Generación
y corrupción.
Michael Hardt y Antonio Negri
Extraído de:
Imperio.
Michael Hardt y Antonio Negri.
Paidós. Bs.As.,2002.
No podemos
derramar una gota de sangre estadounidense sin derramar la sangre del
mundo entero [...]. Nuestra sangre es como la corriente del Amazonas,
constituida por un millar de nobles afluentes que desembocan en un solo
cauce. No somos una nación, antes bien somos un mundo; porque,
salvo que podamos proclamar que fuimos engendrados por todo el mundo,
como Melquisedec, no tenemos ni madre ni padre [...] Nuestro linaje se
pierde en la paternidad universal [...]. Somos los herederos de todos
los tiempos y con todas las naciones dividimos nuestra herencia.
HERMAN MELVILLE
El destino ha querido que Estados Unidos esté desde ahora en adelante
en el centro de la civilización occidental, antes que en la periferia.
WALTER LIPPMANN
No hay forma de escapar al negocio estadounidense.
LOUIS FERDINAND CÉLINE
La teoría de la constitución
del imperio es también una teoría de su decadencia, como
lo han reconocido los teóricos europeos del imperio durante los
últimos miles de años. Ya en la Antigüedad grecorromana,
Tucíclides, Tácito y Polibio contaron repetidamente la secuencia
del ascenso y la caída, como lo hicieron más tarde los Padres
de la Iglesia y los teóricos de la primera cristiandad. Para ninguno
de esos autores hablar del imperio consistió sencillamente en repetir
la teoría clásica de la alternancia entre formas "positivas"
y "negativas" de gobierno, porque el imperio, por definición, supera
esta alternancia. Sin embargo, la crisis interna del concepto de imperio
sólo se hizo claramente evidente en el período de la Ilustración
y en el período de la construcción de la modernidad europea,
cuando autores tales como Montesquieu y Gibbon hicieron del problema de
la decadencia del Imperio romano uno de los principales topos del análisis
de las formas políticas del Estado soberano modernos
Ascenso y caída (Maquiavelo)
En la Antigüedad clásica, el concepto de imperio ya suponía
crisis. El imperio se concebía en el marco de una teoría
naturalista de las formas de gobierno; y, aun cuando quiebra la alternancia
cíclica de formas buenas y formas malas, no está exento
del destino de corrupción de la ciudad y la civilización
como un todo. Quien domina la historia es tyche (la Fortuna o
el Destino), que a veces inevitablemente arruina la perfección
que alcanza el imperio. Desde Tucíclides a Tácito y de Atenas
a Roma, el necesario equilibrio entre las formas de la vida común
y el mando se situó en este destino lineal. Los análisis
que ofrece Polibio del Imperio romano rompen con esta concepción
del carácter cíclico del desarrollo histórico, según
el cual la construcción humana de lo político pasa constantemente
de las formas buenas a las formas malas de la ciudad y el poder: de la
monarquía a la tiranía, de la aristocracia a la oligarquía
y de la democracia a la anarquía, y luego eventualmente comienza
un nuevo ciclo. Polibio afirmaba que el Imperio romano había quebrado
este ciclo creando una síntesis de buenas formas de poder. El imperio
se entiende, entonces, no tanto como dominio sobre el espacio y el tiempo
universales, sino más que nada como un movimiento que reúne
los espacios y las temporalidades a través de los poderes de las
fuerzas sociales que procuran liberarse del carácter cíclico
natural del tiempo de la historia. Sin embargo, superar la linea del destino
es aleatorio. La síntesis de las formas buenas de gobierno, el
gobierno de la virtud cívica, puede desafiar al destino, pero no
puede reemplazarlo. La crisis y la decadencia son determinaciones que
deben superarse cada día.
Durante la Ilustración europea, autores tales como Montesquieu
y Gibbon rechazaron la concepción naturalista de este proceso.
La decadencia del imperio se explicaba, desde el punto de vista de la
ciencia social, como la imposibilidad de hacer perdurar las construcciones
históricas y sociales de la multitud y la virtud de sus héroes.
La corrupción y la decadencia del imperio no eran un supuesto previo
natural, determinado por el destino cíclico de la historia, sino,
antes bien, un producto de la imposibilidad humana (o al menos la extrema
dificultad) de gobernar un espacio y un tiempo ilimitados. La condición
ilimitada del imperio minaba la capacidad de hacer funcionar y perdurar
las buenas instituciones. Aun así, el imperio era un fin al que
apuntaban el deseo y la virtud cívica de la multitud y sus capacidades
humanas de hacer la historia. Era una situación precaria que no
podía sustentar un espacio y un tiempo ilimitados, pero que inevitablemente
limitaba los objetivos universales de gobierno a dimensiones políticas
y sociales finitas. Los autores de la Ilustración decían
que el gobierno que se aproxime a la perfección habrá de
construirse con moderación a través de un espacio y un tiempo
limitados. Por lo tanto, entre el imperio y la realidad del mundo había
en principio una contradicción que inevitablemente engendraría
la crisis.
Maquiavelo, al retomar la concepción de los antiguos y al anticipar
la de los modernos, en realidad es quien nos ofrece la ilustración
más adecuada de la paradoja del imperio. Maquiavelo echó
luz sobre esta problemática al separarla tanto del terreno naturalizado
de los antiguos como del terreno sociológico de los modernos y
presentarla, en cambio, en el campo de la inmanencia y la política
pura. Según Maquiavelo, lo que impulsa al gobierno expansivo es
la dialéctica de las fuerzas sociales y políticas de la
república. La libertad y la expansión sólo se pueden
unir cuando las clases sociales y sus expresiones políticas se
presentan en un juego abierto y continuo de contrapoder y, por consiguiente,
sólo entonces es posible la formación del imperio. Maquiavelo
dice que no hay ningún concepto de imperio que no sea un concepto
de libertad decisivamente expansivo. Precisamente en esta dialéctica
de libertad residen los elementos de corrupción y destrucción.
Cuando Maquiavelo analiza la caída del Imperio romano, se concentra ante
todo y principalmente en la crisis de la religión civil o, más
precisamente, en la decadencia de la relación social que había
unificado las diferentes fuerzas sociales ideológicas y les había
permitido participar conjuntamente en la interacción abierta de
los contrapoderes. La religión cristiana es lo que destruyó
el Imperio romano al quebrantar la pasión civil que había
sustentado a la sociedad pagana, la participación conflictiva pero
leal de los ciudadanos en el continuo perfeccionamiento de la constitución
y el proceso de la libertad.
Por lo tanto, la idea antigua de que la corrupción era un elemento
necesario y natural de las buenas formas de gobierno fue desplazada radicalmente,
puesto que las buenas formas de gobierno sólo pueden evaluarse
respecto de la relación social y política que organizó
la constitución. La idea moderna y de la Ilustración relativa
a la crisis del espacio y el tiempo ilimitados e incontrolables fue desplazada
de un modo similar porque también ella terminó por remitirse
a la esfera del poder cívico: sólo sobre esta base es posible
evaluar el espacio y el tiempo. La alternativa no está pues entre
gobierno y corrupción o entre imperio y decadencia sino que está
entre, por un lado, el gobierno expansivo y de raíz social, es
decir, el gobierno "cívico" y "democrático" y, por el otro,
toda práctica de gobierno que base su propio poder en la trascendencia
y la represión. Debería quedar claro que, cuando hablamos
de la "ciudad" o de "democracia" entre comillas, como la base de la actividad
expansiva de la república y como la única posibilidad de
un imperio duradero, estamos introduciendo un concepto de participación
que se vincula a la vitalidad de una población y a su capacidad
de generar una dialéctica de contrapoderes: por lo tanto, estamos
presentando un concepto que tiene muy poco que ver con el concepto clásico
o moderno de democracia. Hasta los reinados de Genghis Khan y de Tamerlán
fueron de algún modo "democráticos", desde este punto de
vista, como lo fueron las legiones de César, los ejércitos
de Napoleón y los ejércitos de Stalin y Eisenhower, puesto
que todos ellos permitieron la participación de una población
que respaldaba su acción expansiva. Lo esencial en todos estos
casos y en el concepto general de imperio es que se afirmaba un terreno
de inmanencia. La inmanencia se define como la ausencia de todo límite
externo a las trayectorias de la acción de las multitudes, y la
inmanencia sólo está sometida, en sus afirmaciones y destrucciones,
a los regímenes de posibilidad que constituyen su formación
y desarrollo.
Aquí nos encontramos nuevamente en el centro de la paradoja en
virtud de la cual toda teoría del imperio concibe la posibilidad
de su propia decadencia, pero ahora comenzamos a explicarla. Si el imperio
es siempre una positividad absoluta, la realización de un gobierno
de la multitud y un aparato absolutamente inmanente, está pues
expuesto a la crisis, precisamente sobre el terreno de esta definición
y no por ninguna otra necesidad o trascendencia que se le oponga. La crisis
es el signo de una posibilidad alternativa en el plano de inmanencia,
una crisis que no es necesaria, pero que siempre es posible. Maquiavelo
nos ayuda a comprender este sentido inmanente, constituyente y ontológico
de la crisis. No obstante, sólo en la situación presente
se hace completamente evidente esta coexistencia de la crisis y el campo
de inmanencia. Puesto que las dimensiones espacial y temporal de la acción
política ya no son los límites, sino los mecanismos constructivos
del gobierno imperial, la coexistencia de lo positivo y lo negativo en
el terreno de la inmanencia se configura ahora como una alternativa abierta.
En la actualidad, los mismos movimientos y tendencias constituyen tanto
el ascenso como la decadencia del imperio.
Finis
europae (Wittgenstein)
La coexistencia del espíritu imperial y de los signos de crisis
y decadencia se manifestó de muy diversas formas en el discurso
europeo de los dos últimos siglos, a menudo como una reflexión
sobre el fin de la hegemonía europea, o bien sobre la crisis de
la democracia y el triunfo de la sociedad de masas. A lo largo de todo
este libro hemos insistido extensamente en que los gobiernos modernos
de Europa desarrollaron formas imperialistas y no imperiales. Con todo,
el concepto de imperio sobrevivió en Europa y continuamente hubo
quienes lamentaran que no fuera realidad. Los debates europeos sobre el
imperio y la decadencia nos interesan por dos razones esenciales: en primer
lugar, porque la crisis del ideal de una Europa imperial está en
el centro mismo de tales debates y, en segundo término, porque
esta crisis golpea precisamente en ese lugar secreto de la definición
del imperio donde reside el concepto de democracia. Otro elemento que
debemos tener presente aquí es el punto de vista desde el cual
se llevaron a cabo los debates: un punto de vista que interpreta el drama
histórico de la decadencia del imperio como una experiencia vivida
colectivamente. El tema de la crisis de Europa se transformó en
un discurso sobre la decadencia del imperio y se vinculó a la crisis
de la democracia, junto con las formas de conciencia y resistencia que
implica esta crisis.
Alexis de Tocqueville quizá haya sido el primero en presentar el
problema en estos términos. Su análisis de la democracia
de masas en los Estados Unidos, caracterizada por un espíritu de
iniciativa y expansión, lo llevó a reconocer amarga y proféticamente
la imposibilidad que tenían las elites europeas de continuar manteniendo
una posición de mando sobre la civilización mundial. Hegel
ya había percibido algo muy semejante: "Estados Unidos es [...] el país
del futuro y su importancia histórica mundial habrá de revelarse
todavía en los tiempos por venir [...]. Es una tierra de deseo
para todos aquellos que están hastiados del arsenal histórico
de la vieja Europa".No obstante, Tocqueville comprendió este paso
de manera mucho más profunda. La razón de la crisis de la
civilización europea y de sus prácticas imperiales estriba
en el hecho de que la virtud europea -o, en realidad, su moralidad aristocrática
organizada en las instituciones de la soberanía moderna- no puede
ingeniárselas para mantener la paz con las fuerzas vitales de la
democracia de masas.
La muerte de Dios que muchos europeos comenzaban a percibir fue en realidad
un signo de la muerte de su propio poderío planetario, que sólo
podían entender en el plano de un misticismo moderno. De Nietzsche
a Burkhardt, de Thomas Mann a Max Weber, de Spengler a Heidegger, Ortega
y Gasset y muchos otros autores que vivieron entre los siglos XIX y XX,
esta intuición llegó a ser un estribillo constante entonado
con profunda amargura. La aparición de las masas en el escenario
social y político, el agotamiento de los modelos culturales y productivos
de la modernidad, el ocaso de los proyectos imperialistas europeos y los
conflictos desatados entre las naciones sobre cuestiones relativas a la
escasez, la pobreza y la lucha de clases fueron todos elementos que emergieron
como signos de la decadencia. El nihilismo dominaba la época porque
eran tiempos sin esperanza. Nietzsche dió el diagnóstico definitivo:
"Europa está enferma" Las dos guerras mundiales que asolarían
sus territorios, el triunfo del fascismo y ahora, después del derrumbe
del estalinismo, la reaparición de los espectros más terribles
del nacionalismo y la intolerancia se erigen como las pruebas que confirman
que aquellas intuiciones en realidad eran acertadas.
Desde nuestro punto de vista, sin embargo, el hecho de que se haya formado
un nuevo imperio contra las antiguas potencias de Europa no es más
que una buena noticia. ¿Quién quiere volver a ver a aquella
borrosa y parasitaria clase dirigente europea que pasó directamente
del Anclen Régime al nacionalismo, del populismo al fascismo,
y que ahora alienta un neoliberalismo generalizado? ¿Quién
quiere continuar viendo aquellas ideologías y aquellos aparatos
burocráticos que alimentaban a las corrompidas elites europeas
y eran sus cómplices? ¿Y quién puede soportar todavía
aquellos sistemas de organización laboral y aquellas corporaciones
que arrancaban todo espíritu vital?
Nuestra tarea no consiste en lamentar la crisis de Europa, sino en reconocer
en su análisis los elementos que, aunque confirman su tendencia,
indican las posibles resistencias, los márgenes de reacción
positiva, y las alternativas del destino. A menudo estos elementos aparecieron
casi en contra de la voluntad de los teóricos de la crisis de su
propio tiempo: es una resistencia que salta hacia un tiempo futuro, hacia
un futuro real y propiamente superado, una especie de futuro perfecto.
En este sentido, a través de los análisis dolorosos de sus
causas, la crisis de la ideología europea puede revelar la definición
de recursos nuevos, abiertos. Es por ello que resulta importante seguir
el desarrollo de la crisis de Europa, porque no sólo en autores
como Nietzsche y Weber, sino también en la opinión pública
de su tiempo, la denuncia de la crisis reveló un costado positivo
extremadamente potente, que contenta las características fundamentales
del nuevo imperio mundial al que estamos entrando ahora. Los agentes de
la crisis del antiguo mundo imperial se transforman en las bases del nuevo.
La masa indiferenciada que por su mera presencia podía destruir
la tradición moderna y su poder trascendente hoy se presenta como
una potente fuerza productiva y como una fuente incontenible de valorización.
Una nueva vitalidad, casi como las fuerzas bárbaras que enterraron
a Roma, reanima los campos de inmanencia que la muerte del Dios europeo
nos dejó como horizonte. Toda teoría de la crisis del hombre
europeo y de la decadencia de la idea del imperio europeo es de algún
modo un síntoma de la nueva fuerza vital de la multitud o, como
preferimos decir nosotros, del deseo de la multitud. Nietzsche declaró
esto desde lo alto de la montaña: "He absorbido en mi interior
el espíritu de Europa; ¡ahora quiero tomar represalia!".Superar
la modernidad significa superar las barreras y la trascendencia del eurocentrismo
y conduce a adoptar definitivamente el campo de la inmanencia como el
terreno exclusivo de la teoría y la práctica de la política.
En los años posteriores al estallido de la Primera Guerra Mundial,
quienes hablan participado de la gran masacre trataron desesperadamente
de comprender y controlar la crisis. Consideremos los testimonios de Franz
Rosenzweig y de Walter Benjamín. Para ambos, la experiencia de
la crisis sólo podía liberarse mediante un mecanismo que
fuera una especie de escatología secular. Después de la
experiencia histórica de la guerra y la desdicha y también
quizá con una intuición del holocausto que sobrevendría,
ambos trataron de descubrir una esperanza y una luz de redención.
Con todo, este intento no logró escapar de la potente resaca de
la dialéctica. Ciertamente, la dialéctica, aquella maldita
dialéctica que había ungido y mantenido unidos los valores europeos,
había sido vaciada desde dentro y ahora se definía en términos
completamente negativos. Sin embargo, el escenario apocalíptico
en el cual buscaba liberación y redención este misticismo
todavía estaba demasiado implicado en la crisis. Benjamín
lo reconoció amargamente: "El pasado trae consigo un índice temporal
mediante el cual se le atribuye la redención. Hay un secreto acuerdo
entre las generaciones pasadas y las presentes. Nuestro advenimiento era
esperado en la tierra. Como cada generación que nos precedió,
fuimos dotados de un débil poder mesiánico, un poder sobre
el cual el pasado reclama su derecho".
Esta experiencia teórica surge precisamente cuando la crisis de
la modernidad se manifiesta con mayor intensidad. En este mismo terreno
otros autores intentaron romper con lo que quedaba de la dialéctica
y sus poderes de supeditación. No obstante, nos parece que ni siquiera
los pensadores más profundos del momento pudieron romper con la
dialéctica y la crisis. En Max Weber, la crisis de la soberanía
y la legitimidad sólo puede resolverse recurriendo a las figuras
irracionales del carisma. En Carl Schmitt, el horizonte de las prácticas
soberanas sólo puede despejarse recurriendo a la "decisión".
Sin embargo, una dialéctica irracional no puede resolver, ni siquiera
puede atenuar, la crisis de la realidades Y la potente sombra de una dialéctica
esteticista se desliza hasta en la noción de Heidegger de una función
pastoral sobre un ser disperso y fragmentado.
A quienes más debemos los enfoques que aclaran realmente este escenario
es a los diversos filósofos franceses que hicieron una relectura
de Nietzsche varios decenios más tarde, en la década de
1960. Esa relectura implicó una reorientación del punto
de vista de la crítica, que se produjo cuando estos autores comenzaron
a reconocer el fin del funcionamiento de la dialéctica y cuando
ese reconocimiento se vió confirmado en las nuevas experiencias
prácticas y políticas que se concentraron en la producción
de la subjetividad. Ésta fue una producción de subjetividad
entendida como poder, como la constitución de una autonomía
que no podía reducirse a ninguna síntesis abstracta o trascendentes.
Ya no era la dialéctica, sino la denegación, la resistencia,
la violencia y la afirmación positiva del ser lo que marcaba la
relación entre la localización de la crisis en la realidad
y la respuesta adecuada. Lo que en el medio de la crisis de la década
de 1920 apareció como la trascendencia contra la historia, la redención
contra la corrupción y el mesianismo contra el nihilismo, ahora
se construía como una posición ontológicamente categórica
de estar afuera y en contra y, por lo tanto, más allá de
todo residuo posible de la dialéctica. Éste era un nuevo
materialismo que negaba todo elemento trascendente y constituía
una reorientación radical del espíritu.
Para poder comprender la profundidad de este paso, haríamos bien
en concentrarnos en la conciencia y la anticipación que tuvo de
él el pensamiento de Ludwig Wittgenstein. Los primeros escritos
de Wittgenstein dieron nueva vida a los temas dominantes del pensamiento
europeo de comienzos del siglo XX: la condición de vivir en un
desierto de sentido y de búsqueda de significación, la coexistencia
de un misticismo de la totalidad y de la tendencia ontológica a
la producción de subjetividad. Wittgenstein separaba de toda contingencia
la historia contemporánea y su drama, que habían sido arrancados
de toda dialéctica. La historia y la experiencia se transformaron
en el escenario de una refundación materialista y tautológica
del sujeto, en un intento desesperado de encontrar coherencia en la crisis.
En medio de la Primera Guerra Mundial, Wittgenstein escribió: "El
modo como todo discurre es Dios. Dios es el modo como todo discurre. Sólo
de la consciencia de la unicidad de mi vida surgen religión -ciencia-
y arte". Y además: "Esta conciencia es la vida misma. ¿Puede
haber una ética aun cuando no haya un ser vivo fuera de mí
mismo? ¿Puede haber alguna ética si no hay ningún otro
ser vivo aparte de mi mismo? Si se supone que la ética es algo
fundamental, puede haberla. Si soy justo, entonces para el juicio ético
no basta con que exista un mundo dado. Luego, el mundo en si mismo no
es ni bueno ni malo [...]. El bien y el mal sólo entran en él
a través del sujeto. Y el sujeto no es parte del mundo, sino que
es un límite del mundo". Wittgenstein denuncia el Dios de la guerra
y el desierto de las cosas en el cual el bien y el mal ahora son indistinguibles,
situando el mundo en el límite de la subjetividad tautológica:
"Aquí podemos ver que, si se lo medita estrictamente, el solipsismo
coincide con el puro realismo". sin embargo, este límite es creativo.
La alternativa está completamente dada cuando, y sólo cuando,
la subjetividad se plantea fuera del mundo: "Mis proposiciones sirven
como elucidaciones del modo siguiente: cualquiera que me comprende eventualmente
reconoce que son disparatadas, una vez que ya las ha empleado -como peldaños-
para saltar por encima de ellas. (Debe, por así decirlo, empujar
la escalera después de haberla utilizado para saltar.) Debe trascender
estas proposiciones y luego verá correctamente el mundo". Wittgenstein
reconoce el fin de toda dialéctica posible y de todo sentido que
resida en la lógica del mundo y no en su superación marginal,
subjetiva.
La trayectoria trágica de esta experiencia filosófica nos
permite captar aquellos elementos que hicieron de la percepción
de la crisis de la modernidad y de la decadencia de la idea de Europa
una condición (negativa pero necesaria) de la definición
del imperio en ciernes. Estos autores eran voces que gritaban en el desierto.
Parte de esta generación terminaría recluida en los campos
de exterminio. Otros perpetuarían la crisis a través de
una fe ilusoria en la modernización soviética. Algunos otros,
un grupo significativo de estos autores, huiría a América.
Eran realmente voces que clamaban en el desierto, pero sus escasas y singulares
anticipaciones de la vida en el desierto nos proporcionan los medios para
reflexionar sobre las posibilidades que tienen las multitudes en la nueva
realidad del imperio posmoderno. Aquellos autores fueron los primeros
en definir la condición de la completa desterritorialización
que produciría la llegada del imperio y estaban situados en ella exactamente
en la misma posición en que se encuentran hoy las multitudes. La
negativa, el repudio a toda participación, el descubrimiento de
un vacío que lo invade todo: esto significa situarse perentoriamente
en una realidad imperial que se define en virtud de la crisis. El imperio
es el desierto y en este punto la crisis ya no puede distinguirse de la
tendencia de la historia. Mientras en el mundo antiguo la crisis imperial
se concebía como el producto de una historia cíclica natural
y mientras en el mundo moderno se la definía mediante una serie
de apodos de tiempo y espacio, ahora las figuras de la crisis y las prácticas
del imperio se han vuelto indistinguibles. Los teóricos de la crisis
del siglo XX nos enseñan, sin embargo, que en este espacio desterritorializado
y eterno donde se construye el nuevo imperio y en este desierto de significación,
el testimonio de la crisis puede avanzar hacia la realización de
un sujeto singular y colectivo, hacia los poderes de las multitudes. Éstas
han internalizado la falta de un lugar y un tiempo fijo; son móviles
y flexibles y conciben el futuro como una totalidad de posibilidades que
se ramifican en todas las direcciones. El universo imperial que se ha
formado, ciego a la significación, está colmado por la totalidad
variadísima de la producción de subjetividad. La decadencia
no es ya un destino futuro, sino que es la realidad presente del imperio.
América,
América.
La huida de los intelectuales europeos a los Estados Unidos fue un intento
de redescubrir un lugar perdido. La democracia estadounidense, ¿no
estaba fundada acaso en la democracia del éxodo, en los valores
afirmativos y no dialécticos, en el pluralismo y la libertad? Estos
valores, ¿no recreaban perpetuamente, junto con la noción
de nuevas fronteras, la expansión de esta base democrática,
más allá de todo obstáculo abstracto de nación,
etnia y religión? Esta música sonaba a veces en una forma
elevada, como en el caso del proyecto de la "Pax Americana" proclamada
por los líderes liberales, y a veces en una forma más elemental,
representada por el sueño americano de la movilidad social y la
igualdad de oportunidades de riqueza y libertad para toda persona honesta,
en suma, el "americen way of life". El proyecto del New Deal
para superar la crisis mundial de la década de 1930, tan diferente
y tanto más liberal que los proyectos políticos y culturales
europeos destinados a afrontar la crisis, respaldaba esta concepción
del ideal estadounidense. Cuando Hannah Arendt afirmaba que la revolución
estadounidense era superior a la francesa porque la estadounidense era
una búsqueda ilimitada de libertad política, en tanto que
la francesa no fue más que una lucha limitada por la escasez y
la desigualdad, no sólo estaba ensalzando un ideal de libertad
que los europeos ya no conocían; estaba además reterritorializándolo
en los Estados Unidos. En cierto sentido, parecía como si se hubiese
quebrado la continuidad que había existido entre la historia de Europa
y la de los Estados Unidos y que este último país se hubiera
embarcado en una travesía diferente; pero, en realidad, para aquellos
europeos, los Estados Unidos representaban la resurrección de una
idea de libertad que Europa había perdido.
Desde el punto de vista de una Europa en crisis, los Estados Unidos, el
"imperio de la libertad" de Jefferson, representaban la renovación
de la idea imperial. Los grandes escritores estadounidenses del siglo
XIX habían cantado las dimensiones épicas de la libertad del nuevo
continente. En Whitman, el naturalismo llega a ser afirmativo y en Melville
el realismo se vuelve vehemente. Un lugar de América se había territorializado
en nombre de una Constitución de la libertad y, al mismo tiempo,
se desterritorializaba continuamente mediante la apertura de fronteras
y el éxodo. Los grandes filósofos estadounidenses, de Emerson
a Whitehead y Pierce, abrieron el hegelianismo (en realidad, la apología
de una Europa imperial) a las corrientes espirituales de un proceso nuevo
e inmenso, determinado e ilimitados
Los europeos en crisis se dejaban seducir por estos cantos de sirenas
de un nuevo imperio. Tanto el americanismo como el antiamericanismo europeos
del siglo XX son manifestaciones de la difícil relación
que mantenían los europeos en crisis con el proyecto imperial de
los Estados Unidos. La utopia estadounidense fue recibida de muchas maneras
diferentes, pero en toda la Europa del siglo XX hizo las veces de punto
de referencia central. La continua preocupación se manifestaba
tanto en la desazón provocada por la crisis como en el espíritu
de las vanguardias; en otras palabras, a través de la autodestrucción
de la modernidad y la voluntad indeterminada pero incontenible de innovación
que impulsó la última ola de los grandes movimientos culturales
europeos, desde el expresionismo y el futurismo al cubismo y el abstraccionismo.
La historia militar del doble rescate de Europa por parte de las fuerzas
armadas estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial tuvo su versión
paralela en otro rescate efectuado en el plano político y cultural.
La hegemonía estadounidense sobre Europa, que se basaba en estructuras
financieras, económicas y militares, se presentaba como algo natural
a través de una serie de operaciones culturales e ideológicas.
Consideremos, por ejemplo, cómo se desplazaron el centro de la
producción artística y la idea de arte moderno de Paris
a Nueva York en los años inmediatamente posteriores a la Segunda
Guerra Mundial. Serge Guilbaut narra la fascinante historia de cómo,
cuando la guerra y la ocupación nazi habían desbaratado por completo
el escenario artístico parisino, y en medio de una campaña
ideológica para promover el rol de líder de los Estados
Unidos en el mundo de posguerra, el expresionismo abstracto de artistas
neoyorquinos tales como Jackson Pollock y Robert Motherwell se presentaba
como la continuación natural y el heredero del modernismo europeo
y específicamente parisino. Nueva York robó la idea del
arte moderno.
El arte estadounidense se describía pues como la culminación
lógica de una tendencia inexorable y de largo aliento hacia la
abstracción. Una vez que la cultura estadounidense fue elevada
al rango de modelo internacional, cambió la significación
de lo que era específicamente estadounidense: lo que había
sido característicamente estadounidense se volvió representativo
de la "cultura occidental" en su conjunto. De este modo, el arte estadounidense
pasó de ser un arte regional a convertirse en arte internacional
y luego en arte universal [...]. En este sentido, la cultura estadounidense
de posguerra fue puesta en un mismo pie de igualdad con la fuerza económica
y militar de los Estados Unidos: se la hizo responsable de la supervivencia
de las libertades democráticas en el mundo "libre". Este fenómeno
de la historia de la producción artística y, lo que es más
importante, de la crítica de arte, no es más que un aspecto de
la multifacética operación ideológica que presenta
la hegemonía global de los Estados Unidos como la consecuencia
natural e inevitable de la crisis de Europa.
Paradójicamente, aun los feroces nacionalismos europeos, que provocaron
los conflictos más violentos durante la primera mitad del siglo,
finalmente fueron desplazados por una competencia para ver quién
podía expresar mejor un profundo americanismo. La Unión
Soviética de Lenin es en realidad la que puede haber oído
más claramente el canto de sirenas del americanismo. El desafío
era repetir los resultados del capitalismo, que había alcanzado
su pináculo en los Estados Unidos. Los soviéticos criticaban
los medios empleados por los Estados Unidos y sostenían, en cambio,
que el socialismo podía lograr los mismos resultados con más
eficiencia trabajando tenazmente y sacrificando la libertad. Esta terrible
ambigüedad también recorre la totalidad de los escritos de
Gramsci sobre el americanismo y el fordismo, que constituyen algunos de
los textos fundamentales para comprender el problema estadounidense desde
el punto de vista europeo. Gramsci veía a los Estados Unidos, con
su combinación de nuevas formas tayloristas de organización
del trabajo y con su poderosa voluntad capitalista de dominar, como el
punto de referencia inevitable para el futuro: aquél era el único
cambio posible hacia el desarrollo. Para Gramsci, la cuestión consistía
pues en comprender si la revolución sería activa (como la de la
Rusia soviética) o pasiva (como en la Italia fascista). La consonancia
entre el americanismo y el socialismo de Estado debería ser evidente,
pues a lo largo de toda la guerra fría ambos siguieron caminos
paralelos hacia el desarrollo a uno y otro lado del Atlántico,
lo cual finalmente los condujo a competir peligrosamente por la exploración
del espacio y las armas nucleares. Estos derroteros paralelos sencillamente
destacan el hecho de que cierto americanismo había penetrado hasta en
el corazón mismo de su adversario más acérrimo. Los
desarrollos que tuvieron lugar en Rusia durante el siglo XX fueron hasta
cierto punto un microcosmos de los que se produjeron en Europa.
La negativa europea a reconocer conscientemente su decadencia a menudo
se tradujo en la actitud de proyectar su crisis en la utopía estadounidense.
Esa proyección se extendió durante mucho tiempo, tanto como
duró la necesidad y la premura por redescubrir un sitio de libertad
que pudiera continuar la visión teleológica, cuya expresión
más elevada quizás sea el historicismo de Hegel. Las paradojas
de esta proyección se multiplicaron hasta tal punto que la conciencia
europea, al tener que afrontar su innegable e irreversible decadencia,
reaccionó yendo al otro extremo: el sitio principal de competencia,
que había afirmado y repetido el poder formal de la utopia estadounidense,
se convertía ahora en su completo reverso. La Rusia de Solzhenitsyn
llegó a ser el negativo absoluto de las imágenes más
caricaturescas y apologéticas de la utopia estadounidense al estilo
de Arnold Toynbee. No debería sorprender que las ideologías del
fin de la historia, que son tan evolutivas como posmodernas, parezcan
completar este embrollo ideológico. El imperio estadounidense pondrá
fin a la historia.
No obstante, sabemos que esta idea del imperio estadounidense como la
redención de la utopia es completamente ilusoria. Ante todo, el
imperio actual no es estadounidense y los Estados Unidos no son el centro.
El principio fundamental del imperio, como lo hemos indicado a lo largo
de todo este libro, es que su poder no tiene un terreno ni un centro reales
y localizables. El poder imperial se distribuye en redes, mediante mecanismos
de control móviles y articulados. Esto no equivale a decir que
el gobierno de los Estados Unidos y el territorio estadounidense no sean
diferentes de cualquier otro: los Estados Unidos ocupan ciertamente una
posición privilegiada en las segmentaciones y jerarquías
globales del imperio. No obstante, a medida que decaen los poderes y las
fronteras de los Estados-nación, las diferencias entre los territorios
nacionales se hacen cada vez más relativas. Ahora ya no son diferencias
de naturaleza (como lo eran, por ejemplo, las diferencias entre el territorio
de la metrópoli y el de la colonia) sino que son diferencias de
grado.
Además, los Estados Unidos no pueden rectificar o redimir la crisis
y la decadencia del imperio. Los Estados Unidos no son el lugar adonde
los europeos o hasta el sujeto moderno pueden huir para resolver el malestar
y la infelicidad: tal lugar no existe. El medio de superar la crisis es
el desplazamiento ontológico del sujeto. El cambio más importante
tiene lugar pues en el seno de la humanidad, puesto que con el fin de
la modernidad también termina la esperanza de encontrar algo que
pueda identificar al sí mismo fuera de la comunidad, fuera de la
cooperación y fuera de las relaciones críticas y contradictorias
que cada persona encuentra en un no lugar, es decir, en el mundo y las
multitudes. Aquí reaparece la idea del imperio, pero no la idea
del imperio entendido como un territorio, ni como las dimensiones determinadas
del tiempo y el espacio, ni desde el punto de vista de un pueblo y su
historia, sino meramente como la urdimbre de una dimensión humana
ontológica que tiende a hacerse universal.
La crisis.
La posmodernización y el paso al imperio implican una auténtica
convergencia de las esferas que solían designarse como la "base"
y la "superestructura". El imperio cobra forma cuando el lenguaje y la
comunicación o, mejor dicho, cuando el trabajo inmaterial y la
cooperación llegan a ser la fuerza productiva dominante. La superestructura
se pone en marcha y el universo en el que vivimos es un universo de redes
lingüísticas productivas. Las lineas de producción
y las líneas de representación se cruzan y se combinan en
el mismo dominio lingüístico y productivo. En este contexto,
la distinción que define las categorías centrales de la
economía política tiende a desdibujarse. La producción
se hace indistinguible de la reproducción; las fuerzas productivas
se fusionan con las relaciones de producción; el capital constante
tiende a constituirse dentro del capital variable y a ser representado
por él, en los cerebros, los cuerpos y la cooperación de
los sujetos productivos. Los sujetos sociales son simultáneamente
productores y productos de esta máquina unitaria. De modo tal que,
en esta nueva formación histórica, ya no es posible identificar
un signo, un sujeto, un valor o una práctica que estén "afuera".
Aun así, la formación de esta totalidad no elimina la explotación.
Antes bien, la redefine, principalmente en relación con la comunicación
y la cooperación. La explotación es la expropiación
de la cooperación y la anulación de las significaciones
de la producción lingüística. En consecuencia, en el
imperio continuamente emergen las resistencias a la autoridad. Los antagonismos
a la explotación se articulan a través de las redes globales
de producción y determinan crisis en todos y cada uno de sus nodos.
La crisis se extiende en coincidencia con la totalidad posmoderna de la
producción capitalista; es propia del control imperial. En este
sentido, la decadencia y caída del imperio no se definen como un
movimiento diacrónico, sino como una realidad sincrónica.
La crisis atraviesa cada momento del desarrollo y la recomposición
de la totalidad.
Con la subsunción real de la sociedad bajo el dominio del capital,
los antagonismos sociales pueden generar conflicto en todo momento y en
todo término de la producción y el intercambio comunicativo.
El capital se ha transformado en un mundo. El valor de uso y todas las
demás referencias a los valores y los procesos de valorización
que se concebían como exteriores al modo capitalista de producción
se han desvanecido progresivamente. La subjetividad está inmersa
por entero en el intercambio y el lenguaje, pero esto no significa que
ahora sea pacífica. El desarrollo tecnológico basado en
la generalización de las relaciones comunicativas de producción
es un motor de la crisis y el intelecto general productivo es un nido
de antagonismos. La crisis y la decadencia no se refieren a algo externo
al imperio, sino a su parte más intima. Corresponden a la producción
de subjetividad misma y, por lo tanto, son al mismo tiempo inherentes
y contrarios a los procesos de la reproducción del imperio. La
crisis y la decadencia no son ni un cimiento oculto ni un futuro ominoso;
constituyen una realidad clara y evidente, un acontecimiento siempre esperado,
una latencia que está siempre presente.
Es medianoche en una noche de espectros. Tanto el nuevo reinado del imperio
como la nueva creatividad inmaterial y cooperativa de las multitudes se
mueven en las sombras y nada logra iluminar el destino que tenemos por
delante. Sin embargo, hemos adquirido un nuevo punto de referencia (y
tal vez mañana adquiramos una nueva conciencia) que consiste en
el hecho de que el imperio se define en virtud de la crisis, que su decadencia
siempre ha comenzado ya, y que, en consecuencia, toda linea de antagonismo
conduce hacia el acontecimiento y la singularidad. ¿Significa esto,
en la práctica, que la crisis es inmanente al imperio e indiscernible
de él? En esta noche oscura, ¿es posible teorizar positivamente
y definir una práctica del acontecimiento?
La generación.
Hay dos obstáculos que nos impiden responder inmediatamente a estas
preguntas. El primero lo presenta el poder despótico de la metafísica
burguesa y, específicamente, la engañosa idea ampliamente
difundida de que el mercado capitalista y el régimen capitalista
de producción son eternos e insuperables. La extravagante naturalidad
del capitalismo es una falsificación pura y simple y debemos desengañarnos
inmediatamente. El segundo impedimento está representado por las
numerosas posiciones teóricas que no ven ninguna otra alternativa
a la forma actual de dominio salvo una forma anárquica y ciega
y que, por lo tanto, participan del misticismo del límite. Desde esta
perspectiva ideológica, el sufrimiento de la existencia no puede
llegar a articularse, volverse consciente y establecer un punto de vista
de sublevación. Esta posición teórica no conduce
más que a una actitud cínica y a prácticas paralizantes.
El engaño sobre la condición natural del capitalismo y la
radicalidad del límite en realidad mantienen una relación de complementariedad.
Su complicidad se expresa en una impotencia agotadora. El hecho es que
ninguna de estas posiciones, ni la apologética ni la mística,
logran captar el aspecto primario del orden biopolítico: su productividad.
No pueden interpretar los poderes virtuales de la multitud que tienden
constantemente a hacerse posibles y reales. En suma, perdieron el hilo
de la productividad fundamental del ser.
Sólo podemos responder a la pregunta sobre cómo salir de
la crisis descendiendo al nivel de la virtualidad biopolítica,
enriquecida por los procesos singulares y creativos de la producción
de subjetividad. Sin embargo, ¿cómo lograr la ruptura y la
innovación en el horizonte absoluto en el que estamos inmersos,
en un mundo en el que los valores parecen haberse ahogado en un vacío
de significación y de falta de toda medida? aquíno es necesario
volver a hacer una descripción del deseo y sus excesos ontológicos
ni insistir otra vez en la dimensión del "más allá".
Basta con señalar la determinación generadora del deseo
y, por lo tanto, su productividad. En efecto, la absoluta mixtura de lo
político, lo social y lo económico en la constitución
del presente revela un espacio biopolítico que explica -mucho mejor
que la utopía nostálgica del espacio político propuesta
por Hannah Arendt- la capacidad del deseo para hacer frente a la crisis.
Así, todo el horizonte conceptual queda enteramente redefinido.
Lo biopolítico, observado desde el punto de vista del deseo, no
es otra cosa que la producción concreta, la colectividad humana
en acción. El deseo aparece aquí como espacio productivo,
como la concreción de la cooperación humana en la construcción
de la historia. Esta producción es para y sencillamente reproducción
humana, el poder de generación. La producción deseante es
generación o, mejor dicho, el excedente de trabajo y la acumulación
de un poder incorporado en el movimiento colectivo de esencias singulares,
tanto su causa como su realización.
Cuando nuestro análisis se sitúa firmemente en el mundo
biopolítico, donde coinciden la producción y reproducción
social, económica y política, la perspectiva ontológica
y la perspectiva antropológica tienden a superponerse. El imperio
pretende ser el amo de ese mundo porque puede destruirlo. ¡Qué
horrible engaño! En realidad, nosotros somos los amos del mundo
porque nuestro deseo y nuestro trabajo lo regeneran continuamente. El
mundo biopolítico es un entrelazamiento inagotable de acciones
generadoras, cuyo motor es lo colectivo (entendido como punto de reunión
de singularidades). Ninguna metafísica, salvo alguna delirante,
puede proponer una humanidad aislada e impotente. Ninguna ontología,
salvo alguna trascendente, puede reducir la humanidad a la individualidad.
Ninguna antropología, salvo una patológica, puede definir
la humanidad como una fuerza negativa. La generación, ese primer
dato de la metafísica, la ontología y la antropología,
es un mecanismo o un aparato colectivo de deseo. El devenir biopolítico
alaba esta "primera" dimensión en términos absolutos.
Esta nueva realidad obliga a la teoría política a redefinirse
radicalmente. En la sociedad biopolítica, por ejemplo, ya no puede
emplearse el miedo, según proponía Hobbes, como el motor
exclusivo de la constitución contractual de la política,
negando así el amor de la multitud. O, para decirlo más
precisamente, en la sociedad biopolítica, la decisión del
soberano nunca puede negar el deseo de las masas. Si hoy se emplearan
aquellas estrategias modernas fundadoras de la soberanía, con las
oposiciones que determinan, el mundo se detendría porque ya no
sería posible la generación. Para que ésta tenga lugar,
lo político tiene que rendirse al amor y al deseo, lo cual significa
rendirse a las fuerzas fundamentales de la producción biopolítica.
Lo político no es lo que hoy nos enseña el maquiavelismo
cínico de los políticos; antes bien, es lo que nos dice
el Maquiavelo democrático: el poder de generación, deseo
y amor. La teoría política debe reorientarse de acuerdo
con este lineamiento y adoptar el lenguaje de la generación.
La generación es el primum del mundo biopolítico del imperio.
El biopoder -un horizonte de la hibridación de lo natural y lo
artificial, las necesidades y las máquinas, el deseo y la organización
colectiva de lo económico y lo social- debe regenerarse continuamente
para poder existir. La generación está allí, antes
que cualquier otra cosa, como base y como motor de producción y
reproducción. La conexión generadora da sentido a la comunicación
y cualquier modelo de comunicación (cotidiana, filosófica
o política) que no responda a esta primacía es falso. Las
relaciones sociales y políticas del imperio registran esta fase
del desarrollo de la producción e interpretan la biosfera generadora
y productiva. Hemos alcanzado así un límite de la virtualidad de
la subsunción real de la sociedad productiva bajo el dominio del
capital, pero precisamente en este límite se revelan con toda su fuerza
la posibilidad de generación y la fuerza colectiva del deseo.
La
corrupción.
En oposición a la generación, se presenta la corrupción.
Lejos de ser el complemento necesario de la generación, como querrían
las diversas corrientes platónicas de la filosofía, la corrupción
es sencillamente su mera negación. La corrupción rompe la
cadena del deseo e impide que continúe extendiéndose a través
del horizonte biopolítico de la producción. Construye agujeros
negros y vacíos ontológicos en la vida de la multitud que
ni la ciencia política más perversa puede camuflar. La corrupción,
contraria al deseo, no es un motor ontológico, sino simplemente
la falta de un fundamento ontológico de las prácticas biopolíticas
del ser.
En el imperio, la corrupción está en todas partes. Es la
piedra angular y la clave de la dominación. Reside, adoptando diferentes
formas, en el gobierno supremo del imperio y sus administraciones vasallas,
en las fuerzas policiales administrativas más refinadas y las más
corruptas, en los lobbies de las clases dirigentes, en las mafias de grupos
sociales emergentes, en las iglesias y las sectas, en los perpetradores
y perseguidores del escándalo, en los grandes conglomerados financieros
y las transacciones económicas de todos los días. A través
de la corrupción, el poder imperial extiende una pantalla de humo
a lo largo del mundo y ejerce su dominio sobre la multitud en medio de
esta nube pútrida, en ausencia de la luz y la verdad.
Reconocer la corrupción e identificar la vacuidad de la niebla
de indiferencia que el poder extiende a través del mundo no es
ningún misterio. En realidad, la capacidad para reconocer la corrupción
es, para emplear una frase de Descartes, "la faculté la mieux partugée
du monde", la facultad más ampliamente compartida en el mundo.
La corrupción es fácil de percibir porque aparece inmediatamente
como una forma de violencia, como un insulto. Y en realidad es un insulto:
la corrupción es en verdad el signo de la imposibilidad de vincular
el poder al valor y su denuncia es pues una intuición directa de
la falta de ser. La corrupción es lo que separa a un cuerpo y a
un espíritu de lo que pueden hacer. Puesto que en el mundo biopolítico
el conocimiento y la existencia siempre consisten en una producción
de valor, esta falta de ser se manifiesta como una herida, un deseo de
muerte del individuo social, un violento desprendimiento del mundo.
La corrupción adquiere formas tan numerosas que tratar de mencionarlas
todas es como tratar de meter el mar en un vaso. Sin embargo, trataremos
de dar unos pocos ejemplos, aun cuando de ningún modo puedan servirnos
para representar la totalidad. En primer lugar, existe la corrupción
como una decisión individual que se opone a la comunidad y solidaridad
fundamentales definidas por la producción biopolítica y
las viola. Esta pequeña violencia cotidiana del poder es una corrupción
al estilo de la mafia. En segundo lugar, existe la corrupción del
orden productivo o, más precisamente, la explotación. Ésta
incluye la expropiación de los valores que derivan de la cooperación
colectiva de los trabajadores y la privatización de lo que, en
el plano biopolítico, ab origine era público. El capitalismo
está completamente implicado en esta corrupción de privatización.
Como dice San Agustín, los grandes reinos no son más que
las proyecciones ampliadas de los pequeños ladronzuelos. Sin embargo,
San Agustín de Hipona, tan realista en esta concepción pesimista
del poder, quedaría completamente perplejo ante los ladronzuelos
actuales del poder monetario y financiero. Realmente, cuando el capitalismo
pierde su relación con el valor (como medida de la explotación
individual y también como norma de progreso colectivo) se manifiesta
inmediatamente como corrupción. La secuencia gradualmente más
abstracta de su funcionamiento (de la acumulación del valor excedente
a la especulación monetaria y financiera) ha demostrado ser una
firme marcha hacia la corrupción generalizada. Si el capitalismo
es por definición un sistema de corrupción, mantenido sin
embargo, como en la fábula de Mandeville, por su habilidad cooperativa
y redimido, de acuerdo con todas sus ideologías de derecha y de
izquierda, por su función progresista, cuando desaparece la medida
y el telos progresista se derrumba, no queda nada esencial del capitalismo,
salvo la corrupción. En tercer lugar, la corrupción se presenta
en el funcionamiento de la ideología o, dicho de otro modo, en
la perversión de los sentidos de la comunicación lingüística.
En este caso, la corrupción se introduce en la esfera biopolítica,
ataca sus nodos productivos y obstruye sus procesos generadores. Este
ataque se hace manifiesto, en cuarto lugar, cuando en las prácticas
del gobierno imperial la amenaza del terror llega a ser un arma para resolver
conflictos limitados o regionales y se convierte en un aparato al servicio
del desarrollo imperial. En este caso, el mando imperial aparece disfrazado
alternativamente como corrupción o como destrucción, casi
como si quisiera revelar la profunda necesidad que tiene la primera de
la segunda y viceversa. Las dos bailan juntas sobre el abismo, sobre la
carencia imperial de ser.
Estos ejemplos de corrupción podrían multiplicarse hasta
el infinito, pero en la base de todas estas formas de corrupción
hay una operación de anulación ontológica que se
define y se ejerce como la destrucción de la esencia singular de
la multitud. Éstas debe unificarse o segmentarse en diferentes
unidades: así es como debe corromperse la multitud. Es por ello
que los conceptos antiguo y moderno de corrupción no pueden traducirse
directamente a la noción posmoderna de corrupción. Mientras
en los tiempos antiguos y modernos la corrupción se definía
sobre la base de los esquemas y/o las relaciones de valor y se demostraba
como una falsificación de ellos, de modo tal que a veces podía
desempeñar una función en el cambio entre las formas de
gobierno y la restauración de los valores, hoy, en cambio, la corrupción
no puede desempeñar ningún papel en ninguna transformación
de las formas de gobierno porque la corrupción misma es la sustancia
y la totalidad del imperio. La corrupción es el ejercicio puro
de la autoridad, sin ninguna referencia proporcionada o adaptada al mundo
de la vida. Es un mando que apunta a destruir la singularidad de la multitud
mediante su unificación coercitiva y/o su cruel segmentación.
Ésta es la razón por la cual el imperio necesariamente decae
en el momento mismo de su ascenso.
Esta figura negativa de dominio sobre el biopoder productivo es aún
más paradójica cuando se la observa desde la perspectiva
de la corporalidad. La generación biopolítica transforma
directamente los cuerpos de las masas. Éstos son, como ya vimos,
cuerpos enriquecidos con la fuerza intelectual y cooperativa y cuerpos
que ya son híbridos. De modo que lo que nos ofrece la generación
en la posmodernidad son cuerpos que están "más allá
de toda medida". En este contexto, la corrupción aparece sencillamente
como enfermedad, frustración y mutilación. Así obró
siempre el poder contra los cuerpos enriquecidos. La corrupción
también se presenta como psicosis, narcóticos, congoja y
aburrimiento, pero también esto existió siempre a lo largo
de la modernidad y en las sociedades disciplinarias. La especificidad
de la corrupción actual es en cambio la ruptura de la comunidad
de cuerpos singulares y el obstáculo a su acción: una ruptura
de la comunidad biopolítica productiva y un impedimento a su vida.
Aquí nos hallamos pues ante una paradoja. El imperio reconoce el
hecho de que, en cooperación, los cuerpos producen más y
que en comunidad los cuerpos gozan más y además se beneficia
con ello, pero tiene que obstruir y controlar esa autonomía cooperativa
para evitar que ésta lo destruya. La corrupción opera con
el objeto de impedir que los cuerpos se desplieguen "más allá
de toda medida" a través de la comunidad, para impedir esta universalización
singular del nuevo poder de los cuerpos que amenaza la existencia misma
del imperio. La paradoja no puede resolverse: cuanto más rico se
hace el mundo, tanto más debe el imperio negar las condiciones
de la producción de riqueza a pesar de basarse precisamente en
esa riqueza. Nuestra tarea es investigar cómo finalmente puede
obligarse a la corrupción a ceder su control a la generación.
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