesidad esencial. Levinas ve ahí una necesidad natural, pre-metafísica,
y separa, en bellos análisis, el deseo del goce; lo que no parece
hacer Hegel. El goce está simplemente diferido en el trabajo: el
deseo hegeliano no sería, pues, más que la necesidad en
el sentido de Levinas. Pero las cosas llegarían a parecer más
complicadas, cabe plantear la duda, en caso de seguir minuciosamente el
movimiento de la certeza y de la verdad del deseo en la Fenomenología
del espíritu. A pesar de sus protestas antikierkegaardianas, Levinas
se encuentra aquí con los temas de Temor y temblor: el movimiento
del deseo no puede ser lo que es más que como paradoja, como renuncia
a lo deseado.
Ni la intencionalidad teórica ni la afectividad de la necesidad
agotan el movimiento del deseo: aquéllas tienen como sentido y
como fin cumplirse, colmarse, satisfacerse en la totalidad y la identidad
de lo mismo. El deseo, por el contrario, se deja apelar por la exterioridad
absolutamente irreductible de lo otro, ante lo que debe mantenerse infinitamente
inadecuado. Sólo se iguala a la desmesura. Ninguna totalidad se
cerrará jamás sobre él. La metafísica del
deseo es, pues, metafísica de la separación infinita, pero
no consciencia de la separación como consciencia judía,
como consciencia desgraciada: en la Odisea hegeliana la desgracia de Abraham
queda determinada como provisión, como necesidad provisional de
una figura y de un paso en el horizonte de la reconciliación, del
retorno a sí y del saber absoluto. Además, el deseo no es
desgraciado. Es apertura y libertad. Y lo infinito deseado puede dirigirlo,
pero jamás saciarlo con su presencia. "Y si el deseo tuviese que
cesar con Dios, / ¡Ay!, envidiaría tu infierno." (¿Se
nos permitirá citar a Claudel para comentar a Levinas, a pesar
de que éste polemiza también con ese "espíritu admirado
desde [nuestra] juventud"? [6].)
Lo infinitamente otro es lo invisible puesto que la visión sólo
se abre a la exterioridad ilusoria y relativa de la teoría y la
necesidad. Exterioridad provisional que se da uno con vistas a consumirla,
a consumarla. Inaccesible, lo invisible es lo altísimo. Esta expresión
-afectada quizás por las resonancias platónicas evocadas
por Levinas, pero sobre todo por otras que se reconocerán más
rápidamente- desgarra, por el exceso superlativo, la letra espacial
de la metáfora. Por alta que sea, la altura es siempre accesible;
lo altísimo, en cambio, es más alto que la altura. Ningún
aumento de altura podría medirlo. No pertenece al espacio, no es
del mundo. Pero ¿de qué tipo es la necesidad de esta inscripción
del lenguaje en el espacio en el momento de excederlo? Y si el polo de
la transcendencia metafísica es no-altura espacial, ¿qué
legitima en última instancia la expresión trans-ascendencia
tomada de J. Wahl? El tema del rostro nos ayudará a comprenderlo
quizás.
El yo es lo mismo. La alteridad o la negatividad interna al yo, la diferencia
interior no es más que una apariencia: una ilusión, un "juego
de lo Mismo", el "modo de identificación" de un yo cuyos momentos
esenciales se llaman el cuerpo, la posesión, la casa, la economía,
etc. Levinas les consagra bellas descripciones. Pero este juego de lo
mismo no es monótono, no se repite en el monólogo y la tautología
formal. Comporta, en tanto trabajo de identificación y producción
concreta del egoísmo, una cierta negatividad. Negatividad finita,
modificación interna y relativa por la que el yo se afecta a sí
mismo en su movimiento de identificación. Se altera, así,
hacia sí en sí. La resistencia ofrecida al trabajo, provocando
éste, sigue siendo un momento de lo mismo, momento finito que conforma
sistema y totalidad con el agente. Ni que decir tiene, Levinas describe
así la historia como ceguera a lo otro y laboriosa procesión
de lo mismo. Podrá preguntarse si la historia puede ser la historia,
si hay historia cuando la negatividad queda encerrada en el círculo
de lo mismo y cuando el trabajo no se tropieza verdaderamente con la alteridad,
cuando se da a sí mismo su resistencia. Cabrá preguntarse
si la historia misma no comienza con esa relación con lo otro que
Levinas sitúa más allá de la historia. El esquema
de esta cuestión podría dominar toda la lectura de Totalidad
e infinito. Se asiste así, en cualquier caso, a ese desplazamiento
del concepto de historicidad del que hablábamos más arriba.
Hay que reconocer que sin este desplazamiento, ningún anti-hegelianismo
podría ser consecuente de principio a fin. Se ha cumplido, pues,
la condición necesaria de este anti-hegelianismo.
Hay que tener cuidado con esto: este tema de la tautología concreta
(no-formal) o de la falsa heterología (finita), este tema difícil
se propone bastante discretamente al comienzo de Totalidad e infinito;
pero condiciona todas las afirmaciones de este libro. Si la negatividad
(trabajo, historia, etc.) no contiene jamás relación con
lo otro, si lo otro no es la simple negación de lo mismo, entonces
ni la separación ni la trascendencia metafísica se piensan
bajo la categoría de la negatividad. De la misma manera que -lo
veíamos más arriba- la simple consciencia interna no podría,
sin la irrupción de lo totalmente otro, darse el tiempo y la alteridad
absoluta de los instantes, así también el yo no puede engendrar
en sí la alteridad sin el encuentro del otro.
Si estas proposiciones iniciales que autorizan la ecuación del
yo con lo mismo no nos convencen, nada lo hará ya. Si no se sigue
a Levinas cuando afirma que lo que se ofrece al trabajo o al deseo -en
el sentido hegeliano (por ejemplo, la objetividad natural)- pertenece
al yo, a su economía (a lo mismo), no le ofrece la resistencia
absoluta reservada a lo otro (el otro), si se está tentado por
pensar que esta última resistencia supone, en su sentido más
propio, pero sin confundirse con ella, la posibilidad de la resistencia
de las cosas (la existencia del mundo que no es yo, y en el que estoy,
de forma tan original como se quiera, por ejemplo como origen del mundo
en el mundo...), si no se sigue a Levinas cuando afirma que la verdadera
resistencia a lo mismo no es la de las cosas, no es real, sino inteligible,[xvi]
si se está en contra de la noción de resistencia puramente
inteligible, ya no podrá seguirse a Levinas. Y no podrán
seguirse sin un malestar indefinible las operaciones conceptuales a las
que da lugar la disimetría clásica de lo mismo y lo otro
al dejarse invertir; o (diría una mentalidad clásica), al
fingir prestarse a tal inversión, manteniéndose sin embargo
como la misma, impasible bajo una sustitución algebraica.
¿De qué clase es, pues, este encuentro con lo absolutamente-otro?
Ni representación, ni limitación, ni relación conceptual
con lo mismo. El yo y lo otro no se dejan dominar, no se dejan totalizar
por un concepto de relación. Y en primer lugar porque el concepto
(materia del lenguaje), siempre dado a lo otro, no puede cerrarse sobre
lo otro, comprenderlo. La dimensión dativa o vocativa, en la medida
en que abre la dirección originaria del lenguaje, no podría
dejarse comprender y modificar en la dimensión acusativa o atributiva
del objeto sin violencia. El lenguaje, pues, no puede totalizar su propia
posibilidad y comprender en sí su propio origen o su propio fin.
A decir verdad, no hay que preguntarse de qué clase es este encuentro:
es el encuentro, la única salida, la única aventura fuera
de sí, hacia lo imprevisiblemente-otro. Sin esperanza de retorno.
En todos los sentidos de esta expresión, y por eso esta escatología
que no espera nada parece a veces infinitamente desesperada. A decir verdad,
en La huella de lo otro, la escatología no sólo "parece"
desesperada. Se da como tal y la renuncia forma parte de su significación
esencial. Al describir la liturgia, el deseo y la obra como rupturas de
la Economía y de la Odisea, como imposibilidad de retorno a lo
mismo, Levinas habla de una "escatología sin esperanza para sí
o liberación respecto a mi tiempo".
No hay pues conceptualidad del encuentro: éste se hace posible
por lo otro, por lo imprevisible, "refractario a la categoría".
El concepto supone una anticipación, un horizonte en que la alteridad
se amortigua al enunciarse, y dejarse prever. Lo infinitamente-otro no
se enlaza en un concepto, no se piensa a partir de un horizonte que es
siempre horizonte de lo mismo, la unidad elemental en la que los surgimientos
y las sorpresas vienen a ser acogidos siempre por una comprensión,
son reconocidos. Se debe pensar, así, contra una evidencia de la
que se podría creer -de lo que todavía no se puede no creer-
que es el éter mismo de nuestro pensamiento y de nuestro lenguaje.
Intentar pensar lo contrario corta el aliento. No se trata sólo
de pensar lo contrario, que es todavía su cómplice, sino
de liberar su pensamiento y su lenguaje para el encuentro más allá
de la alternativa clásica. Sin duda este encuentro que, por primera
vez, no tiene la forma del contacto intuitivo (en la ética, en
el sentido que le da Levinas, la prohibición principal, central,
es la del contacto), sino la de la separación (el encuentro como
separación, otra rotura de la "lógica formal"),[xvii]
sin duda este encuentro con lo imprevisible mismo es la única abertura
posible del tiempo, el único porvenir puro, el único gasto
puro más allá de la historia como economía. Pero
este porvenir no es otro tiempo, un mañana de la historia. Está
presente en el corazón de la experiencia. Presente no de una presencia
total sino de la huella. La experiencia misma es, pues, escatológica,
por su origen y de parte a parte, antes de todo dogma, toda conversión,
todo artículo de fe o de filosofía.
Cara a cara con el otro en una mirada y una palabra que mantienen la distancia
e interrumpen todas las totalidades, este estar-juntos como separación
precede o desborda la sociedad, la colectividad, la comunidad. Levinas
lo llama religión. Y ésta abre la ética. La relación
ética es una relación religiosa (6). No
una religión, sino la religión, la religiosidad de lo religioso.
Esta trascendencia más allá de la negatividad no se efectúa
en la intuición de una presencia positiva, "instaura, simplemente,
el lenguaje en que ni el no ni el sí son la primera palabra" (5),
sino la interrogación. Interrogación no teórica,
sin embargo, cuestión total, desamparo e indigencia, súplica,
ruego exigente dirigido a una libertad, es decir, mandato: el único
imperativo ético posible, la única no-violencia encarnada
puesto que es respeto del otro. Respeto inmediato del otro mismo puesto
que no pasa, podría quizás decirse sin seguir ninguna indicación
literal de Levinas, por el elemento neutro de lo universal y por el respeto
-en el sentido kantiano-[xviii] de la Ley.
Esta restauración de la metafísica permite entonces radicalizar
y sistematizar las reducciones anteriores de la fenomenología y
la ontología. La visión es, sin duda, en primera instancia,
un conocimiento respetuoso y la luz pasa por ser el elemento que más
fielmente, de la manera más neutra, en tercera persona, deja ser
lo conocido. La relación teórica no ha sido el esquema preferido
de la relación metafísica por azar (cf. 5). Cuando el tercer
término es, en su más neutra indeterminación, luz
del ser -que no es ni un ente ni un no-ente, mientras que lo mismo y lo
otro son- la relación teórica es ontología. Ésta,
según Levinas, devuelve siempre lo otro al seno de lo mismo gracias
a la unidad del ser. Y la libertad teorética que accede al pensamiento
del ser no es más que la identificación de lo mismo, luz
en que yo me doy lo que digo encontrar, libertad económica en el
sentido particular que Levinas da a esta palabra. Libertad en la inmanencia,
libertad pre-metafísica, podría casi decirse física,
libertad empírica incluso si en la historia se llama razón.
La razón sería naturaleza. La metafísica se abre
cuando la teoría se critica como ontología, como dogmatismo
y espontaneidad de lo mismo, cuando, saliendo de sí, se deja someter
a cuestión por lo otro en el movimiento ético. La metafísica,
posterior de hecho, como crítica de la ontología, es por
derecho y filosóficamente, primera. Si es verdad que "la filosofía
occidental ha sido las más de las veces una ontología" dominada
desde Sócrates por una Razón que no recibe más que
lo que ella se da a sí misma,[xix] que no hace
jamás sino acordarse de sí misma, si la ontología
es una tautología y una egología, es que ha neutralizado
siempre, en todos los sentidos de la palabra, lo otro. La neutralización
fenomenológica, cabría la tentación de decirlo, da
su forma más sutil y más moderna a esta neutralización
histórica, política y policial. Sólo la metafísica
podría liberar a lo otro de esa luz del ser o del fenómeno
que "quita al ser su resistencia".
La "ontología" heideggeriana, a pesar de seductoras apariencias,
no escaparía a este esquema. Seguiría siendo todavía
"egología" e incluso "egoísmo": "Sein und Zeit no ha sostenido
quizás más que una sola tesis: el ser es inseparable de
la comprensión del ser (que se desarrolla como tiempo), el ser
es ya apelación a la subjetividad. El primado de la ontología
heideggeriana no reposa sobre el truismo: "Para comprender el ente, hay
que haber comprendido el ser del ente". Afirmar la prioridad del ser en
relación al ente es pronunciarse ya sobre la esencia de la filosofía,
subordinar la relación con alguien, que es un ente (la relación
ética), a una relación con el ser del ente que, impersonal,
permite la aprehensión, la dominación del ente (en una relación
de saber), subordina la justicia a la libertad... modo de permanecer lo
Mismo en el seno de lo Otro". A pesar de todos los malentendidos que pueden
entrar en este tratamiento del pensamiento heideggeriano -lo estudiaremos
por sí mismo más adelante-, en todo caso la intención
de Levinas parece clara. El pensamiento neutro del ser neutraliza al otro
como ente: "La ontología como filosofía primera es una filosofía
del poder", filosofía de lo neutro, tiranía del estado como
universalidad anónima e inhumana. Aquí se sostienen las
premisas de una crítica de la alienación estatal cuyo anti-hegelianismo
no sería ni subjetivista ni marxista; ni anarquista, pues es una
filosofía del "principio, que sólo es posible como mandato".
Las "posibilidades" heideggerianas siguen siendo poderes. No por ser pre-técnicos
y pre-objetivos oprimen y poseen menos. Por otra paradoja, la filosofía
de lo neutro comunica con una filosofía del lugar, del enraizamiento,
de las violencias paganas, del rapto, del entusiasmo, filosofía
expuesta a lo sagrado, es decir, a lo divino anónimo, a lo divino
sin Dios (6). Para ser completo, "materialismo vergonzoso",
pues en su fondo el materialismo no es en primer lugar un sensualismo,
sino la primacía reconocida a lo neutro (5). La
noción de primacía que tan frecuentemente usa Levinas, traduce
bien todo el gesto de su crítica. Según la indicación
presente en la noción de arché, el comienzo filosófico
es inmediatamente traspuesto a mandato ético o político.
El primado es de entrada principio y jefe. Todos los pensamientos clásicos
interrogados por Levinas son arrastrados al ágora, y conminados
a explicarse en un lenguaje ético-político que no siempre
han querido o creído querer hablar, conminados a trasponerse confesando
su designio violento; y un lenguaje que hablaban ya en la ciudad, que
decían claramente, a través de giros y a pesar del desinterés
aparente de la filosofía, a quién debía corresponder
el poder. Aquí se sostienen las premisas de una lectura no-marxista
de la filosofía como ideología. Las vías de Levinas
son decididamente difíciles: aun rehusando el idealismo y las filosofías
de la subjetividad, debe denunciar también la neutralidad de un
"Logos que no es verbo de nadie" (ibíd.). (Sin duda se podría
mostrar que Levinas, incómodamente instalado -y ya por la historia
de su pensamiento- en la diferencia entre Husserl y Heidegger, critica
siempre al uno en un estilo y según un esquema tomados del otro,
acabando por mandarlos juntos entre bastidores como compadres en el "juego
de lo Mismo" y cómplices en el mismo golpe de fuerza histórico-filosófico.)
El verbo debe no solamente ser verbo de alguien; debe desbordar hacia
el otro lo que se llama el sujeto hablante. Ni las filosofías de
lo neutro ni las filosofías de la subjetividad pueden reconocer
este trayecto de la palabra que ninguna palabra puede totalizar. Por definición,
si el otro es el otro, y si toda palabra es para el otro, ningún
logos como saber absoluto puede comprender el diálogo y el trayecto
hacia el otro. Esta incomprensibilidad, esta ruptura del logos no es el
comienzo del irracionalismo, sino herida o inspiración que abre
la palabra y hace luego posible todo logos o todo racionalismo. Un logos
total debería todavía, para ser logos, dejarse exponer a
lo otro más allá de su propia totalidad. Si hay, por ejemplo,
una ontología o un logos de la comprensión del ser (del
ente), "ésta se dice ya al ente que resurge detrás del tema
en que se expone. Este "decir a Otro" -esta relación con Otro como
interlocutor, esta relación con un ente- precede a toda ontología.
Es la relación última en el ser. La ontología supone
la metafísica" (5). "Al desvelamiento del ser
en general, como base del conocimiento y como sentido del ser, preexiste
la relación con el ente que se expresa; al plano de la ontología,
el plano ético." Así pues, la ética es la metafísica.
"La moral no es una rama de la filosofía, sino la filosofía
primera."
El desbordamiento absoluto de la ontología -como totalidad y unidad
de lo mismo: el ser- por lo otro se produce como infinito puesto que ninguna
totalidad puede abrazarlo. Lo infinito irreductible a la representación
de lo infinito, que excede el ideatum en el que es pensado, pensado como
más de lo que puedo pensar, como lo que no puede ser objeto o simple
"realidad objetiva" de la idea, tal es el polo de la trascendencia metafísica.
La idea cartesiana del infinito, tras el epékeina tes ousías,
haría aflorar una segunda vez la metafísica en la ontología
occidental. Pero lo que ni Platón ni Descartes han reconocido (con
algunos otros, si se nos permite no creer tanto como Levinas en su soledad
en medio de una multitud filosófica que no entiende ni la verdadera
trascendencia ni la extraña idea de Infinito) es que la expresión
de este infinito es el rostro.
El rostro no es sólo la cara que puede ser superficie de las cosas
o facies animal, aspecto o especie. No es solamente, como quiere el origen
de la palabra, lo que es visto, visto porque desnudo. Es también
lo que ve. No tanto lo que ve las cosas -relación teórica-
sino lo que intercambia su mirada. La cara no es rostro más que
en el cara a cara. Como decía Scheler (pero nuestra cita no debe
hacernos olvidar que Levinas no es nada scheleriano): "Yo no veo sólo
los ojos de otro, veo también que me mira".
¿No lo decía ya Hegel? "Pero si nos preguntamos en cuál
de estos órganos aparece toda el alma en tanto que alma, pensamos
enseguida en el ojo, pues es en el ojo donde se concentra el alma; ésta
no sólo ve a través del ojo, sino que se deja ver ahí
a su vez. De la misma manera que al hablar del exterior del cuerpo humano
hemos dicho que toda su superficie, en oposición a la del animal,
revela la presencia y las pulsaciones del corazón, diremos del
arte que tiene como tarea hacer que en todos los puntos de su superficie
lo fenoménico devenga el ojo, sede del alma que hace visible el
espíritu" (Estética). (Sobre el ojo y la interioridad del
alma, ver también extensas y bellas páginas que no podemos
citar aquí, t. III, 1. ª parte.)
Esta es quizás la ocasión de subrayar, en relación
con un punto preciso, un tema que ampliaremos más adelante: Levinas
está muy próximo a Hegel, mucho más próximo
de lo que querría él mismo, y esto en el momento en que
se opone a él de la manera aparentemente más radical. Se
da ahí una situación que debe compartir con todos los pensadores
anti-hegelianos, y cuya significación última habría
que meditar. Aquí, en particular, a propósito de la relación
entre el deseo y el ojo, el sonido y la teoría, la convergencia
es tan profunda como la diferencia, y no se añade ni se yuxtapone
simplemente a ésta. En efecto, como Levinas, Hegel pensaba que
el ojo, en tanto no pretende "consumir", suspende el deseo. Es el limite
mismo del deseo (y quizás por eso su recurso) y el primer sentido
teórico. No es a partir de algún género de fisiología,
sino de la relación entre muerte y deseo, como hay que pensar la
luz y la abertura del ojo. Tras haber hablado del gusto, del tacto y del
olfato, Hegel escribe de nuevo en la Estética: "La vista, por el
contrario, se encuentra con los objetos en una relación puramente
teórica, por intermedio de la luz, esta materia inmaterial que
deja a los objetos su libertad, aclarándolos e iluminándolos,
pero sin consumirlos, como lo hacen el aire y el fuego, de una manera
imperceptible o manifiesta. La vista exenta de deseo se dirige, pues,
a todo lo que existe materialmente en el espacio, pero que, conservando
su integridad, no se manifiesta más que por la forma y el color".
Esta neutralización del deseo es la excelencia de la vista según
Hegel. Pero es además, para Levinas, y por las mismas razones,
la primera violencia, aunque el rostro no sea lo que es cuando la mirada
esté ausente. La violencia sería, pues, la soledad de una
mirada muda, de un rostro sin palabra, la abstracción del ver.
Según Levinas, la mirada, por sí sola, contrariamente a
lo que se podría creer, no respeta al otro. El respeto, más
allá de la toma y del contacto, del tocar, del olfato y del gusto,
no es posible más que como deseo, y el deseo metafísico
no busca, como el deseo hegeliano o como la necesidad, consumir. Por eso
Levinas considera el sonido por encima de la luz. (" El pensamiento es
lenguaje y se piensa en un elemento análogo al sonido y no a la
luz." ¿Qué quiere decir aquí esta analogía,
diferencia y semejanza, relación entre el sonido sensible y el
sonido del pensamiento como palabra inteligible, entre la sensibilidad
y la significación, los sentidos y el sentido? Es una cuestión
que se plantea también Hegel cuando admira la palabra Sinn.)
En Totalidad e infinito, el movimiento de la metafísica es, pues,
también la trascendencia del oír con respecto al ver. Pero
en la Estética de Hegel también: "El oído es el otro
sentido teórico. Aquí se produce lo contrario de lo que
ocurre con la vista. El oído tiene que ver no con el color, con
la forma, etc., sino con los sonidos, con las vibraciones del cuerpo,
vibraciones que no son un proceso de disociación o de evaporación,
como en los objetos percibidos por el olfato, sino un simple temblor del
objeto que se mantiene él mismo intacto. Este movimiento ideal
por el que, diríamos, se manifiesta la simple subjetividad, al
resonar el alma del cuerpo, la oreja lo percibe de la misma manera teórica
que aquélla con la que el ojo percibe el color o la forma, convirtiéndose
así la interioridad del objeto en la del sujeto mismo". Pero: "...
El oído que, como la vista, forma parte no de los sentidos prácticos
sino de los sentidos teóricos..., es incluso más ideal que
la vista. Pues dado que la contemplación en calma, desinteresada
de las obras de arte, lejos de intentar suprimir los objetos, los deja
por el contrario subsistir tal como son y allí donde están,
lo que es captado por la vista no es lo ideal en sí, sino que persevera
por el contrario en su existencia sensible. La oreja, en cambio, sin volverse
prácticamente a los objetos, percibe el resultado de este temblor
interior del cuerpo por el que se manifiesta y se revela, no la figura
material, sino una primera idealidad que viene del alma".
La cuestión de la analogía nos reconduciría así
a esta noción de temblor, que nos parece decisivo en la Estética
de Hegel, en tanto que abre el paso a la idealidad. Por otra parte, para
confrontar sistemáticamente los pensamientos de Levinas y de Hegel,
sobre el tema del rostro, habría que consultar no solamente las
páginas que la Fenomenología del espíritu consagra
a la fisiognomonía, sino el parágrafo 411 de la Enciclopedia
sobre el espíritu, el rostro y el lenguaje.
Por motivos que nos son ahora familiares, el cara a cara escapa, pues,
a toda categoría. Pues el rostro se da ahí simultáneamente
como expresión y palabra. No solamente mirada, sino unidad original
de la mirada y de la palabra, de los ojos y de la boca -que habla, pero
que dice también su hambre-. Es, pues, también lo que oye
lo invisible, pues "el pensamiento es lenguaje" y "se piensa en un elemento
análogo al sonido y no a la luz". Esta unidad del rostro precede,
en su significación, a la dispersión de los sentidos y de
los órganos de la sensibilidad. Su significación es, pues,
irreductible. Por lo demás el rostro no significa. No encarna,
no reviste, no señala a otra cosa que él mismo, alma, subjetividad,
etc. El pensamiento es palabra, así pues es inmediatamente rostro.
En esto, la temática del rostro pertenece a la filosofía
más moderna del lenguaje y del cuerpo propio. El otro no se señala
a través de su rostro, es ese rostro: "... absolutamente presente,
en su rostro, el Otro -sin ninguna metáfora- me hace frente".[xx]
El otro no se da, pues, "en persona" y sin alegoría más
que en el rostro. Recordemos lo que decía a este respecto Feuerbach,
que también ponía en comunicación los temas de la
altura, la sustancia y el rostro: "Lo que está situado más
alto en el espacio es también en la cualidad lo más alto
del hombre, lo que le es más próximo, lo que no puede separar
ya de él -y es la cabeza. Si veo la cabeza de un hombre, es a él
mismo al que veo; pero si no veo más que el tronco, no veo nada
más que su tronco".[xxi] Aquello que no se puede
separar de... es la sustancia en sus predicados esenciales y "en sí".
Levinas dice también a menudo kath'autó y "sustancia" hablando
del otro como rostro. El rostro es presencia, ousía.
El rostro no es una metáfora, el rostro no es una figura. El discurso
sobre el rostro no es una alegoría ni, como se estaría tentado
de creer, una prosopopeya. De ahí que la altura del rostro (en
relación con el resto del cuerpo) determine quizás en parte
(en parte solamente, lo veremos más adelante) la expresión
altísimo, sobre la que nos interrogábamos anteriormente.
Si la altura de lo altísimo, estaríamos tentados de decir,
no pertenece al espacio (y por eso el superlativo debe destruir el espacio
construyendo su metáfora), no es por ser extraño al espacio,
sino por ser (en) el espacio, el origen del espacio, por orientar el espacio
a partir del habla y de la mirada, del rostro, de la cabeza que gobierna
desde arriba el cuerpo y el espacio. (Aristóteles compara ciertamente
el principio trascendente del bien con el jefe de los ejércitos;
ignora sin embargo el rostro, y que el dios de los ejércitos es
La Faz.) El rostro no significa, no se presenta como un signo, sino que
se expresa, dándose en persona, en sí, kath'autó:
"La cosa en sí se expresa". Expresarse es estar detrás del
signo. Estar detrás del signo, ¿no es en primer término
estar en condiciones de asistir (a) su palabra, prestarle su ayuda, según
la expresión del Fedro pleiteando contra Thot (o Hermes) y que
Levinas hace suya muchas veces? Sólo la palabra viva, en su dominio
y su magistralidad, puede prestarse ayuda, sólo ella es expresión
y no signo sirviente. Con tal que sea verdaderamente palabra, "la voz
creadora, no la voz cómplice que es una voz sirviente" (E. Jabés).
Y sabemos que todos los dioses de la escritura (Grecia, Egipto, Asiría,
Babilonia) tienen el status de dioses auxiliares, secretarios serviles
del gran dios, pasadores lunares y astutos que destronan a veces al rey
por procedimientos deshonrosos. Lo escrito y la obra no son expresiones,
sino signos, para Levinas.
Con la referencia al epékeina tes ousías, ese es al menos
el segundo tema platónico de Totalidad e infinito. Se lo reencuentra
también en Nicolás de Cusa. "Mientras que el obrero abandona
su obra, que en adelante prosigue su destino independiente, el verbo del
profesor es inseparable de la persona misma que lo profiere."[xxii]
La crítica de la obra implicada de esta manera separa, por una
vez al menos, a Hegel de Nicolás de Cusa.
Habría que abordar esta problemática separadamente y por
sí misma. ¿Es "el discurso oral" "la plenitud del discurso"?
¿Es lo escrito solamente "lenguaje que vuelve a ser signo"? ¿O,
en otro sentido, "palabra actividad" en la que "me ausento y falto a mis
productos" que me traicionan más bien que me expresan? La "franqueza"
de la expresión ¿está esencialmente del lado de la
palabra viva para quien no es Dios? Esta cuestión no tiene sentido,
sin duda, para Levinas, que piensa el rostro en la "semejanza" del hombre
y de Dios. La altura y el magisterio de la enseñanza ¿no están
del lado de la escritura? ¿No pueden invertirse todas las proposiciones
de Levinas en relación con este punto? ¿Mostrando, por ejemplo,
que la escritura puede prestarse ayuda, pues tiene el tiempo y la libertad,
al escapar mejor que la palabra a la urgencia empírica? ¿Que,
al neutralizar las demandas de la "economía" empírica, su
esencia es más "metafísica" (en el sentido de Levinas) que
el habla? ¿Que el escritor se ausenta mejor, es decir, se expresa
mejor como otro, y se dirige mejor al otro, que el hombre de la palabra?
¿Y que, al privarse de los goces y de los efectos de sus signos,
renuncia mejor a la violencia? ¿Es verdad que aquél no pretende
quizás sino multiplicarlos hasta el infinito, olvidando así
-al menos- lo otro, lo infinitamente otro en tanto muerte, practicando
así la escritura como diferancia y economía de la muerte?
El límite entre la violencia y la no-violencia no pasa, pues, quizás,
entre la palabra y la escritura, sino por dentro de cada una de ellas.
La temática de la huella (distinguida por Levinas del efecto, de
la pista o del signo que no se relacionan con el otro como invisible absoluto)
debería conducir a una cierta rehabilitación de la escritura.
El "Él" cuya trascendencia y ausencia generosa se anuncian sin
retorno en la huella ¿no es más fácilmente el autor
de la escritura que el de la palabra? La obra, la trans-economía,
el gasto puro tal como Levinas lo determina, no es ni el juego, ni la
muerte. No se confunde simplemente ni con la letra ni con la palabra.
No es un signo, y su concepto no podría, en consecuencia, recubrir
el concepto de obra que se encuentra en Totalidad e infinito. Levinas
está, pues, a la vez muy cerca y muy lejos de Nietzsche y de Bataille.
M. Blanchot expresa su desacuerdo a propósito de esta preeminencia
del discurso oral que se asemeja a "la tranquila palabra humanista y socrática
que nos hace próximo al que habla" [xxiii]
¿Cómo, por otra parte, podría el hebraísmo rebajar
la letra, cuyo elogio sabe escribir tan bien Levinas? Por ejemplo: "Admitir
la acción de la literatura sobre los hombres, esta es quizás
la última sabiduría de Occidente, en que se reconocerá
el pueblo de la Biblia" (6), y "El espíritu es
libre en la letra y está encadenado en la raíz"; además
"Amar la Thora más que a Dios" es "protección contra la
locura de un contacto directo con lo Sagrado... " (6).
Se ve bien lo que Levinas quiere salvar de la palabra viva y originaria
misma. Sin su posibilidad, fuera de su horizonte, la escritura no es nada.
En ese sentido, ésta será siempre segunda. Liberarla de
esta posibilidad y de este horizonte, de esta secundariedad esencial,
es negarla como escritura y dejar paso a la gramática o al léxico
sin lenguaje, a la cibernética o a la electrónica. Pero
sólo en Dios se cumple sin desfallecimiento la palabra como presencia,
como origen y horizonte de la escritura. Habría que poder mostrar
que sólo esta referencia a la palabra de Dios distingue la intención
de Levinas de la de Sócrates en el Fedro; que para un pensamiento
de la finitud originaria esta distinción no es ya posible. Y que
si la escritura es segunda entonces, nada, sin embargo, tiene lugar antes
de ella.
Por lo que concierne a sus relaciones con Blanchot, nos parece que, a
pesar de las aproximaciones frecuentes que propone Levinas, las afinidades,
profundas e indiscutibles, pertenecen todas ellas al momento de la crítica
y la negatividad, en ese vacío de la finitud donde la escatología
mesiánica llega a resonar, en esa espera de la espera en la que
Levinas ha empezado a oír una respuesta. Esta respuesta se llama
todavía espera, desde luego, pero esta espera no se hace esperar
ya para Levinas. La afinidad cesa, nos parece, en el momento en que la
positividad escatológica llega a aclarar retrospectivamente el
camino común, a levantar la finitud y la negatividad pura de la
cuestión, cuando se determina lo neutro. Blanchot podría
extender sin duda a todas las proposiciones de Levinas lo que dice de
la disimetría en el espacio de la comunicación: "He aquí
lo decisivo en la afirmación de que debemos oír, y que habrá
que mantener independientemente del contexto teológico en el que
esta afirmación se presenta". Pero, ¿es eso posible? Si se
lo independiza de su "contexto teológico" (expresión que
Levinas rehusaría sin duda), ¿no se vendría abajo todo
este discurso?
Estar detrás del signo que está en el mundo es, seguidamente,
permanecer invisible al mundo en la epifanía. En el rostro, el
otro se entrega en persona como otro, es decir, como lo que no se revela,
como lo que no se deja tematizar. No podré hablar de otro, convertirlo
en tema, decirlo como objeto, en acusativo. Solamente puedo, solamente
debo hablar a otro, llamarle en vocativo, que no es una categoría,
un caso de la palabra, sino el surgimiento, la elevación misma
de la palabra. Es necesario que falten las categorías para que
no se falte al otro; pero para que no se falte al otro, es necesario que
éste se presente como ausencia y aparezca como no-fenomenalidad.
Siempre detrás de sus signos y de sus obras, en su interioridad
secreta y discreta por siempre, interrumpiendo por su libertad de palabra
todas las totalidades de la historia, el rostro no es "del mundo". Es
su origen. No puedo hablar de él más que hablándole;
y no puedo alcanzarle más que como debo alcanzarle. Pero no debo
alcanzarle más que como lo inaccesible, lo invisible, lo intangible.
El secreto, la separación, la invisibilidad de Gyges ("condición
misma del hombre") son el estado mismo, el status de lo que se llama la
psyque. Esta separación absoluta, este ateísmo natural,
esta libertad de mentira en donde radican la verdad y el discurso, todo
eso es "una gran gloria para el creador". Afirmación que, por una
vez al menos, apenas podrá desconcertar.
Para que el rostro presente al otro sin metáfora, la palabra no
debe simplemente traducir el pensamiento. Sin duda es necesario que el
pensamiento sea ya palabra, pero es necesario sobre todo que el cuerpo
se mantenga siendo también lenguaje. Es necesario que el conocimiento
racional no sea la primera palabra de las palabras. De creer a Levinas,
la subordinación clásica del lenguaje al pensamiento y del
cuerpo al lenguaje, Husserl y Heidegger la habrían aceptado en
el fondo. En cambio, Merleau-Ponty, "mejor que otros", habría mostrado
"que el pensamiento desencarnado, que piensa la palabra antes de hablarla,
el pensamiento que constituye el mundo de la palabra, era un mito". Pero
por la fuerza de un movimiento genuino suyo, Levinas sólo asume
tal extrema audacia "moderna" para replegarla hacia un infinitismo que,
en su parecer, aquélla debe suponer, y cuya forma es muchas veces
muy clásica, prekantiana más que hegeliana. Así,
los temas del cuerpo propio como lenguaje e intencionalidad no pueden
eludir los escollos clásicos, y el pensamiento no puede ser de
entrada lenguaje si no se reconoce que es de entrada e irreductiblemente
relación con el otro (lo que, nos parece, no había escapado
a Merleau-Ponty),[xxiv] pero un otro irreductible
que me convoca sin retorno hacia afuera, pues en él se presenta
el infinito sobre el que ningún pensamiento puede cerrarse, que
prohíbe el monólogo "aunque tenga "la intencionalidad corporal"
de Merleau-Ponty". Contra todas las apariencias y contra todo lo acostumbrado,
se debería reconocer, pues, aquí, que la disociación
entre pensamiento y lenguaje y la subordinación de éste
a aquél constituyen lo típico de una filosofía de
la finitud. Y esta demostración nos remitiría de nuevo al
Cogito cartesiano de la tercera de las Meditaciones, más allá
de Merleau-Ponty, Heidegger y Husserl. Y ello según un esquema
que nos parece sostener el conjunto de este pensamiento; lo otro no es
lo otro más que si su alteridad es absolutamente irreductible,
es decir, infinitamente irreductible; y lo infinitamente Otro sólo
puede ser lo Infinito.
Palabra y mirada, el rostro no está, pues, en el mundo, puesto
que abre y excede la totalidad. Por eso marca el límite de todo
poder, de toda violencia, y el origen de la ética. En un sentido,
el asesinato se dirige siempre al rostro, pero para fallar siempre el
intento. "El asesinato ejerce un poder sobre lo que escapa al poder. Todavía
poder, pues el rostro se expresa en lo sensible; pero ya impotencia, puesto
que el rostro desgarra lo sensible.". "El Otro es el único ser
al que puedo querer matar", pero el único también que me
manda: "no matarás", y que limita absolutamente mi poder. No oponiéndome
otra fuerza en el mundo, sino hablándome y mirándome desde
otro origen del mundo, desde lo que ningún poder finito podría
oprimir. Extraña, impensable noción de resistencia no real.
Desde su artículo de 1953 (ya citado) no dice ya, que sepamos,
"resistencia inteligible" -expresión cuyo sentido pertenece todavía,
al menos por su literalidad, a la esfera de lo Mismo, y que sólo
había sido utilizada, al parecer, para significar una resistencia
no-real- En Totalidad e infinito, Levinas habla de "resistencia ética".
Lo que escapa al concepto como poder no es, pues, la existencia en general,
sino la existencia del otro. Y en primer término porque no hay,
a pesar de las apariencias, concepto del otro. Habría que reflexionar
de forma artesanal, en la dirección en que filosofía y filología
vienen a controlarse, y a unir su cuidado y su rigor, con esta palabra
"Otro" (Autrui), apuntada en silencio por la mayúscula que aumenta
la neutralidad de lo otro (l'autre), y de la que nos servimos con tanta
familiaridad, siendo así que es el desorden mismo de la conceptualidad.
¿Es sólo un nombre común sin concepto? Pero, en primer
lugar, ¿es un nombre? No es un adjetivo, ni un pronombre, es, pues,
un sustantivo -y así lo clasifican los diccionarios- pero un sustantivo
que no es, como de costumbre, una especie de nombre: ni nombre común,
pues no soporta, como en la categoría de lo otro en general, del
héteron, el artículo definido. Ni el plural. "En la expresión
de cancillería "l'autrui" no hay que tomar le por el artículo
de autrui; se sobreentiende bien, derecho; el bien, el derecho d'autrui"
nota Littré, que había empezado así: "Autrui, de
alter-huic, este otro, en régimen gramatical de caso: de ahí
por qué autrui está siempre en régimen y por qué
autrui es menos general que los otros". Así pues, y sin hacer de
la lengua el accidente del pensamiento, habría que dar cuenta de
esto: que lo que está, en la lengua, siempre "en régimen",
y en la menor generalidad, sea, por su sentido, indeclinable y allende
el género. ¿Cuál es el origen de este caso del sentido
en la lengua, de este régimen en que la lengua introduce el sentido?
"El otro" (autrui) no es, por lo demás, un nombre propio, aunque
su anonimato no signifique sino el recurso innombrable de todo nombre
propio. Habría que reflexionar pacientemente sobre lo que sucede
en la lengua cuando el pensamiento griego del héteron parece perder
el aliento ante el alter-huic, parece hacerse impotente para dominar lo
que sólo él, sin embargo, permite pre-comprender disimulando
como alteridad (otro en general) aquello que de vuelta le revelará
el centro irreductible de su sentido (lo otro como el otro). Habría
que reflexionar en la complicidad de esta disimulación y de esta
pre-comprensión que no se produce dentro de un movimiento conceptual,
pues la palabra francesa autrui no designa una especie del género
otro. Habría que reflejar este pensamiento de lo otro en general
(que no es un género), pensamiento griego dentro del que esta diferencia
no específica (se) produce (en) nuestra historia. Antes todavía:
¿qué significa otro antes de la determinación griega
del héteron y la determinación judeo-cristiana de el otro?
Es el tipo de cuestión que Levinas parece recusar en el fondo:
según él sólo la irrupción del otro permite
acceder a la alteridad absoluta e irreductible de lo otro. Habría
que reflexionar, pues, en ese Huic del otro, cuya trascendencia no es
todavía la de un tú. Aquí cobra sentido la oposición
de Levinas a Buber o a G. Marcel. Tras haber opuesto la altura magistral
del Usted a la reciprocidad íntima del Yo-Tú (5),
Levinas parece orientarse en su meditación de la Huella hacia una
filosofía del Ille, del Él (del prójimo como extranjero
lejano, según la ambigüedad original de la palabra que se
traduce como "prójimo" al que amar). De un Él que no sería
el objeto impersonal opuesto al tú, sino la trascendencia invisible
del otro.[xxv] Si en el rostro la expresión
no es revelación, lo no-revelable se expresa más allá
de toda tematización, de todo análisis constitutivo, de
toda fenomenología. En sus diversas etapas, la constitución
trascendental del alter ego, tal como Husserl intenta ordenar su descripción
en la quinta de las Meditaciones cartesianas, presupondría aquello
cuya génesis pretende (según Levinas) seguir. El otro no
sería constituido como un alter ego, fenómeno del ego, por
y para un ego monádico que procede por una analogía apresentativa.
Todas las dificultades que encuentra Husserl serían "superadas",
si se reconociera la relación ética como cara a cara originaria,
como surgimiento de la alteridad absoluta, de una exterioridad que no
se deja ni derivar, ni engendrar, ni constituir a partir de otra instancia
que ella misma. "Fuera" absoluto, exterioridad que desborda infinitamente
la mónada del ego cogito. Otra vez aquí, Descartes contra
Husserl, el Descartes de la tercera de las Meditaciones que Husserl habría
ignorado. Mientras que en la reflexión sobre el cogito, Descartes
toma consciencia de que el infinito no sólo no puede constituirse
en objeto (dudoso), sino que lo ha hecho ya posible como cogito al desbordarlo
(desbordamiento no espacial contra el que se rompe la metáfora),
Husserl, por su parte, "ve en el cogito una subjetividad sin ningún
apoyo fuera de ella, constituye la idea misma de infinito, y se la da
como objeto" (5). Pero lo infinito (infinitamente otro)
no puede ser objeto puesto que es palabra, origen del sentido y del mundo.
Ninguna fenomenología puede, pues, dar cuenta de la ética,
de la palabra y de la justicia.
Pero si toda justicia comienza con la palabra, no toda palabra es justa.
La retórica puede volver a la violencia de la teoría que
reduce al otro cuando lo conduce, en la psicagogia, la demagogia, incluso
la pedagogía que no es enseñanza. Ésta desciende
de la altura del maestro cuya exterioridad absoluta no hiere la libertad
del discípulo. Más allá de la retórica, la
palabra descubre la desnudez del rostro sin la que ninguna desnudez tendría
sentido. Todas las desnudeces, "incluso la desnudez del cuerpo experimentada
en el pudor", son "figuras" para la desnudez sin metáfora del rostro.
El tema está ya muy explícito en ¿Es fundamental la
ontología?. "La desnudez del rostro no es una figura de estilo."
Y siempre en la forma de la teología negativa, se muestra que esta
desnudez ni siquiera es abertura, pues la abertura es relativa a "una
plenitud circundante". La palabra "desnudez" se destruye, pues, tras haber
servido para indicar más allá de ella misma. Toda una lectura
y toda una interrogación de Totalidad e infinito podrían
desarrollarse en torno a esta afirmación. Nos parece que ésta
sostiene muy -quizás demasiado- implícitamente la partición
decisiva entre lo que Levinas llama el rostro y el más allá
del rostro, sección que trata, allende la Fenomenología
del eros, del Amor, de la Fecundidad, del Tiempo. Esta desnudez del rostro,
palabra y mirada, que no es ni teoría ni teorema, se ofrece y se
expone como indigencia, súplica exigente, impensable unidad de
una palabra que puede prestarse ayuda y de una mirada que requiere ayuda.
La asimetría, la no-luz, el mandato serían la violencia
y la injusticia mismas -y es así como se las entiende normalmente-
si pusieran en relación seres finitos, o si lo otro no fuera más
que una determinación negativa de lo mismo (finito o infinito).
Pero hemos visto que no hay nada de eso. Lo infinito (como infinitamente
otro) no puede ser violento como la totalidad (que es siempre definida,
pues, por Levinas, siempre determinada por una opción, una decisión
inicial del discurso, como totalidad finita: totalidad quiere decir, para
Levinas, totalidad finita. Esta determinación es un axioma silencioso).
Por eso, sólo Dios impide al mundo de Levinas ser el de la peor
y la pura violencia, el mundo de la inmoralidad misma. Las estructuras
de la experiencia viva y desnuda que describe Levinas son las mismas de
un mundo donde la guerra haría furor -extraño condicional-
si lo infinitamente otro no fuera lo infinito, si por ventura fuera un
hombre desnudo, finito y solo. Pero en ese caso, diría Levinas
sin duda, ni siquiera habría guerra, pues no habría ni rostro,
ni verdadera asimetría. No se trataría, pues, entonces,
de la experiencia desnuda y viva en que Dios ya ha comenzado a hablar.
Dicho de otra manera, en un mundo en el que el rostro fuera plenamente
respetado (como lo que no es del mundo), no habría más guerra.
En un mundo en el que el rostro no fuera ya en absoluto respetado, ya
no habría rostro, ya no habría lugar para la guerra. Dios
está, pues, mezclado en la guerra. Su nombre es también,
como nombre de la paz, una función en el sistema de la guerra,
el único a partir del cual podríamos hablar, el único
del que el lenguaje podría hablar siempre. Sin Dios o con Dios,
no habría la guerra. Ésta supone y excluye a Dios. Sólo
podemos tener relación con Dios dentro de un sistema tal. La guerra
pues hay la guerra- es, pues, la diferencia entre el rostro y el mundo
finito sin rostro. Pero esta diferencia ¿no es lo que siempre se
ha llamado el Mundo, en el que juega la ausencia-presencia de Dios? Sólo
el juego del mundo permite pensar la esencia de Dios. En un sentido que
nuestra lengua acogería mal -y Levinas también- el juego
del mundo precede a Dios.
El cara a cara no está, pues, determinado originalmente por Levinas
como frente a frente de dos hombres iguales y en pie. Esto supone el cara
a cara del hombre con la nuca rota y con los ojos elevados hacia la altura
de Dios. El lenguaje es, sí, la posibilidad del cara a cara y del
estar-de-pie, pero no excluye la inferioridad, la humildad de la mirada
hacia el padre, como la mirada del niño que recuerda haber sido
expulsado antes de saber andar, de haber sido entregado, confiado, tendido
e infante, a las manos de los maestros adultos. El hombre, se podría
decir, es un Dios venido demasiado pronto, es decir, un Dios que se sabe
para siempre en retraso respecto al ya-ahí del Ser. Pero cabe dudar
que estas últimas observaciones pertenezcan, es lo menos que se
puede decir, al género del comentario. Y no hacemos referencia
aquí a los temas conocidos bajo el nombre de psicoanálisis
ni a hipótesis de la embriología o de la antropología
sobre el nacimiento estructuralmente prematuro del niño. Nos baste
saber que el hombre nace.[xxvi]
Se ha pronunciado con frecuencia el nombre de Dios, pero este retorno
a la experiencia y o "a las cosas mismas" como relación con lo
infinitamente otro no es teológico, por más que sólo
él puede fundar seguidamente el discurso teológico que hasta
ahora ha "tratado imprudentemente en términos de ontología
la idea de la relación entre Dios y la criatura" (5).
En el retorno a las cosas mismas se encontraría el fundamento de
la metafísica -en el sentido de Levinas-, raíz común
del humanismo y de la teología: la semejanza entre el hombre y
Dios, el rostro del hombre y la Faz de Dios. "... El Otro se asemeja a
Dios" (ibíd.). A través del pasaje de esta semejanza, la
palabra del hombre puede re-montar hacia Dios, analogía casi inaudita
que es el movimiento mismo del discurso de Levinas sobre el discurso.
Analogía como diálogo con Dios: "El Discurso es discurso
con Dios... La metafísica es la esencia de este lenguaje con Dios".
Discurso con Dios y no en Dios como participación. Discurso con
Dios y no sobre Dios y sus atributos como teología. Y la disimetría
de mi relación con el otro, esta "curvatura del espacio inter-subjetivo
significa la intención divina de toda verdad". Aquélla "es,
quizás, la presencia misma de Dios". Presencia como separación,
presencia-ausencia, ruptura una vez más con Parménides,
Espinosa y Hegel, la única que puede consumar "la idea de creación
ex nihilo". Presencia como separación, presencia-ausencia como
semejanza, pero semejanza que no es la "marca ontológica" del obrero
imprimida en su obra (Descartes) o en "seres creados a su imagen y semejanza"
(Malebranche),[xxvii] semejanza que no se deja comprender
ni en términos de comunión o de conocimiento, ni en términos
de participación o de encarnación. Semejanza que no es ni
el signo ni el efecto de Dios. Ni el signo ni el efecto exceden lo Mismo.
Estamos "en la Huella de Dios". Proposición que corre el riesgo
de ser incompatible con toda alusión a "la presencia misma de Dios".
Proposición ya dispuesta a convertirse en ateísmo: ¿y
si Dios fuera un efecto de huella? ¿Si la idea de la presencia divina
(vida, existencia, parousía, etc.), si el nombre de Dios no fuera
más que el movimiento de borrarse la huella en la presencia? Se
trata de saber si la huella permite pensar la presencia en su sistema
o si es el orden inverso el verdadero. Y es, sin duda, el orden verdadero.
Pero es precisamente el orden de la verdad lo que está en cuestión
aquí. El pensamiento de Levinas se contiene entre estos dos postulados.
La Faz de Dios se sustrae para siempre al mostrarse. Así se ven
reunidas en la unidad de su significación metafísica, en
el corazón de la experiencia puesta al desnudo por Levinas, las
diversas evocaciones de la Faz de Yahvéh, al que no se nombra nunca,
desde luego, en Totalidad e infinito. La cara de Yahvéh es la persona
total y la presencia total de "el Eterno hablando cara a cara con Moisés",
pero que le dice también: "No podrás ver mi cara, pues el
hombre no puede verme y seguir viviendo... te tenderás en la roca.
Cuando pase mi gloria, te meteré en una hendidura de la roca, y
te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Y cuando retire mi
mano, me verás por la espalda, pero mi cara no se podrá
ver" (Éxodo). La cara de Dios, que ordena ocultándose, es
a la vez más y menos rostro que los rostros. De ahí, quizás,
a pesar de las precauciones, esta complicidad equívoca entre teología
y metafísica en Totalidad e infinito. ¿Suscribiría
Levinas esta frase infinitamente ambigua de El libro de las preguntas
de E. Jabés:
"Todos
los rostros son el Suyo; por eso ÉL no tiene rostro"
El
rostro no es ni la cara de Dios ni la figura del hombre: es su semejanza.
Una semejanza, sin embargo, que tendremos que pensar antes de, o sin,
la ayuda de lo Mismo.[xxviii]
III. Diferencia y escatología
Las cuestiones cuyo principio vamos a intentar indicar ahora son todas
ellas, en sentidos diversos, cuestiones de lenguaje: cuestiones de lenguaje
y la cuestión del lenguaje. Pero si nuestro comentario no ha sido
demasiado infiel, se debe estar convencido ya de que no hay nada en el
pensamiento de Levinas que no se encuentre por si mismo implicado en tales
cuestiones.
De la polémica originaria
Digámoslo en primer lugar para asegurarnos: el camino de pensamiento
de Levinas es de tal índole que todas nuestras cuestiones pertenecen
ya a su diálogo interno, se desplazan dentro de su discurso, y
se limitan a escucharlo, a distancias y en sentidos múltiples.
A. Así, por ejemplo, De la existencia al existente y El tiempo
y lo otro habían proscrito, al parecer, la "lógica del género"
y las categorías de lo Mismo y de lo Otro. Éstas carecían
de la originalidad de la experiencia a la que Levinas quería reconducirnos:
"Al cosmos que es el mundo de Platón se opone el mundo del espíritu
donde las implicaciones del eros no se reducen a la lógica del
género en que el yo se sustituye por lo mismo y el otro por lo
otro". Ahora bien, en Totalidad e infinito, donde vuelven a estar en vigor
las categorías de lo Mismo y de lo Otro, la vis demostrandi y la
energía de ruptura con la tradición es precisamente la adecuación
del Yo a lo Mismo, y de El Otro a lo Otro. Aun sin servirse de estos mismos
términos, Levinas nos había puesto en guardia a menudo contra
la confusión de la identidad y de la ipseidad, del Mismo y del
Yo: idem e ipse. Esta confusión, que de alguna manera está
inmediatamente ejercida por los conceptos griego de autós y alemán
de selbst, no puede producirse tan espontáneamente en francés,
y vuelve a ser no obstante, a pesar de las advertencias anteriores, una
especie de axioma silencioso en Totalidad e infinito.[xxix]
Lo hemos visto: según Levinas no habría diferencia interior,
alteridad fundamental y autóctona en el yo. Si la interioridad,
el secreto, la separación originaria habían permitido, un
poco antes, romper con el uso clásico de las categorías
griegas de lo Mismo y de lo Otro, la amalgama de lo Mismo y del Yo (vuelto
homogéneo, y homogéneo al concepto como a la totalidad finita)
permite ahora envolver en la misma condena a las filosofías griegas
y a las filosofías más modernas de la subjetividad, las
más preocupadas en distinguir, como Levinas en otro tiempo, el
Yo de lo mismo, y el Otro de lo otro. Si no se estuviera atento a este
doble movimiento, a este progreso que parece impugnar su propia condición
y su primera etapa, se dejaría escapar la originalidad de esta
protesta contra el concepto, el estado y la totalidad: esta protesta no
se eleva, como es el caso generalmente, en nombre de la existencia subjetiva,
sino contra ella. A la vez contra Hegel y contra Kierkegaard.
Levinas nos pone en guardia con frecuencia contra la confusión
-tan tentadora- de su antihegelianismo con un subjetivismo o un existencialismo
de estilo kierkegaardiano que seguirían siendo, según él,
egoísmos violentos y pre-metafísicos: "No soy yo el que
me niego al sistema, como pensaba Kierkegaard, es el Otro" (5).
Pero ¿no puede apostarse que Kierkegaard habría sido sordo
a esa distinción? ¿Y que habría protestado a su vez
contra esta conceptualidad? Habría hecho notar quizás que
es en tanto que existencia subjetiva como el Otro se niega al sistema.
El Otro no es yo, sin duda -¿y quién lo ha sostenido alguna
vez?-, pero es un Yo, cosa que Levinas tiene que suponer para sostener
su propósito. Este paso de Mí al Otro como a un Yo es el
paso a la egoidad esencial, no empírica, de la existencia subjetiva
en general. El filósofo Kierkegaard no aboga solamente en favor
de Sören Kierkegaard ("grito egoísta de la subjetividad preocupada
todavía de la felicidad o de la salud de Kierkegaard"), sino en
favor de la existencia subjetiva en general (expresión no contradictoria),
y por eso su discurso es filosófico y no depende del egoísmo
empírico. El nombre de un sujeto filosófico, cuando dice
Yo, es siempre, de una cierta manera, un pseudónimo. Esto es una
verdad que Kierkegaard ha asumido de manera sistemática, aun protestando
contra la "posibilitación" de la existencia individual por la esencia.
Es la esencia de la existencia subjetiva lo que rechaza el concepto. Esta
esencia de la existencia subjetiva ¿no está presupuesta por
el respeto del Otro, que no puede ser lo que es -el Otro- más que
en tanto que existencia subjetiva? Para rechazar la noción kierkegaardiana
de existencia subjetiva, Levinas tendría, pues, que desechar incluso
la noción de esencia y de verdad de la existencia subjetiva (de
Mí, y en primer término del Yo del Otro). Lo que estaría,
por otra parte, en la lógica de la ruptura con la fenomenología
y la ontología. Lo menos que se puede decir es que Levinas no lo
hace, y no puede hacerlo sin renunciar al discurso filosófico.
Y si se quiere intentar, a través del discurso filosófico
del que es imposible desprenderse totalmente, una penetración hacia
su más allá, no hay oportunidad de conseguirlo dentro del
lenguaje (Levinas reconoce que no hay pensamiento antes del lenguaje y
fuera de él) más que planteando formalmente y temáticamente
el problema de las relaciones entre la pertenencia y la abertura (percée),
el problema de la clausura. Formalmente, es decir, lo más actualmente
posible y de la manera más formal, la más formalizada: no
en una lógica, dicho de otro modo en una filosofía, sino
en una descripción inscrita, en una inscripción de las relaciones
entre lo filosófico y lo no-filosófico, en una especie de
gráfica inaudita, dentro de la cual la conceptualidad filosófica
no tendría ya más que una función.
Añadamos, para hacerle justicia, que Kierkegaard tenía alguna
idea de la irreductibilidad de lo Completamente-Otro, no en el más
acá egoísta y estético, sino en el más allá
religioso del concepto, por el lado de un cierto Abraham. A su vez, puesto
que hay que ceder la palabra al Otro, ¿no habría visto en
la Ética, momento de la Categoría y de la Ley, el olvido,
en el anonimato, de la subjetividad y de la religión? El momento
ético es a sus ojos el hegelianismo mismo, y lo dice expresamente.
Lo que no le impide reafirmar la ética en la ética, y reprochar
a Hegel no haber constituido una moral. Es verdad que la Ética
en el sentido de Levinas es una Ética sin ley, sin concepto, que
sólo guarda su pureza no-violenta antes de su determinación
en conceptos y leyes. Esto no es una objeción: no olvidemos que
Levinas no quiere proponernos leyes o reglas morales, no quiere determinar
una moral, sino la esencia de la relación ética en general.
Pero en la medida en que esta determinación no se da como teoría
de la Ética, se trata de una Ética de la Ética. En
ese caso, es, quizás, grave, que no pueda dar lugar a una ética
determinada, a leyes determinadas, sin negarse y olvidarse a sí
misma. Por otra parte, esta Ética de la Ética ¿está
más allá de toda ley? ¿No es una Ley de las leves?
Coherencia que rompe la coherencia del discurso sostenido contra la coherencia.
Concepto infinito, oculto en la protesta contra el concepto.
Si bien la proximidad con Kierkegaard se nos ha impuesto con frecuencia,
a pesar de las advertencias del autor, lo cierto es que sentimos que,
en lo esencial, y según su inspiración primera, la protesta
de Levinas contra el hegelianismo es extraña a la de Kierkegaard.
En cambio, una confrontación del pensamiento de Levinas con el
anti-hegelianismo de Feuerbach y sobre todo de Jaspers, con el anti-husserlianismo,
además, de este último debería encontrar, nos parece,
convergencias y afinidades más profundas, que la meditación
de la huella confirmaría de nuevo. Hablamos aquí de convergencias,
y no de influencia; primero, porque no es claro para nosotros el sentido
filosófico de esa noción; y luego, porque Levinas no hace
en ningún lugar, que sepamos, alusión alguna a Feuerbach
y a Jaspers.
Pero ¿por qué, al intentar este paso tan difícil más
allá del debate -que es también una complicidad- entre el
hegelianismo y el anti-hegelianismo, recurre Levinas a categorías
que parecía haber rehusado previamente?
No estamos denunciando aquí una incoherencia de lenguaje o una
contradicción de sistema. Nos preguntamos acerca del sentido de
una necesidad: la de instalarse en la conceptualidad tradicional para
destruirla. ¿Por qué se le ha impuesto finalmente a Levinas
esta necesidad? ¿Es extrínseca? ¿Afecta sólo a
un instrumento, a una "expresión" que podría ponerse entre
comillas? ¿O bien oculta, esa necesidad, algún recurso indestructible
e imprevisible del logos griego? ¿Una especie de potencia ilimitada
de envolvimiento en la que quien quisiera rechazarlo quedaría siempre
ya sorprendido?
B. Por la misma época, Levinas había abandonado el concepto
de exterioridad. Éste hacía una referencia a la unidad clarificada
del espacio que neutralizaba la alteridad radical: relación con
lo otro, relación de los Instantes unos con otros, relación
con la muerte, etc., que no son relaciones de un Dentro con un Fuera.
"La relación con lo otro es una relación con un Misterio.
Es su exterioridad, o más bien su alteridad, pues la exterioridad
es una propiedad del espacio y hace volver al sujeto a sí mismo
a través de la luz, lo que constituye enteramente su ser" (3).
Ahora bien, Totalidad e infinito, subtitulado Ensayo sobre la exterioridad,
no sólo usa con abundancia la noción de exterioridad. Levinas
pretende además mostrar así que la verdadera exterioridad
no es espacial, que hay una exterioridad absoluta, infinita -la de lo
Otro- que no es espacial, pues el espacio es el lugar de lo Mismo. Lo
que quiere decir que el Lugar es siempre lugar de lo Mismo. ¿Por
qué hay que seguir sirviéndose de la palabra "exterioridad"
(que, si tiene un sentido, si no es una x algebraica, hace referencia
obstinadamente hacia el espacio y la luz) para significar una relación
no-espacial? Y si toda "relación" es espacial, ¿por qué
hay que designar de nuevo como "relación" (no-espacial) el respeto
que absuelve lo Otro? ¿Por qué hay que anular esta noción
de exterioridad sin borrarla, sin dejarla ilegible, diciendo que su verdad
es su no-verdad, que la verdadera exterioridad no es espacial, es decir,
no es exterioridad? Que haya que decir en el lenguaje de la totalidad
el exceso de lo infinito sobre la totalidad, que haya que decir lo Otro
en el lenguaje de lo Mismo, que haya que pensar la verdadera exterioridad
como no-exterioridad, es decir, de nuevo a través de la estructura
Dentro-Fuera y la metáfora espacial, que haya que habitar todavía
la metáfora en ruina, vestirse con los jirones de la tradición
y los harapos del diablo: todo esto significa, quizás, que no hay
logos filosóficos que no deba en primer término dejarse
expatriar en la estructura Dentro-Fuera. Esta deportación fuera
de su lugar hacia el Lugar, hacia la localidad espacial, esta metáfora
sería congénita de tal logos. Antes de ser un procedimiento
retórico en el lenguaje, la metáfora sería el surgimiento
del lenguaje mismo. Y la filosofía no es más que ese lenguaje;
no puede otra cosa, en el mejor de los casos, y en un sentido insólito
de la expresión, que hablarlo, decir la metáfora misma,
y esto consiste en pensarla en el horizonte silencioso de la no-metáfora:
el Ser. Espacio como herida y finitud de nacimiento (del nacimiento),
sin el que ni siquiera podría inaugurarse el lenguaje, ni tendría
que hablarse de exterioridad, verdadera o falsa. Se puede, pues, al usarlo,
usar las palabras de la tradición, frotarlas como una vieja moneda
gastada y devaluada, se puede decir que la verdadera exterioridad es la
no-exterioridad sin ser la interioridad, se puede escribir con tachaduras
y tachaduras de tachaduras: la tachadura escribe, sigue dibujando en el
espacio. No se borra la sintaxis del Lugar, cuya inscripción arcaica
no es legible sobre el metal del lenguaje: es ese metal mismo, su dureza
demasiado sombría, y su brillo demasiado luminoso. Lenguaje, hijo
de la tierra y el sol: escritura. Para separarlo de la exterioridad y
de la interioridad, para separarlo de la separación, sería
un vano intento olvidar las palabras "dentro", "fuera", "exterior", "interior",
etc., ponerlas fuera de juego por decreto: no se reencontraría
un lenguaje sin ruptura de espacio, lenguaje aéreo o acuático
en el que la alteridad, por otra parte, con todavía mayor seguridad,
quedaría perdida. Pues las significaciones que irradian a partir
del Dentro-Fuera, de la Luz-Noche, etc., no solamente habitan las palabras
proscritas: están alojadas, en persona o por poderes, en el corazón
de la conceptualidad misma. Esto obedece a que aquéllas no significan
una inmersión en el espacio. La estructura Dentro-Fuera o Día-Noche
no tiene ningún sentido en un espacio puro abandonado a sí
mismo y desorientado. Aquélla surge a partir de un origen comprendido,
de un oriente inscrito, que no están ni en ni fuera del espacio.
Este texto de la mirada es también el de la palabra. Se le puede
llamar, pues, Rostro. Pero entonces no cabe ya esperar separar el lenguaje
y el espacio, hacer el vacío del espacio en el lenguaje o sustraer
la palabra a la luz, hablar mientras que una Mano oculta la Gloria. Por
más que se exile tal o cual palabra ("dentro", "fuera", "exterior",
"interior", etc.), por más que se quemen o se encierren las letras
de luz, el lenguaje, todo el lenguaje se ha despertado ya como caída
en la luz. Es decir, si se prefiere, que se levanta con el sol. Incluso
si "no se nombra el sol, [...] su potencia está entre nosotros"
(Saint-John Perse). Decir que la exterioridad infinita de lo Otro no es
espacial, es no-exterioridad y no-interioridad, no poderla designar de
otra manera que por vía negativa, ¿no es eso reconocer que
lo infinito (también él designado en su positividad actual
por vía negativa: in-finito) no se dice? ¿No viene a ser esto
reconocer que la estructura "dentro-fuera", que es el lenguaje mismo,
marca la finitud originaria de la palabra y de lo que sobreviene a la
palabra? Ninguna lengua filosófica podrá jamás reducir
esta naturalidad de la praxis espacial en el lenguaje; y habría
que meditar la unidad de lo que Leibniz distinguía bajo los nombres
de "lenguaje civil" y "lenguaje científico" o filosófico.
Habría que meditar aquí con más paciencia esta complicidad
irreductible, a pesar de todos los esfuerzos retóricos del filósofo,
entre el lenguaje de la vida cotidiana y el lenguaje filosófico;
mejor, entre ciertas lenguas históricas y el lenguaje filosófico.
Una cierta naturalidad que no se puede desarraigar, una cierta ingenuidad
originaria del lenguaje filosófico podría llegar a verificarse
a propósito de cada concepto especulativo (salvo, sin duda, a propósito
de esos no-conceptos que son el nombre de Dios y el verbo Ser). El lenguaje
filosófico pertenece a un sistema de lengua(s). Lo que viene a
ser así importado en la especulación a través de
esa ascendencia no-especulativa es siempre una cierta equivocidad. En
la medida en que ésta es originaria e irreductible, es necesario
quizás que la filosofía asuma esta equivocidad, la piense
y se piense en ella, que acoja la duplicidad y la diferencia en la especulación,
en la pureza misma del sentido filosófico. Nadie lo ha intentado
más profundamente, nos parece, que Hegel. Habría que rehacer
para cada concepto, sin usar ingenuamente la categoría de la suerte,
la predestinación feliz o el reencuentro fortuito, lo que Hegel
hace para la noción alemana de la Aufhebung, cuya equivocidad y
presencia en la lengua alemana juzga regocijantes: "Aufheben tiene en
la lengua alemana un doble sentido; el de conservar, guardar, y el de
hacer cesar, poner término. Conservar tiene por otro lado una significación
negativa... Lexicológicamente, estas dos determinaciones del Aufheben
pueden considerarse como dos significaciones de la palabra. Pero es algo
sorprendente que una lengua haya llegado hasta el punto de utilizar una
sola y misma palabra para dos determinaciones contrapuestas. Para el pensamiento
especulativo es regocijante encontrar [la cursiva es nuestra] en la lengua
palabras que tienen en sí mismas un sentido especulativo, y la
lengua alemana posee muchas de tales palabras" (Ciencia de la lógica,
I, 93 y 94). En las Lecciones sobre la filosofía de la historia,
Hegel nota, así, que, "en nuestra lengua", la unión de dos
significaciones (historia rerum gestarum y res gestae) en la palabra Geschichte
no es una "simple contingencia exterior".
Así pues, si no puedo designar la alteridad irreductible (infinita)
del otro más que a través de la negación de la exterioridad
espacial (finita), es quizás que su sentido es finito, no es positivamente
infinito. Lo infinitamente otro, la infinitud de lo Otro no es lo Otro
como infinitud positiva, Dios o semejanza con Dios. Lo infinitamente otro
no sería lo que es, otro, si fuera infinitud positiva y si no guardase
en él la negatividad de lo in-definido, del ápeiron. ¿No
significa "infinitamente otro" en primer lugar aquello cuyo final no puedo
alcanzar, a pesar de un trabajo y una experiencia interminables? ¿Se
puede respetar al Otro como Otro, y expulsar fuera de la trascendencia,
como quisiera Levinas, la negatividad, el trabajo? Lo infinitamente positivo
(Dios), si estas palabras tienen un sentido, no puede ser infinitamente
Otro. Si se piensa, como Levinas, que lo Infinito positivo tolera o incluso
exige la alteridad infinita, hay que renunciar, entonces, a todo lenguaje,
y en primer lugar a la palabra infinito y a la palabra otro. Lo infinito
no se entiende como Otro más que bajo la forma de lo in-finito.
Desde el momento en que se quiera pensar lo Infinito como plenitud positiva
(polo de la trascendencia no-negativa de Levinas), lo Otro se hace impensable,
imposible, indecible. Es quizás hacia ese impensable-imposible-indecible
hacia lo que nos llama Levinas más allá del Ser y del Logos
(de la tradición). Pero esta llamada no debe poder ni pensarse
ni decirse. En todo caso, el que la plenitud positiva del infinito clásico
no pueda traducirse en el lenguaje más que traicionándose
mediante una palabra negativa (in-finito) sitúa quizás el
punto en que con mayor profundidad el pensamiento rompe con el lenguaje.
Ruptura que, en adelante, resonará a través de todo el lenguaje.
Por eso los pensamientos modernos que no quieren distinguir ni jerarquizar
el pensamiento y el lenguaje son esencialmente, por cierto, pensamientos
de la finitud originaria. Pero entonces deberían abandonar la palabra
"finitud", prisionera para siempre del esquema clásico. ¿Es
eso posible? Y ¿qué significa abandonar una noción
clásica?
Lo otro no puede ser lo que es, infinitamente otro, más que en
la finitud y la mortalidad (la mía y la suya). Desde que accede
al lenguaje, sin duda, y sólo entonces, y sólo si la palabra
otro tiene un sentido, pero ¿no nos ha enseñado Levinas que
no se piensa antes del lenguaje? Por eso nuestras cuestiones inquietarían
ciertamente menos a un infinitismo clásico, de tipo cartesiano,
por ejemplo, que disociaba el pensamiento y el lenguaje, para el que éste
no iría nunca tan deprisa y tan lejos como aquél. No sólo
le inquietarían menos estas cuestiones, éstas podrían
ser las suyas. De otro modo: querer neutralizar el espacio en la descripción
de lo Otro, para liberar así la infinitud positiva, ¿no es
neutralizar la finitud esencial de un rostro (mirada-palabra) que es cuerpo
y no, en ello insiste Levinas bastante, metáfora corporal de un
pensamiento etéreo? Cuerpo, es decir, también exterioridad,
localidad en el sentido plenamente espacial, literalmente espacial de
esta palabra; punto cero, origen del espacio, ciertamente, pero origen
que no tiene ningún sentido antes del de, que no puede ser separado
de la genitividad y del espacio que engendra y orienta: origen inscrito.
La inscripción es el origen inscrito: trazado, y desde entonces
inscrito en un sistema, en una figura que no domina ya. Sin lo que no
habría ya cuerpo propio. Si el rostro del Otro no fuera también,
irreductiblemente, exterioridad espacial, habría que seguir distinguiendo
el alma y el cuerpo, el pensamiento y la palabra; o, en todo caso, entre
un verdadero rostro, no espacial, y su máscara o su metáfora,
su figura espacial. Se vendría abajo así toda la Metafísica
del Rostro. Una vez más, esta cuestión puede proceder tanto
de un infinitismo clásico (dualismo del pensamiento y del lenguaje,
pero también del pensamiento y del cuerpo) como del pensamiento
más moderno de la finitud. Esta extraña alianza dentro de
la cuestión significa quizás que, en la filosofía
y en el lenguaje, en el discurso filosófico (suponiendo que haya
otros), no se podría salvar a la vez el tema de la infinitud positiva
y el tema del rostro (unidad no metafórica del cuerpo, de la mirada,
de la palabra y del pensamiento). No nos parece que pueda pensarse esta
última unidad más que en el horizonte de la alteridad infinita
(indefinida) como horizonte irreductiblemente común de la Muerte
y del Otro. Horizonte de la finitud o finitud del horizonte.
Pero esto sucede, lo repetimos, en el discurso filosófico, en el
que el pensamiento de la Muerte misma (sin metáfora) y el pensamiento
de lo Infinito positivo no han podido entenderse jamás. Si el rostro
es cuerpo, es mortal. La alteridad infinita como muerte no puede conciliarse
con la alteridad infinita como positividad y presencia (Dios). La trascendencia
metafísica no puede ser a la vez trascendencia hacia lo Otro como
Muerte y hacia lo Otro como Dios. A menos que Dios quiera decir Muerte,
lo cual, después de todo, no ha sido nunca excluido sino por el
conjunto de la filosofía clásica, en cuyo interior lo entendemos
como Vida y Verdad de lo Infinito, de la Presencia positiva. Pero ¿qué
significa esta exclusión sino la exclusión de toda determinación
particular? ¿Y que Dios no es nada (determinado), no es ninguna vida
porque es todo?; que es, pues, a la vez el Todo y la Nada, la Vida y la
Muerte. Lo que significa que Dios es o aparece, es nombrado en la diferencia
entre el Todo y la Nada, la Vida y la Muerte, etc. En la diferencia y
en el fondo como la Diferencia misma. Esta diferencia es lo que se llama
la Historia. Dios está inscrito en ella.
Se dirá que es contra ese discurso filosófico contra lo
que se levanta precisamente Levinas. Pero en ese combate, está
ya privado de la mejor arma: el menosprecio del discurso. En efecto, ante
las clásicas dificultades de lenguaje que evocamos, Levinas no
puede disponer de los recursos clásicos. Al enfrentarse con problemas
que habían sido ya tanto los de la teología negativa como
los del bergsonismo, no se arroga el derecho de hablar como ellos en un
lenguaje resignado a su propia decadencia. La teología negativa
se pronunciaba en una palabra que se sabía caída, finita,
inferior al logos como entendimiento de Dios. Sobre todo no era posible
un Discurso con Dios en el cara a cara y el aliento con aliento de dos
palabras, libres, a pesar de la humildad y la altura, romper o emprender
el intercambio. De manera análoga, Bergson tenía derecho
a anunciar la intuición de la duración y a denunciar la
espacialización intelectual en un lenguaje entregado al espacio.
No se trataba de salvar sino de destruir el discurso en la "metafísica",
"ciencia que pretende prescindir de los símbolos" (Bergson). La
multiplicación de las metáforas antagonistas se empleaba
metódicamente en esta autodestrucción del lenguaje e invitaba
a la intuición metafísica silenciosa. Al haberse definido
el lenguaje como residuo histórico, no había ninguna incoherencia
en utilizarlo, mal que bien, para denunciar su propia traición,
y abandonarlo luego a su insuficiencia, desecho retórico, palabra
perdida para la metafísica. Como la teología negativa, una
filosofía de la comunión intuitiva se arrogaba (con razón
o sin ella, eso es otro problema) el derecho de atravesar el discurso
filosófico como un elemento extraño. Pero ¿qué
sucede cuando va no se dispone de ese derecho, cuando la posibilidad de
la metafísica es posibilidad de la palabra? ¿Cuando la responsabilidad
metafísica es responsabilidad del lenguaje porque "el pensamiento
consiste en hablar" (5) y la metafísica es un
lenguaje con Dios? ¿Cómo pensar lo Otro si esto no se dice
más que como exterioridad y a través de la exterioridad,
es decir, la no-alteridad? ¿Y si la palabra que debe instaurar y
mantener la separación absoluta está por esencia enraizada
en el espacio que ignora la separación y la alteridad absolutas?
Si, como dice Levinas, sólo el discurso puede ser justo (y no el
contacto intuitivo) y si, por otra parte, todo discurso retiene esencialmente
el espacio y lo Mismo en él, ¿no significa eso que el discurso
es originalmente violento? ¿Y que la guerra habita el logos filosófico,
únicamente dentro del cual, sin embargo, puede declararse la paz?
La distinción entre discurso y violencia[xxx]
sería siempre un horizonte inaccesible. La no-violencia sería
el telos y no la esencia del discurso. Se dirá quizás que
algo así como el discurso tiene su esencia en su telos y la presencia
de su presente en su porvenir. Cierto, pero con la condición de
que su porvenir y su telos sean no-discurso: la paz como un cierto silencio,
un cierto más allá de la palabra, una cierta posibilidad,
un cierto horizonte silencioso de la palabra. Y el telos ha tenido siempre
la forma de la presencia, aunque fuese de una presencia futura. Sólo
hay guerra después de la abertura del discurso, y la guerra sólo
se extingue con el final del discurso. La paz, como el silencio, es la
vocación extraña de un lenguaje llamado fuera de sí
por sí. Pero como el silencio finito es también el elemento
de la violencia, el lenguaje no puede jamás sino tender indefinidamente
hacia la justicia reconociendo y practicando la guerra en sí mismo.
Violencia contra la violencia. Economía de violencia. Economía
que no puede reducirse a lo que Levinas apunta bajo esta palabra. Si la
luz es el elemento de la violencia, hay que batirse contra la luz con
otra cierta luz para evitar la peor violencia, la del silencio y la de
la noche que precede o reprime el discurso. Esta vigilancia es una violencia
escogida como la violencia menor por una filosofía que se toma
en serio la historia, es decir, la finitud; filosofía que se sabe
histórica de parte a parte (en un sentido que no tolera ni la totalidad
finita, ni la infinitud positiva) y que se sabe, como lo dice, en otro
sentido, Levinas, economía. Pero, una vez más, una economía
que para ser historia no puede estar en su terreno ni en la totalidad
finita, que Levinas llama lo Mismo, ni en la presencia positiva de lo
Infinito. La palabra es sin duda la primera derrota de la violencia, pero,
paradójicamente, ésta no existía antes de la posibilidad
de la palabra. El filósofo (el hombre) debe hablar y escribir en
esta guerra de la luz en la que se sabe ya desde siempre involucrado,
y de la que sabe que no podría escapar más que renegando
del discurso, es decir, arriesgando la peor violencia. Por eso este reconocimiento
de la guerra en el discurso, reconocimiento que no es todavía la
paz, significa lo contrario de un belicismo; del que es bien sabido -¿y
quién lo ha mostrado mejor que Hegel?- que su mejor cómplice
dentro de la historia es el irenismo. Dentro de la historia, de la que
el filósofo no puede escapar porque no es la historia en el sentido
que le da Levinas (totalidad), sino la historia de las salidas fuera de
la totalidad, historia como el movimiento mismo de la trascendencia, del
exceso sobre la totalidad sin el que ninguna totalidad podría aparecer.
La historia no es la totalidad trascendida por la escatología,
la metafísica o la palabra. Es la trascendencia misma. Si la palabra
es un movimiento de trascendencia metafísica, ella es la historia,
y no el más allá de la historia. Es difícil pensar
el origen de la historia en una totalidad perfectamente finita (lo Mismo),
tanto como, por otra parte, en un infinito perfectamente positivo. Si,
en este sentido, el movimiento de trascendencia metafísica es historia,
es, todavía, violento, pues, ésta es la evidencia legítima
en la que se inspira siempre Levinas, la historia es violencia. La metafísica
es economía: violencia contra violencia, luz contra luz: la filosofía
(en general). De la que se puede decir, trasponiendo la intención
de Claudel, que en ella todo "está pintado en la luz como con luz
condensada, como el aire que deviene escarcha". Este devenir es la guerra.
Esta polémica es el lenguaje mismo. Su inscripción.
De la violencia trascendental
Además,
al no poder escapar a la ascendencia de la luz, la metafísica supone
siempre una fenomenología, en su crítica misma de la fenomenología,
y sobre todo si quiere ser, como la de Levinas, discurso y enseñanza.
A. Esta fenomenología ¿se limita a suponerla como método,
como técnica, en el sentido limitado de estas palabras? Sin duda,
en el rechazo de la mayor parte de los resultados literales de la investigación
husserliana, Levinas se atiene a la herencia del método: "... La
presentación -y el desarrollo de las nociones empleadas se lo deben
todo al método fenomenológico" (5,
6). Pero la presentación y el desarrollo de las nociones ¿no
son más que un vestido del pensamiento? ¿Y puede el método
tomarse prestado como un instrumento? ¿No sostenía Levinas,
treinta años antes, en la huella de Heidegger, que es imposible
aislar el método? Éste alberga siempre, y sobre todo en
el caso de Husserl, "una vista anticipada del "sentido" del ser que se
aborda" (1). Levinas escribía entonces: "... No
podremos, en consecuencia, separar en nuestra exposición, la teoría
de la intuición, como método filosófico, de lo que
se podría llamar la ontología de Husserl" (1).
Ahora bien, a lo que remite explícitamente y en última instancia
este método fenomenológico es, sería demasiado fácil
mostrarlo, a la decisión misma de la filosofía occidental
al escogerse, desde Platón, como teoría, como ciencia, es
decir, precisamente lo que Levinas querría poner en cuestión
mediante los caminos y el método de la fenomenología.
B. Más allá del método, lo que Levinas pretende retener
de la "enseñanza esencial de Husserl" (5) no es
sólo la flexibilidad y la exigencia descriptivas, la fidelidad
al sentido de la experiencia: es el concepto de intencionalidad. De una
intencionalidad ampliada más allá de su dimensión
representativa y teorética, más allá de la estructura
noético-noemática que Husserl habría reconocido,
equivocadamente, como estructura primordial. La represión de lo
infinito habría impedido a Husserl acceder a la verdadera profundidad
de la intencionalidad como deseo y trascendencia metafísica hacia
lo otro más allá del fenómeno o del ser. Esta represión
se produciría de dos maneras.
Por una parte, en el valor de adecuación. En tanto visión
e intuición teorética, la intencionalidad husserliana sería
adecuación. Ésta agotaría e interiorizaría
toda distancia y toda alteridad verdaderas. "La visión es, en efecto,
esencialmente una adecuación de la exterioridad a la interioridad:
la exterioridad se reabsorbe así en el alma que contempla y, como
idea adecuada, se revela a priori resultante de la Sinngebung" (5).
Ahora bien, "la intencionalidad, en la que el pensamiento se mantiene
como adecuación al objeto, no define [...] la consciencia en su
nivel fundamental". Sin duda, a Husserl no se le nombra aquí en
el momento preciso en que Levinas habla de la intencionalidad como adecuación,
y siempre cabe pensar que mediante la expresión "la intencionalidad,
en la que el pensamiento se mantiene como adecuación..." lo que
quiere decir es: "Una intencionalidad tal que, etc., una intencionalidad
al menos en la que, etc.". Pero el contexto, otros numerosos pasajes,
la alusión a la Sinngebung dejan entender claramente que Husserl,
en la literalidad de sus textos, no habría sabido reconocer que
"todo saber en tanto intencionalidad supone ya la idea de lo infinito,
la inadecuación por excelencia" (5). Así,
aun suponiendo que Husserl haya presentido los horizontes infinitos que
desbordan la objetividad y la intuición adecuada, los habría
interpretado, al pie de la letra, como "pensamientos que enfocan objetos":
"¡Qué importa si en la fenomenología husserliana, tomada
al pie de la letra, estos horizontes insospechados se interpretan, a su
vez, como pensamientos que enfocan objetos!" (ya citado).
Por otra parte, aun suponiendo que el Cogito husserliano esté abierto
a lo infinito, lo estaría, según Levinas, a un infinito-objeto,
infinito sin alteridad, falso-infinito: "Si Husserl ve en el cogito una
subjetividad sin ningún apoyo fuera de ella, constituye así
la idea misma de infinito, y se la da como objeto". El "falso-infinito",
sin embargo, expresión hegeliana que Levinas no emplea jamás,
nos parece, quizás porque es hegeliana, obsesiona numerosos gestos
de denuncia en Totalidad e infinito. Como para Hegel, el "falso-infinito"
sería para Levinas lo indefinido, la forma negativa de lo infinito.
Pero como Levinas piensa la alteridad verdadera como no-negatividad (trascendencia
no-negativa), puede hacer de lo otro el verdadero infinito, y de lo mismo
(extrañamente cómplice de la negatividad) el falso-infinito.
Lo que habría parecido absolutamente insensato a Hegel (y a toda
la metafísica que se expande y se repiensa en él): ¿cómo
separar la alteridad de la negatividad, cómo separar la alteridad
del "falso-infinito"? ¿Cómo no va a ser el verdadero infinito
lo mismo? O a la inversa, ¿cómo no va a ser lo mismo absoluto
infinito? Si lo mismo fuera, como lo dice Levinas, totalidad violenta,
eso significaría que es totalidad finita, en consecuencia, abstracta,
en consecuencia, de nuevo otra que lo otro (que otra totalidad), etc.
Lo mismo como totalidad finita no sería lo mismo, sino todavía
lo otro. Levinas hablaría de lo otro bajo el nombre de lo mismo,
y de lo mismo bajo el nombre de lo otro, etc. Si la totalidad finita fuera
lo mismo, no podría pensarse ni exponerse como tal a sí
misma sin volverse otra que sí (esto es la guerra). Si no lo hiciese,
no podría entrar en guerra con los otros (con las otras totalidades
finitas), ni ser violenta. Desde ese momento, al no ser violenta, no sería
lo mismo en el sentido de Levinas (totalidad finita). Al entrar en guerra
-y hay guerra- aquélla se piensa, por cierto, como lo otro de lo
otro, es decir, que accede a lo otro como otro (sí). Pero, todavía
una vez más, ya no es entonces totalidad en el sentido de Levinas.
En este lenguaje, que es el único lenguaje de la filosofía
occidental, ¿es posible no repetir el hegelianismo, que no es más
que ese lenguaje mismo tomando posesión absolutamente de sí?
En estas condiciones, la única posición eficaz para no dejarse
envolver por Hegel podría parecer, por el momento, la siguiente:
sostener como irreductible el falso-infinito (es decir, en un sentido
profundo, la finitud originaria). Es quizás lo que en el fondo
hace Husserl al mostrar la irreductibilidad del inacabamiento intencional,
en consecuencia, de la alteridad, y que en la medida en que la consciencia-de
es irreductible, no podría jamás, por esencia, volverse
consciencia-sí mismo, ni concentrarse absolutamente junto a sí
en la parousía de un saber absoluto. Pero ¿puede esto decirse,
se puede pensar el "falso-infinito" como tal (en una palabra, el tiempo),
fijarse en él como en la verdad de la experiencia, sin haber dejado
ya (¡un ya que permite pensar el tiempo!) anunciarse, presentarse,
pensarse y decirse el verdadero infinito, que hay que reconocer, entonces,
como tal? Lo que se llama filosofía, que no constituye quizás
la totalidad del pensamiento, no puede pensar lo falso, ni siquiera escoger
lo falso, sin rendir homenaje a la anterioridad y superioridad de lo verdadero
(la relación misma entre lo otro y lo mismo). Esta última
cuestión, que bien podría ser la de Levinas a Husserl, demostraría
que desde que habla contra Hegel, Levinas no puede sino confirmar a Hegel,
lo ha confirmado ya.
Pero ¿hay un tema más rigurosamente y sobre todo más
literalmente husserliano que el de la inadecuación? ¿Y que
el del desbordamiento infinito de los horizontes? ¿Quién más
que Husserl se ha aplicado obstinadamente en mostrar que la visión
era originalmente y esencialmente inadecuación de la interioridad
y la exterioridad? ¿Que la percepción de la cosa trascendente
y extensa era por esencia y para siempre inacabada? ¿Que la percepción
inmanente se producía en el horizonte infinito del flujo de las
vivencias (cf. por ejemplo, Ideas I, par. 83 y passim)? Y sobre todo,
¿quién mejor que Levinas nos ha hecho comprender en primer
lugar estos temas husserlianos? No se trata, pues, de recordar que existen,
sino de preguntarse si finalmente Husserl ha resumido la inadecuación
y reducido a la condición de objetos disponibles los horizontes
infinitos de la experiencia. Dicho sea esto en razón de la interpretación
segunda por la que le acusa Levinas.
Nos cuesta trabajo creerlo. En las dos direcciones intencionales de las
que acabamos de hablar, la Idea en el sentido kantiano designa el desbordamiento
infinito de un horizonte, por razón de una necesidad de esencia
absoluta, absolutamente principal e irreductible, no podrá jamás
convertirse él mismo en objeto, o dejarse colmar, igualar por una
intuición de objeto. Ni siquiera la de un Dios. El horizonte no
puede ser él mismo objeto, pues es el recurso inobjetivable de
todo objeto en general. La imposibilidad de la adecuación es tan
radical que ni la originariedad ni la apodicticidad de las evidencias
son necesariamente adecuaciones (cf. por ejemplo, Ideas I, par. 3, Meditaciones
cartesianas, par. 9, y passim). (Esto no implica, claro está, que
Husserl ignore ciertas posibilidades de evidencias adecuadas -particulares
y fundadas-.) La importancia del concepto de horizonte es precisamente
la de no poder ser objeto de ninguna constitución, y la de abrir
al infinito el trabajo de la objetivación. El cogito husserliano,
nos parece, no constituye la idea de infinito. En la fenomenología
no hay jamás constitución de horizontes, sino horizontes
de constitución. Que la infinitud del horizonte husserliano tenga
la forma de la abertura in-definida, que se ofrezca, sin término
posible, a la negatividad de la constitución (del trabajo de objetivación),
¿no es eso lo que lo resguarda más seguramente frente a toda
totalización, frente a la ilusión de la presencia inmediata
de un infinito de plenitud, donde lo otro, de repente, se hace inencontrable?
Si la consciencia de la inadecuación infinita con lo infinito (¡e
incluso con lo finito!) es lo propio de un pensamiento preocupado por
respetar la exterioridad, se ve mal, al menos en este punto, cómo
puede separarse Levinas de Husserl. ¿No es la intencionalidad el
respeto mismo? ¿La irreductibilidad para siempre de lo otro a lo
mismo, pero de lo otro que aparece como otro a lo mismo? Pues sin este
fenómeno de lo otro como otro no habría respeto posible.
El fenómeno del respeto supone el respeto de la fenomenalidad.
Y la ética supone la fenomenología.
En este sentido, la fenomenología es el respeto mismo, el desarrollo,
el hacerse-lenguaje del respeto mismo. A eso apuntaba Husserl al decir
que a la razón no se la puede distinguir en teórica, práctica,
etc. (citado más arriba). Esto no significa que el respeto como
ética sea derivado de la fenomenología, que suponga a ésta
como sus premisas o como un valor anterior o superior. La presuposición
de la fenomenología es de un género único. No "manda"
sobre nada, en el sentido mundano (real, político, etc.) del mando.
Es la neutralización misma de este tipo de mando. Pero no lo neutraliza
para sustituirlo por otro. Es profundamente ajena a toda jerarquía.
Es decir, que la ética no solamente no se disuelve en la fenomenología,
ni se somete a ella; es que encuentra en ella su propio sentido, su libertad
y su radicalidad. En cuanto a que los temas de la no-presencia (temporalización
y alteridad) son contradictorios con lo que hace de la fenomenología
una metafísica de la presencia, que la trabajan sin cesar, eso
nos parece por otra parte indiscutible, y en ello insistimos en otro lugar.
C. ¿Puede Levinas separarse más legítimamente de Husserl
a propósito del teoreticismo y del primado de la consciencia de
objeto? No olvidemos que el "primado" que debe considerarse aquí
es el del objeto o de la objetividad en general. Pero la fenomenología
no habría aportado nada, si no hubiese renovado infinitamente,
ampliado, flexibilizado esta noción de objeto en general. La jurisdicción
última de la evidencia está abierta al infinito, a todos
los tipos de objetos posibles, es decir, a todo sentido pensable, es decir,
presente a una consciencia en general. Ningún tema (por ejemplo,
el que en Totalidad e infinito pretende despertar las evidencias éticas
a su independencia absoluta, etc.) tendría sentido, ni podría
pensarse ni entenderse, si no recurriese a esa capa de la evidencia fenomenológica
en general. Basta que el sentido ético sea pensado para que Husserl
tenga razón. No solamente las definiciones nominales, sino, antes
que éstas, las posibilidades de esencia que orientan los conceptos
están ya presupuestas cuando se habla de ética, de trascendencia,
de infinito, etc. Estas expresiones deben tener un sentido para una consciencia
concreta en general, sin lo cual ningún discurso y ningún
pensamiento serían posibles. Ese dominio de evidencias absolutamente
"previas" es el de la fenomenología trascendental, en la que se
enraíza una fenomenología de la ética. Este enraizamiento
no es real, no significa una dependencia real, y sería vano reprocharle
a la fenomenología trascendental el ser de hecho impotente para
engendrar valores o comportamientos éticos (o, lo que viene a ser
lo mismo, el poder más o menos directamente reprimirlos). En tanto
que todo sentido determinado, todo sentido pensado, todo nóema
(por ejemplo, el sentido de la ética) supone la posibilidad de
un nóema en general, conviene comenzar de derecho por la fenomenología
trascendental. Comenzar de derecho por la posibilidad en general de un
nóema, que, recordemos este punto decisivo, no es un momento real
(reell) para Husserl, no tiene ninguna relación real (jerárquica
o de otro tipo) con cualquier otra cosa sea cual sea: es que cualquier
otra cosa sea cual sea no puede pensarse más que en la noematicidad.
Esto significa en particular que, a los ojos de Husserl, la ética
no podría de hecho, en la existencia y en la historia, estar subordinada
a la neutralización trascendental ni estar de hecho sometida a
ésta de ninguna manera. Ni la ética ni, por otra parte,
ninguna otra cosa en el mundo. La neutralización trascendental
es por principio y según su sentido, extraña a toda facticidad,
a toda existencia en general. No es de hecho ni anterior ni posterior
a la ética. Ni anterior ni posterior a sea lo que sea.
Se puede hablar, pues, de objetividad ética, de valores o de imperativos
éticos como objetos (nóemas) con toda su originalidad ética,
sin reducir esta objetividad a ninguna de aquellas que proporcionan por
error (pero no es error de Husserl) su modelo a lo que se entiende comúnmente
por objetividad (objetividad teorética, política, técnica,
natural, etc.). A decir verdad, hay dos sentidos de lo teorético:
el sentido corriente, apuntado en particular por la protesta de Levinas;
y el sentido más oculto, en el que se contiene el aparecer en general,
el aparecer de lo no-teorético (en el primer sentido) en particular.
En este segundo sentido la fenomenología es por cierto un teoreticismo,
pero lo es en la medida en que todo pensamiento y todo lenguaje, de hecho
y de derecho, están ligados al teoreticismo. La fenomenología
mide esa medida. Sé por un saber teorético (en general)
cuál es el sentido de lo no-teorético (por ejemplo, la ética,
lo metafísico en el sentido de Levinas) como tal, y lo respeto
como tal, como aquello que es, en su sentido. Sostengo una mirada para
reconocer lo que no se mira como una cosa, como una fachada, como un teorema.
Sostengo una mirada sobre el rostro mismo.
D. Pero es sabido que el desacuerdo fundamental entre Levinas y Husserl
no está ahí. Tampoco recae en la ahistoricidad del sentido,
que se le reprochaba a Husserl en otro tiempo, y a propósito de
lo cual éste "reservaba sorpresas" (como la escatología
de Levinas había de sorprendernos al hablarnos, treinta años
más tarde, "más allá de la totalidad o la historia"
[5]). Lo que supone, una vez más, que la totalidad sea finita (cosa
que no está de ningún modo inscrita en su concepto), que
la historia como tal pueda ser totalidad finita y que no haya historia
más allá de la totalidad finita. Habría que mostrar
quizás, como lo sugeríamos más arriba, que la historia
es imposible, que no tiene sentido en la totalidad finita, y que es imposible
y no tiene sentido en la infinitud positiva y actual; y que se sostiene
en la diferencia entre la totalidad y lo infinito, que es precisamente
lo que Levinas llama trascendencia y escatología. Un sistema no
es ni finito ni infinito. Una totalidad estructural, en su propio juego,
escapa a esa alternativa. Escapa a la arqueología y a la escatología,
y las inscribe en ella misma.
Es a propósito del otro donde el desacuerdo parece definitivo.
Lo hemos visto: según Levinas, al hacer del otro, especialmente
en las Meditaciones cartesianas, un fenómeno del ego, constituido
por apresentación analógica a partir de la esfera de pertenencia
propia del ego, Husserl habría dejado perder la alteridad infinita
del otro y lo habría reducido a lo mismo. Hacer del otro un alter
ego, dice con frecuencia Levinas, es neutralizar su alteridad absoluta.
a) Ahora bien, sería fácil mostrar hasta qué punto,
en particular en las Meditaciones cartesianas, Husserl se muestra cuidadoso
en respetar en su significación la alteridad del otro. Para él,
se trata de describir cómo el otro en tanto que otro, en su alteridad
irreductible, se me presenta a mí. Se me presenta a mí,
lo veremos más adelante, como no-presencia originaria. Es el otro
en tanto que otro lo que es fenómeno del ego: fenómeno de
una cierta fenomenalidad irreductible para el ego como ego en general
(el eidos ego). Pues es imposible tener un encuentro con el alter ego
(incluso en la forma del encuentro[xxxi] que describe
Levinas), es imposible respetarlo en la experiencia y en el lenguaje sin
que este otro, en su alteridad, aparezca a un ego (en general). No se
podría ni hablar, ni tendría sentido alguno cualquiera que
fuese, de lo completamente-otro, si no hubiese un fenómeno de lo
completamente-otro, una evidencia de lo completamente-otro como tal. Nadie
ha sido más sensible que Husserl a que el estilo de esa evidencia
y de ese fenómeno es irreductible y singular, a que lo que se muestra
ahí es una no-fenomenalización originaria. Incluso si no
se quiere ni se puede tematizar al otro, del que no se habla, sino al
que se habla, esa imposibilidad y ese imperativo no pueden ser a su vez
tematizados ellos mismos (como lo hace Levinas) si no es a partir de un
cierto aparecer del otro como otro a un ego. Es de ese sistema, de ese
aparecer y de esa imposibilidad de tematizar al otro en persona, de lo
que nos habla Husserl. Ese es su problema: "Aquellos (los otros ego) no
son, sin embargo, simples representaciones y objetos representados en
mí, unidades sintéticas de un proceso de verificación
que se desarrolla "en mí", sino precisamente "otros"... sujetos
ante este mismo mundo... sujetos que perciben el mundo... y que tienen
por eso experiencia de mí, como yo, por mi parte, tengo experiencia
del mundo, y en él, de los "otros"" (MC, trad. Levinas). Es ese
aparecer del otro como lo que no puedo ser jamás, es esa no-fenomenalidad
originaria lo que viene a ser interrogado como fenómeno intencional
del ego.
b) Pues -y nos atenemos aquí al sentido más manifiesto y
más masivamente indiscutible de esta quinta de las Meditaciones
cartesianas, cuyo curso es tan laberíntico- la afirmación
más central de Husserl concierne al carácter irreductiblemente
mediato de la intencionalidad que apunta al otro como otro. Es evidente,
según una evidencia esencial, absoluta y definitiva, que el otro
como otro trascendental (otro origen absoluto y otro punto cero en la
orientación del mundo) no puede estarme dado jamás de manera
originaria y en persona, sino sólo por apresentación analógica.
La necesidad de recurrir a la apresentación analógica, lejos
de significar una reducción analógica y asimiladora de lo
otro a lo mismo, confirma y respeta la separación, la necesidad
insuperable de la mediación (no-objetiva). Si yo no fuese hacia
el otro por vía de apresentación analógica, si lo
alcanzase inmediata y originariamente, en silencio y por comunión
con su propia vivencia, el otro dejaría de ser el otro. En contra
de las apariencias, el tema de la trasposición apresentativa traduce
el reconocimiento de la separación radical de los orígenes
absolutos, la relación de los absolutos absueltos y el respeto
no-violento del secreto: lo contrario de la asimilación victoriosa.
Los cuerpos, las cosas trascendentes y naturales, son otras en general
para mi consciencia. Están fuera y su trascendencia es el signo
de una alteridad ya irreductible. Levinas no lo cree, Husserl sí
lo cree y cree que "otro" quiere decir ya algo cuando se trata de cosas.
Lo cual es tomarse en serio la realidad del mundo exterior. Otro signo
de esta alteridad en general, que las cosas comparten en este caso con
el otro, es que algo de ellas se oculta también siempre, y no se
indica más que por anticipación, analogía y apresentación.
Husserl lo dice en la quinta de las Meditaciones cartesianas: la apresentación
analógica es propia, por una parte, de toda percepción.
Pero en el caso de lo otro como cosa trascendente, la posibilidad por
principio de una presentación originaria y original de la cara
oculta está siempre abierta por principio y a priori. Esta posibilidad
está absolutamente excluida en el caso del otro. La alteridad de
la cosa trascendente, aunque sea irreductible ya, no lo es más
que por el inacabamiento indefinido de mis percepciones originarias. No
tiene, pues, medida común con la alteridad también irreductible
del otro, que añade a la dimensión del inacabamiento (el
cuerpo del otro en el espacio, la historia de nuestras relaciones, etc.)
una dimensión de no-originariedad más profunda, la imposibilidad
radical de dar la vuelta para ver las cosas desde el otro lado. Pero sin
la primera alteridad, la de los cuerpos (y el otro es también desde
un principio un cuerpo), no podría surgir la segunda. Hay que pensar
en su conjunción el sistema de estas dos alteridades, la una inscrita
en la otra. La alteridad del otro es, pues, irreductible, por una doble
potencia de indefinición. El extraño es infinitamente otro
porque por esencia ningún aumento de perspectivas puede ofrecerme
la cara subjetiva de su vivencia, por su lado, tal como él la vive.
Jamás me será dada esa vivencia en su forma original, como
sí lo está todo aquello que es mir eigenes, aquello
que me es propio. Esta trascendencia de lo no-propio no es ya la trascendencia
del "todo", inaccesible a partir de bosquejos siempre parciales: trascendencia
del Infinito, no de la Totalidad.
Levinas y Husserl están aquí muy próximos. Pero al
reconocerle a éste infinitamente otro como tal (que aparece como
tal) el estatuto de una modificación intencional del ego en general,
Husserl se concede el derecho a hablar de lo infinitamente otro como tal,
da cuenta del origen y de la legitimidad de su lenguaje. Describe el sistema
de la fenomenalidad de la no-fenomenalidad. Levinas habla de hecho de
lo infinitamente otro, pero, al rehusarse a reconocer en ello una modificación
intencional del ego -lo que sería para él un acto totalitario
y violento- se priva del fundamento mismo y de la posibilidad de su propio
lenguaje. ¿Qué le autoriza a decir "infinitamente otro" si
lo infinitamente otro no aparece como tal en esa zona a la que llama lo
mismo y que es el nivel neutro de la descripción trascendental?
Retornar, como al único punto de partida posible, al fenómeno
intencional en que el otro aparece como otro y se presta al lenguaje,
a todo lenguaje posible, es quizás entregarse a la violencia, al
menos hacerse cómplice de ella y dar derecho -en el sentido crítico-
a la violencia del hecho, pero se trata entonces de una zona irreductible
de la facticidad, de una violencia originaria, trascendental, anterior
a toda elección ética, supuesta, incluso, por la no-violencia
ética. ¿Tiene algún sentido hablar de una violencia
pre-ética? La "violencia" trascendental a la que estamos aludiendo,
en cuanto que esté ligada a la fenomenalidad misma y a la posibilidad
del lenguaje, estaría alojada así en la raíz del
sentido y del logos, antes incluso de que éste tenga que determinarse
como retórica, psicagogia, demagogia, etc.
c) Levinas escribe: "El otro, en tanto que el otro, no es solamente un
alter ego. Él es lo que yo no soy" (2 y 3). La
"decencia" y la "vida corriente" nos hacen creer equivocadamente que "al
otro se le conoce por medio de la simpatía, como otro yo-mismo,
como el alter ego" (3). Eso es exactamente lo que no
hace Husserl. Éste pretende solamente reconocerlo como otro en
su forma de ego, en su forma de alteridad que no puede ser la de las cosas
en el mundo. Si el otro no fuera reconocido como alter ego trascendental,
estaría todo él dentro del mundo, y no sería, como
yo, origen del mundo. Rehusarse a ver en él un ego en ese sentido
es, en el orden ético, el mismo gesto de toda violencia. Si el
otro no fuese reconocido como ego, toda su alteridad se vendría
abajo. No se puede, pues, parece, sin maltratar sus más permanentes
y abiertas intenciones, suponer que Husserl hace del otro yo-mismo (en
el sentido fáctico de la palabra), una modificación real
de mi vida. Si el otro fuera un momento real de mi vida egológica,
si "la inclusión de otra mónada en la mía" (MC) fuera
real, yo la percibiría originaliter. Husserl no deja de subrayar
que eso es una imposibilidad absoluta. El otro como alter ego significa
el otro como otro, irreductible a mi ego, precisamente porque es ego,
porque tiene la forma del ego. La egoidad del otro le permite decir, como
a mí, "ego", y por eso es el otro, y no una piedra o un ser sin
palabra en mi economía real. Por eso, si se quiere, es rostro,
puede hablarme, oírme, y eventualmente mandarme. No sería
posible ninguna disimetría sin esta simetría que no forma
parte del mundo, y que, al no ser nada real, no impone ningún límite
a la alteridad, a la disimetría, por el contrario, la hace posible.
Esta disimetría es una economía en un sentido nuevo, que
sin duda sería también intolerable para Levinas.
Es, a pesar del absurdo lógico de esta formulación, la simetría
trascendental de dos asimetrías empíricas. El otro es para
mí un ego, del que sé que se relaciona conmigo como con
otro. ¿Dónde están mejor descritos estos movimientos
que en la Fenomenología del espíritu? El movimiento de trascendencia
hacia el otro, tal como lo evoca Levinas, no tendría sentido si
no comportase, como una de sus significaciones esenciales, que yo me sepa,
en mi ipseidad, otro para el otro. Sin lo cual, "Yo" (en general: la egoidad),
al no poder ser el otro del otro, no sería nunca víctima
de violencia. La violencia de la que habla Levinas sería una violencia
sin víctima. Pero como, en la disimetría que aquél
describe, el autor de la violencia no podría ser jamás el
otro mismo, sino siempre el mismo (ego), y como todos los egos son otros
para los otros, la violencia sin víctima sería también
una violencia sin autor. Y todas estas proposiciones se pueden invertir
sin dificultad. Se advertirá enseguida que, si el Parménides
del Poema nos permite creer que, por medio de fantasmas históricos
interpuestos, se ha prestado varias veces al parricidio, la gran sombra
blanca y temible que hablaba al joven Sócrates sigue sonriendo
cuando emprendemos grandes discursos sobre los seres separados, la unidad,
la diferencia, lo mismo y lo otro. ¡A qué ejercicios se dedicaría
Parménides en los márgenes de Totalidad e infinito si intentásemos
hacerle entender que ego es igual a mismo y que lo Otro no es lo que es
más que como absoluto, infinitamente otro absuelto de su relación
con lo Mismo! Por ejemplo: 1. Lo infinitamente otro, diría quizás,
no puede ser lo que es más que si es otro, es decir otro que. Otro
que debe ser otro que yo. Desde ese momento, ya no está absuelto
de la relación a un ego. No es ya, pues, infinitamente, absolutamente
otro. Ya no es lo que es. Si estuviera absuelto, no sería más
lo Otro, sino lo Mismo. 2. Lo infinitamente otro no puede ser lo que es
-infinitamente otro- más que no siendo absolutamente lo mismo.
Es decir, en particular, siendo otro que sí (no ego). Al ser otro
que sí, no es lo que es. No es, pues, infinitamente otro, etc.
Este ejercicio, creemos, no sería en el fondo verbosidad o virtuosidad
dialéctica en el "juego de lo Mismo". Significaría que la
expresión "infinitamente otro" o "absolutamente otro" no puede
decirse y pensarse a la vez. Que lo Otro no puede ser absolutamente exterior[xxxii]
a lo mismo sin dejar de ser otro, y que, por consiguiente, lo mismo no
es una totalidad cerrada sobre sí, una identidad que juega consigo,
con la mera apariencia de la alteridad, dentro de lo que llama Levinas
la economía, el trabajo, la historia. ¿Cómo podría
haber un "juego de lo Mismo" si la alteridad misma no estuviera ya dentro
de lo Mismo, en un sentido de la inclusión que la expresión
dentro de sin duda traiciona? Sin la alteridad dentro de lo mismo, ¿cómo
podría producirse el "juego de lo Mismo", en el sentido de la actividad
lúdica o en el sentido de la dislocación, dentro de una
máquina o una totalidad orgánica que juega o que trabaja?
Y podría mostrarse que para Levinas el trabajo, encerrado siempre
en la totalidad y la historia, sigue consistiendo fundamentalmente en
un juego. Proposición que aceptaremos, con ciertas precauciones,
más fácilmente que él.
Reconozcamos, en fin, que somos totalmente sordos ante proposiciones de
este tipo: "El ser se produce como múltiple y como escindido en
Mismo y en Otro. Esa es su estructura última" (5).
¿Qué es la escisión del ser entre lo mismo y lo otro,
una escisión entre lo mismo y lo otro, y tal que no suponga, al
menos, que lo mismo sea lo otro de lo otro, y lo otro lo mismo que sí?
No pensamos sólo en el ejercicio de Parménides jugando con
el joven Sócrates. El extranjero de El sofista, que parece romper
con el eleatismo, como Levinas, en nombre de la alteridad, sabe que la
alteridad no se piensa más que como negatividad, no se dice, sobre
todo, más que como negatividad -lo que Levinas empieza por rechazar-
y que, a diferencia del ser, lo otro es siempre relativo, se dice pros
eteron, lo que no le impide ser un eidos (o un género, en un sentido
no conceptual), es decir, ser lo mismo que sí (suponiendo ya "mismo
que sí", como advierte Heidegger en Identität und Differenz,
precisamente a propósito de El sofista, mediación, relación
y diferencia: hékaston heauto tautón). Por su parte, Levinas
se rehusaría a asimilar el otro al eteron del que se trata aquí.
¿Pero cómo pensar o decir "el otro" sin la referencia -no
decimos la reducción- a la alteridad del eteron en general? Desde
ese momento esta última noción no tiene ya el sentido restringido
que permite oponerla simplemente a la de el otro, como si aquélla
estuviese confinada a la región de la objetividad real o lógica.
El eteron pertenece aquí a una zona más profunda y más
originaria que aquella en la que se despliega esa filosofía de
la subjetividad (es decir, de la objetividad) implicada todavía
en la noción del otro.
El otro no sería, pues, lo que es (mi prójimo como extraño),
si no fuera alter ego. Esa es una evidencia muy anterior a la "decencia"
y a los disimulos de la "vida corriente". ¿No trata Levinas la expresión
alter ego como si alter fuera ahí el epíteto de un sujeto
real (en un nivel pre-eidético)? ¿Como la modificación
accidental, epitética, de mi identidad real (empírica)?
Pero la sintaxis trascendental de la expresión alter ego no tolera
ninguna relación de sustantivo a adjetivo, de absoluto a epíteto,
ni en un sentido ni en otro. Ahí está lo que tiene de extraño.
Una necesidad que se sostiene en la finitud del sentido: el otro no es
absolutamente otro más que en tanto que es un ego, es decir, en
cierto modo, lo mismo que yo. A la inversa, lo otro como res es a la vez
menos otro (no absolutamente otro) y menos "lo mismo" que yo. A la vez
más otro y menos otro, lo que significa de nuevo que lo absoluto
de la alteridad es lo mismo. Y esta contradicción (en los términos
de una lógica formal que Levinas sigue al menos por una vez, puesto
que se niega a llamar al Otro alter ego), esta imposibilidad de traducir
en la coherencia racional del lenguaje mi relación con el otro,
esta contradicción y esta imposibilidad no son signos de "irracionalidad":
son más bien el signo de que no se respira ya más aquí
dentro de la coherencia del Logos, sino que el pensamiento se corta el
aliento en la región del origen del lenguaje como diálogo
y diferencia. Este origen, como condición concreta de la racionalidad,
es cualquier cosa antes que "irracional", pero no podría quedar
"comprendida" en el lenguaje. Este origen es una inscripción inscrita.
Además toda reducción del otro a un momento real de mi vida,
su reducción al estado de alter ego-empírico es una posibilidad,
o más bien una eventualidad empírica, que se llama violencia,
y que presupone las relaciones eidéticas necesarias enfocadas por
la descripción husserliana. Por el contrario, acceder a la egoidad
del alter ego como a su alteridad misma es el gesto más pacífico
que hay.
No decimos
absolutamente pacífico. Decimos económico. Hay una violencia
trascendental y pre-ética, una disimetría (en general),
cuya arquía es lo mismo, y que permite ulteriormente la disimetría
inversa, la no-violencia ética de la que habla Levinas. En efecto,
o bien no hay más que lo mismo, y éste ni siquiera puede
aparecer ya, ni ser dicho, ni siquiera ejercer violencia (infinitud o
finitud puras); o bien hay lo mismo y lo otro, y entonces lo otro no puede
ser lo otro -de lo mismo- más que siendo lo mismo (que sí:
ego), y lo mismo no puede ser lo mismo (que sí: ego) más
que siendo el otro del otro: alter ego. Que yo sea también esencialmente
el otro del otro, que lo sepa, he aquí la evidencia de una extraña
simetría, cuya huella no aparece por ninguna parte en las descripciones
de Levinas. Sin esta evidencia, yo no podría desear (o) respetar
al otro en la disimetría ética. Esta violencia trascendental,
que no procede de una resolución o de una libertad éticas,
de una manera determinada de abordar o desbordar al otro, instaura originariamente
la relación entre dos ipseidades finitas. En efecto, la necesidad
de acceder al sentido del otro (en su alteridad irreductible) a partir
de su "rostro", es decir, del fenómeno de su no-fenomenalidad,
del tema de lo no-tematizable, dicho de otra manera, a partir de una modificación
intencional de mi ego (en general) (modificación intencional de
la que Levinas tiene que extraer el sentido de su discurso), la necesidad
de hablar del otro como otro o al otro como otro a partir de su aparecer-para-mí-como-lo-que-es:
el otro (aparecer que simula su simulación esencial, que lo saca
a la luz, lo desnuda y oculta lo que en el otro es lo oculto), esa necesidad
a la que ningún discurso podría escapar desde su más
temprano origen, esa necesidad es la violencia misma, o más bien
el origen trascendental de una violencia irreductible, suponiendo, como
decíamos más arriba, que tenga algún sentido hablar
de violencia pre-ética. Pues este origen trascendental, como violencia
irreductible de la relación con el otro, es al mismo tiempo no-violencia,
puesto que abre la relación con el otro. Es una economía.
Y es ésta la que, por medio de esta abertura, permitirá
que ese acceso al otro se determine, en la libertad ética, como
violencia o no violencia morales. No se ve cómo la noción
de violencia (por ejemplo, como simulación u opresión del
otro por lo mismo, noción que Levinas utiliza como cosa obvia,
y que significa, sin embargo, ya alteración de lo mismo, del otro
en tanto que es lo que es) podría estar determinada con rigor en
un nivel puramente ético, sin análisis eidético-trascendental
previo de las relaciones entre ego y alter ego en general, entre diversos
orígenes del mundo en general. Que lo otro no aparezca como tal
más que en su relación con lo mismo, esta evidencia los
griegos no tuvieron necesidad de reconocerla en la egología trascendental,
que la confirmará más tarde, y es la violencia como origen
del sentido y del discurso en el reino de la finitud.[xxxiii]
La diferencia entre lo mismo y lo otro, que no es una diferencia o una
rela-ción entre otras, no tiene ningún sentido en el infinito,
salvo si se habla, como Hegel y frente a Levinas, de la inquietud del
infinito que se determina y se niega él mismo. La violencia, ciertamente,
aparece en el horizonte de una idea del infinito. Pero este horizonte
no es el de lo infinitamente otro, sino el de un reino en que la diferencia
entre lo mismo y lo otro, la diferencia, no seguiría ya su curso,
es decir, de un reino en que la paz no tendría ya sentido. Y en
primer lugar porque no habría ya fenomenalidad y sentido en general.
Lo infinitamente otro y lo infinitamente mismo, si es que estas palabras
tienen un sentido para un ser finito, es lo mismo. Hegel mismo reconocía
la negatividad, la inquietud o la guerra en lo infinito absoluto sólo
como el movimiento de su propia historia y a la vista de un apaciguamiento
final en el que la alteridad estaría absolutamente resumida si
no elevada en la parousía.[xxxiv] ¿Cómo
interpretar la necesidad de pensar el hecho de lo que existe en primer
término a la vista, en este caso, de lo que se llama, en general,
el fin de la historia? Lo que viene a ser preguntarse qué significa
el pensamiento de lo otro como otro, y si, en este único caso,
la luz del "como tal" no es la simulación misma. ¿Único
caso? No, hay que invertir los términos: "otro" es el nombre, "otro"
es el sentido de esa unidad impensable de la luz y de la noche. Lo que
quiere decir "otro" es la fenomenalidad como desaparición. ¿Se
trata aquí de una "tercera vía excluida por esas contradictorias"
(revelación y simulación, La huella del otro)? Pero aquélla
no puede aparecer y decirse sino como tercera. Si se la llama "huella",
esta palabra no puede surgir sino como una metáfora, cuya elucidación
filosófica apelará sin cesar a las "contradictorias". Sin
lo cual no aparecería su originalidad -lo que la distingue del
Signo (palabra escogida convencionalmente por Levinas)-, Ahora bien, hay,
que hacerla aparecer. Y el fenómeno supone su contaminación
originaria por el signo.
La guerra es, pues, congénita a la fenomenalidad, es el surgimiento
mismo de la palabra y del aparecer. Hegel no se abstiene por azar de pronunciar
la palabra "hombre" en la Fenomenología del espíritu y describe
la guerra (por ejemplo, la dialéctica del Amo y el Esclavo) sin
referencia antropológica, en el campo de una ciencia de la consciencia,
es decir, de la fenomenalidad misma, en la estructura necesaria de su
movimiento: ciencia de la experiencia de la consciencia.
Así pues, el discurso, si es originariamente violento, no puede
otra cosa que hacerse violencia, negarse para afirmarse, hacer la guerra
a la guerra que lo instituye sin poder jamás, en tanto que discurso,
volverse a apropiar de esa negatividad. Sin deber volvérsela a
apropiar, pues si lo hiciese, desaparecería el horizonte de la
paz en la noche (la peor violencia, en tanto pre-violencia). Esta guerra
segunda, en cuanto declarada, es la violencia menor posible, la única
forma de reprimir la peor violencia, la del silencio primitivo y pre-lógico
de una noche inimaginable que ni siquiera sería lo contrario del
día, la de una violencia absoluta que ni siquiera sería
lo contrario de la no-violencia: la nada o el sin-sentido puros. Así
pues, el discurso se elige violentamente contra la nada o el sin-sentido
puros y, en la filosofía, contra el nihilismo. Para que la cosa
no fuese así, haría falta que la escatología que
anima el discurso de Levinas hubiese cumplido ya su promesa, hasta ya
no poder siquiera producirse en el discurso como escatología e
idea de la paz "más allá de la historia". Haría falta
que se hubiese instaurado el "triunfo mesiánico" "pertrechado contra
el desquite del mal". Ese triunfo mesiánico, que es el horizonte
del libro de Levinas, pero que "desborda su marco" (5),
sólo podría abolir la violencia poniendo en suspenso la
diferencia (conjunción u oposición) entre lo mismo y lo
otro, es decir, poniendo en suspenso la idea de la paz. Pero ese horizonte
mismo no puede decirse aquí y ahora (en un presente en general),
el fin no puede decirse, la escatología no es posible más
que a través de la violencia. Esta travesía infinita es
lo que se llama la historia. Ignorar la irreductibilidad de esta última
violencia es retornar, en el orden del discurso filosófico que
no se puede querer rechazar sino bajo el riesgo de la peor violencia,
al dogmatismo infinitista de estilo pre-kantiano que no plantea la cuestión
de la responsabilidad de su propio discurso filosófico finito.
Es verdad que la delegación de esta responsabilidad en Dios no
es una abdicación, pues Dios no es un tercero finito: pensada así,
la responsabilidad divina ni excluye ni disminuye la integridad de la
mía, la del filósofo finito. Ésta la exige y apela
a ella, por el contrario, como su telos o su origen. Pero el hecho de
la inadecuación de las dos responsabilidades o de esta única
responsabilidad con ella misma -la historia o inquietud del infinito-
no es todavía un tema para los racionalistas pre-kantianos, habría
que decir incluso para los pre-hegelianos.
Así serán las cosas mientras no se despeje la evidencia
absolutamente principal que es, según los propios términos
de Levinas, "esta imposibilidad para el yo de no ser él (mismo)"
incluso cuando sale hacia el otro, y sin la que por otra parte no podría
salir de sí; "imposibilidad" de la que Levinas afirma con fuerza
que "marca lo trágico congénito del yo, el hecho de que
esté clavado a su ser" (2). El hecho, sobre todo,
de que lo sabe. Este saber es el primer discurso y la primera palabra
de la escatología; lo que permite la separación, y hablar
al otro. No es su saber entre otros, es el saber mismo. "Es ese "ser-siempre-uno-y-sin-embargo-siempre-otro"
que es la característica fundamental del saber, etc." (Schelling).
Ninguna filosofía responsable de su lenguaje puede renunciar a
la ipseidad en general, y menos que cualquier otra, la filosofía
o la escatología de la separación. Entre la tragedia originaria
y el triunfo mesiánico, está la filosofía, en que
la violencia se vuelve contra sí en el saber, en que la finitud
originaria se muestra y en que lo otro es respetado en y por lo mismo.
Esta finitud se muestra en el ámbito de una cuestión abierta
irreductiblemente como cuestión filosófica en general: ¿por
qué la forma esencial, irreductible, absolutamente general e incondicionada
de la experiencia como salida hacia lo otro sigue siendo todavía
la egoidad? ¿Por qué es imposible, impensable, una experiencia
que no sea vivida como la mía (para un ego en general, en el sentido
eidético-trascendental de estas palabras)? Este impensable, este
imposible, son los límites de la razón en general. Dicho
de otra manera: ¿por qué la finitud? si, como lo había
dicho Schelling, "la egoidad es el principio general de la finitud". ¿Por
qué la Razón?, si es verdad que "la Razón y la Egoidad,
en su verdadero carácter de Absoluto, son una sola y la misma cosa...
" (Schelling) y que "la razón... es una forma de estructura universal
y esencial de la subjetividad trascendental en general" (Husserl). La
filosofía, que es el discurso de esta razón como fenomenología,
no puede por esencia responder a una cuestión de esa índole,
pues ninguna respuesta puede darse sino en un lenguaje, y el lenguaje
se abre mediante la cuestión. La filosofía (en general)
simplemente puede abrirse a la cuestión, en ella y mediante ella.
Puede solamente dejarse cuestionar.
Husserl lo sabía. Y lo llamaba archi-facticidad (Urtatsache), facticidad
no-empírica, facticidad trascendental (noción a la que quizás
no se ha prestado atención jamás), la esencia irreductiblemente
egoica de la experiencia. "Este yo soy es, para mí que lo digo
y lo digo comprendiéndolo como hay que hacerlo, el fundamento primitivo
intencional para mi mundo (der intentionale Urgrund für meine Welt)..."[xxxv]
Mi mundo es la abertura en la que se produce toda experiencia, comprendiendo
en ella aquella que, experiencia por excelencia, es trascendencia hacia
el otro como tal. Nada puede aparecer fuera del ámbito de pertenencia
a "mi mundo" para un "yo soy". "Sea o no conveniente, pueda o no parecerme
monstruoso (por los prejuicios que sean), ese es el hecho primitivo al
que debo hacer frente [die Urtatsache, der ich standhalten muss], el hecho
que en tanto filósofo no puedo perder de vista un solo instante.
Para infantes en filosofía éste puede ser el oscuro paraje
en que merodean los fantasmas del solipsismo, o aun del psicologismo,
del relativismo. El verdadero filósofo preferirá, en lugar
de huir ante ellos, iluminar ese oscuro paraje."[xxxvi]
Comprendida en este sentido, la relación intencional de "ego a
mi mundo" no puede abrirse a partir de un infinito-otro radicalmente extraño
a "mi mundo", no me puede ser "impuesta por un Dios que determine esa
relación... puesto que el a priori subjetivo es lo que precede
al ser de Dios y de todas y cada una de las cosas que son para mí
el sujeto pensante. Aun Dios es para mí lo que es, a partir de
mi propia operación de consciencia; ni siquiera este punto puedo
pasar por alto por miedo a una pretendida blasfemia: tengo que ver el
problema. Aunque tampoco en este caso, como en el del alter ego, quiera
decir la operación de consciencia que yo invente y haga esa suprema
trascendencia"[xxxvii] Dios no depende realmente
más de mí que el alter ego. Pero sólo tiene sentido
para un ego en general. Lo cual significa que antes de todo ateísmo
o de toda fe, antes de toda teología, antes de todo lenguaje sobre
Dios o con Dios, la divinidad de Dios (la alteridad infinita de lo otro
infinito, por ejemplo) debe tener un sentido para un ego en general. Anotemos
de paso que este "a priori subjetivo" reconocido por la fenomenología
trascendental es la única posibilidad de hacer fracasar al totalitarismo
de lo neutro, a una "Lógica absoluta" sin nadie, a una escatología
sin diálogo, y a todo lo que se clasifica bajo el título
convencional, muy convencional, de hegelianismo.
La cuestión sobre la egoidad como archi-facticidad trascendental
puede repetirse, más profundamente, en dirección a la archi-facticidad
del "presente viviente". Pues la vida egológica (la experiencia
en general) tiene como forma irreductible y absolutamente universal el
presente viviente. No hay experiencia que pueda vivirse de otra manera
que en el presente. Esta imposibilidad absoluta de vivir de otra manera
que en el presente, esta imposibilidad eterna define lo impensable como
límite de la razón. La noción de un pasado cuyo sentido
no podría ser pensado en la forma de un presente (pasado) marca
lo imposible-impensable-indecible no sólo para una filosofía
en general, sino incluso para un pensamiento del ser que quisiera dar
un paso fuera de la filosofía. Sin embargo, esa noción se
convierte en un tema dentro de esa meditación de la huella que
se anuncia en los últimos escritos de Levinas. En el presente viviente,
cuya noción es a la vez la más simple y la más difícil,
puede constituirse y aparecer como tal toda alteridad temporal: otro presente
pasado, otro presente futuro, otros orígenes absolutos re-vividos
en la modificación intencional, en la unidad y la actualidad de
mi presente viviente. Sólo la unidad actual de mi presente viviente
permite a otros presentes (a otros orígenes absolutos) aparecer
como tales en lo que se llama la memoria o la anticipación (por
ejemplo, pero en verdad en el movimiento constante de la temporalización).
Pero sólo la alteridad de los presentes pasados y futuros permite
la identidad absoluta del presente viviente como identidad a sí
(mismo) de la no-identidad a sí (mismo). Habría que mostrar,[xxxviii]
a partir de las Meditaciones cartesianas, cómo, una vez reducido
todo problema de génesis fáctica, la cuestión de
la anterioridad en la relación entre la constitución del
otro como otro presente y del otro como el otro es una cuestión
falsa, que debe remitir a una raíz estructural común. Aunque
en las Meditaciones cartesianas Husserl solamente evoca la analogía
de los dos movimientos (par. 52), en muchos inéditos parece tenerlos
por inseparables.
Si en última instancia se quiere determinar la violencia como la
necesidad que tiene el otro de no aparecer como lo que es, de no ser respetado
más que en, para y por lo mismo, de ser disimulado por lo mismo
en la misma liberación de su fenómeno, en ese caso el tiempo
es violencia. Este movimiento de liberación de la alteridad absoluta
en lo mismo absoluto es el movimiento de la temporalización en
su forma universal más absolutamente incondicionada: el presente
viviente. Si el presente viviente, forma absoluta de la abertura del tiempo
a lo otro en sí, es la forma absoluta de la vida egológica,
y si la egoidad es la forma absoluta de la experiencia, entonces el presente,
la presencia del presente y el presente de la presencia son originariamente
y para siempre violencia. El presente viviente está sometido originariamente
al trabajo de la muerte. La presencia como violencia es el sentido de
la finitud, el sentido del sentido como historia.
Pero, ¿por qué? ¿Por qué la finitud? ¿Por
qué la historia?[xxxix] ¿Y por qué
podemos, a partir de qué podemos preguntarnos por esa violencia
como finitud e historia? ¿Por qué el porqué? ¿Y
desde dónde se deja éste comprender en su determinación
filosófica?
La metafísica de Levinas presupone en un sentido -al menos hemos
intentado mostrarlo- la fenomenología trascendental que pretende
poner en cuestión. Y sin embargo no nos parece menos radical la
legitimidad de esa puesta en cuestión. ¿Cuál es el
origen de la cuestión sobre la archi-facticidad trascendental como
violencia? ¿A partir de qué se somete a cues-tión la
finitud como violencia? ¿A partir de qué la violencia original
del discurso se deja dar la orden de volverse contra sí mismo,
la orden de ser siempre, en tanto lenguaje, un retroceder contra sí
mismo en el reconocimiento del otro como otro? Sin duda, sólo cabe
responder a estas cuestiones (por ejemplo, diciendo que la cuestión
de la violencia de la finitud no puede plantearse más que a partir
de lo otro de la finitud y de la idea del infinito) sobre la base de empezar
un nuevo discurso, que de nuevo justificará la fenomenología
trascendental. Pero la nuda abertura de la cuestión, su abertura
silenciosa escapa a la fenomenología, como el origen y el fin de
su logos. Esta abertura silenciosa de la cuestión de la historia
como finitud y violencia permite la aparición de la historia como
tal; es la apelación (a) (de) una escatología que disimula
su propia abertura, la recubre por su ruido desde el momento en que se
profiere y se determina. Esta abertura es la de una cuestión que
se plantea a la filosofía, como logos, finitud, historia, violencia,
al invertir la disimetría trascendental. Interpelación de
lo Griego por lo no-Griego desde el fondo de un silencio, de una conmoción
ultra-lógica de la palabra, de una cuestión que sólo
puede decirse dentro de la lengua de los griegos, olvidándose de
ella; que sólo se puede decir, olvidándose de ella, dentro
de la lengua de los griegos. Extraño diálogo entre la palabra
y el silencio. Extraña comunidad de la cuestión silenciosa,
de la que hablábamos más arriba. Es el punto en que, nos
parece, más allá de todos los malentendidos sobre la literalidad
de la ambición husserliana, la fenomenología y la escatología
pueden, interminablemente, entablar diálogo, entablarse en él,
apelarse el uno al otro al silencio.
De la violencia ontológica
El
silencio es una palabra que no es una palabra, y el aliento un objeto
que no es un objeto.
G. BATAILLE
¿No dominará acaso el movimiento de ese diálogo también
la explicación con Heidegger? No sería nada extraño.
Para persuadirse de lo cual bastaría con advertir esto, y de la
manera más esquemática del mundo; para hablar, como acabamos
de hacerlo, del presente como forma absoluta de la experiencia, hay que
entender ya lo que es el tiempo, lo que es el ens del praes-ens, y lo
que es la proximidad del ser de este ens. El presente de la presencia
y la presencia del presente suponen el horizonte, la anticipación
pre-comprensiva del ser como tiempo. Si el sentido del ser ha sido determinado
siempre por la filosofía como presencia, la cuestión del
ser, planteada a partir del horizonte trascendental del tiempo (primera
etapa, en Sein und Zeit), es el primer estremecimiento de la seguridad
filosófica, como así mismo de la presencia asegurada.
Ahora bien, Husserl no ha desplegado jamás la cuestión del
ser. Aun si la fenomenología trae consigo esa cuestión cada
vez que aborda los temas de la temporalización y de la relación
con el alter ego, no es menos cierto por ello que sigue dominada por una
metafísica de la presencia. La cuestión del ser no gobierna
su discurso.
La fenomenología en general, como paso a la esencialidad, presupone
la anticipación del esse de la esencia, de la unidad del esse anterior
a su distribución en esencia y existencia. Por otra vía,
podría mostrarse sin duda que Husserl presupone silenciosamente
una anticipación o una decisión metafísica cuando
afirma, por ejemplo, el ser (Sein) como no-realidad (Realität) de
lo ideal (Ideal). La idealidad es irreal, pero es -como objeto o ser-
pensado. Sin el presupuesto acceso a un sentido del ser que no se agota
con la realidad, se vendría abajo toda la teoría husserliana
de la idealidad, y con ella toda la fenomenología trascendental.
Husserl no podría ya escribir, por ejemplo: Offenbar muss überhaupt
jeder Versuch, das Sein des Idealen in ein mögliches Sein von Realem
umzudeuten, daran scheitern, dass Möglichkeiten selbst wieder ideale
Gegenstände sind. So wenig in der realen Welt Zahlen im allgemeinen,
Dreiecke im allgemeinen zu finden sind, so wenig auch Möglichkeiten.
"Es notorio que todo intento de transmutar en la interpretación
el ser de lo ideal en un ser posible de lo real tiene que fracasar, por
el hecho de que las posibilidades mismas son también objetos ideales.
En el mundo real no se encuentran números en general, triángulos
en general, pero tampoco se encuentran posibilidades."[xl]
El sentido del ser -antes de toda determinación regional- debe
ser pensado, en primer lugar, para que pueda distinguirse lo ideal que
es, de lo real que éste no es, pero también de lo ficticio
que pertenece al dominio de lo posible real. ("Naturalmente no es nuestro
propósito poner en un mismo plano el ser de lo ideal y el ser pensado
de lo ficticio o contra sentido."[xli] Se podrían
citar otros cien textos análogos.) Pero si Husserl puede escribir
eso, si, en consecuencia, presupone el acceso a un sentido del ser en
general, ¿cómo puede distinguir su idealismo como teoría
del conocimiento del idealismo metafísico?[xlii]
También éste proponía el ser no-real de lo ideal.
Husserl respondería, sin duda, pensando en Platón, que lo
ideal estaba en ese caso realizado, sustantificado, hipostasiado, en la
medida en que no era comprendido, esencialmente y de parte a parte, como
nóema, en la medida en que se lo imaginaba como pudiendo ser sin
ser pensado o enfocado de alguna manera. Una situación esta que
no se habría modificado totalmente cuando, más tarde, el
eidos sólo se volvía originariamente y esencialmente nóema
dentro del Entendimiento o Logos de un sujeto infinito: Dios. Pero ¿en
qué medida el idealismo trascendental, cuya vía se abría
así, escapa al horizonte, al menos, de esa subjetividad infinita?
Es algo que no se puede debatir aquí.
Y sin embargo, si en un tiempo Levinas contrapuso Heidegger a Husserl,
ahora discute lo que llama la "ontología heideggeriana": "El primado
de la ontología heideggeriana no reposa sobre el truismo: "para
conocer el ente es necesario haber comprendido el ser del ente". Afirmar
la prioridad del ser con respecto al ente es ya pronunciarse sobre la
esencia de la filosofía, subordinar la relación con alguno
que es un ente (relación ética) a una relación con
el ser del ente que, impersonal, permite la aprehensión, la dominación
del ente (en una relación de saber), subordina la justicia a la
libertad" (ya citado). Esta ontología valdría para todo
ente, "salvo para el otro".[xliii]
La frase de Levinas es aplastante para la "ontología": el pensamiento
del ser del ente no sólo tendría la pobreza lógica
del truismo, encima no escapa a su miseria más que mediante el
apresamiento y el asesinato del Otro. Es una perogrullada criminal que
pone a la ética bajo la bota de la ontología. ¿Qué
pasa, pues, con la "ontología" y el "truismo" ("para conocer el
ente hay que haber comprendido el ser del ente")? Levinas dice que "el
primado de la ontología no repasa" sobre un "truismo". ¿Es
seguro eso? Si el truismo (truism, true, truth) es fidelidad a la verdad,
es decir, el ser de lo que es en tanto que es y tal como es, no es seguro
que el pensamiento (de Heidegger, si se quiere) haya debido intentar jamás
guardarse de él. "Lo que tiene de extraño este pensamiento
del ser es su simplicidad", dice Heidegger en el momento de mostrar, por
otra parte, que este pensamiento no mantiene ningún designio ni
teórico ni práctico. "La operación de este pensamiento
no es ni teórica ni práctica; y no consiste tampoco en la
unión de estos dos modos de comportamiento."[xliv]
Este gesto de remontarse hasta más acá de la disociación
teoría-práctica ¿no es también el de Levinas,[xlv]
que deberá definir así la trascendencia metafísica
como ética (todavía) no práctica? Nos las habemos
con truismos realmente extraños. Es "por la simplicidad de su esencia"
por lo que "el pensamiento del ser se hace incognoscible para nosotros".[xlvi]
Si por truismo se entiende, por el contrario, en el orden del juicio,
la afirmación analítica y pobre de la tautología,
entonces la proposición incriminada es quizás la menos analítica
que haya en el mundo; si no debiese haber en el mundo más que un
solo pensamiento que escapara a la forma del truismo, ése sería
aquella proposición. En primer lugar, a lo que apunta Levinas bajo
la palabra "truismo" no es a una proposición judicativa, sino a
una verdad anterior al juicio y fundadora de todo juicio posible. El truismo
banal es la repetición del sujeto en el predicado. Pero el ser
no es un simple predicado del ente, ni es tampoco el sujeto. Se lo tome
como esencia o como existencia (como ser-tal o como ser-ahí), se
lo tome como cópula o como posición de existencia, o se
lo tome, más profundamente y más originalmente, como el
foco originario de todas esas posibilidades, el ser del ente no pertenece
al dominio de la predicación porque está implicado ya en
toda predicación en general y la hace posible. Hace posible todo
juicio sintético o analítico. Está más allá
del género y de las categorías, es trascendental en el sentido
de la escolástica antes de que la escolástica haya hecho
del trascendental un ente supremo e infinito, Dios mismo. ¡Singular
truismo este por el que se busca lo más profundamente, lo más
concretamente pensado de todo pensamiento, la raíz común
de la esencia y la existencia, sin la que ningún juicio, ningún
lenguaje serían posibles, y que todo concepto tiene que presuponer
disimulándolo![xlvii]
Pero si la "ontología" no es un truismo, o al menos un truismo
entre otros, si la extraña diferencia entre el ser y el ente tiene
un sentido, es el sentido, ¿puede hablarse de "prioridad" del ser
respecto al ente? Cuestión importante esta, puesto que es esa pretendida
"prioridad" la que sometería, a los ojos de Levinas, la ética
a la "ontología".
Sólo puede haber un orden de prioridad entre dos cosas determinadas,
dos entes. No siendo nada el ser fuera del ente, tema que Levinas había
tan bien comentado en un tiempo, no podrá precederlo de ninguna
manera, ni en el tiempo, ni en dignidad, etc. A este respecto nada está
más claro en el pensamiento de Heidegger. Desde este momento, ya
no se podría hablar legítimamente de "subordinación"
del ente al ser, de la relación ética, por ejemplo, a la
relación ontológica. Pre-comprender o explicitar la relación
implícita con el ser del ente[xlviii] no
es someter violentamente el ente (por ejemplo, alguien) al ser. El ser
no es más que el ser-de este ente, y no existe fuera de él
como una potencia extraña, un elemento impersonal, hostil o neutro.
La neutralidad, tan frecuentemente acusada por Levinas, sólo puede
ser el carácter de un ente indeterminado, de una potencia óntica
anónima, de una generalidad conceptual o de un principio. Pero
el ser no es un principio, no es un ente principal, una arquía
que permita a Levinas hacer deslizar bajo su nombre el rostro de un tirano
sin rostro. El pensamiento del ser (del ente) es radicalmente extraño
a la búsqueda de un principio o incluso de una raíz (por
más que ciertas imágenes permitan a veces pensarlo), o de
un "árbol del conocimiento": está, como hemos visto, más
allá de la teoría, no es la primera palabra de la teoría.
Está más allá incluso de toda jerarquía. Si
toda "filosofía", toda "metafísica" ha intentado siempre
determinar el primer ente, el ente excelente y verdaderamente ente, el
pensamiento del ser del ente no es esa metafísica o esa filosofía
primera. No es, incluso, ontología (cf. más arriba), si
la ontología es otro nombre para la filosofía primera. En
tanto que no es filosofía primera, concerniente al archi-ente,
a la primera cosa y a la primera causa, que dominan, el pensamiento del
ser no concierne a, ni ejerce, ninguna potencia. Pues la potencia es una
relación entre entes. "Un pensamiento así no tiene resultado.
No produce ningún efecto" (Humanismo). Levinas escribe: "La ontología,
como filosofía primera, es una filosofía de la potencia"
(5). Quizás sea verdad. Pero, acabamos de verlo:
el pensamiento del ser no es ni una ontología, ni una filosofía
primera, ni una filosofía de la potencia. Extraño a toda
filosofía primera, no se opone a ninguna especie de filosofía
primera. Ni siquiera a la moral, si, como dice Levinas, "la moral no es
una rama de la filosofía, sino la filosofía primera" (5).
Extraño a la búsqueda de una arquía óntica
en general, de una arquía ética o política en particular,
no le es extraño en el sentido en que lo entiende Levinas, que
precisamente le acusa de eso, como la violencia a la no-violencia o el
mal al bien. De él podría decirse lo que Alain decía
de la filosofía: que "no es más una política" (o
una ética)... "que una agricultura". Lo que no quiere decir que
sea una industria. Radicalmente extraño a la ética, no es
una contra-ética, ni una subordinación de la ética
a una instancia ya violenta secretamente en el dominio de la ética:
lo neutro. Levinas reconstruye siempre, y no sólo en el caso de
Heidegger, la ciudad o el tipo de socialidad que cree ver dibujarse en
filigrana a través de un discurso que no se ofrece ni como sociológico,
ni como político, ni como ético. Es paradójico ver
así la ciudad heideggeriana regida por una potencia neutra, por
un discurso anónimo, es decir, por el "se" (man), cuya inautenticidad
Heidegger ha sido el primero en describir. Y si es verdad, en un sentido
difícil, que el Logos, según Heidegger, "no es el Logos
de nadie", eso no significa ciertamente que sea el anonimato de la opresión,
la impersonalidad del Estado o la neutralidad del "se dice". No es anónimo
más que como la posibilidad del nombre y de la responsabilidad.
"Pero si un día el hombre ha de alcanzar la vecindad del ser, tiene
primero que aprender a existir en lo que no tiene nombre" (Humanismo).
¿No hablaba también la Cábala de la innombrable posibilidad
del Nombre?
El pensamiento del ser no puede, pues, tener ningún designio humano,
secreto o no. Es, tomado en sí mismo, el único pensamiento
sobre el que sin duda no puede cerrarse ninguna antropología, ninguna
ética, ningún psicoanálisis ético-antropológico
sobre todo.[xlix]
Todo lo contrario. No sólo el pensamiento del ser no es violencia
ética, sino que ninguna ética -en el sentido de Levinas-
parece poder abrirse sin él. El pensamiento -o al menos la pre-comprensión
del ser- condiciona (a su manera, que excluye toda condicionalidad óntica:
principios, causas, premisas, etc.) el reconocimiento de la esencia del
ente (por ejemplo alguien, existente como otro, como otro sí [mismo],
etc.). Aquél condiciona el respeto del otro como lo que es: otro.
Sin ese reconocimiento que no es un conocimiento, digamos sin este "dejar-ser"
de un ente (el otro) como existiendo fuera de mí en la esencia
de lo que es (en primer lugar en su alteridad), no sería posible
ninguna ética. "Dejar-ser" es una expresión de Heidegger
que no significa, como parece pensar Levinas,[l] dejar-ser
como "objeto de comprensión, en primer lugar" y, en el caso del
otro, como "interlocutor, a continuación". El "dejar-ser" concierne
a todas las formas posibles del ente e incluso a aquellas que, por esencia,
no se dejan transformar en "objetos de comprensión" .[li]
Si a la esencia del otro pertenece el ser, en primer lugar e irreductiblemente,
"interlocutor" e "interpelado" (ibíd.), el "dejar-ser" le dejará
ser lo que es, le respetará como interlocutor-interpelado. El "dejar-ser"
no concierne solamente o de forma privilegiada a las cosas impersonales.
Dejar ser al otro en su existencia y en su esencia de otro significa que
accede al pensamiento o (y) que el pensamiento accede a lo que es esencia
y lo que es existencia; y a lo que es el ser que presuponen las dos. Sin
lo cual, ningún dejar-ser sería posible, y en primer lugar
el del respeto y del mandamiento ético destinado a la libertad.
La violencia reinaría hasta un punto tal que ni siquiera podría
ya mostrarse y nombrarse.
No hay, pues, ninguna "dominación" posible de la "relación
con el ente" por la "relación con el ser del ente". Heidegger criticaría
no solamente la noción de relación con el ser como Levinas
critica la de relación con el otro, sino también la de dominación:
el ser no es la altura, no es el señor del ente, pues la altura
es una determinación del ente. Hay pocos temas que hayan requerido
tanto la insistencia de Heidegger: el ser no es un ente excelente.
Que el ser no esté por encima del ente no implica que esté
a su lado. Entonces sería otro ente. Difícilmente, pues,
puede hablarse de "la significación ontológica del ente
en la economía general del ser -que Heidegger pone simplemente
al lado del ser mediante una distinción... " (2).
Es verdad que Levinas reconoce en otro lugar que "si bien hay distinción,
no hay separación" (3), lo que es ya reconocer
que cualquier relación de dominación óntica es imposible
entre el ser y el ente. En realidad, ni siquiera hay distinción,
en el sentido habitual de esta palabra, entre el ser y el ente. Por razones
esenciales, y en primer lugar porque el ser no es nada fuera del ente
y porque la abertura viene a ser la diferencia óntico-ontológica,
es imposible evitar la metáfora óntica para articular el
ser en el lenguaje, para dejarlo circular en él. Por eso dice Heidegger
del lenguaje que es "lichtend-verbergende Ankunft des Seins selbst" (Humanismo...).
El lenguaje ilumina y oculta a la vez y al mismo tiempo el ser mismo.
No obstante el ser mismo es lo único que resiste absolutamente
a toda metáfora. Toda filología que pretenda reducir el
sentido del ser al origen metafórico de la palabra "ser", cualquiera
que sea el valor histórico (científico) de sus hipótesis,
deja perder la historia del sentido del ser. Esta historia es la de una
liberación del ser respecto del ente determinado, de tal forma
que pueda llegarse a pensar como un ente entre otros al ente epónimo
del ser, por ejemplo la respiración. Y en efecto, a la respiración
se refieren, como origen etimológico de la palabra ser, por ejemplo,
Renan o Nietzsche, cuando pretenden reducir el sentido de lo que creen
que es un concepto, la generalidad indeterminada del ser, a su modesto
origen metafórico. (Renan: Del origen del lenguaje. Nietzsche:
El nacimiento de la filosofía.)[lii]Se explica
así el conjunto de la historia empírica, salvo precisamente
lo esencial, a saber, el pensamiento de que, por ejemplo, la respiración
y la no-respiración son. Y son de manera determinada, entre otras
determinaciones ónticas. El empirismo metafórico, raíz
oculta de todo empirismo, explica todo salvo que la metáfora, en
un momento dado, haya sido pensada como metáfora, es decir, haya
sido desgarrada como velo del ser. Este es el momento de la abertura del
pensamiento del ser mismo, el movimiento mismo de la metaforicidad. Pues
esa penetración se produce de nuevo y siempre bajo otra metáfora.
Como dice en algún lugar Hegel, el empirismo olvida siempre al
menos esto: que se sirve de la palabra ser. El empirismo es el pensamiento
mediante metáfora que no piensa la metáfora como tal.
A propósito de "ser" y de "respiración", nos permitimos
una comparación, cuyo valor no es sólo de curiosidad histórica.
En una carta a X... de marzo de 1638, Descartes explica que la proposición
""respiro, luego existo" no concluye nada, si no se ha probado previamente
que se existe o si no se sobreentiende: pienso que respiro (incluso si
me equivoco en eso), luego existo; y en ese sentido, respiro, luego existo
no viene a decir otra cosa sino pienso luego existo". Lo que significa,
para lo que nos importa aquí, que la significación de la
respiración no es nunca más que una determinación
dependiente y particular de mi pensamiento y de mi existencia, y a fortiori
del pensamiento y del ser en general. Aun suponiendo que la palabra "ser"
derive de una palabra que signifique "respiración" (o cualquier
otra cosa determinada), ninguna etimología, ninguna filología
-en tanto tales y como ciencias determinadas- podrán dar cuenta
del pensamiento por el que la "respiración" (o cualquier otra cosa)
se vuelve determinación del ser entre otras. Aquí, por ejemplo,
ninguna filología podrá dar cuenta del gesto de pensamiento
de Descartes. Hay que pasar por otras vías -o por otra lectura
de Nietzsche- para trazar la genealogía inaudita del sentido del
ser.
Es esta una primera razón para que la "relación con un ente",
con alguien (relación ética), no pueda ser "dominada" por
"una relación con el ser del ente (relación de saber)".
Segunda razón: la "relación con el ser del ente", que no
tiene nada de relación, sobre todo no es una "relación de
saber".[liii] No es una teoría, lo hemos visto
va, y no nos enseña nada acerca de lo que es. Es porque no es ciencia
por lo que Heidegger le niega a veces hasta el nombre de ontología,
tras haberla distinguido de la metafísica e incluso de la ontología
fundamental. Al no ser un saber, el pensamiento del ser no se confunde
con el concepto del ser puro como generalidad indeterminada. Levinas nos
lo había hecho comprender en otro tiempo: "Precisamente porque
el ser no es un ente, no hay que aprehenderlo per genus et differentiam
specificam" (4). Pero toda violencia es, según
Levinas, violencia del concepto; y ¿Es fundamental la ontología?,
Totalidad e infinito después, interpretan el pensamiento del ser
como concepto del ser. Oponiéndose a Heidegger, Levinas escribe,
entre muchos otros pasajes semejantes: "En nuestra relación con
el otro, éste no nos afecta a partir de un concepto..." (La ontología...).
Según él, es el concepto absolutamente indeterminado del
ser lo que finalmente ofrece al otro a nuestra comprensión, es
decir, a nuestro poder y a nuestra violencia. Pero Heidegger insiste lo
bastante en esto: el ser, de cuya cuestión se trata, no es el concepto
al que el ente (por ejemplo alguien) estaría sometido (subsumido).
El ser no es el concepto de ese predicado lo bastante indeterminado, lo
bastante abstracto, en su extrema universalidad, como para cubrir la totalidad
de los entes:
1. porque no es un predicado, y autoriza toda predicación;
2. porque es más "viejo" que la presencia concreta del ens;
3. porque la pertenencia al ser no anula ninguna diferencia predicativa,
sino que, por el contrario, deja surgir toda diferencia posible.[liv]
El ser es, pues, trans-categorial, y Heidegger diría de él
lo que Levinas dice de lo otro: que es "refractario a la categoría"
(5). "La cuestión del ser, como cuestión
de la posibilidad del concepto de ser, surge de la comprensión
pre-conceptual del ser",[lv] escribe Heidegger esbozando
a propósito del concepto hegeliano del ser puro como nada, un diálogo
y una repetición, que seguirán profundizándose, y
que, según el estilo habitual del diálogo de Heidegger con
los pensadores de la tradición, harán aumentar y hablar
la palabra de Hegel, la palabra de toda metafísica (incluido Hegel,
o más bien, incluyéndose, comprendiéndose toda ella
en Hegel).
Así, el pensamiento, o la pre-comprensión del ser, significa
cualquier cosa antes que un comprender conceptual y totalitario. Lo que
acabamos de decir del ser podría decirse de lo mismo.[lvi]
Tratar el ser (y lo mismo) como categorías, o la "relación
con el ser" como relación con una categoría que podría
ser a su vez (mediante "inversión de los términos", [5])
pospuesta o subordinada a una relación determinada (relación
ética, por ejemplo), ¿no equivale a impedir así, de
entrada, toda determinación (ética, por ejemplo)? Toda determinación
pre-supone en efecto el pensamiento del ser. Sin este pensamiento; ¿cómo
dar un sentido al ser como otro, como otro sí (mismo), a la irreductibilidad
de la existencia y de la esencia del otro, a la responsabilidad que se
sigue de ello?, etc. "El privilegio de ser responsable de sí mismo,
como ente, en una palabra, el privilegio de existir implica a su vez la
necesidad de comprender el ser."[lvii] Si comprender
el ser es poder dejar ser (respetar el ser en la esencia y la existencia,
y ser responsable de su respeto), la comprensión del ser concierne
siempre a la alteridad, y por excelencia a la alteridad del otro con toda
su originalidad: sólo se puede tener que dejar ser aquello que
no se es. Si al ser le queda siempre por dejar ser y si pensar es dejar
ser al ser, el ser es ciertamente lo otro del pensamiento. Pero como no
es lo que es más que por el dejar-lo-ser del pensamiento, y como
éste no piensa más que por la presencia del ser que aquél
deja ser, el pensamiento y el ser, el pensamiento y lo otro, son lo mismo;
lo cual, recordemos, no quiere decir lo idéntico, o lo uno, o lo
igual.
Todo esto viene a querer decir que el pensamiento del ser no hace del
otro una especie del género ser. No sólo porque el otro
es "refractario a la categoría", sino porque el ser no es tampoco
una categoría. Como el otro, el ser no tiene complicidad alguna
con la totalidad, ni con la totalidad finita, totalidad violenta de la
que habla Levinas, ni con una totalidad infinita. La noción de
totalidad está siempre en relación con el ente. Es siempre
"metafísica" o "teológica", y es en conexión con
ella cómo las nociones de finito y de infinito adquieren sentido.[lviii]
Extraño a la totalidad finita o infinita de los entes, extraño
en el sentido que hemos precisado más arriba, extraño sin
ser otro ente u otra totalidad de entes, el Ser no podría oprimir
o encerrar al ente y sus diferencias. Mientras la mirada del otro me mande,
como dice Levinas, y me mande que mande, es necesario que yo pueda dejar
ser al Otro en su libertad de Otro y recíprocamente. Pero el ser
mismo no manda nada ni a nadie. Como el ser no es el señor del
ente, su pre-cedencia (metáfora óntica) no es una arquía.
La mejor liberación respecto de la violencia es una cierta puesta
en cuestión que solicita la búsqueda de la arché.
Sólo puede hacerlo el pensamiento del ser, y no la "filosofía"
o la "metafísica" tradicionales. Estas son, pues, "políticas"
que sólo pueden escapar a la violencia por medio de la economía:
luchando violentamente contra las violencias de la an-arquía, cuya
posibilidad en la historia es, todavía, cómplice del arquismo.
De la misma manera que tuvo que apelar a evidencias fenomenológicas
en contra de la fenomenología, Levinas debe, pues, suponer y poner
en práctica continuamente el pensamiento o la pre-comprensión
del ser en su discurso, incluso cuando lo dirige contra la "ontología".
¿Qué significaría, de otra manera, "la exterioridad
como esencia del ser" (5)? ¿Y "sostener el pluralismo
como estructura del ser" (6)? ¿Y que "el encuentro
con el rostro es, absolutamente, una relación con lo que es. Quizás
sólo el hombre es sustancia, y es por eso por lo que es rostro
"?[lix]
La trascendencia ético-metafísica supone, pues, ya la trascendencia
ontológica. El epékeina tes ousías (en la interpretación
de Levinas) no llevaría más allá del Ser mismo, sino
más allá de la totalidad del ente o de la onticidad del
ente (el ser ente del ente) o incluso de la historia óntico. Heidegger
se refiere también al epékeina tes ousías para anunciar
la trascendencia ontológica,[lx] pero muestra
también que se ha determinado demasiado deprisa la indeterminación
del agathón hacia el que se abre paso la trascendencia.
Así, el pensamiento del ser no podría producirse como violencia
ética. Por el contrario, es sin ese pensamiento como se estaría
imposibilitado para dejar ser al ente, y como se encerraría la
trascendencia en la identificación y la economía empírica.
Al negarse, en Totalidad e infinito, a prestar dignidad alguna a la diferencia
óntico-ontológica, al no ver en ésta más que
una astucia de la guerra, y al llamar metafísica al movimiento
intra-óntico de la trascendencia ética (movimiento respetuoso
de un ente hacia el otro), Levinas confirma el planteamiento de Heidegger:
¿no ve éste en la metafísica (en la ontología
metafísica) el olvido del ser y la simulación de la diferencia
óntico-ontológica? "La Metafísica no plantea la cuestión
de la verdad del Ser mismo."[lxi] Aquélla piensa
el ser de manera implícita, como es inevitable en todo lenguaje.
Por eso el pensamiento del ser debe emprender su vuelo en la metafísica,
y producirse, en primer lugar, como metafísica de la metafísica
en la cuestión: "¿Qué es la metafísica?". Pero
en el pensamiento, lo esencial está en la diferencia entre lo implícito
y lo explícito, y ésta, determinada de forma conveniente,
conforma las rupturas y las cuestiones más radicales. "Es verdad,
sigue diciendo Heidegger, que la Metafísica representa al ente
en su ser y piensa así el ser del ente. Pero no piensa la diferencia
del Ser y el ente."[lxii]
Para Heidegger es, pues, la metafísica (o la ontología metafísica)
lo que sigue siendo clausura de la totalidad, y lo que no trasciende el
ente más que hacia el ente (superior) o hacia la totalidad (finita
o infinita) del ente. Esta metafísica estaría esencialmente
ligada a un humanismo que no se pregunta jamás "en qué forma
pertenece la esencia del hombre a la verdad del Ser".[lxiii]
"Lo propio de toda metafísica se revela en que es "humanista"."[lxiv]
Pero lo que nos propone Levinas es a la vez un humanismo y una metafísica.
Se trata de acceder, por la vía real de la ética, al ente
supremo, a lo verdaderamente ente ("sustancia" y "en sí" son expresiones
de Levinas) como otro. Y este ente es el hombre, determinado en su esencia
de hombre, como rostro, a partir de su semejanza con Dios. ¿No es
a eso a lo que apunta Heidegger cuando habla de la unidad de la metafísica,
del humanismo y de la onto-teología? "El encuentro con el rostro
no es simplemente un hecho antropológico. Es, hablando en términos
absolutos, una relación con lo que es. Quizás sólo
el hombre es sustancia, y es por eso por lo que es rostro." Ciertamente.
Pero es la analogía del rostro con la cara de Dios lo que, de la
forma más clásica, distingue al hombre del animal y determina
su sustancialidad: "El Otro se asemeja a Dios". La sustancialidad del
hombre, que le permite ser rostro, está así fundada en la
semejanza con Dios, que es pues El Rostro y la sustancialidad absoluta.
El tema del rostro requiere, pues, una segunda referencia a Descartes.
Levinas no la formula jamás: se trata, y está reconocido
por la Escuela, de la equivocidad de la noción de sustancia con
respecto a Dios y a las criaturas (cf. por ejemplo, Principios, 1, 51).
A través de más de una mediación, nos vemos así
remitidos a la problemática escolástica de la analogía.
No tenemos la intención de entrar en ello aquí.[lxv]
Anotemos simplemente que, pensada a partir de una doctrina de la analogía,
de la "semejanza", la expresión rostro humano no es ya, en el fondo,
tan extraña a la metáfora como Levinas parece creer. "...
El Otro se asemeja a Dios...": ¿no es esa la metáfora originaria?
La cuestión del ser es cualquier cosa antes que una discusión
de la verdad metafísica de este esquema, del que, anotémoslo
de paso, se sirve precisamente el llamado "humanismo ateo" para denunciar
en él el proceso mismo de la alienación. La cuestión
del ser retrocede más acá de este esquema, de esta oposición
de los humanismos, hacia el pensamiento del ser que presupone esta determinación
del ente-hombre, del ente-Dios, de su relación analógica,
cuya posibilidad sólo puede abrirla la unidad pre-conceptual y
pre-analógica el ser. No se trata de sustituir a Dios por el ser,
ni de fundar a Dios sobre el ser. El ser del ente (por ejemplo de Dios)[lxvi]
no es el ente absoluto, ni el ente infinito, ni siquiera el fundamento
del ente en general. Por eso la cuestión del ser no puede ni siquiera
encentar el edificio metafísico de Totalidad e infinito (por ejemplo).
Simplemente, se mantiene para siempre fuera de alcance para "la inversión
de los términos" ontología y metafísica propuesta
por Levinas. El tema de esta inversión no juega, pues, un papel
indispensable, sólo tiene sentido y necesidad, en la economía
y la coherencia del libro de Levinas en su totalidad.
¿Qué significaría, para la metafísica y para
el humanismo, preguntarse "de qué manera pertenece a la verdad
del Ser la esencia del hombre" (Humanismo)? Quizás esto: ¿sería
posible la experiencia del rostro, podría expresarse, si no estuviese
implicado ahí ya el pensamiento del ser? El rostro es, en efecto,
la unidad inaugural de una mirada desnuda y de un derecho a la palabra.
Pero los ojos y la boca no conforman un rostro a no ser que, más
allá de la necesidad, puedan "dejar ser", vean y digan lo que es
tal como es, accedan al ser de lo que es. Pero como el ser es, no puede
ser simplemente producido sino precisamente respetado por una mirada y
una palabra, aquél debe provocar a éstas, debe interpelarlas.
No hay palabras sin un pensar y decir del ser. Pero como el ser no es
nada fuera del ente determinado, no aparecería como tal sin la
posibilidad de la palabra. El ser, él mismo, únicamente
puede ser pensado y ser dicho. Es contemporáneo del Logos, que
a su vez no puede ser más que como Logos del ser, que dice el ser.
Sin esta doble genitividad, la palabra, separada del ser, encerrada en
el ente determinado, no sería, según la terminología
de Levinas, más que el grito de la necesidad antes del deseo, gesto
del yo dentro de la esfera de lo homogéneo. Es sólo entonces
cuando en la reducción o la subordinación del pensamiento
del ser "el discurso filosófico mismo" no sería "sino un
acto fallido, pretexto para un psicoanálisis o para una filología
o para una sociología ininterrumpidas, en que la apariencia de
un discurso se evapora en el Todo" (5). Es sólo
entonces cuando la relación con la exterioridad no encontraría
ya su respiración. La metafísica del rostro encierra, pues,
el pensamiento del ser, presupone la diferencia entre el ser y el ente
al mismo tiempo que la silencia.
Si esta diferencia es originaria, si pensar el ser fuera del ente es no
pensar nada, si no es, tampoco, pensar nada el abordar al ente de otra
manera que en su ser, sin duda se tendrá algún derecho a
decir, con Levinas (con reservas frente a la expresión ambigua
"ser en general") que "al desvelamiento del ser en general... preexiste
la relación con el ente que se expresa; al plano de la ontología,
el plano ético" (5. El subrayado es nuestro).
Si la preexistencia tiene el sentido óntico que debe tener, está
fuera de discusión. De hecho, en la existencia, la relación
con el ente que se expresa precede al desvelamiento, al pensamiento explícito
del ser mismo. Sólo que no hay expresión, en el sentido
de palabra y no de necesidad, a no ser que haya ya implícitamente
pensamiento del ser. Del mismo modo que, de hecho, la actitud natural
precede a la reducción trascendental. Pero es sabido que la "pre-cedencia"
ontológica o trascendental no es de ese orden, y nadie lo ha pretendido
jamás. Esta "pre-cedencia" no contradice, como tampoco confirma,
la precesión óntica o factual. De lo que se sigue que el
ser, por estar siempre de hecho ya determinado como ente y por no ser
nada fuera de él, está siempre ya disimulado. La frase de
Levinas -preexistencia de la relación con el ente- es la fórmula
misma de esa ocultación inicial. Como el ser no existe antes del
Ente -y por eso es Historia- empieza por ocultarse bajo su determinación.
Esta determinación como revelación del ente (Metafísica)
es el velamiento mismo del ser. No hay en eso nada accidental ni lamentable.
"La eclosión del ente, el resplandor que le corresponde, oscurece
la claridad del ser. El ser se retira en la medida en que se desencierra
en el ente" (Sendas perdidas). ¿No es, pues, arriesgado hablar del
pensamiento del ser como de un pensamiento dominado por el tema del desvelamiento
(5)? Sin esta simulación del ser bajo el ente,
no habría nada, y no habría historia. Que el ser se produzca
de parte a parte como historia y mundo significa que no puede ser sino
en un retirarse bajo las determinaciones ónticas en la historia
de la metafísica. Pues las "épocas" históricas son
las determinaciones metafísicas (ontoteológicas) del ser,
que se pone así él mismo entre paréntesis, se reserva
bajo los conceptos metafísicos. Es bajo esa extraña luz
del ser-historia cómo Heidegger deja resurgir la noción
de "escatología", tal como aparece, por ejemplo, en Sendas perdidas:
"El ser mismo [...] es en sí mismo escatológico". Habría
que meditar desde más cerca la relación de esta escatología
con la escatología mesiánica. La primera supone que la guerra
no es un accidente que le sobreviene al ser sino el ser mismo. Das Sein
selber das Strittige ist (Humanismo). Proposición que no hay que
entender en consonancia con Hegel: aquí la negatividad no tiene
su origen ni en la negación ni en la inquietud de un ente infinito
y primero. La guerra no es, quizás, incluso, pensable ya como negatividad.
A la simulación original del ser bajo el ente, que es anterior
al error del juicio, y a la que nada precede en el orden óntico,
le llama Heidegger, es sabido, errancia. "Toda época de la historia
mundial es una época de la errancia" (Sendas perdidas). Si el ser
es tiempo e historia, es que la errancia y la esencia epocal del ser son
irreductibles. ¿Cómo, entonces, acusar a este pensamiento
de la errancia interminable, de ser un nuevo paganismo del Lugar, un culto
complaciente de lo Sedentario (5, 6)?[lxvii]
El requerimiento del Lugar y de la Tierra -hay que subrayarlo- no tiene
aquí nada del apego apasionado al territorio, a la localidad, no
tiene nada de provincialismo o de particularismo. Está al menos
tan escasamente ligado al "nacionalismo" empírico como lo está
o debería estar la nostalgia hebrea de la Tierra, nostalgia provocada
no por la pasión empírica sino por la irrupción de
una palabra y de una promesa.[lxviii] Interpretar
el tema heideggeriano de la Tierra o de la Habitación como el tema
de un nacionalismo o de un barresismo ¿no es de entrada expresar
una alergia -esta palabra, esta acusación que tan frecuentemente
emplea Levinas- al "clima" de la filosofía de Heidegger? Por otra
parte Levinas reconoce que sus "reflexiones", tras haberse dejado inspirar
por "la filosofía de Martin Heidegger", "están dominadas
por una necesidad profunda de abandonar el clima de esta filosofía"
(2). Se trata de una necesidad, cuya legitimidad natural
seríamos los últimos en discutirla, y además creemos
que el clima no es nunca totalmente exterior al pensamiento mismo. Pero,
¿no es más allá de la "necesidad", del "clima" y de
una cierta "historia" como aparece la verdad desnuda de lo otro? ¿Y
quién nos lo enseña mejor que Levinas?
El Lugar no es, pues, un Aquí empírico, sino siempre un
Illic; para Heidegger, como para el Judío y el Poeta. La proximidad
del Lugar está siempre reservada, dice Hölderlin comentado
por Heidegger.[lxix] El pensamiento del ser no es
pues un culto pagano del Lugar puesto que el Lugar no es la proximidad
dada, sino la proximidad prometida. Después, además, porque
no es un culto pagano. Lo Sagrado de lo que habla no pertenece ni a la
religión en general, ni a ninguna teología, y no se deja
determinar, en consecuencia, por ninguna historia de la religión.
Es, primeramente, la experiencia esencial de la divinidad o de la deidad.
En cuanto que ésta no es ni un concepto ni una realidad, debe dar
acceso a sí misma dentro de una proximidad extraña a la
teoría o a la afectividad mística, a la teología
y al entusiasmo. En un sentido que no es, una vez más, ni un concepto
ni una realidad, aquélla precede a toda relación con Dios
o con los Dioses. Esta última relación, cualquiera que sea
su tipo, supone, para ser vivida y para ser dicha, alguna pre-comprensión
de la deidad, del ser-dios de Dios, de la "dimensión de lo divino"
de la que habla también Levinas al decir que ésta "se abre
a partir del rostro humano" (5). Eso es todo, y es, como
de costumbre, simple y difícil. Lo sagrado es "el único
espacio esencial de la divinidad que, a su vez, abre, y únicamente
ella, una dimensión para los dioses y el dios... " (Humanismo...).
Este espacio (en el que Heidegger dice también lo Alto)[lxx]
está más acá de la fe y del ateísmo. Ambas
cosas lo presuponen. "Sólo a partir de la verdad del Ser se puede
pensar la esencia de lo Sagrado. Es sólo a partir de la esencia
de lo Sagrado como hay que pensar la esencia de la Divinidad. Es sólo
a la luz de la esencia de la Divinidad como se puede pensar y decir lo
que debe designar la palabra "Dios"" (Humanismo). Esta precomprensión
de lo Divino no puede dejar de estar presupuesta por el discurso de Levinas
en el momento mismo en que pretende oponer Dios a lo divino sagrado. Que
los dioses o Dios sólo puedan anunciarse en el espacio de lo Sagrado
y en la luz de la deidad es a la vez el límite y el recurso del
ser-finito como historia. Límite, puesto que la divinidad no es
Dios. En un sentido, no es nada. "Lo sagrado, es verdad, aparece. Pero
el dios se mantiene lejos."[lxxi] Recurso, puesto
que esta anticipación como pensamiento del ser (del ente Dios)
ve venir siempre a Dios, abre la posibilidad (la eventualidad) de un encuentro
de Dios y de un diálogo con Dios.[lxxii]
El que la deidad de Dios, que permite pensar y nombrar a Dios, no sea
nada, sobre todo, no sea Dios mismo, es lo que particularmente Meister
Eckhart decía de esta manera: "Dios y la deidad son tan diferentes
el uno del otro como el cielo y la tierra... Dios actúa, la deidad
no actúa, no tiene nada que producir, no hay en ella producción
alguna, jamás ha tenido a la vista ninguna producción..."
(Sermón Nolite timere eos). Pero esta deidad está aquí
todavía determinada como esencia-del-Dios-trinitario. Y cuando
Meister Eckhart quiere ir más allá de las determinaciones,
el movimiento que bosqueja sigue estando, parece, encerrado en la trascendencia
óntica: "Al decir que Dios no es un ser y que está por encima
del ser, no le he negado por eso el ser, al contrario, le he atribuido
un ser más elevado" (Quasi stella matutina...). Esta teología
negativa sigue siendo una teología y, al menos en su letra, para
ella se trata de liberar y de reconocer la trascendencia inefable de un
ente infinito, "ser por encima del ser y negación superesencial".
Al menos en su letra, pero la diferencia entre la onto-teología
metafísica, por una parte, y el pensamiento del ser (de la diferencia)
por otra parte, significa la importancia esencial de la letra. La diferencia
literal, aun produciéndose a través de movimientos de explicitación,
coincide, casi, con la diferencia de pensamiento. Por eso, aquí,
el pensamiento del ser, cuando va más allá de las determinaciones
ónticas, no es una teología negativa ni incluso una ontología
negativa.
La anticipación "ontológica", la trascendencia hacia el
ser permite, pues, entenderse, por ejemplo acerca de la palabra Dios,
e incluso si este entendimiento no es más que el éter donde
puede resonar la disonancia. Esta trascendencia habita y funda el lenguaje
y con él la posibilidad de todo estar-junto; de un Mitsein mucho
más original que alguna de sus formas eventuales, con la que se
ha querido confundir: la solidaridad, el equipo, la camaradería.[lxxiii]
Implicado por el discurso de Totalidad e infinito, siendo el único
que permite dejar ser a los otros en su verdad, liberando el diálogo
y el cara a cara, el pensamiento del ser está, pues, tan próximo
de la no-violencia como es posible.
No la llamamos no-violencia pura. Como la violencia pura, la no-violencia
pura es un concepto contradictorio. Contradictorio más allá
de lo que Levinas llama "lógica formal". La violencia pura, relación
entre seres sin rostro, no es todavía violencia, es no-violencia
pura. Y recíprocamente: la no-violencia pura, no-relación
de lo mismo con lo otro (en el sentido en que lo entiende Levinas) es
violencia pura. Sólo un rostro puede detener la violencia, pero
en primer término porque sólo él puede provocarla.
Levinas lo dice muy bien: "La violencia sólo puede apuntar a un
rostro" (5). Además, sin el pensamiento del ser
que abre el rostro, no habría más que no-violencia o violencia
puras. El pensamiento del ser no es, pues, jamás extraño
a una cierta violencia.[lxxiv] Que este pensamiento
aparezca siempre en la diferencia, que lo mismo (el pensamiento [y] [de]
el ser) no sea jamás lo idéntico, significa de entrada que
el ser es historia, se disimula a sí mismo en su producción
y se hace originariamente violencia en el pensamiento para decirse y mostrarse.
Un ser sin violencia sería un ser que se produjera fuera del ente:
nada; no-historia; no-producción; no-fenomenalidad. Una palabra
que se produjera sin la menor violencia no de-terminaría nada,
no diría nada, no ofrecería nada al otro; no sería
historia y no mostraría nada; en todos los sentidos de esta palabra,
y en primer lugar en su sentido griego, sería una palabra sin frase.
En el límite, el lenguaje no-violento, según Levinas, sería
un lenguaje que se privase del verbo ser, es decir, de toda predicación.
La predicación es la primera violencia. Como el verbo ser y el
acto predicativo están implicados en cualquier otro verbo y en
todo nombre común, el lenguaje no-violento sería en el límite
un lenguaje de pura invocación, de pura adoración, que no
profiere más que nombres propios para llamar al otro a lo lejos.
Un lenguaje así estaría, en efecto, como lo desea expresamente
Levinas, purificado de toda retórica, es decir, en el sentido primero
de esta palabra que se evocará aquí sin artificialidad,
de todo verbo. Un lenguaje así ¿seguiría mereciendo
su nombre? ¿Es posible un lenguaje puro de toda retórica?
Los griegos, que nos han enseñado lo que quería decir Logos,
no lo habrían admitido nunca. Platón nos lo dice en el Crátilo
(425a), en El sofista (262 ad) y en la Carta VII (342b): no hay Logos
que no suponga el entrelazamiento de nombres y verbos.
En fin, si se mantiene uno dentro del proyecto de Levinas, ¿qué
ofrecería al otro un lenguaje sin frase, un lenguaje que no dijera
nada? El lenguaje debe dar el mundo al otro, nos dice Totalidad e infinito.
Un maestro que se prohibiese la frase no daría nada; no tendría
discípulos, sino sólo esclavos. Le estaría prohibida
la obra -o la liturgia-, este gasto que rompe la economía, y que
no hay que pensar, según Levinas, como un Juego.
Así, en su más alta exigencia no-violenta, denunciando el
paso por el ser y el momento del concepto, el pensamiento de Levinas no
nos propondría solamente, como decíamos más arriba,
una ética sin ley, sino también un lenguaje sin frase. Eso
sería completamente coherente, si el rostro no fuese más
que mirada, pero es también palabra; y en la palabra, es la frase
lo que hace acceder el grito de la necesidad a la expresión del
deseo. Ahora bien no hay frase que no determine, es decir, que no pase
por la violencia del concepto. La violencia aparece con la articulación.
Y ésta no llega a establecerse más que mediante la circulación
(primeramente pre-conceptual) del ser. La misma elocución de la
metafísica no-violenta es su primer desmentido. Sin duda Levinas
no negaría que todo lenguaje histórico comporta un momento
conceptual irreductible, y en consecuencia una cierta violencia. Sólo
que, a sus ojos, el origen y la posibilidad del concepto no son el pensamiento
del ser sino la donación del mundo al otro como completamente otro
(cf. por ejemplo, 5, p. 192). En esa posibilidad originaria del ofrecimiento,
en su intención aún silenciosa, el lenguaje es no-violento
(pero, ¿es entonces lenguaje, en esa pura intención?). No
se haría violento más que en su historia, en lo que hemos
llamado la frase, que le obliga a articularse en una sintaxis conceptual
que abre la circulación a lo mismo, dejándose controlar
por la "ontología" y por lo que se mantiene para Levinas como el
concepto de los conceptos: el ser. Ahora bien, el concepto de ser no sería
a sus ojos más que un medio abstracto producido para la donación
del mundo al otro, que está por encima del ser. Así pues,
es solamente en su origen silencioso cómo el lenguaje, antes del
ser, sería no-violento. Pero ¿por qué la historia?
¿Por qué se impone la frase? Porque, si no se arranca violentamente
el origen silencioso a él mismo, si se decide no hablar, la peor
violencia cohabitará en silencio con la idea de la paz. La paz
sólo se hace en un cierto silencio, determinado y protegido por
la violencia de la palabra. Como no dice ninguna otra cosa que el horizonte
de esta paz silenciosa por la que se hace invocar, y que tiene como misión
proteger y preparar, la palabra guarda indefinidamente el silencio. Nunca
escapamos a la economía de guerra.
Se ve: separar la posibilidad originaria del lenguaje -como no-violencia
y don- de la violencia necesaria en la efectividad histórica, es
apoyar el pensamiento en una transhistoricidad. Cosa que hace explícitamente
Levinas a pesar de su crítica inicial del "ahistoricismo" husserliano.
El origen del sentido es para él no-historia, "más allá
de la historia". Habría que preguntarse entonces si, en ese caso,
es posible, como pretende Levinas, identificar pensamiento y lenguaje;
si esta trans-historicidad del sentido es auténticamente hebraica
en su inspiración; si, en fin, esta no-historia se separa de la
historicidad en general, o solamente de una cierta dimensión empírica
u óntica de la historia. Y si la escatología invocada puede
separarse de toda referencia a la historia. Pues nuestra propia referencia
es aquí simplemente conceptual. La economía de la que hablamos
no se conforma mejor al concepto de historia tal como ha funcionado siempre,
y que es difícil, si no imposible, sustraer a su horizonte teleológico
o escatológico.
Esta a-historicidad del sentido en su origen es, pues, lo que separa en
el fondo a Levinas de Heidegger. Como para este último el ser es
historia, éste no es fuera de la diferencia y se produce, en consecuencia,
originariamente como violencia (no-ética), como simulación
de sí en su propio desvelamiento. Que el lenguaje oculte así
siempre su propio origen: en eso no hay contradicción alguna, sino
la historia misma. En la violencia ontológico-histórica,[lxxv]
que permite pensar la violencia ética, en la economía como
pensamiento del ser, el ser está necesariamente disimulado. La
primera violencia es esta simulación, pero es también la
primera derrota de la violencia nihilista y la primera epifanía
del ser. El ser es, pues, menos el primum cognitum, como se decía,
que lo primero disimulado, y estas dos proposiciones no se contradicen.
Por el contrario, para Levinas, el ser (entendido como concepto) es lo
primero disimulante, y la diferencia óntico-ontológico neutralizaría
así la diferencia, la alteridad infinita de lo completamente otro.
La diferencia óntico-ontológica no sería, por otra
parte, pensable más que a partir de la idea del Infinito, de la
irrupción inanticipable del ente completamente otro. Éste
sería, pues, anterior a la diferencia entre el ser y el ente y
a la alteridad histórica que aquélla puede abrir. Para Levinas
como para Heidegger, el lenguaje sería a la vez eclosión
y reserva, iluminación y ocultamiento; para los dos, la disimulación
sería un gesto conceptual. Pero para Levinas, el concepto está
del lado del ser, para Heidegger, del lado de la determinación
óntica.
Este esquema acusa la oposición, pero, como se da el caso con frecuencia,
deja también adivinar la proximidad. Proximidad de dos "escatologías"
que por vías opuestas repiten y someten a cuestión la aventura
"filosófica" en su totalidad salida del platonismo. La interrogan
a la vez desde dentro y desde fuera bajo la forma de una cuestión
a Hegel, en quien se resume y se piensa esta aventura. Tal proximidad
se anunciaría en cuestiones de este tipo: por un lado, Dios (ente-infinito-otro)
¿es todavía un ente pensado que se deja pre-comprender a partir
de un pensamiento del ser (singularmente de la divinidad)? Dicho de otra
forma, ¿se le puede llamar al infinito determinación óntica?
¿No se ha pensado siempre Dios como el nombre de lo que no es ente
supremo pre-comprendido a partir de un pensamiento del ser? ¿No es
Dios el nombre de lo que no puede dejarse anticipar a partir de la dimensión
de lo divino? ¿No es Dios el otro nombre del ser (nombre, puesto
que no-concepto) cuyo pensamiento abriría la diferencia y el horizonte
ontológico en lugar de simplemente anunciarse ahí? Abertura
del horizonte y no en el horizonte. Mediante el pensamiento de lo infinito,
el cierre óntico habría sido ya roto, en un sentido de lo
impensado, que habría que interrogar desde más cerca, por
aquello que Heidegger llama la metafísica y la onto-teología.
Por el otro lado: ¿no es el pensamiento del ser el pensamiento de
lo otro antes de ser la identidad homogénea del concepto y la asfixia
de lo mismo? ¿No es la ultra-historia de la escatología el
otro nombre del paso a una historia más profunda, a la Historia
misma? Pero a una historia que, en tanto que no puede estar ella misma
en alguna presencia, originaria o final, debería cambiar de nombre.
En otros términos, se podría quizás decir que la
ontología no precede a la teología más que poniendo
entre paréntesis el contenido de la determinación óntica
de lo que, en el pensamiento filosófico post-helénico, se
llama Dios: a saber, la infinitud positiva. La infinitud positiva tendría
sólo la apariencia -nominal- de lo que se llama una determinación
óntica. Aquélla sería en verdad lo que se rehúsa
a ser determinación óntica comprendida como tal a partir
de y a la luz de un pensamiento del ser. Es la infinitud, por el contrario
-en tanto que no-determinación y operación concreta- lo
que permitiría pensar la diferencia entre el ser y la determinación
óntica. El contenido óntico de la infinitud destruiría
el cierre óntico. Implícitamente o no, el pensamiento de
la infinitud abriría la cuestión y la diferencia óntico-ontológica.
Sería paradójicamente este pensamiento de la infinitud (lo
que se llama el pensamiento de Dios) lo que permitiría afirmar
la precedencia de la ontología sobre la teología, y que
el pensamiento del ser está presupuesto por el pensamiento de Dios.
Sin duda por esta razón es por lo que, respetuosos de la presencia
del ser unívoco o del ser en general en todo pensamiento, Duns
Scoto o Malebranche no han creído tener que distinguir los niveles
de la ontología (o metafísica) y de la teología.
Heidegger nos recuerda a menudo "la extraña simplicidad" del pensamiento
del ser: ahí está su dificultad, y lo que afecta propiamente
a lo "incognoscible". La infinitud no sería para Heidegger más
que una determinación ulterior de esta simplicidad. Para Malebranche
es la forma misma de ésta: "La idea de lo infinito en extensión
encierra, pues, más realidad que la de los cielos; y la idea de
lo infinito en todos los géneros de ser, la que corresponde a esta
palabra, el ser, el ser infinitamente perfecto, contiene infinitamente
más realidad, aunque la percepción con la que nos afecta
esta idea sea la más ligera de todas; tanto más ligera cuanto
que más vasta, y en consecuencia infinitamente ligera porque es
infinita" (Conversación de un filósofo cristiano con un
filósofo chino). Como el Ser no es nada (determinado), se produce
necesariamente en la diferencia (como diferencia). Decir, por una parte,
que es infinito, o decir, por otra parte, que no se revela o no se produce
más que "de una sola vez junto con" (in eins mit) la Nada (¿Qué
es metafísica?) -lo cual significa que es "finito en su esencia"
(ibíd.)- ¿es eso decir, en el fondo, una cosa distinta? Pero
habría que mostrar que Heidegger no ha querido decir jamás
"otra cosa" que la metafísica clásica y que la transgresión
de la metafísica no es una nueva tesis metafísica u onto-teológica.
Así, la cuestión acerca del ser del ente no introduciría
solamente -y entre otras cosas- a la cuestión acerca del ente-Dios;
aquella cuestión supondría ya a Dios como posibilidad misma
de su cuestión, y la respuesta en su cuestión. Dios estaría
implicado en toda cuestión acerca de Dios y precedería a
todo "método". El contenido mismo del pensamiento de Dios es el
de un ser acerca del cual no puede plantearse ninguna cuestión
(salvo que sea planteada por él) y que no puede dejarse determinar
como un ente. En El profano (Idiota), una meditación admirable
de Nicolás de Cusa desarrolla esta implicación de Dios en
toda cuestión, y primeramente en la cuestión de Dios. Por
ejemplo, El profano: "Mira qué fácil es la dificultad teológica,
puesto que la respuesta se ofrece siempre al que busca de acuerdo con
el modo mismo de la cuestión planteada. El orador: Cierto, nada
es más sorprendente. Pr: Toda búsqueda que concierne a Dios
presupone el objeto mismo de esta búsqueda. A toda cuestión
que se plantee acerca de Dios, lo que hay que responder es precisamente
eso que supone primeramente la cuestión. Pues aunque sobrepasa
toda significación, Dios se significa a través de toda significación
cualquiera que sea la palabra que lo exprese. Or: Explícate...
Pr: ¿No supone la cuestión de la existencia de Dios por anticipado
la noción misma de existencia? Or: Por cierto que sí. Pr:
Desde el momento que has planteado la cuestión: ¿Existe Dios?,
puedes responder lo que está precisamente en cuestión, a
saber, que existe, puesto que es el Ser mismo presupuesto en la cuestión.
Lo mismo vale para la cuestión ¿Quién es Dios?, porque
esta cuestión supone la quididad; podrás, pues, responder
que Dios es la Quididad absoluta en sí misma. Y así para
toda cuestión. Y sobre este punto no hay duda posible. Pues Dios
es la presuposición universal en sí misma, que está
presupuesta de todas formas, como la causa está presupuesta en
todo efecto. Mira, pues, Orador, qué fácil es la dificultad
teológica... Si justo todo aquello que está supuesto por
anticipado en toda cuestión teológica da respuesta así
a la cuestión, no existe, en consecuencia, ninguna cuestión
que concierna propiamente a Dios, puesto que en la cuestión planteada
la respuesta coincide con la interrogación"[lxxvi]
Al convertir la relación con lo infinitamente otro en el origen
del lenguaje, del sentido y de la diferencia, sin relación con
lo mismo, Levinas se resuelve, pues, a traicionar su intención
en su discurso filosófico. Éste no se entiende y no enseña
más que si deja primero circular en él lo mismo y el ser.
Esquema clásico, complicado aquí por una metafísica
del diálogo y de la enseñanza, de una demostración
que contradice lo demostrado por el rigor y la verdad misma de su encadenamiento.
Círculo mil veces denunciado del escepticismo, del historicismo,
del psicologismo, del relativismo, etc. Pero el verdadero nombre de esta
inclinación del pensamiento ante lo Otro, de esta aceptación
resuelta de la incoherencia incoherente inspirada por una verdad más
profunda que la "lógica" del discurso filosófico, el verdadero
nombre de esta resignación del concepto, de los a priori y de los
horizontes trascendentales, es el empirismo. En el fondo éste sólo
ha cometido una falta: la falta filosófica de presentarse como
una filosofía. Y hay que reconocer la profundidad de la intención
empirista bajo la ingenuidad de algunas de sus expresiones históricas.
Es el sueño de un pensamiento puramente heterológico en
su fuente. Pensamiento puro de la diferencia pura. El empirismo es su
nombre filosófico, su pretensión o su modestia metafísicas.
Decimos sueño porque se desvanece con el día y desde que
se alza el lenguaje. Pero se objetará quizás que el que
duerme es el lenguaje. Sin duda, pero entonces, hay que volver a hacerse
clásico, de una cierta manera, y reencontrar otros motivos de divorcio
entre la palabra y el pensamiento. Es un camino muy, quizás, demasiado
abandonado hoy. Entre otros por Levinas.
Al radicalizar el tema de la exterioridad infinita del otro, Levinas asume
así el designio que ha animado más o menos secretamente
todos los gestos filosóficos que se han llamado empirismos en la
historia de la filosofía. Lo hace con una audacia, una profundidad
y una resolución que no se habían alcanzado nunca. Llegando
hasta el término de este proyecto, renueva totalmente el empirismo
y lo invierte revelándose a él mismo como metafísica.
A pesar de las etapas husserliana y heideggeriana de su pensamiento, Levinas
no quiere retroceder ante la palabra empirismo. Al menos por dos veces,
apela al "empirismo radical que confía en la enseñanza de
la exterioridad" (5). La experiencia del otro (del infinito)
es irreductible, es, pues, "la experiencia por excelencia" (ibíd.).
Y a propósito de la muerte, que es su irreductible recurso, Levinas
habla de un "empirismo que no tiene nada de positivista"[lxxvii]
Pero ¿puede hablarse de una experiencia de lo otro o de la diferencia?
¿No ha sido siempre el concepto de experiencia determinado por la
metafísica de la presencia? ¿No es siempre la experiencia
encuentro de una presencia irreductible, percepción de una fenomenalidad?
Esta complicidad entre el empirismo y la metafísica no tiene nada
de sorprendente. Al criticarlos, o más bien al "limitarlos" en
un único y mismo gesto, Kant y Husserl habían reconocido
bien su solidaridad. Habría que meditar ésta desde más
cerca. En esta meditación Schelling había ido muy lejos.[lxxviii]
Pero el empirismo ha sido determinado siempre por la filosofía,
desde Platón a Husserl, como no-filosofía: pretensión
filosófica de la no-filosofía, incapacidad de justificarse,
de darse auxilio como palabra. Pero esta incapacidad, cuando se asume
con resolución, discute la resolución y la coherencia del
logos (la filosofía) en su raíz en lugar de dejarse cuestionar
por él. Nada puede, pues, solicitar tan profundamente el logos
griego -la filosofía- como esta irrupción de lo completamente
otro, nada puede despertarlo tanto a su origen como también a su
mortalidad, a su otro.
Pero si (para nosotros esto es sólo una hipótesis) se llama
judaísmo a esta experiencia de lo infinitamente otro, hay que reflexionar
sobre esta necesidad en la que aquél se encuentra, sobre esta orden
que se le da de producirse como logos y de despertar al Griego en la sintaxis
autística de su propio sueño. Necesidad de evitar la peor
violencia que amenaza cuando se entrega uno silenciosamente a lo otro
en la noche. Necesidad de adoptar las vías del único logos
filosófico que no puede sino invertir la "curvatura del espacio"
en provecho de lo mismo. De un mismo que no es lo idéntico y que
no encierra al otro. Es un Griego quien ha dicho: "Si hay que filosofar,
hay que filosofar; si no hay que filosofar, hay todavía que filosofar
(para decirlo y pensarlo). Hay que filosofar siempre". Levinas lo sabe
mejor que otros. "No se podría rehusar las Escrituras sin saberlas
leer, ni amordazar la filología sin filosofía, ni detener,
si fuera necesario, el discurso filosófico, sin de nuevo filosofar"
(6). "Hay que recurrir-estoy convencido de esto- al medium
de toda comprensión y de todo entendimiento, en el que toda verdad
se refleja-precisamente a la civilización griega, a lo que ésta
engendró; al logos, al discurso coherente de la razón, a
la vida en un Estado razonable. Ese es el verdadero terreno de todo entendimiento"
(6). Un lugar así de encuentro no puede ofrecer
solamente una hospitalidad de encuentro con un pensamiento que se mantendría
extraño a él. Todavía menos puede ausentarse el Griego,
que ha prestado su morada y su lenguaje, mientras que el Judío
y el Cristiano se encuentran en la casa de aquél (puesto que es
de este encuentro de lo que se trata en el texto que acabamos de citar).
Grecia no es un territorio neutro, provisional, fuera de la frontera.
La historia en la que se produce el logos griego no puede ser el accidente
feliz que entrega un terreno de entendimiento a aquellos que oyen la profecía
escatológica y a los que no la oyen en absoluto. No puede ser exterior
y accidente para ningún pensamiento. El milagro griego no es esto
o aquello, tal o cual acierto asombroso; es la imposibilidad por siempre,
para cualquier pensamiento, de tratar a sus sabios, según la expresión
de san Juan Crisóstomo, como "sabios de fuera". Al haber proferido
el epékeina tes ousías, al haber reconocido desde su segunda
palabra (por ejemplo en El sofista) que la alteridad debía circular
en el origen del sentido, al acoger la alteridad en el corazón
del logos, el pensamiento griego del ser se ha protegido para siempre
contra toda convocación absolutamente sorprendente.
¿Somos Judíos? ¿Somos Griegos? Vivimos en la diferencia
entre el Judío y el Griego, que es quizás la unidad de lo
que se llama la historia. Vivimos en y de la diferencia, es decir, en
la hipocresía, de la que tan profundamente dice Levinas que es
"no sólo un despreciable defecto contingente del hombre, sino el
desgarramiento profundo de un mundo ligado a la vez a los filósofos
y a los profetas" (5).
¿Somos Griegos? ¿Somos Judíos? Pero, ¿quiénes,
nosotros? ¿Somos (cuestión no cronológica, cuestión
pre-lógica) primeramente Judíos o primeramente Griegos?
Y el extraño diálogo entre el Judío y el Griego,
la paz misma, ¿tiene la forma de la lógica especulativa absoluta
de Hegel, lógica viviente que reconcilia la tautología formal
y la heterología empírica[lxxix] tras
haber pensado el discurso profético en el Prefacio de la Fenomenología
del espíritu? ¿Tiene, por el contrario, esta paz la forma
de la separación infinita y de la trascendencia impensable, indecible,
del otro? ¿Al horizonte de qué paz pertenece el lenguaje que
plantea esta cuestión? ¿De dónde saca la energía
de su cuestión? ¿Puede dar cuenta del acoplamiento histórico
del judaísmo y del helenismo? ¿Qué legitimidad tiene,
cuál es el sentido de la cópula en esta proposición
del más hegeliano, quizás, de los novelistas modernos: "Jewgreek
is greekiew. Extremes meet"?[lxxx]
Notas:
[i]
1- Emmanuel Levinas, Théorie de l'intuition dans
la phénoménologie de Husserl, 1.ª ed. Alcen, 1930; 2.ª
ed. Vrin, 1963;
2- De l'existence à l'existant (Fontaine, 1947);
3- Le temps et l'autre in "Le choix, le Monde, l'Existence"
(Cahiers du Collège philosophique, Arthaud, 1949);
4- En découvrant l'existence. Avec Husserl et Heidegger,
Vrin, 1949;
5- Totalité et Infini, Essai sur l'extériorité,
La Haya, M. Nijhoff, 1961 (Trad. esp. Totalidad e infinito, Salamanca, Sigueme,
1977);
6- Difficile Liberté, Essais sur le judaisme, Albin
Michel, 1963.
Este ensayo estaba ya escrito cuando aparecieron dos importantes textos
de Emmanuel Levinas: "La Trace de l'Autre" in Tijdschrift voor Filosofie,
sept. 1963, y "La Signification et le Sens" in Revue de métaphysique
et morale, n.° 2, 1964. Desgraciadamente sólo podemos aqui hacer
breves alusiones a ellos.
[ii] Después de haber pretendido restaurar la intención
propiamente ontológica que duerme en la metafísica, después
de haber despertado la "ontología fundamental" bajo la "ontología
metafísica", Heidegger propone finalmente, ante la tenacidad del
equívoco tradicional, renunciar en adelante a los términos
"ontología", "ontológico" (Introducción a la metafísica).
La cuestión del ser no está sometida a ninguna ontología.
[iii] Es decir, de relativismo: la verdad de la filosofía
no depende de su relación con la (actualidad del acontecimiento griego
o europeo. Por el contrario, hay que acceder al eidos griego o europeo a
partir de una irrupción o de una llamada cuya procedencia es determinada
de formas diversas por Husserl y Heidegger. Queda que para los dos "la irrupción
de la filosofía" ("Aufbruch oder Einbruch der Philosophie", Husserl,
Krisis...), es el "fenómeno originario" que caracteriza a Europa
como "figura espiritual" (ibíd.). Para los dos, "la palabra philosophia
nos dice que la filosofía es algo que, primeramente y ante todo,
determina la existencia del mundo griego. Hay más: la filosofía
determina también en el fondo el curso más interno de nuestra
historia europeo-occidental. La tan repetida expresión "filosofía
europeo-occidental" es en realidad una tautología. ¿Por qué?
Porque la "filosofía" es griega en su ser mismo -griego quiere decir
aquí: la filosofía es, en su ser original, de tal naturaleza
que es en primer lugar el mundo griego y solamente él el que aquélla,
para desplegarse, ha captado, reclamándolo". Heidegger, ¿Qué
es la filosofía? Acerca de la manera como hay que entender, con mayor
precisión, estas alusiones a Grecia, cf. también Sendas perdidas.
[iv] Husserl: "La razón no soporta que se la distinga
en "teórica", "práctica" o "estética", etc." (La filosofía
como toma de consciencia de la humanidad, trad. esp, en La Filosofía
como ciencia estricta, Buenos Aires, 1973). Heidegger: "Los pensadores anteriores
a esa época (en la que nace la ciencia y se esfuma el pensamiento)
no conocen ni una "lógica", ni una "ética" ni una "Física"".
Carta sobre el Humanismo, trad. esp. D. García Bacca.
[v] Parcial no sólo por el punto de vista escogido,
por la amplitud de la obra de Levinas, por los límites, materiales
y de otro orden, de este ensayo. Sino también porque la escritura
de Levinas, que merecería por sí sola un estudio, y en la
que el gesto estilístico, sobre todo en Totalidad e infinito, puede
menos que nunca distinguirse de la intención, prohibe esa desencarnación
prosaica en el esquema conceptual que es la primera violencia de todo comentario.
Ciertamente, Levinas recomienda el buen uso de la prosa que rompe el encanto
o la violencia dionisíacos y prohibe el rapto poético, pero
eso no cambia nada: en Totalidad e infinito, el uso de la metáfora,
siendo como es admirable y estando las más de las veces, si no siempre,
más allá del abuso retórico, alberga en su pathos los
movimientos más decisivos del discurso. Al renunciar demasiadas veces
a reproducirlas en nuestra prosa desencantada, ¿seremos fieles o infieles?
Además, el desarrollo de los temas no es, en Totalidad e infinito,
ni puramente descriptivo ni puramente deductivo. Se despliega con la insistencia
infinita de las aguas contra una playa: retorno y repetición, siempre,
de la misma ola contra la misma orilla, en lo que, sin embargo, resumiéndose
cada vez, todo se renueva v se enriquece infinitamente. En virtud de todos
estos desafíos al comentador y al crítico, Totalidad e infinito
es una obra y no un tratado.
[vi] Al final de Difícil libertad, bajo el título:
"Firma", se encontrarán los puntos de referencia para una biografía
filosófica de Levinas.
[vii] Cf. "La técnica fenomenológica" en
Husserl, Cahiers de Royaumont, e "Intencionalidad y metafísica" en
Revue Philosophique, 1959.
[viii] El otro ancestro, el latino, será cartesiano:
la idea de lo Infinito que se anuncia al pensamiento como lo que lo desborda
siempre. Acabamos de nombrar los dos únicos gestos filosóficos
que, con la exclusión de sus autores, Levinas absuelve totalmente
y reconoce como inocentes. Fuera de esas dos anticipaciones, la tradición
no habría conocido jamás, bajo el nombre de infinito, otra
cosa que el "falso-infinito" incapaz de desbordar absolutamente lo Mismo:
lo infinito como horizonte indefinido o como trascendencia de la totalidad
a las partes.
[ix] Cf. los ejemplos filosóficos y poéticos
que da de esto G. Bachelard en La Tierra y los ensueños del reposo,
pp. 22 y ss.
[x] Este esquema rige siempre la relación de Levinas
con Husserl. El teoreticismo y el objetivismo serían la conclusión
y la letra husserlianas que traicionan el espíritu del análisis
intencional y de la fenomenología. Cf., por ejemplo, Intencionalidad
y metafísica: "La gran aportación de la fenomenología
husserliana reside en esta idea de que la intencionalidad o la relación
con la alteridad no cuaja polarizándose como sujeto-objeto. Ciertamente,
la manera como Husserl mismo interpreta y analiza este desbordamiento de
la intencionalidad objetivante por la intencionalidad trascendental consiste
en reducir ésta a otras intuiciones y como a "pequeñas percepciones"".
(¿Habría suscrito Husserl esa interpretación de su "interpretación"?
Estamos lejos de darlo por seguro, pero no es este el lugar para esa cuestión.)
Sigue una descripción de la esfera pre-objetiva de una experiencia
intencional que sale absolutamente de sí hacia lo otro (descripción
que nunca nos ha parecido que desborde, sin embargo, una cierta literalidad
husserliana). El mismo esquema en La técnica fenomenológica
y en Totalidad e infinito: a la "enseñanza esencial" de Husserl se
le opone "la letra". "¡Qué importa si en la fenomenología
husserliana, tomada al pie de la letra, esos horizontes insospechados se
interpretan, a su vez, como pensamientos que apuntan a objetos!"
[xi] Proposición que Husserl, sin duda, no habría
aceptado fácilmente. Igualmente, todo el análisis consagrado
a la tesis dóxica y al parágrafo 117 de Ideas (1,
p. 192) ¿hasta qué punto tiene en cuenta la extraordinaria ampliación
de las nociones de tesis y de doxa que lleva a cabo Husserl, quien se muestra
ya preocupado en respetar la originalidad de lo práctico, de lo axiológico,
de lo estético? En cuanto a la significación histórica
de la reducción, es verdad que en 1930 y en sus obras publicadas,
Husserl no la había tematizado todavía. Volveremos a ello.
Por el momento no estamos interesados en la verdad husserliana, sino en
el itinerario de Levinas.
[xii] En cuanto a la representación, motivo importante
de la divergencia, en cuanto a su dignidad y a su estatuto en la fenomenología
husserliana, parece, sin embargo, que no ha dejado de tener dudas. Pero
es de nuevo, casi siempre, entre el espíritu y la letra. A veces
también entre el derecho y el hecho. Se podrá seguir este
movimiento a través de los pasajes siguientes: 1,
pp. 90 y ss.; 4, pp. 22 y 23 y sobre todo p. 52, La técnica fenomenológica,
pp. 98 y 99; 5, pp. 95 y ss.
[xiii] En 4, en una época (1940-1949) en que no
estaban ya reservadas las sorpresas en este terreno, el tema de esta crítica
seguirá siendo central: "En Husserl el fenómeno del sentido
no ha sido determinado nunca por la historia". (No queremos decir aquí
que esta frase esté finalmente en contradicción con las intenciones
que se conocían entonces de Husserl. Pero éstas, y cualquiera
que fuera su fondo en definitiva, ¿no eran ya más problemáticas
de lo que parece creer Levinas?)
[xiv] El mismo Hegel no escaparía a la regla. La
contradicción sería superada sin cesar y al final de los finales.
La audacia extrema consistiría aquí en volver contra Hegel
la acusación de formalismo y en denunciar la reflexión especulativa
como lógica del entendimiento, como tautológica. Puede imaginarse
la dificultad de la tarea.
[xv] Otra dificultad: la técnica no es condenada
nunca simplemente por Levinas. Aquélla puede salvar de una violencia
peor, de la violencia "reaccionaria", "La técnica nos arranca del
mundo heideggeriano y de las supersticiones del Lugar." "dejar resplandecer
el rostro humano en su desnudez" (6). Volveremos a ello.
Aquí sólo pretendemos dejar presentir que ninguna filosofía
de la no-violencia puede nunca en la historia pero ¿tendría
sentido en otra parte?- otra cosa que escoger la violencia menor en una
economía de la violencia.
[xvi] "Liberté et Commandement" en Revue de métaphysique
et de morale, 1953.
[xvii] Entre los numerosos pasajes que denuncian la impotencia
de dicha " lógica formal" frente a las significaciones de la experiencia
desnuda, señalemos en particular 5, pp. 168, 237, 253, 345, donde
la descripción de la fecundidad debe reconocer "una dualidad de lo
Idéntico,. (Uno en dos, uno en tres... Pero ¿no había
sobrevivido ya el Logos griego a sacudidas de este orden? ¿No las había
acogido en él más bien?)
[xviii] Afirmación a la vez profundamente fiel
a Kant ("El respeto se aplica siempre únicamente a las personas",
Razón práctica), y en el fondo anti-kantiana puesto que sin
el elemento formal de la universalidad, sin el orden puro de la ley, el
respeto del otro, el respeto y el otro, no escapan ya a la inmediatez empírica
y patológica. ¿Cómo escapar, a ésta, sin embargo,
según Levinas? Se lamentará quizás aquí que
no se organice ninguna confrontación sistemática y paciente
con Kant en particular. Que nosotros sepamos, solamente se hace alusión,
y apenas de paso, en un artículo. a "ecos kantianos" y "a la filosofía
práctica de Kant, a la que nos sentimos particularmente próximos"
("L'ontologie est-elle fondamentale?, RMM, 1951, recogido en Phénoménologie,
Existence). Esta confrontación sería requerida no sólo
por los temas éticos, sino va por la diferencia entre totalidad e
infinito, a la que Kant, entre otros y quizás más que otros,
dedicó también algunos pensamientos.
[xix] Levinas acusa con frecuencia al magisterio socrático,
que no enseña nada, que sólo enseña lo ya conocido,
y hace salir todo de sí, es decir, del Yo o de lo Mismo como memoria.
La anámnesis sería también una procesión de
lo Mismo. En este punto al menos no podrá oponerse a Kierkegaard
(cf. por ejemplo, J. Wahl, Études kierkegaardiennes, pp. 308 y 309):
la crítica que dirige al platonismo es aquí literalmente kierkegaardiana.
Es cierto que Kierkegaard oponía Sócrates a Platón
cada vez que se trataba de reminiscencia. Ésta pertenecería
a la "especulación" platónica, de la que Sócrates se
"separa" (Post-scriptum).
[xx] "A priori et subjectivité" en Revue de métaphysique
et de morale, 1962.
[xxi] Manifestes philosophiques, trad. L. Althusser.
[xxii] M. de Gandillac, Introduction aux oeuvres choisies
de Nicolás de Cusa, p. 35.
[xxiii] NRF, dic. 1961: "Connaissance de l'inconnu".
[xxiv] Es cierto que para Merleau-Ponty -y a diferencia
de Levinas- el fenómeno de la alteridad era primordialmente, si no
exclusivamente, el del movimiento de la temporalización
[xxv] Aun defendiéndose de tener "la ridícula
pretensión de "corregir" a Buber" (5), Levinas reprocha,
en sustancia; a la relación Yo-Tú: 1. el ser recíproca
y simétrica, haciendo violencia así a la altura y sobre todo
a la separación y al secreto; 2. el ser formal, al poder "unir el
hombre a las cosas tanto como el Hombre al hombre" (5);
3. el preferir la preferencia, la "relación privada", la "clandestinidad"
de la pareja "que se basta a sí misma y. se olvida del universo"
(5). Pues hay también en el pensamiento de Levinas,
a pesar de la protesta contra la neutralidad, un requerimiento del tercero,
del testigo universal, de la cara del mundo que nos guarda contra el "espiritualismo
desdeñoso" del yo-tú. Otros podrán decir, quizás,
si Buber se reconocería en esta interpretación. Cabe anotarlo
ya de paso, Buber parece haber prevenido estas reticencias. ¿Acaso
no había precisado que la relación yo-tú no era ni
una preferencia ni una exclusiva, al ser anterior a todas esas modificaciones
empíricas y eventuales? En tanto fundada en el Yo-Tú absoluto
que nos vuelve hacia Dios, aquélla abre, por el contrario, la posibilidad
de toda relación con el otro. Comprendida en su autenticidad originaria,
ni nos aparta ni nos distrae. Como muchas de las contradicciones en las
que se ha pretendido poner en aprietos a Buber, ésta cede, nos dice
el Post-scriptum al Yo y Tú, "en un nivel superior del juicio" y
en "la designación paradójica de Dios persona absoluta"...
"Dios hace participar su carácter de absoluto en la relación
en la que entra con el hombre. Volviéndose hacia él, el hombre
no tiene, pues, necesidad de apartarse de ninguna relación de Yo-Tú.
Él las reconduce hacia él, legítimamente, y les ofrece
la posibilidad de transfigurarse "en la cara de Dios"."
[xxvi] Acerca del tema de la altura de Dios en sus relaciones
con la posición tendida del niño o del hombre (por ejemplo
en su lecho de enfermo o de muerte), acerca de las relaciones de la clínica
y la teología, cf. por ejemplo, Feuerbach, op. cit., p. 233.
[xxvii] Habría que interrogar aquí a Malebranche, que se debate
también con el problema de la luz y de la cara de Dios (cf. sobre
todo X Eclaicissement).
[xxviii] No iremos más allá de este esquema.
Sería vano pretender entrar aquí en las descripciones consagradas
a la interioridad, la economía, el gozo, la habitación, lo
femenino, el Eros, a todo lo que se propone bajo el título de Más
allá del rostro, y cuya situación merecería sin duda
algunas cuestiones. Estos análisis no son solamente una incansable
e interminable destrucción de la "lógica formal"; son tan
finas y tan libres con respecto a la conceptualidad tradicional que un comentario
de algunas páginas los traicionaría desmesuradamente. Bástenos
saber que dependen, aun sin ser deducidos de ella, pero regenerándola
incesantemente, de la matriz conceptual que acabamos de diseñar.
[xxix] Acerca de estos temas decisivos de la identidad,
de la ipseidad y de la igualdad, para confrontar a Hegel y Levinas, cf.
especialmente J. Hyppolite, Genèse et structure de la phénoménologie
de l'esprit, t. I, pp. 147 y ss. y Heidegger, Identität und Differenz
[xxx] Pensamos aquí en la distinción, común
en particular a Levinas y a E. Weil, entre discurso y violencia. No tiene
el mismo sentido en uno y en otro, Levinas lo advierte de paso y, rindiendo
homenaje a E. Weil por "el empleo sistemático y vigoroso del término
violencia en su oposición al discurso" (6). Estaríamos
tentados de decir un sentido diametralmente opuesto. El discurso que E.
Weil reconoce como no-violento es ontología, proyecto de ontología
(cf. Logique de la philosophie, por ejemplo, pp. 28 y ss. El nacimiento
de la ontología. El discurso). "El acuerdo entre los hombres se establecerá
por sí mismo si los hombres no se ocupan de ellos mismos, sino de
lo que es"; su polo es la coherencia infinita y su estilo, al menos, es
hegeliano. Esta coherencia en la ontología es la violencia misma
para Levinas: el "fin de la historia" no es Lógica absoluta, coherencia
absoluta del Logos consigo en sí, no es acuerdo en el Sistema absoluto,
sino Paz en la separación, la diáspora de los absolutos. A
la inversa, el discurso pacífico según Levinas, el que respeta
la separación y rehusa el horizonte de la coherencia ontológica,
¿no es eso la violencia misma para E. Weil? Esquematicemos: según
E. Weil la violencia no será o más bien no sería reducida
más que con la reducción de la alteridad o de la voluntad
de alteridad. Para Levinas es lo contrario. Pero es que para él la
coherencia es siempre finita (totalidad en el sentido que él le da
a esa palabra, rehusando toda significación a la noción de
totalidad infinita). Para E. Weil es la noción de alteridad la que
implica, por el contrario, la finitud irreductible. Pero para los dos, sólo
lo infinito es no-violento, y sólo puede anunciarse en el discurso.
Habría que interrogar los presupuestos comunes de esta convergencia
y de esta divergencia. Habría que preguntarse si la pre-determinación,
común a estos dos pensamientos, de la violación y del logos
puros, sobre todo de su incompatibilidad, remite a una evidencia absoluta
o quizás ya a una época de la historia del pensamiento, de
la historia del Ser. Notemos que Bataille se inspira también, en
El erotismo, en conceptos de E. Weil y lo declara explícitamente.
[xxxi] En el fondo es a la noción misma de "constitución
del alter ego" a lo que Levinas le niega toda dignidad. Diría sin
duda, como Sartre: "Se encuentra al otro, no se lo constituye" (L'Étre
et le Néant). Eso es entender la palabra "constitución" en
un sentido contra el que Husserl previene frecuentemente al lector. La constitución
no se opone a ningún encuentro. Desde luego que no crea, ni construye,
ni engendra nada: ni la existencia -o el hecho-, lo que es obvio, ni incluso
el sentido, lo que es menos evidente, pero igualmente cierto con tal que
se tomen a este respecto algunas pacientes precauciones; con tal que, sobre
todo, se distingan los momentos de pasividad y actividad en la intuición
en el sentido husserliano, y ese momento en que la distinción se
hace ya imposible. Es decir, en el que toda la problemática que opone
"encuentro" a "constitución" no tiene ya sentido, o no tiene más
que un sentido derivado y dependiente. Como no podemos entrar aquí
en estas dificultades, recordemos simplemente esta puesta en guardia de
Husserl, entre tantas otras: "También aquí, como a propósito
del alter ego, "efectuación de consciencia" (Bewusstseinleistung)
no quiere decir que yo invente (erfinde) y que yo haga (mache) esta trascendencia
suprema". (Se trata de Dios) (Lógica formal y lógica trascendental).
A la inversa, la noción de "encuentro", a la que hay que recurrir
necesariamente si se rechaza toda constitución, en el sentido husserliano
del término, aparte de estar amenazada por el empirismo, ¿no
deja acaso entender que hay un tiempo y una experiencia sin "otro" antes
del "encuentro"? Cabe imaginar a qué dificultades nos vemos llevados
entonces. La prudencia filosófica de Husserl es, a este respecto,
ejemplar. Las Meditaciones cartesianas subrayan con frecuencia que de hecho
y realmente nada precede a la experiencia del otro.
[xxxii] O al menos no puede ser ni ser sea lo que sea,
y es justo la autoridad del ser lo que Levinas rehusa profundamente. El
que su discurso deba aún someterse a la instancia discutida es una
necesidad cuya regla hay que intentar inscribir sistemáticamente
en el texto.
[xxxiii] Esta connaturalidad del discurso y la violencia
no nos parece que le haya sobrevenido a la historia, ni que esté
ligada a tal o cual forma de la comunicación, o aun a tal o cual
"filosofía". Quisiéramos mostrar aquí que esta connaturalidad
pertenece a la esencia misma de la historia, a la historicidad trascendental,
noción que sólo puede entenderse aquí en la resonancia
de una palabra común en un sentido que habría todavía
que aclarar- a Hegel, Husserl y Heidegger.
La información histórica o etno-sociológica sólo
puede aquí venir a confirmar o sostener, a título de ejemplo
fáctico, la evidencia eidético-trascendental. Incluso si esta
información fuese manejada (recogida, descrita, explicitada) con
la mayor prudencia filosófica o metodológica, es decir, incluso
si se articula correctamente con la lectura de esencia y respeta todos los
niveles de generalidad eidética, aquélla no podría
en ningún caso fundar ni demostrar ninguna necesidad de esencia.
Por ejemplo, no estamos seguros de que C. Lévi-Strauss haya tomado
esas precauciones, técnicas tanto como trascendentales, cuando, en
Tristes Tropiques, avanza en medio de muy bellas páginas, "la hipótesis
[...] de que la función primaria de la comunicación escrita
es facilitar la esclavitud...". Si la escritura -y ya la palabra en general-
retiene en sí una violencia esencial, eso no puede "demostrarse"
o "verificarse" a partir de "hechos", sea cual sea la esfera en la que se
tomen éstos e incluso si la totalidad de los "hechos" pudiera estar
disponible en ese dominio. A menudo se ve cómo la práctica
descriptiva de las "ciencias humanas" mezcla, en la confusión más
seductora (en todos los sentidos de esta palabra), la encuesta empírica,
la hipótesis inductiva y la intuición de esencia, sin que
se tome ninguna precaución en cuanto al origen y a la función
de las proposiciones que se exponen.
[xxxiv] La alteridad, la diferencia, el tiempo no son
suprimidos sino retenidos por el saber absoluto en la forma de la Aufhebung.
[xxxv] Lógica formal y lógica trascendental,
trad. L. Villoro (México, 1962), p. 248. El subrayado es de Husserl.
[xxxvi] Ibíd., p. 248. La cursiva es de Husserl.
[xxxvii] Ibíd., p. 261.
[xxxviii] Por supuesto, no podemos hacerlo aquí;
lejos de pensar que haya que admirar silenciosamente esta quinta de las
Meditaciones cartesianas como la última palabra sobre este problema,
aquí no hemos pretendido otra cosa que empezar a experimentar, a
respetar su poder de resistencia a las críticas de Levinas.
[xxxix] Die Frage des Warum ist ursprünglich Frage
nach der Geschichte, Husserl (inédito, E. III, 9, 1931)
[xl] Logische Untersuchungen, 2, 1, par. 4 (trad. esp.
p. 412).
[xli] Ibíd., trad. esp. p. 422.
[xlii] Ibíd., trad. esp. p. 419, por ejemplo.
[xliii] L'ontologie est-elle fondamentale?
[xliv] Carta sobre el humanismo.
[xlv] "Vamos más lejos y, aun arriesgándonos
a parecer que confundimos teoría y práctica, tratamos una
y otra como modos de la trascendencia metafísica. La aparente confusión
es deliberada y constituye una de las tesis de este libro" (5).
[xlvi] Carta sobre el humanismo.
[xlvii] Acerca de este ascenso hacia el ser más
acá de lo predicativo, más acá de la articulación
esencia-existencia, etc., cf. entre mil ejemplos, Kant y el problema de
la metafísica, pp. 40 y ss.
[xlviii] Por la expresión "ser del ente", fuente
de tantas confusiones, no entendemos aquí, como lo hace a veces Heidegger
cuando el contexto es bastante claro para prevenir el malentendido, el ser-ente
del ente, la onticidad (Seiendheit), sino el ser de la onticidad, lo que
Heidegger llama también la verdad del ser.
[xlix] "El pensamiento que plantea la cuestión
de la verdad del ser [...] no es ni ética, ni ontología. De
ahí que la cuestión de la relación entre estas dos
disciplinas dentro de este dominio, quede en adelante sin fundamento" (Carta
sobre el humanismo).
[l] L'ontologie est-elle fondamentale?
[li] Tema muy explícito en Sein und Zeit, por ejemplo.
Cf. la oposición de Sorge, besorgen y Fürsorge, p. 121 y todo
el par. 26. Acerca del antiteoreticismo de Heidegger, en este dominio, cf.
sobre todo p. 150
[lii] Dentro del mismo horizonte problemático,
pueden confrontarse los pasos de Heidegger (por ejemplo en la Introducción
a la metafísica, Sobre la gramática y la etimología
de la palabra "ser") y los de Benveniste ("Ser y tener en sus funciones
lingüísticas" en Problemas de linguistica general).
[liii] Podríamos referirnos aquí a cien
pasajes de Heidegger. Pero citemos más bien a Levinas, quien había
escrito sin embargo: "Para Heidegger, la comprensión del ser no es
un acto puramente teórico... un acto de conocimiento como cualquier
otro" (4).
[liv] No es necesario aquí remontarse a los presocráticos.
Ya Aristóteles había demostrado rigurosamente que el ser no
es ni un género ni un principio. (Cf., por ejemplo, Metafísica,
B, 3, 998 b20). Esta demostración, que se lleva a cabo al mismo tiempo
que una crítica de Platón, ¿no viene a confirmar en realidad
una intención de El sofista? El ser era definido ahí, sin
duda, como uno de los "géneros mayores" y el más universal
de los predicados, pero también ya como lo que permite toda predicación
en general. En tanto que origen y posibilidad de la predicación,
no es un predicado o al menos no un predicado como cualquier otro, sino
un predicado trascendental o transcategorial . Además, El sofista
-y eso es su tema- nos enseña a pensar que el ser, otro que lo otro
y otro que lo mismo, lo mismo que sí, implicado por todos los demás
géneros en tanto que éstos son, lejos de cerrar la diferencia,
por el contrario la libera, y él mismo sólo es lo que es por
esta liberación.
[lv] Kant y el problema de la metafísica, trad.
esp. p. 188. Acerca del carácter no-conceptual del pensamiento del
ser, cf. entre otros, Vom Wesen des Grundes, trad. fr. p. 57 y ss, Carta
sobre el humanismo, trad. fr. p. 97. Introducción a la metafísica,
trad. fr. pp. 49 y ss. Y passim. Sendas perdidas, trad. fr. p. 287. Y en
primer lugar el par. 1 de Sein und Zeit.
[lvi] Las relaciones esenciales entre lo mismo y lo otro
(la diferencia) son de tal naturaleza que la hipótesis misma de subsumir
lo otro bajo lo mismo (la violencia según Levinas) no tiene ningún
sentido. Lo mismo no es una categoría, sino la posibilidad de toda
categoría. Habría que confrontar aquí atentamente las
tesis de Levinas con el texto de Heidegger que se titula Identität
und Differenz (1957). Para Levinas, lo mismo es el concepto, igual que el
ser y lo uno son conceptos, y estos tres conceptos se comunican inmediatamente
entre ellos (cf. 5., p. 282, por ejemplo). Para Heidegger lo mismo no es
lo idéntico (cf. Carta sobre el humanismo, p. 163, por ejemplo).
Y en primer lugar porque no es una categoría. Lo mismo no es la negación
de la diferencia, el ser tampoco.
[lvii] Kant y el problema de la metafísica, trad.
esp. p. 190.
[lviii] En su bellísimo estudio, Heidegger y
el pensamiento de la finitud, H. Birault muestra cómo el tema de
la Endlichkeit va siendo abandonado progresivamente por Heidegger, por "la
misma razón que había motivado (su) empleo en una cierta época..."
y por la "preocupación de separar del pensamiento del Ser, no sólo
las supervivencias y las metamorfosis de la teología cristiana, sino
también lo teológico, que es absolutamente constitutivo de
la metafísica como tal. En efecto, si el concepto heideggeriano de
Endlichkeit no ha sido jamás el concepto teológico-cristiano
de la finitud, queda igualmente que la idea del ser finito es por sí
misma una idea ontológicamente teológica y, como tal, incapaz
de satisfacer a un pensamiento que se retira de la Metafísica sólo
para meditar, a la luz de la verdad olvidada del Ser, acerca de la unidad
todavía oculta de su esencia onto-teológica" (Revue internationale
de philosophie, n.° 52, 1960). Un pensamiento que quiera llegar hasta
su propio final, en su lenguaje, hasta el final de lo que enfoca bajo el
nombre de finitud originaria o de finitud del ser, debería, en consecuencia,
abandonar no solamente las palabras y los temas de lo finito y lo infinito,
sino, lo que sin duda es imposible, todo aquello que éstos rigen
dentro del lenguaje en el sentido más profundo de esta palabra. Esta
última imposibilidad no significa que el más allá de
la metafísica y de la onto-teología sea impracticable; por
el contrario, confirma la necesidad de tomar apoyo en la metafísica
para este desbordamiento inconmensurable. Necesidad claramente reconocida
por Heidegger. Esa necesidad hace notar bien que sólo la diferencia
es fundamental, y que el ser no es nada fuera del ente.
[lix] "Liberté et Commandement", en Revue de métaphysique
et de morale, 1953.
[lx] Vom Wesen des Grundes, trad. fr. pp. 91 y ss., e Introducción
a la metafísica, trad. fr. p. 210.
[lxi] Carta sobre el humanismo, trad. fr. p. 51 y passim.
[lxii] Ibíd., p. 49. Cf. también, entre
otros lugares, pp. 67, 75, 113, etc.
[lxiii] Ibíd., p. 51.
[lxiv] Ibíd., p. 47
[lxv] Citaremos, más bien, un pasaje de la Docta
ignorancia donde Nicolás de Cusa se pregunta: "¿Cómo
podríamos, pues, comprender la criatura en tanto criatura, la cual
procede de Dios y que, toda ella en su conjunto no podría añadir
nada al Ser infinito?". Y para ilustrar el "doble proceso del envolvimiento
y del desenvolvimiento" de los que "se ignora absolutamente el modo", escribe:
"Supongamos un rostro cuyas imágenes se multiplicaran de lejos y
de cerca (no se habla aquí de distancia espacial, sino de grados
de participación de la imagen en la verdad del modelo, pues es en
eso en lo que consiste necesariamente la participación); en estas
imágenes multiplicadas y diversificadas de un único rostro,
según modos diversos y múltiples, lo que aparecería
es un solo rostro, más allá de toda aprehensión de
los sentidos o del pensamiento, de manera incomprensible". (Libro II, cap.
III, en Oeuvres choisies, por M. de Gandillac, p. 115.)
[lxvi] El pensamiento del ser sería lo que permite
decir, sin ingenuidad, reducción o blasfemia, "Dios, por ejemplo".
Es decir, pensar a Dios como lo que es, sin hacer de él un objeto.
Es lo que Levinas, de acuerdo aquí con todas las metafísicas
infinitistas más clásicas, juzgaría imposible, absurdo
o puramente verbal: ¿cómo pensar lo que se dice cuando se propone
la expresión: Dios -o lo infinito- por ejemplo? Pero la noción
de ejemplaridad ofrecería sin duda más de un recurso contra
esta objeción.
[lxvii] En un violento artículo (Heidegger, Gagarin
y nosotros, 6), se le designa a Heidegger como el enemigo de la técnica,
y se le alinea entre los "enemigos de la sociedad industrial" que "casi
siempre son reaccionarios". Se trata de una acusación a la que Heidegger
ha respondido tan frecuentemente y tan claramente que no podemos aquí
hacer otra cosa mejor que remitir a sus escritos, en particular a La cuestión
de la técnica, que trata de la técnica como "modo del desvelamiento"
(en Ensayos y Conferencias), a la Carta sobre el humanismo, a la Introducción
a la metafísica (La limitación del Ser), donde se liga una
cierta violencia, de la que hablaremos enseguida, en un sentido no peyorativo
y no ético (trad. fr. p. 173), a la técnica, en el desvelamiento
del Ser (deinón-techne).
Se ve, en todo caso, precisarse la coherencia de la acusación lanzada
por Levinas. El ser (como concepto) sería la violencia de lo neutro.
Lo sagrado sería la neutralización del Dios personal. La "reacción"
contra la técnica no apuntaría al peligro de despersonalización
técnica, sino a que precisamente libera del encantamiento por lo
Sagrado y del enraizamiento en el lugar.
[lxviii] Como no podemos desarrollar aquí este debate, remitimos
a los textos más claros de Heidegger sobre este punto: a) Sein und
Zeit: temas de la " Unheimlichkeit" esencial, de la "desnudez" del ser-en-el-mundo,
"als Un-zuhause" (pp. 276 y 277). Es esa condición auténtica
de lo que huye precisamente la existencia neutra del Se. b) Carta sobre
el humanismo, p. 93, a propósito del poema Retorno de Hölderlin,
Heidegger nota que, en su comentario, la palabra "patria" "es pensada aquí
en un sentido esencial, no patriótico, ni nacionalista, sino más
bien desde el punto de vista de la Historia del Ser". c) Ibid., p. 103.
En particular Heidegger escribe ahí: "Todo nacionalismo es, en el
plano metafísico, un antropologismo, y como tal un subjetivismo.
El nacionalismo no se supera por el puro internacionalismo, sino que solamente
se lo amplía y se lo erige en sistema". d) En fin, en cuanto a la
habitación y a la casa (que también Levinas acuerda cantar,
pero, a decir verdad, como momento de la interioridad y precisamente como
economía), Heidegger precisa que la casa no determina metafóricamente
al ser a partir de su economía, sino que, por el contrario, sólo
se deja determinar como tal a partir de la esencia del ser. Ibid., p. 151.
Cf. también... El hombre habita como poeta, donde, notémoslo
de paso, Heidegger distingue lo Mismo y lo Igual (das Selbe-das Gleiche):
"Lo Mismo aparta todo apresuramiento en resolver las diferencias en lo Igual",
en Ensayos y Conferencias, trad. fr. p. 231. Cf., en fin, Construir, Habitar,
Pensar (ibid.).
[lxix] Cf., por ejemplo, Retorno en Interpretaciones
sobre la poesía de Hölderlin.
[lxx] Ibíd.
[lxxi] Retorno, Interpretaciones sobre la poesía
de Hölderlin; trad. esp. p. 48.
[lxxii] Cf. también Vom Wesen des Grumdes, trad.
fr. de Corbin, p. 91, nota 1. La teología, pensamiento del ente-Dios,
de la esencia y la existencia de Dios, supondría, pues, el pensamiento
del ser. No es necesario referirse aquí a Heidegger para comprender
este movimiento; sino en primer lugar a Duns Scoto, a quien, como es sabido,
Heidegger había consagrado uno de sus primeros escritos. Para Duns
Scoto, el pensamiento del ser común y unívoco es necesariamente
anterior al pensamiento del ente determinado (determinado, por ejemplo,
como finito o infinito, creado o no creado, etc.). Lo cual no quiere decir:
1.° que el ser común y unívoco sea un género y,
a este propósito, Duns Scoto recupera la demostración aristotélica
sin recurrir, no obstante, a la analogía. (Cf. sobre este tema particularmente
E. Gilson, Jean Duns Scot, Introduction à ses positions fondamentales,
pp. 104 y 105.)
2.° que la doctrina de la univocidad del ser sea incompatible con la
doctrina aristotélico-tomista y con la analogía, que, como
muestra E. Gilson (ibíd., pp, 84-115) se sitúa en otro plano
y responde a otra cuestión. El problema que se le plantea a Duns
Scoto -y que es el que nos ocupa aquí, en este diálogo entre
Levinas y Heidegger- "se plantea, pues, sobre un terreno que no es ya el
de Aristóteles ni el de Tomás de Aquino puesto que, para penetrar
en él, hay que salir primero del dilema que imponía el aristotelismo
entre lo singular y 1o universal, lo "primero" y lo "segundo", hay que escapar
al mismo tiempo de la necesidad de escoger entre lo análogo y lo
unívoco, lo cual sólo puede hacerse aislando una noción
de ser de alguna manera metafísicamente pura de toda determinación"
(ibíd., p. 89). Se sigue de ahí que el pensamiento del ser
(que Gilson llama aquí, a diferencia de Heidegger, "metafísica"),
si bien está implicado en toda teología, no la precede ni
la rige en absoluto, como harían un principio o un concepto. Las
relaciones de "primero" y de "segundo", etc., no tienen aquí ningún
sentido.
[lxxiii] Ya Sartre había interpretado, como
Levinas, el Mitsein en el sentido de la camaradería, del equipo,
etc. Remitimos aquí a Sein und Zeit. Cf. también Le concept
du monde chez Heidegger. W. Biemel, con mucha exactitud y claridad, confronta
ahí esa interpretación con las intenciones de Heidegger (pp.
90 y ss). Añadamos simplemente que, originalmente, el con del Mitsein
no denota más una estructura de equipo animada por una tarea neutra
y común, que el con del "lenguaje con Dios" (5).
El ser que puede interpelar el Mitsein no es, como a menudo deja entender
Levinas, un tercer término, una verdad común, etc. En fin,
la noción de Mitsein describe una estructura originaria de la relación
entre Da-sein y Da-sein, que es anterior a toda significación de
"encuentro" o de "constitución", es decir, al debate que evocábamos
más arriba (cf. también Sein und Zeit: "Con y también
deben entenderse a la manera de los existenciarios y no de las categorías",
p. 48).
[lxxiv] Cf. Introducción a la metafísica
(sobre todo La limitación del Ser).
[lxxv] Hay que precisar aquí que "ontológico"
no remite a ese concepto de ontología al que Heidegger nos propone
que "renunciemos" (cf. más arriba), sino a aquella expresión
inencontrable mediante la que habría que reemplazarlo. La palabra
"histórico" debe modificarse también para ser entendida en
consonancia con la palabra "ontológico", de la cual no es el atributo
y en relación con la cual no denota ninguna derivación.
[lxxvi] Oeuvres choisies de N. de Cues, por M, de Gandillac.
[lxxvii] Entre deux mondes (Biographie spirituelle
de Franz Rosenzweig, en La Conscience juive, PUF, 1963, p. 126). Esta conferencia
es, que sepamos, junto con un articulo de A. Neher (Cahiers de l'Institut
de science économique appliqué, 1959), el único texto
importante consagrado a Rosenzweig, más conocido en Francia como
el autor de Hegel und der Staat que de Der Stern der Erlösung (La estrella
de la redención) (1921). La influencia de Rosenzweig en Levinas parece
haber sido profunda. "La oposición a la idea de totalidad nos ha
impresionado en el Stern der Erlösung de Franz Rosenzweig, demasiado
presente en este libro como para ser citado" (5).
[lxxviii] En su Exposición del empirismo filosófico,
escribe Schelling: "Dios sería así el ser encerrado en él
mismo de una manera absoluta, sería sustancia en el sentido más
elevado, libre de toda relación. Pero por el hecho mismo de que consideramos
estas determinaciones como puramente inmanentes, como no relacionándose
con nada exterior, se encuentra uno en la necesidad de concebirlas partiendo
de Él, es decir, de concebirlo a él mismo como el prius, o
sea como el prius absoluto. Y es así como el empirismo llevado hasta
sus últimas consecuencias nos conduce a lo supra-empírico".
Naturalmente, por "encerrado" y "replegado" no hay que entender clausura
finita y mutismo egoísta, sino la alteridad absoluta, lo que Levinas
llama lo Infinito absuelto de la relación. Un movimiento análogo
se bosqueja en Bergson, quien, en su Introducción a la metafísica
critica, en nombre de un empirismo verdadero, las doctrinas empiristas,
infieles a la experiencia pura, y concluye: "Este empirismo verdadero es
la verdadera metafísica ".
[lxxix] La diferencia pura no es absolutamente diferente
(de la no-diferencia). La crítica hegeliana del concepto de diferencia
pura es sin duda aquí, para nosotros, el tema más insoslayable.
Hegel ha pensado la diferencia absoluta y ha mostrado que sólo puede
ser pura siendo impura. En la Ciencia de la Lógica, a propósito
de la diferencia absoluta, Hegel escribe, por ejemplo: "Esta diferencia
es la diferencia en sí y por sí, la diferencia absoluta, la
diferencia de la esencia. Es la diferencia en sí y por sí,
y no una diferencia por medio de algo extrínseco, sino tal que se
refiera a sí; por consiguiente es diferencia simple. Es esencial
entender la absoluta diferencia como simple... La diferencia en sí
es la diferencia que se refiere a sí; de este modo es la negatividad
de sí misma, la diferencia no respecto de un otro, sino diferencia
de sí con respecto a sí misma; no es ella misma sino su otro.
Pero lo diferente de la diferencia es la identidad. Es por lo tanto ella
misma (esto es, la diferencia) y la identidad. Ambas juntas constituyen
la diferencia; esta es el todo y su momento. Se puede decir también
que la diferencia, como simple, no es diferencia; lo es sólo en relación
con la identidad; pero más bien contiene, como diferencia, igualmente
la identidad y esta relación misma. La diferencia es el todo y su
propio momento, así como la identidad es igualmente su todo y, su
momento" (trad. esp. pp. 366-367).
[lxxx] J. Joyce, Ulysses, p. 622. Pero Levinas no ama
a Ulises, ni las astucias de este héroe demasiado hegeliano, de este
hombre del nóstos y del círculo cerrado, cuya aventura se
resume siempre en su totalidad. A menudo la toma con él (5,
6). "Al mito de Ulises, que retorna a Ítaca, quisiéramos
oponer la historia de Abraham que abandona para siempre su patria por una
tierra todavía desconocida y que prohibe a su siervo llevar a ese
punto de partida incluso a su hijo" (La huella de lo otro). Sin duda, la
imposibilidad del retorno no es ignorada por Heidegger: la historicidad
originaria del ser, la originariedad de la diferencia, la errancia irreductible
que impide el retorno al ser mismo, que no es nada. Levinas está
aquí, pues, del lado de Heidegger. Pero en cambio, ¿es tan poco
hebreo el tema del retorno? Al construir a Bloom y a Stephen (san Esteban,
Judío-Heleno), Joyce se interesó mucho en las tesis de Victor
Bérard, que hacía de Ulises un semita. Es verdad que "Jewgreek
is greekjew" es una proposición neutra, anónima en el sentido
execrado por Levinas, inscrita en el sombrero de Lynch, " lenguaje de nadie"
diría Levinas. Está atribuida, además, a lo que se
llama "la lógica femenina": "Woman's reason. Jewgreek is greekjew".
A este respecto, notemos de paso que Totalidad e infinito lleva el respeto
de la disimetría hasta el punto de que nos parece imposible, esencialmente
imposible, que haya sido escrito por una mujer. Su sujeto filosófico
es el hombre (vir). (Cf. por ejemplo, la Fenomenología del eros que
ocupa un lugar tan importante en la economía del libro.) ¿No
es algo único en la historia de la escritura metafísica esta
imposibilidad por principio, para un libro, de haber sido escrito por una
mujer? Levinas reconoce por otra parte que la feminidad es una "categoría
ontológica". ¿Hay que poner en relación esta observación
con la virilidad esencial del lenguaje metafísico? Pero quizás
el deseo metafísico es esencialmente viril, incluso en lo que se
llama la mujer. Es, parece, lo que Freud (que habría desconocido
la sexualidad como "relación con lo que es absolutamente otro" [5]),
pensaba, no del deseo, ciertamente, pero sí de la libido.
|