Modos
de acceso a la articulación entre derecho y psicoanálisis.
Enrique E. Marí
Extraído de:
Revista de psicoanálisis.
Número especial internacional Nº8, 2001.
Asociación Psicoanalítica Argentina
Platón: "(Las
cuatro formas del delirio inspirado por los dioses): Sócrates...
Pero el hecho es que, entre nuestros bienes, los más grandes son
aquellos que recibimos por intermedio de un delirio, del que ciertamente
nos dota un don divino. En efecto, tanto la profetisa de Dedos como las
sacerdotisas de Dodona, es en su estado de delirio que han hecho a la
Hélade, privada y públicamente, muchos beneficios evidentes,
en tanto que en el de cordura, pocos o ninguno".
Fedro (244 a-b)
"Agreed, but what do jurist
have to do with the brain?"
Sachse G. ( 1955)
El modelo propuesto por
Pierre Legendre (1)
Desde los primeros trabajos de Pierre Legendre
se fue abriendo camino un proyecto que lo tuvo como inspirador básico:
investigar los lazos teóricos que vinculan al derecho y el psicoanálisis.
En sus textos, Legendre puso siempre de manifiesto la necesidad de aclarar
la relación entre estas dos disciplinas, aparentemente muy alejadas
la una de la otra, pero acicateadas por el mismo problema: el de los fundamentos
genealógicos gracias a los cuales el hombre se encuentra matriculado
en sociedad, y esta sociedad arrimada a la especie. Lo que plantea Legendre
es un caso patente de interdisciplinariedad. Como es sabido, esta cuestión
del cruce transversal de fronteras tiene quienes la apoyan, otros tantos
detractores, y quienes la aceptan con limitaciones. Entre estos últimos
figura Rudolf Carnap, quien en su Biografía Intelectual
(2) nos dice: "Si uno está interesado en las relaciones
entre campos que, a tenor de las divisiones académicas al uso,
pertenecen a departamentos diferentes no se le acogerá como 'constructor
de puentes' como podría esperarse, sino que ambas partes tenderán
a considerarlo un extraño y un intruso intelectual". Las limitaciones
de Carnap consisten en que está pensando exclusivamente en que
el puente, conforme al fisicalismo del Círculo de Viena, sólo
es posible respecto de las ciencias físico-naturales, y no respecto
de otras ciencias, como las humanas en general, o las sociales en particular.
En la primera parte de sus posiciones, también Louis Althusser
se convirtió en un detractor de la interdisciplinariedad, conforme
a sus enseñanzas en Philosophie et philosophie spontanée
de savants, para corregir más tarde su planteo a la luz de
los trabajos de Pierre Macherey (1974) en Literatura y sociedad.(3)
Como vemos, Legendre admite, en cambio, un enlace entre psicoanálisis
y derecho, con fundamento en la fuerte fórmula de los romanos expresada
al hablar de vitam instituere, instituir la vida, y que, desde
Freud, se puede traducir si se toma como vocabulario el enigma del incesto
(ratsel) y del de la muerte, instalado en el fondo inconsciente del núcleo
edípico constitutivo de todo Sujeto.
Avancemos algo del problema. Instituir la vida implica permitir la reproducción
del ser-hablante en lo que lo sostiene y que él -por su parte-
no puede sostener hasta el fin: el deseo. Implica, también, que
la genealogía asigne al sujeto un lugar; que ese lugar esté
jurídicamente modelado, y que contenga límites en el uso
de su sexualidad, límites que habrán de producir efectos
normativos en lo social. Supone, en fin, poner al sujeto en el tormento
de su propio cuestionamiento vital, en el acto en que precisamente se
ventila su diferencia con otras especies. Pero la historia real de la
dicotomía entre derecho y psicoanálisis revela, por el contrario,
que la cuestión del inconsciente, punto básico en que gira
la escala de lo jurídico y social, no fue objeto de interés,
ni tema del legislador, de los jueces o de la Academia.
Los senderos recorridos una y otra vez por los juristas, significativos
y relevantes sin duda, en el orden interno, se reiteraron, pero siempre
desentendiéndose de todo lazo con lo biológico, lo social
y lo psíquico. El incesto y la prohibición del incesto disputaron
y se opusieron en una lucha desigual en la que la prohibición resultó
gananciosa. Con esta victoria se impuso una lógica específica,
fundamental e histórica al mismo tiempo. Se trata de la lógica
que permitió la constitución del Sujeto, que estructuró
el marco completo del proceso de su subjetivización; proceso que
abrió las puertas a la genealogía, la filiación y
el modelo de un ser instituido psíquica y jurídicamente
que, recién ahora, pudo recibir por derecho propio el nombre de
Sujeto humano. Proceso completo con respecto al cual el derecho se consideró,
sin embargo, desvinculado, ajeno y sin respuestas. Más aún:
sin estar siquiera en condiciones de formular preguntas relativas al modo
de conformación de estas cuestiones.
Aunque una propuesta de este tipo debía, por cierto, despertar
la atención tanto de juristas como de psicoanalistas, el interés
tuvo mayor peso en el campo de los últimos, ligados como están
los primeros a una práctica más conservadora sobre los límites
y el contenido de su materia, así como a una teoría que,
en líneas generales, retiene fuertes contenidos positivistas y
se manifiesta poco interesada en ahondar estudios más allá
de las leyes, su interpretación y la metodología normativista.
Estudiar este nexo como lo propone Legendre pareció, entonces,
entre otras cosas, una manera fructífera, aunque no exclusiva,
de aclarar el encuentro concerniente a dos campos: a) el de la subjetividad
humana, del que se ocupa la psicología; b) el de la objetividad,
en el que concurren el derecho y la sociología.
Legendre planteó al respecto, muchas preguntas fundamentales del
siguiente tenor:
- ¿De qué forma se inscriben
las instituciones jurídicas en la subjetividad de los hombres?"
-¿Cuáles son los resortes básicamente inconscientes
del pensar por los cuales en una sociedad nos ponemos en fila conforme
al derecho?
-¿Por qué y cómo el cuestionamiento sobre la reproducción
humana partió ligado con los fundamentos de la normatividad?
-¿Existe en las relaciones jurídicas familiares un terreno
privilegiado en el que el inconsciente se revela? ¿Supone el tratamiento
del incesto el ordenamiento de un espacio concreto o, más bien,
incluido implícitamente en la lógica del sistema jurídico,
espacio en el que la genealogía bloquea e impide, evita y prohíbe
que la entidad familiar quede aglutinada en una masa viscosa indiferenciada?
Para nuestro autor, acceder a una respuesta
implicaba apartarse del derecho tradicional y desviar los estudios hacia
otra estructura. Aquella que el pensamiento agustiniano llamó en
su hora structura caritatis, más cercana al concepto de
libido freudiana y referida al "montaje de amor" que provee el hilo fino
con el que se tejen en Occidente los vínculos de los hombres con
el poder, las instituciones y el Estado.
Estos vínculos entre el poder -asentado en el temor y las leyes-
y el amor, habían sido considerados, por cierto, muchos siglos
antes del descubrimiento del psicoanálisis por textos que quedaron
incorporados a la literatura medieval, aunque alejados de la perspectiva
analítica. Su lectura es importante y conviene hacerla no tanto
tomando en cuenta su relevante estilo literario, sino prestando atención
a la forma precisa en que traducen teóricamente el nexo entre el
amor y el poder.
Román Llul (1986) escribe en el siglo XIII El libro de la Orden
de Caballada, expresando en el punto 5 de la primera parte: "Amor
y temor convienen entre sí contra el desamor y el menosprecio:
y por eso convino que el Caballero, por nobleza de corazón y de
buenas costumbres, y por el honor tan alto, tan grande que se le dispensó
escogiéndole y dándole caballo y armas fuese amado y temido
por las gentes, y que por el amor volviesen caridad y cortesía,
y por el temor volviesen verdad y justicia". A lo que se agrega en el
punto 2 de la tercera parte: "Al principio conviene preguntar al escudero
que quiere ser Caballero si ama y teme a Dios; pues sin temer a Dios ningún
hombre es digno de entrar en la Orden de Caballería, y el temor
hace temblar por las faltas por las que la caballería recibe deshonor...
Y como recibir honor y dar deshonor no convienen entre sí, por
eso el escudero sin amor y temor no es digno de ser caballero".(4)
Un siglo antes de Llul, Juan de Salisbury (1984) Obispo de Canterbury,
en su conocido Policraticus, se refirió a esta misma combinación
de amor y temor, dentro del contexto de la religión, el derecho
y la política, del siguiente modo: "Tema pues el Príncipe
al Señor mientras sirva fielmente a su consiervos, es decir, a
sus súbditos. Y reconozca que Dios es un Señor a quien no
hay que mostrar por su majestad que amor por su bondad. Porque Él
es padre, y tal, que por sus méritos ninguna criatura puede negarle
afecto y amor. 'Si yo Soy el Señor -dice- ¿dónde queda
mi temor? Si soy Padre ¿dónde queda mi amor?", También
hay que guardar las palabras de la Ley porque desde el primer peldaño
del temor va subiendo con acierto como por una escala de virtudes. "El
amor del señor consiste en guardar sus leyes", porque "Toda la
Sabiduría está en el temor del Señor" (L. IV, cap.
7). En el capítulo 8 del mismo libro, añade: "Realmente
el amor y el temor de los súbditos, conseguido por la gracia de
Dios, son el mejor instrumento para realizar cualquier cosa. Pero aun
el mismo amor no basta sin la disciplina, porque cuando desaparece el
estímulo de la justicia, el pueblo se vuelve hacia lo que no es
lícito".(5)
Asociación entre el Caballero -portador del poder- y el amor, que
se hace constante en este tipo de narrativas, como lo mencionan los versos
2022 a 2028 de Le Roman de la Rose en la versión de Guillaume
de Lorris: "...Et Seigneur de si grand renom/Car amour porte gonfanon/De
Courtoisie et sa banniere..." (...Y Señor de tan gran renombre/Pues
el amor lleva pendón/ de Cortesía y su estandarte."
Otro de los más clásicos casos, quizás, es La
Chanson de Roland, el paradigma más representativo de los poemas
épicos. (6)
En un mundo rudo, en el que la mujer estaba sometida a un sistema de control
y obediencia conyugal, como se puede apreciar también en Le
Ménagier de París. Traité de Morale et d'
Économie Politique o en el Libro del Caballero de la Toar
Landry (1327)(7) el papel de la mujer queda limitado
a asegurar la descendencia del linaje. Así lo exigen los bellatores,
los señores feudales de la guerra y la rapiña. El amor se
evade del casillero de la mujer y pasa al del poder. El sueño de
Paderbon del Emperador Carlomagno, de incorporar nuevas tierras había
fracasado, no menos que su cerco a la ciudad de Zaragoza. Luego de un
año de intenso batallar, y sublevados los sajones, el Emperador
decide su retirada a Francia y cruza los Pirineos de regreso. Rolando,
el Conde, el héroe, se ve emboscado en la retaguardia. Puro afán
de combatir, no escucha, imprudente, las voces de Oliverio, su escudero,
quien lo insta a tocar su famoso cuerno de marfil, llamando en su auxilio
al Emperador de la Cristiandad. El diálogo en que se muestra el
orgullo desmedido y su irracional esperanza, pronto abandonada, en una
victoria, es terminante:
LXXXIII. Oliverio dice:
-"Los paganos apresuran el paso, y me
parece que nosotros, franceses, somos bien pocos. Compañero Rolando,
tocad pues vuestro cuerno. Carlomagno lo escuchará y el ejército
retornará."
Rolando responde:
-"De hacerlo perdería mi reputación en la dulce Francia.
Voy a golpear de Durendal con fuertes golpes. La hoja de la espada sangrará
hasta el oro de la guarnición. Estos paganos felones han arribado
a puerto para su desdicha. Os lo aseguro están todos marcados
por la muerte".
LXXXIV "...Ne plaise à Dieu qu'à cause de mois mes
parents soient blamés et que la douce France tombe dans l'humiliation.
No... " (XXXIV: "No quiera Dios que por mi culpa mis padres sean
censurados y la dulce Francia humillada. No...").
Desde el primer instante, Rolando no anunció
recuerdo ni nostalgia alguna por su amada, la bella Ande. Las cotas amarillas
de los sarracenos y siete mil clarines le hacen intuir su funesto e inmediato
destino (8) En rigor, un único pensamiento lo
invade. La muerte debe alcanzarlo con la cabeza orientada al suelo enemigo.
Si de amor se trata, sólo cabe su amor a Dios, a quien no le complacería,
ni a los ángeles, que algún hombre viviente pueda decir
que hizo sonar el cuerno por esos paganos; el amor a su patria; la dulce
Francia, y sobre todo a su monarca Carlos, el Rey de florida cabellera,
barba blanca y altivo continente (verso 115). Digamos, el amor al poder.
El episodio de la muerte de Rolando tuvo una impresionante repercusión
en Francia, ante el cumplimiento de los prodigios que la anunciaban. Ante
todo la historia de la pretérida y olvidada Ande es bien conocida.
Cuando el Emperador llega a Aix le hace conocer la mala noticia, y la
consuela prometiéndole en matrimonio algo mejor que la que esperaba,
su hijo Luis, que tendrá sus grados; pero la prometida de Rolando
no puede vivir más. Sin averiguar siquiera cómo había
circulado la rueda del amor, le responde en el poema:
CCLVIII. "Esta palabra no me alcanza.
No quiera Dios, ni sus santos, ni sus ángeles que Rolando muerto,
quede yo en vida". Palidece, cae a los pies de Carlomagno, muere. ¡Dios
tenga piedad de su alma! Los barones franceses la lloran, la compadecen.
Pero la repercusión no se limitó
a esta muerte. En su texto La Chanson de Roland, comentado en poema,
Edmond Faral lo percibe como la puesta en escena de presagios que llegan
a confundirse con Apocalipsis. "En Francia aparecen siniestros presagios.
Se levanta una tormenta prodigiosa. Es una tempestad acompañada
por truenos y el viento, la lluvia y el granizo. El rayo cae con golpes
repetidos. La tierra tiembla. De Saint-Michel du Péril hasta Saints,
de Bensancon hasta Bissant no hay morada cuyos muros no se rajen. En pleno
Midi no hay más que tinieblas. Todos se espantan y dicen: "'Es
la consumación de los tiempos, el fin del mundo que llega. Ignoran
que es la gran desdicha de la muerte de Rolando."(9)
Ahora bien, es factible que si la actitud de Rolando hubiese sido la inversa,
es decir, si hubiera tocado el cuerno como se lo sugirió Oliverio,
el mismo que lo llevó a conquistar Noples (verso 198), molestando
y perturbando al gran Rey, sin inundar los campos con el atara de los
arroyos para ocultar la sangre de los muertos y los heridos por los paganos;
si, además, hubiera roto por el contrario su indiferencia y silenciosa
reserva para con su mujer, retrotrayendo hacia ella su libido, y no transfiriéndola
al poder en la imagen de Karl der Grosse, su nombre no habría pasado
de generación en generación, ni estaría instalado
en el canto mismo de los cantos de gestas y leyendas.(10)
En una palabra, su raíz no tendría lugar alguno en la historia
del poder de la Edad Media. Porque como lo evidenciará no sólo
la teoría freudiana, sino desde el derecho el mismo Hans Kelsen,
en imágenes como la de Carlomagno se simbolizan la triple identidad
de Dios, Padre y Estado, representado aquí por el Rey.
Desde el punto de vista de la sociología jurídica, Kelsen
marca efectivamente, en su artículo "Dios y el Estado" publicado
en Logos II 1922-3, (11) este notable paralelismo
entre el problema erótico, religioso y social, analizándolo
desde tres ángulos: el derecho, la psicología y la teología.
Nos explica aquí que, si analizamos la manera como Dios y la sociedad,
lo religioso y lo social son vividos por el individuo, se pone de manifiesto
que las líneas directrices de su ánimo son idénticas
en ambos casos. En este artículo, Kelsen, apoyado en Feuerbach
y Durkheim, sostiene que la teoría del Estado, es decir la más
acabada de las construcciones sociales y la más desarrollada de
todas las ideologías, presenta notables coincidencias con la doctrina
de Dios, la teología. Y esto no sólo en relación
con el modelo de Hegel, que apunta a absolutizarlo y deificarlo, sino
respecto de cualquier teoría del Estado antigua o moderna.
Para Kelsen el Estado, idéntico al derecho desde el punto de vista
del orden, en cuanto a persona simboliza la personificación, la
expresión antropomórfica de la unidad del derecho. Creado
por la ciencia para encarar esta unidad, queda en realidad hipostasiado
y contrapuesto, como ente particular, al derecho, con lo cual se genera
la misma seudoproblemática de la teología. En efecto; esta
última no puede mantenerse como disciplina distinta de la ética
o de las ciencias naturales, sino en la medida en que se concibe a Dios
como un ser sobrenatural, trascendente al mundo y, a su turno, sólo
es posible una teoría del Estado distinta de la teoría del
Derecho partiendo de la base de la trascendencia del Estado respecto del
derecho. La soberanía significa que el Estado es el poder supremo,
que este poder no deriva ni está subordinado a ningún otro
superior, tal como ocurre con la trascendencia de Dios. Una misma estructura
lógica cubre ambos conceptos.
Pero Kelsen no sólo considera la identidad de ambas actitudes,
la religiosa y la social, sino que la explica por el hecho de que sus
vínculos se remontan a una misma experiencia psíquica fundamental:
la relación del niño con su padre que penetra en su alma
como un gigante, poseedor de un poder absoluto y constituido para él
en la autoridad como tal. Más tarde toda autoridad se experimenta
como padre. Se trate de la autoridad del Dios venerado, del héroe
admirado, del Soberano amado con respetuoso temor. Estas autoridades están
en condiciones de suscitar en beneficio propio, en tanto representantes
de la figura del padre, todas aquellas emociones que convierten a los
hombres en niños carentes de voluntad y de opinión propia.
Recordando a Pandora, la obra de Goethe, Kelsen reproduce las palabras
de Epimeleia hija de Epimeteo: "¡Oh, Padre! ¡Un padre, en verdad,
es siempre un Dios!". Circunstancia que explica el hecho, que no cae de
suyo, de que en todas las religiones, incluso en las más primitivas,
la divinidad sea venerada bajo el nombre de padre, como asimismo que los
soberanos de todos los tiempos hayan reivindicado este mismo nombre ante
sus súbditos, asentando su dominación en los sentimientos
y los instintos más profundos del alma humana.
Kelsen se inspira ampliamente, como se advierte, en las tesis desarrolladas
por Freud. La relación de amor hacia el padre nos permite comprender
cómo puede ser de "placentera" una sumisión, alcanzable
sólo en detrimento de la autosuficiencia, y cómo puede existir
ese impulso de sometimiento hacia una autoridad experimentada bajo la
figura del padre, consciente o inconscientemente.
En realidad, más que simple inspiración existe un Kelsen-freudiano
con todas las letras, que cita expresamente las investigaciones psicoanalíticas.
Siguiendo el orden de éstas, nos alerta, en efecto, que se obtendría
un resultado incompleto y pobre si sólo se señalara la raíz
común de las actitudes religiosas y sociales en la sumisión.
Hay que tomar en cuenta conforme a Freud, dice, la ambivalencia, el carácter
anfibológico, bilateral, polifacético de éste y los
demás impulsos. Así como el amor es, a un tiempo, odio,
así todo afán placentero por someterse es, a un tiempo,
afán de someter a los otros. La sumisión y la voluntad de
poder constituyen el dorso y el anverso de una misma medalla.
En su manifestación histórica, ningún creyente se
ha satisfecho con estar sólo con su Dios. Su sumisión le
ha servido siempre como imán para someter a otros a este mismo
Dios. Cuanto mayor y más apasionada es su lucha por la divinidad,
mayor es su impulso por dominar a otros en nombre de ella, ya que el creyente
se identifica psicológicamente con esa divinidad. Ocurre aquí
lo mismo que pasa con la psicología de lo social: uno se somete
a la autoridad del grupo para que otros lo hagan también. La tesis
freudiana del Yo reprimido es adoptada en buena parte por Kelsen: el yo
se identifica incondicionalmente con el grupo exaltado en forma desmesurada,
con lo que se compensa la sumisión del individuo por su propia
exaltación. Así como el primitivo en ciertas épocas,
cuando reviste la máscara del animal totémico -su ídolo
tribal- puede cometer los atropellos prohibidos de ordinario por estrictas
normas, así el hombre civilizado puede, escudándose en la
máscara de su Dios, su Nación, su Estado, dar curso a todos
los instintos que, como simple miembro del grupo, debe suprimir con cuidado
dentro de sí. Nadie puede alabarse a sí mismo sin ser considerado
presuntuoso, pero cualquiera puede alabar a Dios, su Nación, su
Estado sin temor alguno,aún cuando de este modo se entrega a su
vanidad. Dos conclusiones de Kelsen resultan ineludibles: "...mientras
que al individuo como tal no se le reconoce ningún poder político
para que coaccione, domine o mate a otros, es en cambio su derecho supremo
cumplir todo ello en nombre de Dios, la Nación o el Estado, a quienes
precisamente ama por ese motivo, ama como 'su Dios', 'su Nación',
'su Estado', y con los cuales se identifica en un acto de amor". La segunda
es que no puede causar asombro que, como vimos, la teoría del Estado,
la más acabada y desarrollada de las construcciones sociales e
ideológicas, presente notorias coincidencias con las doctrina del
Dios, la teología".
El amor político tiene pues espacio en los textos de Freud y Kelsen.
También forma parte imperante de los diversos trabajos de Legendre,
a pesar de que éste sólo cita de pasada al jurista vienés.
En Le désir politique de Dieu, estudia diversos aspectos
de esta cuestión, entre ellos, su relación con el mensaje
litúrgico del poder que pone en escena el principio fundador, el
principio de división o causal, de donde proceden las nomenclaturas
jurídicas de una sociedad. La palabra liturgia viene del griego
leitos, pueblo. No como masa, como un hato o montón cualquiera,
ni siquiera como cuerpo político fundante de la democracia para
el cual existe el término demos. Se trata de un trabajo público
de dirección de un mensaje institucional al pueblo, a todos aquellos
que tienen que ver con el discurso de la legitimidad. El destinatario
del mensaje es aquí el interlocutor, supuesto, ficticio, para el
montaje teatral gracias al cual se fabrica la comunicación dogmática.
El poder es concebido como una función que debe hablar, y los sujetos
deben comunicarse con él y, entre ellos, en su nombre. Por otra
parte, nos dice: "[...] es sobre esta base, a partir de lo que yo llamo
las posibilidades de enlace de los sujetos con el mensaje litúrgico
del poder, que se puede comprender a la vez el amor político, es
decir el lazo de amor entre las masas humanas y su jefe -un lazo que había
comenzado a estudiar Freud pero que la reflexión de las escuelas
cambió de dirección- y el hecho de que los líderes
no puedan producir su efecto sino en la medida en que se encuentran ubicados
en una posición estructural precisa, la posición de representar
el objeto absoluto".
En una nota, Legendre aclara que en Francia, por este cambio de dirección
de las escuelas freudianas para renovar el tópico del amor político,
se solicitó del psicoanálisis reconstruirlo según
los métodos de la agitación-propaganda, del amor a las palabras,
los escritos, el cuerpo del Jefe y del Maître.
En realidad, los fenómenos del amor político se sitúan
en el circuito del mensaje ritual y movilizan la comunicación dogmática.
Tienen que ver con un tipo de intercambio que cuenta con el mecanismo
de lo interdicto y lo prohibido en la humanidad. Son fenómenos
que nada tienen de fortuitos ni de episódicos.
Esta referencia a la representación del amor político por
la veneración de los cuerpos es muy adecuada y tiene registros
históricos muy extendidos tanto en el tiempo como en el espacio.
Como observa David Le Breton (1984) en "Effacement ritualisé
du corps" (12). El cuerpo se convierte en soporte
material de pasiones, en el operador de prácticas políticas
y en un punto de intercambio de amor y odio entre los actores sociales.
El umbral de tolerancia se borra en el interjuego del partidismo.
Ejemplos históricos del vínculo
entre los cuerpos y el amor/odio políticos.
En
busca de ejemplos del amor/odio político, si nos remontamos al
Imperio Romano encontramos el caso de Claudio, de cuya muerte Robert Graves
(1985) ofrece tres relatos en Claudio, el Dios (13).
"Para Suetonio, todos aceptan que fue muerto por el veneno, pero se discrepa
sobre quién se lo suministró y cuál fue este veneno.
Hay quien escribe que el hecho ocurrió mientras participaba en
una fiesta del castillo del Capitolio y que le fue suministrado por Haloto,
su eunuco probador de comidas. Otros que la propia Agripina le ofreció
el hongo envenenado. Su muerte se mantuvo en secreto hasta que quedaron
arregladas las cosas referentes a su sucesor. Después de su fallecimiento
en los Idus de Octubre se llevó a cabo su funeral con pompa solemne
y una procesión de magistrados, en demostración de amor
político a pesar de todo lo que se lo odiaba. Luego fue canonizado
santo en el cielo. Poco antes, en la última sesión judicial
del Senado afirmó que había llegado el fin de su inmortalidad
"a pesar de que los que lo escucharon se lamentaron de oír semejantes
palabras y rezaron a los dioses para que no resultaran ciertas". La versión
de Tácito en Anales, también responsabiliza al eunuco
y a Agripina, pero se hace constar que ésta eligió a Locusta
"la más experimentada artista en tales preparaciones", quien accedió
a sus deseos de buscar algo de la naturaleza sutil "que le desordenase
el cerebro y exigiera tiempo para matar".
En relación con su cuerpo, y antes de que asumiera Nerón,
Dios Casio en su libro LXI atribuye a Séneca la observación
de que como los cadáveres de los ejecutados en la cárcel
eran arrastrados en grandes ganchos al Foro y de allí al río,
el de Claudio había sido elevado al cielo con un gancho. También
Nerón, su sucesor, luego de fingir llorar junto a Agripina al hombre
que habían matado, dejó otra reflexión no indigna
de ser anotada: declaró que los hongos eran el alimento de los
dioses, ya que Claudio se había convertido en un Dios por medio
de un hongo. El cuerpo del Emperador recibió los funerales de gala
y todos los otros honores que habían sido acordados a Augusto.
Lucio Eneas Séneca escribió una sátira en prosa y
verso sobre las venturas y desventuras de Claudio en el alto cielo. Sobre
el amor político nos dice que: "Cuando bajaban por la Vía
Sacra, Mercurio preguntó qué significaban todas esas multitudes.
Sin duda no era el funeral de Claudio. Era la más maravillosa procesión
que se hubiera visto, y no se había ahorrado gasto alguno para
demostrar que el que se enterraba era un Dios. Música de flauta,
sonar de cuernos, una gran orquesta de bronce compuesta de todo tipo de
instrumentos, en rigor un ruido tan espantoso, que incluso Claudio pudo
escucharlo... Cuando Claudio vio pasar su funeral, entendió por
fin que estaba muerto. Un gran euro entonaba su endecha antifonario:
"Y ahora romano, golpéate el
pecho
De duelo esté la plaña del mercado
llevamos a un sabio a su último descanso
al más valiente de los de su raza".
Claudio, desde luego, despertó en
vida contradictorio caudal de amor/odio aludido por la sátira de
Séneca quien, en relación con el último sentimiento,
recuerda la sentencia pronunciada en el alto cielo para compensar a todos
los que había asesinado en la tierra. Eaco pronunció esta
sentencia, la más terrible de las terribles que se puedan pronunciar:
Claudio debía agitar eternamente los dados, en un cubilete sin
fondos. El prisionero comenzó a cumplir su sentencia de inmediato,
buscando a tientas los dados, cuando caían sin adelantar nunca
en el juego.
"Sí, pues tantas veces como
sacudía al cubilete dispuesto a arrojarlos en el tablero, los
dados desaparecían por el agujero inferior. Volvía a juntarlos
y trataba otra vez de agitarlos y, como antes, dejarlos caer... Y cuando
se inclinaba de nuevo para tomarlos, se le escurrían de entre
los dedos y escapaban, e interminablemente continuaban escapando".
Le ocurría a Claudio lo que a Sísifo,
cuando con trabajos infinitos llevaba su roca hasta la cima de la montaña
del Infierno, la que volvía a caer golpéandole en el cuello.
Si inventariando pasajes pasamos ahora al luminoso mundo de Homero es
de recordar, como lo hace Erwin Rhode (1984) en Psique(14)
las fiestas funerarias en honor de las personas ilustres vinculadas con
el poder, como la que Aquiles ordena en homenaje de su amigo Patroclo,
muerto por Héctor en batalla. En la noche del día en que
sucumbe Héctor, "Aquiles entona con sus mirmidones el canto funerario
en honor de su amigo; dieron tres vueltas alrededor del cadáver
y Aquiles, poniendo sobre el pecho de Patroclo "sus manos homicidas",
le gritó: "Te saludo ¡oh! Patroclo, aunque estés ya
en la morada del Aides; cuanto te prometiera, ahora será cumplido.
El cadáver de Héctor será entregado a los perros
para que lo despedacen, y las cabezas de doce nobles jóvenes troyanos
caerán junto a tu pira". Tras haberse despojado de la armadura,
mandó servir a los suyos el banquete funerario; fueron degollados
bueyes, cabras, ovejas y cerdos, y en torno al cadáver corría
la sangre con tanta abundancia, que podía recogerse con las copas.
Por la noche se le apareció a Aquiles en sueño el cadáver
de Patroclo, instándole a que apresurara la ceremonia. Al alba
desfila el ejército de los mirmidones con sus armas y llevando
el cadáver. Los guerreros depositan en él los cabellos cortados
y Aquiles pone los suyos en las manos del amigo muerto. Su padre se los
había prometido al dios fluvial, Esperqueo, pero como no le sería
dado volver a su patria, decidió que los llevase Patroclo al otro
mundo, el Hades.
Ofrenda de cabellos, de aceite, vino y miel, derramamiento de sangre caliente,
combustión de cadáveres y animales, expresan amor político
y la intención de aplacar la psique y quitar la furia de la persona
recién muerta. Más tarde el culto tributado al muerto se
combinó, en la época poshomérica, con los juegos
agonales que la tradición aconsejaba cerrar con pugilatos, y que
tenían por propósito no sólo alegrar a los vivos
sino regocijar al muerto.
Pero no es únicamente en Grecia y en Roma donde se encuentra este
nexo entre los cuerpos y el amor político (o su reverso el odio),
sino en toda época y lugar. Los panteones, los mausoleos y los
cementerios de todo el mundo contienen los más variados casos,
de Napoleón a Lenin; desde el Cid Campeador y Carlos V hasta Stalin.
En América del Sur, contentémonos aisladamente con un caso,
antes de referir tres sumamente impactantes ocurridos en nuestro país:
el de la guerra del Chaco, el combate de Cerro Cora y la muerte de Francisco
Solano López por las tropas brasileñas del General Cámara.
Arturo Bray (1985)(15) escribe al respecto:
"Internóse Solano López
en la espesura del Aquidabán-nigüí, pequeño
arroyo con orillas cenagosas, más a poco de andar su caballo,
las heridas recibidas obligáronle a echar pie a tierra (...)
El fin no estaba lejos, pues el Mariscal sabe que 'semejante a los dientes
del áspid, cuya mordedura es mortal ese fierro terminado en media
luna que le penetrara en la vísceras, ha depositado allí
los gérmenes de la muerte"'.
El general Cámara intima desde respetable distancia la rendición
a un hombre herido, moribundo, bañado en sangre riscosa y húmeda...
Impotente, desfallecido, medio ahogado -Bray se exalta en su descripción-
contesta el Mariscal presidente "con aquella su frase inmortal que por
los siglos de los siglos resonará en el alma de los paraguayos:
'¡Muero con mi patria!' al par que ensaya simbólica estocada
dirigida al corazón del adversario". Un certero tiro de Manlicher
termina con la vida de Solano López y la guerra de la Triple Alianza.
El Paraguay es por fin libre. Al caer la tarde los soldados brasileños
traen el cadáver sostenido por una parihuela hecha con ramas y
fusiles, sin ropa y sin botas. "Luego de depositar los restos en tierra
llaman a unas mujeres paraguayas, quienes mudas de espanto y angustia,
contemplaban desde cierta distancia aquella escena para preguntarles:
¿Éste es López? No lo podían creer. El Mariscal
era para ellas algo místico e imperecedero, más símbolo
y blasón que simple humano de mortales carriles." La señora
Lynch, la irlandesa de los aminores ilícitos, mantuvo su fidelidad.
Bray termina su relato con una descripción que puede ser un verdadero
paradigma del enlace entre los cuerpos y el amor político: "Pero
ningún túmulo puede haber de más noble solemnidad
que aquella tumba perdida para siempre en tan anchas soledades, donde
descansa el Mariscal de nuestra historia, amortajado en el bronce de los
recuerdos y como símbolo eterno de una gloria grande y de un infortunio
inmenso".
Para dar término a este fragmento del nexo entre cuerpos y amor/odio
políticos en que se involucra lo social con el psicoanálisis,
debemos citar ahora las experiencias argentinas. El caso del dictador
Juan Manuel de Rozas quedó inmortalizado en la célebre expresión
de Mármol: "Ni el polvo de tus huesos la América tendrá".
Aun cuando, como es sabido, su cadáver regresará a Buenos
Aires, quebrando la maldición de Mármol, un día de
junio de 1989, reinstalado en una ceremonia de museo, sin polémicas
ni agitación de ideas, entre algún discurso oficial, el
rezo de algún sacerdote y la indiferencia general. Pero incluido
en la lucha entre federales y unitarios existe otro ejemplo que la pluma
de Ernesto Sábato (1961) describiera con fina calidad en "Sobre
héroes y tumbas"(16), la larga marcha de
las huestes del general Lavalle, atravesando la quebrada de Humahuaca
llevando su cadáver:
En los aledaños de Jujuy, en la
quinta de los Tapiales de Castañeda, Lavalle ordena a Pedernera
acampar allí. Con una pequeña escolta va a Jujuy en busca
de una casa para pasar la noche. "Está enfermo, se derrumba de
cansancio y fiebre." Un compañero lo mira. "Todo es una locura
y tanto da morir en una forma como en otra." Pedernera que duerme sobre
la montura cree haber oído disparos de tercerolas. Se levanta,
camina entre sus compañeros dormidos y se llega hasta el centinela.
"Sí, el centinela ha oído disparos, lejos hacia la ciudad.
"Pedernera despierta a su camaradas (...) piensa que deben ensillar
y mantener alerta. Así se empieza a ejecutar cuando llegan dos
tiradores de la escolta de Lavalle, gritando: "¡Han matado al General!
"."Oribe ha jurado mostrar la cabeza del general en la punta de una
pica, en la Plaza de la Victoria", pero esto no podrá suceder,
dice Pedernera."En siete días podemos alcanzar la frontera con
Bolivia, y allá descansarán los restos de nuestro jefe.''[...l
Ciento setenta y cinco hombres vivaquean y, alternativamente, galopan
furiosamente durante siete días por un cadáver. El sargento
Aparicio Sosa expresa la intención del grupo en marcha hacia
el norte: "Nunca Oribe tendrá la cabeza".
Sábato escribe con profundo contenido
poético.
"El Río Grande serpentea como
mercurio brillante". Siguen noches de silencio mineral en que sólo
se siente su murmullo por sobre los sangrientos combate entre los hombres.
''(...) en medio de la destrucción de aquellas torres el alférez
adolescente empezaba a entrever otra; refulgente, indestructible. Una
sola. Por ella valía la pena vivir y morir (...) Pedernera ordena
hacer alto y habla con sus camaradas: el cuerpo se hincha, el olor es
insoportable. Habrá que descarnarlo para conservar sus huesos
y la cabeza. Nunca la tendrá Oribe".
Los restos de la Legión siguen su
galope hacia el norte perseguidos por Oribe. Sobre el bordillo de pelea,
envuelto en su poncho, pudriéndose, hediendo, sigue su marcha el
cuerpo hinchado del General. En aquella desolada región planetaria
de la Quebrada, los ciento setenta y cinco hombres pronto no se distinguirán,
polvo entre el polvo... Más tarde, al séptimo día,
llegan una noche a la frontera y entran en tierra boliviana. Por fin pueden
derrumbarse, descansar y dormir en paz, pensando entre caranchos hambrientos,
silenciosos y lúgubres, cuántos camaradas y quiénes
de los que cubren aquella huida, habrán sido alcanzados por Oribe.
Pedernera comprende que ya basta y se dirige a Potosí.
"Ya nada queda en la quebrada de aquella
Legión, de aquellos míseros restos de la Legión:
el eco de sus caballadas se ha apagado; la tierra que desprendieron
en su furioso galope ha vuelto a su seno, lenta pero inexorablemente;
la carne de Lavalle ha sido arrastrada hacia el sur por las ataras de
un río (¿para convertirse en árbol, en planta, en
perfume?) Sólo permanecerá el recuerdo brumoso y cada
día más impreciso de aquella Legión fantasma".
En la Argentina el más impactante
de esos episodios referidos a los cuerpos de jefes políticos fue
la extraordinaria concentración de amor (y su reverso, de odio)
en el cadáver de la no sin mística llamada "Jefa Espiritual
de la Nación", Eva Perón. El amor político produjo
con la intervención del doctor Pedro Ara, el embalsamamiento de
un cuerpo fallecido el 26 de junio de 1952, a una hora, las veinte y veinticinco,
que es la de su ingreso "a la inmortalidad", a la manera de Claudio, como
predecía ese amor. El odio jugó su turno, con el secuestro
posterior y la desaparición de ese cuerpo, llevado a cabo por los
militares de la llamada Revolución Libertadora y Reorganizadora
(la que, como se percibe, no tenía nada de libertadora ni de reorganizadora,
como todas las dictaduras que nos asolaron el siglo pasado), desaparición
mantenida durante largo tiempo.
El 25 de julio de 1951, Pedro Ara, médico prestigioso de cadáveres,
comenzó su labor tratando de conservar el de Evita de apenas 35
kilos, hasta el momento del embalsamamiento, para permitir a Evita "seguir
viva en el corazón de los argentinos", como rezaban los símbolos
políticos y el imaginario de la época. Una lucha sorda se
desata después del golpe en relación con el destino del
cadáver depositado en el segundo piso de la C.G.T.
De acuerdo con las crónicas de la época, la Marina quiere
hacerlo desaparecer, los "comandos civiles" de ultra derecha intentan
destruirlo. El presidente Lonardi concuerda con el gabinete una secreta
sepultura, pero es derrocado el 13 de noviembre y un giro de la Revolución
la hace pronunciar por un agudo antiperonismo. Entre los efectos directos
de este giro está el secuestro del cadáver, tarea que queda
a cargo del coronel Eugenio Moore Koenig. Un absurdo ciclo de crónica
policial comienza en la ciudad y se prolonga en el extranjero, apareciendo
finalmente el cadáver enterrado en Milán. Nebulosos trascendidos
se mezclan con lo macabro de un tránsito de dieciséis años,
hasta su reingreso final al país. El 17 de noviembre de 1974, como
si la historia se hubiera negado a eliminar para siempre lo lúgubre,
el cuerpo vuelve en un vuelo de Aerolíneas Argentinas, quedando
el traslado en otras manos no menos impúdicas que las de los autores
de la desaparición: las del siniestro cabo ascendido por Perón
a comisario, José López Rega, creador de la Triple A. Los
versos de la ópera Evita, del "No llores por mí Argentina"
se hicieron así doblemente imposibles de satisfacer, y cada vez
que los argentinos quisieron cumplir el mandato de "Argentina, go to town",
se encontraron siempre con esa mezcla de amor y odio, cruzada por fantasmas
y fantasías reparadoras.
Estos fantasmas se prolongaron años después con la profanación
de la tumba del general Juan Domingo Perón y el corte de sus manos,
aunque este episodio quedó sin esclarecer e impune como tantos
otros, y fue más dudoso en cuanto a su sentido e inserción
en la problemática del amor/odio político.
El psicoanálisis y la psicología
atravesados por la ciencia política y la historia
Resumamos
el sentido de estos casos de interdisciplinariedad, a la luz de los trabajos
de Freud, Kelsen y Legendre. La ciencia política clásica,
infiltrada como está de psicología comportamental y de doctrinas
que rebajan la sexualidad al nivel de la genitalidad biológica,
no podía hacerse cargo del amor político desarrollado por
Freud en sus obras y tratado paralelamente por Kelsen, más allá
de su preocupación por poner en claro la evidente manipulación
de las masas por el poder. Los alcances de esta ciencia, en efecto, como
los del derecho stricto sensu y los de la misma sociología, son
exiguos; tienen material propio en sus respectivas esferas, pero este
material, al estar privado del analítico, resulta inadecuado para
reproducir los resortes subjetivos que se presentan en la sociedad, que
en modelo de Legendre, permiten vehiculizar la Verdad, hacerla andar y
decir teatralmente, en el interior de diversos sistemas de organización
moderna o manageriale, como la llama, al dilucidar la zona de
sombra en la que se mueve este fenómeno.
Zona de sombra porque, si bien su mecanismo es desoído en nuestro
días por un constante recurso a la ciencia legal positivista no
interesada en los vínculos con la subjetividad y la psicología,
toca en rigor a la organización del reino de la industria, de la
misma manera en que lo hacía en todas las formas arcaicas, y por
ende mitológicas, descubiertas por la historia de la antropología.
El carácter dogmático de nuestra sociedad concierne pues,
y ésta una de las tesis centrales de nuestro autor, tanto a la
sociedad actual como a las que la precedieron, en particular las canónicas
posteriores a Roma.
En esta structura caritatis, las coacciones del derecho, las que emanan
de la ley normativamente considerada se conectan con otro tipo de restricciones
que tienen como referente absoluto la Ley, así escrita con mayúscula
y entendida en el sentido psicoanalítico, es decir como Ley del
padre. La Ley implica el límite al deseo, al deseo absoluto, al
deseo de la identidad imposible. Entre el derecho positivo expresado en
las leyes, y este referente absoluto de la Ley atravesado por el inconsciente,
existen lazos que vinculan dos escenas: a) la escena visible de las normas
jurídicas que regulan la conducta transparente de los hombres;
b) la que Freud llamó la otra escena, anderes Schauspiel según
la expresión retornada de Fechner, ajena a su obrar consciente.
Es en esta segunda escena, la del inconsciente, en la que se pone en movimiento
el amor político en condiciones que el psicoanálisis, por
una parte, y la historia del sistema dogmático, por la otra, buscan
esclarecer. En rigor, todo un conjunto de puntos comunes que se propone
abordar la pareja Derecho/Psicoanálisis, en investigaciones tentativas
que, hasta el momento, se encuentran en un período que no ha superado
la etapa exploratoria.
Ahora bien, la unión entre derecho y psicoanálisis, entre
la ley tematizada por el primero y la Ley, objeto del segundo, a partir
de la función dogmática con presencia a percibir en lo jurídico-institucional
y en la subjetividad humana, no se comprende sin lo que el psicoanálisis
nos enseña sobre el mecanismo del deseo. ¿Por qué?
Porque esta función consiste en tomar nota de lo que se conoce
como el deseo imposible de colmar "y de la necesidad de reconocer, por
los medios apropiados a la reproducción de la especie, que la dimensión
de la carencia es la dimensión misma de los juegos de las instituciones".(17)
Digamos, por último, que en el libro que indicáramos oportunamente,
Le désir politique de Dieu, cuyo subtítulo es muy
sugerente "Estudio sobre los montajes del Estado y del Derecho", Legendre,
con los materiales empleados a lo largo de su obra, no se priva de criticar
el sistema hiperindustrializado y las formas de la economía globalizada.
Examinando la probable evolución del sistema normativo, cuyo derecho
constituye a la vez el museo vivo y el instrumento social reconocido,
es necesario recordar, nos dice, la intermediación por medio de
la cual un orden de legalidad puede marchar, es decir, desarrollar sus
efectos en la sociedad. Esta intermediación es la del jurista,
o dicho de otro modo, la de la interpretación, la función
de intérprete. En el fondo el derecho es un fenómeno desconocido.
Ignoramos del derecho su articulación sobre la estructura (la structura
caritatis), es decir un intangible en el que proceden los mecanismos de
la Referencia absoluta y el amor político. De este desconocimiento
procede la convicción de que las sociedades industrializadas conservan
el poder, hasta ahora inimaginable, de maniobrar a su voluntad la normatividad.
En estas condiciones el porvenir se encontraría libre de todo compromiso
frente a la reproducción de las restricciones jurídicas
elaboradas por la cultura y de la hipoteca que grava sus fundamentos mitológicos
de ésta. Tratándose de aquí en más de una
simple regulación social sobre la política al día,
el llamado a las normas de legalidad (the invobing legal norma,
como dice la ciencia política norteamericana) se convertiría,
sin otras dificultades en la gestión de su propio dispositivo técnico,
en la oferta y demanda del producto jurídico de acuerdo con los
nuevos ideales del mercado. Sobre esta inclinación a lo económico
la teoría de la eficiencia toma la delantera en su esfuerzo por
canalizar la cuestión dogmática por excelencia: ¿hacia
qué destinos se encamina a la humanidad? Toda la problemática
de legalidad es una problemática del costo social y no interviene
más que en la perspectiva del trato político del rinde,
de la ganancia y el interés. Se trataría de una avatar de
la humanidad, de una táctica ideológica, agreguemos por
nuestro lado, lanzada en el preciso momento en que se afirma el fin de
las ideologías, o el fin de la historia, que se habría consumado
no por cuestiones sociales reversibles, sino por una especie de bing-bang
emergente de la naturaleza.
Notas:
1. Pierre Legendre, quien
nos acompañará en este artículo, es uno de los más
prolíficos y excelentes autores sobre esta materia: el nexo entre
el derecho y el psicoanálisis. Produjo, entre otros, los siguientes
textos: El Amor del Censor, Paris, Ediciones du Seuil, 1974;
El Crimen del cabo Lortie. Tratado sobre el padre. México;
Siglo XXI; Jouir du Pouvoir, Paris, Minuit, 1976; La passion d' être
un autre, París, du Seuil, 1978; Paroles poetiques echapées
do texte, Paris, du Seuil, 1982; Leçons II, Empie de la
Vérité, Pans, Fayard, 1983. Los dos primeros cuentan
con traducción al castellano. Véase, asimismo, su Introducción
a una recreación de textos de Ermest Kantorowicz, Mourir pour la
patria, Paris, PU.F, 1984. Recientes trabajos, son Lecons lV.
L'lnestimoble object de la transmission, Fayard, 1985; Leçons
VI. Le decir politique dé Dieu, Paris, Fayard, 1985 y Leçones
lll. Dieu au miroir, Paris, Fayard, 1994.
2.Texto publicado por Paidós Ibérica, 1992.
3. Louis Althusser. Filosofía y filosofía
espontánea de los científicos, París, Maspero,
1967. Pierre Macherey, en su artículo "Lenin crítico
de Tolstoy" incluido en este texto, Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo,
1974. Sobre estas posiciones, y la que opera a favor de la unidad de todas,
las ciencias, la filosofía, la literatura, etc., admitida por Hans-Georg
Gadamer, véase de Enrique E. Marí, "Derecho y Literatura.
Algo de lo que se puede hablar pero en voz baja" revista Doxa, Alicante,
España.
4. Ramón Llul, El Libro de la Caballería,
Madrid, Alianza Editorial, 1986.
5. Juan de Salisbury, Policraticus, Madrid, Editora
Nacional, 1984.
6. Me refiero parcialmente a ella en Papeles de Filosofia
1, Buenos Aires, Editorial Biblos.
7. Este libro, como la mayoría de las publicaciones
del periodo medieval, se encuentra en la Biblioteca de la Alliance Française.
8. En ese momento crucial Rolando desoye las llamados
del sentido común, expresados secularmente en refranes y dichos
populares como: "Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios
ayuda a los buenos cuando son más que los malos".
9. Edmond Faral, La Chanson de Roland, París,
Mellottée editeur. Véase también la versión
de Joseph Bédier de Le Roman de Testan et Isent, Paris, LÉdition
d'art.
10. En la historia de los poemas los argentinos tenemos
una gran desventaja y déficit. En efecto; durante años escuchamos
de niños en las fiestas de fin de año del colegio primario,
la Marcha de San Lorenzo. De acuerdo con su texto no se desprende que
al rendir su vida "Cabral soldado heroico, cubriéndose de gloria",
haya entregado su amor más allá de la patria y del Gran
Capitán. Notable ejemplo del vínculo entre el amor y el
poder, del que nos venimos ocupando. Pero para la mujer de Cabral, la
Marcha... no evoca recuerdo ni palabra algunos. Es más, ni siquiera
conocemos su identidad o, incluso, que ella existiera. Los varones argentinos
no podemos por ello llorarla como los barones franceses. Aunque sospechamos
que los pactos respectivos no han querido aludir en uno u otro caso a
un cambio del nexo entre el amor y el poder. Con la referencia a Ande,
no precisamente por Roland, o con el no-espacio asignado a la presunta
mujer de Cabral, el nexo amor-poder permanece invariable. Quizás
oscuramente a lo que alude la diferencia textual, es la sutil distinción
entre un Barón y un sargento. En recuerdo nostálgico, pero
no por cierto cercano de aquella época en la que escuchábamos
anualmente la Marcha... con "Cabral soldado heroico", es decir la época
de las figuritas Starosta, de nuestro cambio de la difícil por
muchas fáciles, de las emisiones radiales de la "familia de Pancho
Rolón", de las historietas de "estás listo Calixto" o "sonaste
Maneco", se dirige nuestra acérrima queja por esta injusta y elitista
distinción poética. Nuestro recuerdo lo habilita, obviamente,
la ironía: "ese género intermedio entre la frialdad y el
sentimiento", como lo define Maurice Blanchot.
11. Este artículo junto con otros que constituyen
una dimensión muy distinta de los análisis de Hans Kelsen
en la medida que atañen a sociología, psicoanálisis,
filosofía griega, han sido completamente desatendidos por teóricos
del derecho que han tornado siempre alrededor del formalismo de la Reine
Theorie des Rechtslehre (Teoría Pura del Derecho). Fue editado
en un valioso libro por Oscar Correas en la Universidad Autónoma
de México, en 1989. En nombre de este libro es precisamente El
Otro Kelsen. Se trata de trabajos todos ellos, prácticamente desconocidos
o dejados de lado no sólo por filósofos del derecho sino
por los mismos psicoanalistas, quienes encontrarían aquí
un valiosísimo material bibliográfico para establecer el
vínculo entre Freud y Kelsen.
12. David Le Breton en "Effacement ritualisé
du corps", Cahiers Internationaux de Sociologie. vol. LXXVII, 1984,
observa que lo inverso ocurre en la ritualidad de la vida cotidiana con
el escamoteo de la presencia de los cuerpos, llevado al colmo: "El uso
quiere que la proximidad física engendrada por los transportes
en común o el ascensor esté ocultada por una fingida indiferencia
hacia el otro. La mirada se deposita por todos los lugares en donde no
está el cuerpo del otro, cada uno parece apasionarse por los cromados
de la puerta, el polvo del suelo, o el desgaste de la pared, incluso si
los cuerpos están amontonados unos contra los otros".
13. Claudio, el Dios, de Robert Graves, Madrid,
Alianza Editorial, 1985.
14. Erwin Rodhe (1948), Pisché. La Idea
del alma y la inmortalidad entre los griegos, México, Fondo de
Cultura Económica. Rodhe añade múltiples aplicaciones
en el mundo griego de los rituales de purificación y expiación,
ligados con el amor y el odio políticos, depositados en los cuerpos
y las almas. El Arconte-Rey es el magistrado que regentea y administra
en nombre del Estado los asuntos religiosos heredados de la antigua Monarquía.
Los tribunales de sangre funcionaban en Atenas en el Aerópago,
la colina consagrada a las diosas de la venganza. Las Erinias, saliendo
del reino de las almas, son las encargadas en caso de asesinato de vengar
a la víctima y aprehender al culpable. Lo siguen día y noche
como la sombra al cuerpo; a la manera de un vampiro chupan la sangre y
actúan, respecto de la víctima, como un animal que se entrega
en sacrificio.
15. Arturo Bray. Solano López (1958), Soldado
de la Gloria y el infortunio. Asunción, Buenos Aires, Ediciones
Nizza.
16. Ernesto Sábato (1961), Sobre héroes
y tumbas. Barcelona. Seix Barral.
17. Pierre Legendre. L'Empire de la Grité.
Lecons II, París, Fayard.
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