Ir a datos de la ilustración...Levinas: del rostro.

José E. Milmaniene

 

 

 



Extraído de:
Clínica del texto
José E. Milmaniene
Ed. Biblos. Bs.As., 2002.

"El problema que usted me plantea es éste: "¿Qué hay en el Rostro?". Según mi análisis, el Rostro no es en absoluto una forma plástica como un retrato; la relación con el Rostro es, por una parte, una relación con lo absolutamente débil -lo que está expuesto absolutamente, lo que está desnudo y despojado-, es la relación con lo desnudo y, en consecuencia, con quien está solo y puede sufrir ese supremo abandono que llamamos muerte; así pues, en el Rostro del otro está siempre la muerte del otro y también, en cierto modo, una incitación al asesinato, la tentación de llegar hasta el final, de despreciar completamente al otro; y, por otra parte y al mismo tiempo -esto es paradójico-, el Rostro es también el "no matarás". Un no matarás que también puede explicitarse más: es el hecho de que no puedo dejar a otro morir solo, de que hay una suerte de apelación a mi; haremos así, y esto es lo que me parece importante, que la relación con otro no es simétrica, no es en absoluto como en Martin Buber; cuando llamo a un sujeto (Je), a un Yo, tendría, según Buber, a ese Yo ante mí como aquel que me llama . Habría entonces una relación recíproca. De acuerdo con mi análisis, al contrario, lo que se afirma en la relación con el Rostro es la asimetría: en el punto de partida me importa poco lo que otro sea con respecto a mi, es asunto suyo; para mi, él es ante todo aquel de quien yo soy responsable. "


Ir a datos de la ilustración...El Otro se nos aparece inicialmente con su rostro, la parte del cuerpo más desnuda y más expuesta a la mirada, y a la que se deberá descifrar en su exceso o en su diferencia con relación a lo que se sabe del prójimo. El rostro configura esa imagen privilegiada del semejante, donde se inscriben todos los movimientos de la subjetividad, y que se nos impone como una súplica y como un mandato. Del rostro emana toda la autoridad interpelativa del sufrimiento humano, tal como lo evidencia paradigmáticamente el semblante de la viuda, del huérfano y del extranjero. Estos semblantes marcados por las arrugas de las pérdidas y los desarraigos nos convocan a una actitud de absoluta responsabilidad por ellos. Así escribe Reyes Mate:

Levinas recurre a la figura (no a la metáfora) del rostro que me habla para expresar esa relación originaria que constituye a cada individuo en ser humano. [...] Pues bien, la primera expresión de esa relación es una palabra: no matarás. [...] El escándalo de la muerte activa la relación del otro con la exigencia: dejarás de matar. El rostro que me habla tiene una historia, tiene la experiencia de que la relación originaria del hombre con el hombre es finita. Por eso la primera palabra del rostro es de resistencia ante la querencia cainita del hombre: no reducirás mi identidad diferente a tu mismidad, no alimentarás tu voraz conciencia con mi desvalida desnudez, no me convertirás en objeto de tu conocimientos.(1)

El rostro atesora pues el poder que le confiere la autoridad y la jerarquía del dolor padecido por una subjetividad que apela a la escucha y a la contención del Otro. El rostro evidencia la miseria y la indefensión humana, surcado por las arrugas y las cicatrices de la historia común -signada por la castración-, que siempre nos interpela y nos recuerda la deuda ética que sostenemos con el otro-ahí, y que se debe intentar saldar en ese instante decisivo que supone el cara-a-cara con el Otro, sin ninguna mediación y sin ninguna excusa. El instante privilegiado de la confrontación con el rostro del Otro impone la máxima autenticidad y la más extrema responsabilidad por su destino. El mandato ético impone sostener la mirada del Otro y dirigir la propia hacia su rostro.
La visión del rostro del Otro me separa de mí mismo, rompe la soldadura de mi propio narcisismo conmigo mismo y me enfrenta con la alteridad de Otro que no se deja asimilar ni subsumir por la expansión inclusiva de un Yo que busca imponer su única autoridad. El Rostro configura la marca singular del Otro, la expresión manifiesta de la esencia de su falta-en-ser, el trazo evanescente de su propia inanidad y la forma que impugna la totalización y la aprehensión de toda completud. Así escribe Finkielkraut:

El rostro no es pues esa forma sensible que habitualmente se presenta con ese nombre, sino que es la resistencia que opone el prójimo a su propia manifestación, el hecho de que se sustraiga a su propia imagen, el hecho de imponerse más allá de la forma y de no dejarme entre las manos más que su despojo cuando yo creo poseer su verdad.(2)

Se entiende que la verdad a la cual se alude es la de la castración, en tanto el rostro denuncia en su misma transparencia, y más allá de toda buena forma del narcisismo, a una subjetividad hecha de desgarramientos y suturas en torno del núcleo vacío de un ser vulnerable y mortal. El rostro representa pues esa piel desnuda que jamás logra ocultar las miserias y que se resiste a disfrazarse en su propio retrato, siendo la arrugas las metáforas de la plenitud o la gracia perdida al vivir. Así expresa Finkielkraut:


Pero esa realidad sobre la cual yo no tengo ningún dominio es una piel que no está protegida por nada. Desnudez que rechaza todo atributo y que no viste ningún ropaje. Es la parte más inaccesible del cuerpo y la más vulnerable. Trascendencia y pobreza. Muy alto, el rostro se me escapa al despodarme de su propia esencia plástica y siendo muy débil me inhibe cuando miro sus ojos desarmados. Si está separado, sobrepasa mi poder. Sin defensa queda expuesto y me infunde vergüenza por mi frialdad o mi serenidad. Me resiste y me requiere, no soy en primer término su espectador sino que soy alguien que le está obligado. La responsabilidad respecto del otro precede a la contemplación. El encuentro inicial es ético, ese aspecto estético viene después.(3)

Ir a datos de la ilustración...Se colige que el rostro del semejante me llama con su humilde fragilidad, y me implora una ayuda a la que no me debo sustraer. Quizá por eso los verdugos y los torturadores deben ocultar el rostro de sus víctimas, para liberarse de la presencia intimidante de una debilidad que puede llegar a subordinarlos, y aun desarmarlos con el mandato de un amor que toca el núcleo humano del Ser. De lo que se trata pues es de cubrir el rostro de la víctima para poder así objetivarla y someterla a todas las violencias que la presencia del rostro descubierto siempre de algún modo impugna. El verdugo, escribe Levinas, apela a la violencia, amenaza al prójimo y "no tiene ya Rostro".(4)
El rostro impone, pues, la extrema tentación de asesinar -dado que perturba al representar lo más singular e insoportable del Otro en su diferencia irreductible-, así como por el contrario la máxima imposibilidad moral de matar, con "esa extraña autoridad desarmada" que el rostro evoca con su indefensión. Así expresa Levinas:

Pienso, más bien, que el acceso al rostro es de entrada ético. [...] Ante todo, hay la derechura misma del rostro, su exposición derecha, sin defensa. La piel del rostro es la que se mantiene más desnuda, más desprotegida. La más desnuda, aunque con una desnudez decente. La más desprotegida también: hay en el rostro una pobreza esencial. Prueba de ello es que intentamos enmascarar esa pobreza dándonos poses, conteniéndonos. El rostro está expuesto, amenazado, como invitándonos a un acto de violencia. Al mismo tiempo, el rostro es lo que nos prohíbe matar. [...] Rostro y discurso están ligados. El rostro habla. Habla en la medida en que es él el que hace posible y comienza todo discurso. Hace poco he rechazado la noción de visión para describir la relación auténtica con el otro; el discurso y, más exactamente, la respuesta o la responsabilidad es esa relación auténtica. [...] El "No matarás" es la primera palabra del rostro. Ahora bien, es una orden. Hay, en la aparición del rostro, un mandamiento, como si un amo me hablase. Sin embargo, al mismo tiempo, el rostro del otro está desprotegido; es el pobre por el que yo puedo todo y a quien todo debo. Y yo, quienquiera que yo sea, pero en tanto que "primera persona", soy aquél que se las apaña para hallar los recursos que respondan a la llamada."(4)

Levinas insiste así una vez más en la responsabilidad absoluta por el Otro, dado que debo cuidarlo en la vida y aún más en su muerte, apiadarme de su desvalimiento y soportar con dignidad las marcas de la castración que se reflejan en la piel desnuda y evidente del Rostro.
La ética es entendida por Levinas como responsabilidad por el Otro, responsabilidad absoluta e intransferible de la cual no debo desentenderme jamás, aunque ello me cueste la vida, y que no demanda ninguna reciprocidad. Levinas hace suyas las palabras certeras de Dostoievski: "Todos somos responsables de todo y de todos ante todos, y yo más que los otros".
Se trata en definitiva de estar junto al Otro, de acompañarlo en su dolor y de atemperar su soledad con una presencia responsable, tal como Freud lo plantea en relación con la figura del analista, quien se sitúa junto al que sufre con neutralidad ideológica, pero nunca con algún orden de abstinencia ética.
Creo empero que la entrega al Otro tiene un límite preciso, a saber: el que impone la Ley en tanto ordenamiento jurídico que regula las relaciones entre los hombres en la sociedad. La presencia del Tercero en tanto legislador, mediador, juez o testigo se hace necesaria para no caer en una política de goce dual abierta a todos los extravíos del sacrificio y del masoquismo.


Notas:

1. Reyes Mate. Memoria de Occidente. Actualidad de pensadores judíos olvidados, Barcelona, Anthropos, 1997, pp. 272-273.
2. A. Finkielkrant. La sabiduría del amor. Gedisa. Barcelona, 1993, pp. 24-25.
3. A. Finkielkrant. La sabiduría del amor. Gedisa. Barcelona, 1993, pp. 27.
4. E. Levinas, Entre nosotros. Ensayos para pensar en otro, Valencia, Pre-Textos, 1993.