Trauma y desamparo.
Mario Pujó
Extraído de:
Lo que no cesa: del psicoanálisis a su
extensión.
Mario Pujó.
Ediciones del Seminario. Colección Filigrana. Bs. As. 2001.
El Psicoanálisis y el Hospital. Nº
17.Clínica del desamparo. Junio
del 2000. Ediciones del seminario. Bs.As.
Del lugar etiológico que el trauma
ocupa al inicio de la teorización freudiana, al escaso interés
que su noción despierta en la actualidad de nuestra práctica,
hay, cuando menos, una devaluación, en la que la enseñanza
del propio Lacan ha tenido su incidencia.
Entre las múltiples razones que dan cuenta de esa depreciación,
hay dos que, a mi juicio, no deberíamos soslayar. La primera, de
orden estructural, atiende al desarreglo que el hecho de hablar instaura
en el hablante, la perturbación que el lenguaje introduce en el
plano de la regulación biológica de la necesidad. Así,
ante la ausencia de una determinación instintiva del objeto, la
relación del sujeto con lo real se halla forzosamente signada por
un tropiezo, un «malencuentro» (dustuschia, dice Lacan),
una inadecuación fundamental. A falta de la inscripción
de un saber sobre el sexo, la irrupción del goce sexual deviene
necesariamente traumática, y su experiencia subjetiva se traduce
por lo inesperado de una sorpresa, el exceso o el defecto, el demasiado
pronto o demasiado tarde de un destiempo insalvable.
Huella de la marca de un encuentro imposible, lo traumático nombra
desde entonces el núcleo mismo del inconsciente al que torna solidario
del concepto de repetición. En efecto, la contingencia del azar
como tyché afecta de modo decisivo lo que vendrá
después, introduciendo en la sucesión de los encuentros
futuros del sujeto, el automaton de una regla y una regularidad.
Tal la torsión que Lacan imprime a esos dos términos griegos
con los que Aristóteles propone distinguir la causalidad propiamente
humana de la animal. Y le permite definir los dos bordes de una hiancia
que separa la noción de causa de la de determinación:
el trazo de una experiencia casual condiciona en el sujeto su modo de
gozar, sesgando las relaciones que establece con el Otro sexo por una
Fixierung, ese modo de presentarse lo mismo que Freud denomina
«fijación».
Si el inconsciente es una memoria que repite la marca de lo que el sujeto
no recuerda, el trauma se sitúa en el corazón de la experiencia
analítica, la que, al transitar su recorrido en el sentido retroactivo
del après coup, lleva al sujeto a confrontarse con la
parte de satisfacción que ha comprometido en la construcción
de su destino. Se trata por tanto de verificar cada vez, cómo ese
profundo trastorno -que la fórmula «no hay relación
sexual» abrevia con provocativa concisión- adopta su forma
específica al inscribirse como síntoma.
No obstante, si lo que ocurre como por azar no podría no haber
ocurrido (no haber ocurrido sino como por azar), la noción
de trauma alberga en su interior una paradoja: ante la necesariedad de
su ocurrencia la contingencia pierde su carácter extraordinario,
banalizando su excepcionalidad.
La segunda razón de la depreciación psicoanalítica
del concepto de trauma que querría retener, es de orden estrictamente
clínico. Si el sujeto constituye la primera consecuencia del acto
analítico y, como tal, representa la condición inaugural
de un análisis, lo que nos interesa del trauma, antes que el acontecimiento
efectivo, es su valor de experiencia; vale decir, no el hecho en sí,
sino la participación del sujeto en lo vivido, el modo en que se
halla concernido por ello, lo que ha hecho a partir de él.
Allí donde en Freud se constata una larga vacilación en
relación a estos dos aspectos del trauma (a los que denominaré
su cara acontecimiento y su cara sujeto) que se prolonga a lo largo de
su obra (desde los «Stüdien ...» hasta «Análisis
terminable...»), hay de entrada en Lacan una clara toma de partido,
que se pone en juego, por ejemplo, en la distinción inicial entre
«pasado» e «historia». No se trata, en efecto, del
factum, el hecho ocurrido, sino de su inclusión en una secuencia
significativa, su reconsideración retroactiva, descontando que
la perspectiva historizante que posibilita su relato constituye una función
eminentemente subjetiva.
Lo que desde la perspectiva del análisis nos interesa es, en verdad,
la implicación del sujeto en lo que «le» ocurrió,
apoyándonos en la suposición de que en el modo en que eso
lo afectó ha participado activamente, y es sobre ello que lo invitamos
a responder. El sentido etimológico de «responsabilidad»
designa así una condición sine qua non del análisis.
Podemos pensar, a partir de estas consideraciones, que el paso de la teoría
del trauma a la del fantasma -en tanto producción subjetiva-, y
sus dos tiempos constitutivos, resulta contemporáneo de la construcción
del psicoanálisis, e inherente a su modo de «inventar»
el inconsciente y dirigirse a él.
En relación a ello, me interesaría especialmente observar
que el frecuente desliz que lleva a muchos analistas a desestimar inicialmente
la veracidad de ciertas denuncias de abuso infantil, maltrato padecido
o franco incesto, en favor de la presunción de una fantasía
histérica, no responde sólo a una razón subjetiva
del analista en cuestión. Más allá de lo que efectivamente
se preferiría no saber y se evidencia solidario de los puntos ciegos
de la propia represión, se insinúa, además, una exigencia
que concierne a la constitución del discurso analítico y
es condición de su clínica. Así, el notable carácter
«siempre activo» de la pulsión, la sorprendente «masculinidad»
de la libido (o la ironía sobre el «alma bella» que se
limita a denunciar los desequilibrios de su entorno), son modos diversos
de referirse a ese punto en el que no se reconoce al sujeto inocencia
ni pasividad, y en el que es conminado a dar cuenta de los hechos constituyentes
sin poder hacerlo en ningún caso como víctima.
Pero, a riesgo de hacernos efectivamente cómplices en la creación
de una (reduplicando en los hechos el desamparo que eventualmente el sujeto
padeció), muchas circunstancias de la clínica tal como se
nos presenta en sus fronteras, en el horizonte de las condiciones que
impone y caracterizan esta época, exige que nuestra posición
de abstinencia adopte una forma distinta que la de la simple inacción.
Ya que por fuera de aquello que necesariamente ocurre como contingencia,
existe lo contingente en tanto tal, esto es, lo que podría no haber
ocurrido, lo que debería no ocurrir.
Más allá de la marca que organiza en su repetición
la estructura del saber que condiciona los desplazamientos del sujeto,
puede a veces irrumpir algo que conmociona, trastoca y a veces devasta
la estructura misma de ese saber.
Bettelheim
Si el desamparo originario
(Hilflosigkeit), es decir, la inermidad primitiva del sujeto,
su completa dependencia del Otro -y lo que desde esa perspectiva se percibe
como la potencia de su arbitrariedad- instituye el prototipo de toda situación
traumática, podemos pensar que el campo de concentración
-tal como algunas descripciones nos permiten reconstruirlo- constituye
dramáticamente su paradigma. Se trata, en efecto, de una experiencia
de sometimiento a una situación de iniquidad absoluta, sostenida
en el tiempo, en condiciones de extrema privación, tanto de orden
material como afectivo y en ausencia de una mínima legalidad.
Entre los diversos y siempre desgarradores relatos sobre la vida en los
campos, el de Bruno Bettelheim tiene, para nosotros, un interés
especial. Se trata del testimonio de un psicoanalista, y de uno formado
en la Sociedad de Viena, en la proximidad del propio Freud, a quien tuvo
oportunidad de conocer y admirar. El hecho de serlo no es, por otra parte,
ajeno a lo que a su propio entender le permitió mantenerse en vida,
albergando la improbable esperanza de no enloquecer, y de preservar, incluso,
lo esencial de su personalidad anterior. Su experiencia como prisionero
transforma, además, su concepción del psicoanálisis,
hasta el punto de modificar su elaboración teórica y sus
modos de instrumentación práctica; lo que lo conduce a diseñar
un dispositivo terapéutico sustentado precisamente en lo que cree
poder extraer como enseñanza de su propio padecimiento.
De manera forzosa e imprevista, Bettelheim comprueba que su formación
analítica y sus años de diván le resultan un recurso
valiosísimo durante su cautiverio, aunque no por el saber que ellos
le habrían provisto, ni mucho menos por el grado de «equilibrio»
mental que le habrían permitido alcanzar. Se trata, en verdad,
de manera más elemental, de esa actitud de atención e interés
por el comportamiento humano, ese rasgo de apertura y curiosidad ante
lo nuevo, lo desconocido, que él reconoce como propio de su práctica
como analista; algo que, ante la inminencia de su hundimiento emocional
y su quiebre definitivo, enciende en él una ilusión, bajo
la forma luminosa de un proyecto. Se decide entonces a observar las reacciones
de sus compañeros, registrando mentalmente -a falta de poder hacerlo
por escrito- sus observaciones, con el propósito de llevar a cabo
un estudio objetivo de la evolución del comportamiento humano en
situaciones extremas.
Logra así asumir una actitud, una posición, un papel, que
le permite poner alguna distancia ante los hechos con que se confronta,
a través del espejismo de hallarse en una situación que,
desde esa óptica -que él no desconoce es exorbitante-
podría considerarse «privilegiada». No es que ignorara
el carácter fabulatorio de semejante postura; «pero aún
así» -tal la fórmula inmortalizada por Octave Mannoni-,
su engaño le proporciona una vital utilidad: logra por momentos
persuadirse de que su forzada estadía es una oportunidad única
de corroborar la brutal incidencia del medio sobre el individuo, en condiciones
en las que su capacidad de interactuar se halla prácticamente anulada.
Creencia que si no llega a velar su exposición personal al horror,
le permite al menos mitigarla fragmentariamente, sosteniendo y sosteniéndose
en la renegación que la hace posible. En el mantenimiento de esa
«convicción» le va, literalmente, la vida.
Bettelheim pasa un año entero, de 1938 a 1939, en dos campos de
concentración, seis meses en Dachau y seis meses en Buchenwald,
al cabo de los cuales es liberado. Pero es sólo en 1960, vale decir,
más de veinte años después, que aborda el estudio
de su experiencia de un modo sistemático, tal como lo había
concebido inicialmente; publica entonces el resultado de su trabajo en
Nueva York en un libro que titula «The informed heart» («Corazón
instruido»)(1). Ese extenso período de
tiempo, inusual para lo que sería la «comunicación»
de una «observación científica», no es, en verdad,
un hecho aislado ni fortuito. Se presenta regularmente en el caso de muchos
testimonios de sobrevivientes, como en el de Elie Wiesenthal o el de Jorge
Semprún, siendo ese lapso para este último, el objeto de
una reflexión que inspira el título de su libro, «La
escritura o la vida», enunciando en él la elección
forzada que explica su postergación. A falta de algo mejor, el
transcurso temporal, la sucesión de vivencias, la acumulación
de experiencias, asegura en todos ellos una mínima distancia que
les permite aproximarse al precipicio del horror sin sentir el riesgo
vertiginoso de verse atrapados nuevamente en él.
Pero lo que me parece en este caso francamente notable y me resulta importante
remarcar, es el efecto de verdad que la ficción que él construye
ejerce sobre el propio Bettelheim. Ya que gracias a lo que al comienzo
no podía ser más que una insensata quimera, consigue no
sólo sobrevivir a las mayores atrocidades, sobrellevando de algún
modo sus penurias -lo que no es poco de por sí-, sino que logra
además, dos décadas después, con la escritura de
su experiencia, conferirle una realidad efectiva.
A través de la reconstrucción de los episodios vividos,
la recopilación de los diálogos con sus compañeros
y los relatos posteriores de otros sobrevivientes, Bettelheim nos ofrece,
entonces, un sólido testimonio acerca de ese crimen gigantesco,
monstruoso, al que denuncia en su malignidad, y sobre cuya oscura racionalidad
nos alerta. Produce, con ello, un conocimiento objetivo del campo de concentración
en tanto «institución»; en particular, su doble función
de espacio de entrenamiento de las SS, y de ámbito privilegiado
de experimentación: en el plano económico (cómo obtener
el máximo rendimiento humano con el mínimo de «insumos»
-alimento, sueño, abrigo, etc.-); en el plano psico-social (cómo
dominar el más amplio número de personas con la menor cantidad
de guardias); en el plano biológico (ensayo de drogas, armas, venenos,
formas de contagio, técnicas quirúrgicas, etc.). Con lo
que da cuenta del funcionamiento del campo como el de un enorme y despiadado
laboratorio de pruebas sobre cobayos humanos.
Pero, al mismo tiempo, Bettelheim avanza sobre lo que constituye el «verdadero»
objeto de su estudio, en cuanto registra, describe y compara el comportamiento,
las reacciones y la transformación de las diferentes personas,
según su pertenencia a distintos grupos; ya sea siguiendo los criterios
originarios (diferencias étnicas, religiosas, políticas,
de clase, profesión, educación), ya sea según los
diversos agrupamientos que se van consolidando a partir del cautiverio
(los nuevos, los viejos, los kapos, los «musulmanes»)
Vemos así desplegarse diferentes formas de evolución, frente
a un mismo proceso que tiende a suprimir en cada interno su condición
de sujeto, al reducirlo a su más cruda objetalidad; hasta el punto
que si quiere tener alguna chance de sobrevivir, no sólo no debe
reclamar, protestar, sublevarse, sino que no debe ver, oír, ni
percibir las atrocidades que ocurren delante de sus ojos; y, sobre todo,
no debe hacerse observar, ser distinguido, diferenciarse en el sombrío
ropaje de esa mortificada masa humana en la que debe confundirse. Un proceso
de cosificación colectiva y anonimizante que induce una reacción
regresiva e infantil, caracterizada por la dependencia, la sumisión,
la obediencia ciega, el encierro autístico. Vale decir, la reducción
del sujeto a lo que G. Agamben denomina la «nuda vida», su aminoramiento
a una pura existencia biológica (2); lo que si
es quizás una noción abusiva en el ser hablante en tanto
tal, permanece no obstante como el punto de mira de esa completa deshumanización
a la que aspira el tratamiento concentracionario.
Desde el punto de vista de lo que en esas condiciones parece un eufemismo
llamar «salud mental», son muchas las conclusiones a las que
arriba Bettelheim a partir de su experiencia, la que imprime, desde entonces,
su marca al curso de su pensamiento teórico y a la orientación
de sus propuestas terapéuticas. Algo que se percibe incluso en
el título de cada uno de sus libros, tanto en su obra anterior
(«El amor no basta», 1950; «Las heridas simbólicas»,
1954; «Evadidos de la vida», 1955), como en su obra posterior
(«La fortaleza vacía», 1967; «Los niños del
sueño», 1969; «Un hogar para el corazón»,
1974), títulos que son notablemente sugestivos de por sí.
Porque la ilusión que sostiene Bettelheim -y en la que él
mismo se sostiene-, lo conduce a imaginar un espacio de tratamiento para
niños autistas o severamente perturbados que, a riesgo de cierta
simplificación, resumiríamos en la idea siguiente: si la
influencia de un medio que suprime la posibilidad de reacción del
sujeto es capaz de enloquecer, otro contexto que, en sentido contrario,
tome en cuenta sus capacidades creativas de interactuar, tendrá
una incidencia terapéutica; siendo el equilibrio entre lo emocional
y lo racional -un «corazón pensante»-, el no
predominio defensivo de uno sobre otro, la condición y, al mismo
tiempo, el objetivo de la curación. Su proyecto se cristaliza en
1947 con la fundación de la «Escuela Ortogenética de
Chicago» cuya dirección preside hasta su muerte.
Desde luego, serían muchas y muy extensas las interpretaciones
y discusiones que las afirmaciones de Bettelheim merecen; sólo
retendré, a los efectos de los que me propongo desarrollar aquí,
aquellas que hacen a las condiciones que evidencian propiciar cierta tolerancia
frente a situaciones terribles, y que son, además, las mismas que,
a los ojos de Bettelheim, pondrían en jaque buena parte de las
elaboraciones psicoanalíticas y lo llevan a distanciarse de ellas.
Desde el inicio, por ejemplo, Bettelheim comprueba que aquellas personas
que, en los términos habituales de la Sociedad Psicoanalítica
de Viena serían consideradas «normales», no son, ni remotamente,
las más aptas para soportar el rigor de una situación extrema.
La aparente salud, la buena adaptación, la mejor
vinculación con la realidad, no representan un reaseguro
para preservar el equilibrio mental en circunstancias tan gravemente adversas.
Éstas reclaman categorías que no son las de la vida corriente,
distinción que va tomando cuerpo simplificadamente en la oposición,
bastante frecuente por otra parte, entre un «adentro» y un «afuera».
Así, los Testigos de Jehová que no gozan «afuera»
de una gran reputación en cuanto a su estabilidad psíquica,
permanecían «adentro» singularmente solidarios y respetuosos
de los demás, soportando su suerte con notable entereza. Detenidos
por rehusarse a portar armas -en tanto «objetores de conciencia»-,
no sólo demostraban una gran dignidad ante su inhumano cautiverio,
sino que se negaban a aceptar su liberación a cambio de ser afectados
al servicio militar.
De manera semejante, los detenidos por razones políticas asumían
la desmesura de su castigo como una constatación de su peligrosidad
para el régimen, lo que a su juicio confirmaba lo bien fundado
de sus ideas y reafirmaba el sentido de sus militancias. Así como
las personas firmemente religiosas demostraban una mayor resignación
ante la crueldad de la que eran objeto, al concebirla como una prueba
exigida por el siempre insondable designio divino.
En cambio, los sectores de clase media que exhibían cierta mentalidad
«arribista» y no cuestionaban tanto el oprobio del sistema en
sí, como el «error» de haber sido sometidos a él,
sucumbían pronto a la desesperación, perdiendo rápidamente
la razón y, al poco tiempo, la vida.
De lo que se desprende, entre otras cosas, que incluso en las condiciones
de mayor inclemencia, la explicación, la justificación,
el recurso al sentido -aún en su presumible insensatez-, posee
una fuerza vital extraordinaria, al ejercer propiamente una función
de velamiento. Se trata de una especie de trama, de pantalla, de intermediación,
capaz de irrealizar la desnudez del acontecimiento, refractando su inmediatez
y resguardando aunque sea en un nivel elemental, las condiciones mínimas
de su posible subjetivación; una delgadísima malla que recubre
con alguna opacidad la crudeza del hecho.
A su modo, Bettelheim comprueba así que el partenaire
del trauma no es la estructura «psicopatológica» donde
él viene a inscribirse -según el exceso o la escasez de
satisfacción con la que Freud distingue las psiconeurosis- sino
el discurso mismo en tanto estructura, por cuanto es él el que
estabiliza las relaciones de significación en las que se ampara
el sujeto. Se trate de neurosis, psicosis o perversión, la potencia
enloquecedora de lo traumático no reconoce otra clínica
diferencial que la que permite establecer el semblante, en cuanto logra
o no «irrealizar» efectivamente lo real.
Desde luego, la posibilidad de dar sentido a lo que se ubica en sus confines,
en el límite externo de su exterioridad, es, en esas circunstancias,
inherente al mantenimiento o la recomposición de un mínimo
sostén fantasmático por parte del sujeto; lo que sólo
es factible si el Otro mantiene algún grado de integridad, de consistencia,
para «semblantizar» lo real en una trama significativa. Ese
Otro que en su film «La vita é bella» Benigni encarna
en el personaje de ese padre que da cuerpo a la ilusión lúdica
del niño y, a través de ella, sostiene en el espectador
la creencia en la fuerza protectora de la función paterna.(3)
Sea invocando a Dios, la causa, la trascendencia de una misión,
el poder enloquecedor de lo traumático es atenuado por la organización
de aquellos ideales que sustentan al sujeto, atemperando el sin sentido
e interponiéndose, como una envoltura, ante lo real.
En el caso del propio Bettelheim, ese Otro parece erigirse laicamente,
más allá del psicoanálisis, en relación a
la ciencia. Respecto de lo cual su libro adquiere una singularidad extraordinaria,
por cuanto despliega ante nuestros ojos el intento de tejer ese velo en
el acto mismo de su escritura; escritura que, producida «afuera»,
se dirige hacia atrás, buscando reasegurar retroactivamente aquello
que «adentro» sólo podía ser una apuesta insensata,
como obligado a ganarla veinte años después.
Bettelheim consagra así su vida a una causa, la de los niños
perturbados, víctimas de una severa carencia, en los que reconoce
sin duda la marca de su propia vivencia de privación. Algo que
no sería excesivo traducir como la inefable esperanza de obtener
algún provecho del sin sentido que le tocó vivir, procurando
la compensación de convertirlo en algo útil, productivo,
que haya servido para algo.
Nada nos permite pensar que, en verdad, su empresa «reparatoria»
haya tenido éxito. Las circunstancias de su suicidio en 1990, asfixiado
con una bolsa de nylon (autoimponiéndose lo que en la lúgubre
jerga de la tortura de la época se conocía como «submarino
seco»), y las denuncias que se conocerían entonces sobre el
presunto maltrato infligido a los niños en su institución,
sus bruscos y poco contemplativos comportamientos (4)
parecerían indicar, más probablemente, lo contrario. Esas
reacciones ponen más bien al descubierto una fuerza irrefrenable
cuya potencia maligna caracteriza, para Freud, la insistencia de lo traumático.
Porque en ese retorno fatídico de lo que él padeció,
hay un efecto propiamente siniestro: el encuentro con «lo mismo»,
una mismidad sin mayor desplazamiento ni metaforización, que delata
el fracaso de un trabajo de elaboración -o eventual sublimación-,
desnudando esa terca, ruidosa, e incoercible resistencia del trauma a
su tramitación.
El odio, el desprecio, la tortura, el abanico degradatorio de todas las
formas denigrantes de la vejación, ponen de relieve esa necesidad
vital para el sujeto, de velar el carácter mortificante del impacto
pulsional; vale decir, la necesidad primaria de faltarle al Otro, allí
donde al experimentarse gozado, el sujeto padece el oprobio enloquecedor
de su completud.
Nuestro
destino de mercados comunes
A falta de poder concluir,
un tiempo de preguntas.
La actualidad de la realidad concentracionaria no requiere una extensa
argumentación; ella se trasluce en la mayor parte de las propuestas
que ofrecen resolver de una buena vez los problemas vinculados a la inseguridad.
La drástica represión del delito deja entrever esa secuencia
rigurosa por la que el desempleo y la marginación encontrarían
en la cárcel su natural «continente» institucional. La
iniquidad del régimen penitenciario, el hacinamiento, la extrema
violencia y la denigración a la que son sometidos los reos ...
Sierra Chica está allí para recordárnoslo (5).
El ciclo productivo del criminal se relanza con tal virulencia, que no
es difícil adivinar el reclamo futuro de una «solución»
que se querrá «definitiva».
El proceso de expulsión social evidencia en su mecanismo, la misma
lógica segregativa que Lacan despeja en relación a la totalidad:
la excepción no confirma la regla, la funda, en la medida en que
representa su condición. El uno totalizante que hace existir el
significante se constituye por una exclusión, la necesaria extracción
de una parte(6). Perspectiva desde la cual Lacan pudo
efectivamente prever que «nuestro destino de mercados comunes»
se saldaría por el ineluctable incremento de la segregación.
No sabríamos alegrarnos por el acierto de su predicción,
cuya exactitud no aligera un ápice su dramatismo. En efecto, el
triunfo planetario de la globalización encuentra su triste correlato
en la expansión de la marginalidad, y no sólo en los suburbios
del desarrollo; «cuarto mundo» alude así, irónicamente,
al retorno inesperado del «tercero» en el «primero»,
encarnado en quienes son expulsados en su seno como homeless,
clochards, jonkees ... ¿Margen interior? ¿Periferia
central? La estructura de la «exclusión interna» ha sido
suficientemente trabajada por J.-A. Miller, como para que sea necesario
demorarnos en ella.(7)
Menos atendida, quizás, la incidencia «disgregativa»(8)
que la conjunción ciencia-capital ejerce en el seno de la totalidad
que ella conforma como mercado. La inclusión del objeto técnico
en la estructura libidinal del sujeto, el espejismo de suturar su división
a través de una satisfacción que emerge en el seno de una
voluntad de goce globalizada, se traduce en la figura de una colección
de sujetos que, en posesión del objeto, cuentan como uno; vale
decir, el conjunto de los individuos. La configuración reiterativa
y adicionante de esos sujetos indivisos -nombre lacaniano de la «debilidad
mental»- suturados con su objeto de goce, entraña una fragilización
de las estructuras discursivas que soportan el vínculo social,
en favor del robustecimiento de un autoerotismo cuya caricatura representa
a un consumidor consumido por su propio consumo.
Si en su panoptismo el Otro concentracionario reenvía al fantasma
inquietante de su completud, el Otro «disgregado» de la aldea
global se evidencia, por su parte, cada vez más fragmentario e
inconsistente. Diferencia que exige distinguir la presencia terrorífica
del Otro real, del tejido simbólico que estructura normativamente
los ideales, las costumbres, la tradición. Ambas topografías
-colecciones disgregantes, instancias concentracionarias- se recortan
sobre el horizonte segregativo que conlleva forzosamente la exigencia
totalizante de un mercado universal; y ambas se saldan por un efecto semejante
de desubjetivación: el sujeto resulta inerme frente a lo que, ante
la fragilidad de la legalidad discursiva, emerge disruptivamente como
real. La exposición a la contingencia traumática se ve,
entonces, incrementada doblemente, al hallarse no sólo facilitada
su ocurrencia, sino también aminorados los recursos capaces de
acogerla. El quiebre de las regulaciones simbólicas desprovee entonces
al sujeto de los semblantes que le permitirían velar aquello que
aparece fuera del saber, al tiempo que lo atrapan en las redes de esa
voluntad de goce que, allí donde lo convida también lo acecha.
La pérdida de un trabajo puede ser entonces causa suficiente de
suicidio, y el exabrupto de formas intolerables del abuso, el incesto,
la violencia gratuita, emergen como un «desmadre» frecuente
de la pulsión.
La captura de la ciencia en una estructura productiva rentable desencadena
así, acumulativamente, sus efectos sobre nuestra subjetividad.
¿Deberíamos anhelar el retorno a esas formas primitivas de
organización social en las que el mito atempera los enigmas, y
los ritos de iniciación aminoran la incidencia de lo real? ¿Abocarnos
a la invocación religiosa de principios sagrados que aseguren el
respeto de las prohibiciones fundantes? ¿Entregarnos acaso a las
bellas auroras de alguna promesa emancipatoria?
A la pregunta por «¿Qué hacer?», no sabríamos
contentarnos con responder, sencillamente, «el partido», el
partido de los psicoanalistas; no al menos, si aspiramos a pensar psicoanalíticamente
lo político. Entretanto, es preferible admitir humildemente ciertos
impasses de nuestra práctica, que arriesgarían desnaturalizarla.
Ya que no hay lugar para el psicoanálisis en una institución
total, y no lo hay en aquellas condiciones de desamparo que desproveen
los recursos indispensables a una elaboración sintomática
de lo real. Se torna antes necesario atender ese desvalimiento, destotalizar
previamente esa institución, ofreciendo un espacio vacío
capaz de suscitar el deseo del sujeto, bajo la forma de una esperanza,
una ilusión, un proyecto ...
Si el psicoanálisis ha tenido, desde su origen, un carácter
insidiosamente irritativo para el Amo es, antes que nada, porque, confrontado
a la circunstancia concreta, no sabría vacilar en su opción
decidida por el sujeto, en detrimento del orden institucional; el psicoanálisis
se rehúsa, más ampliamente, a asistir a ese orden como saber,
allí donde a la saga de la psiquiatría, la psicología
social, o la psicopedagogía, parecería tenderse a convocarlo
en una empresa semejante de ¿distracción?, ¿ocultamiento?,
¿justificación?
Notas:
1. La traducción
es nuestra. De aquí en adelante nos referiremos a la versión
francesa publicada con el título "Le coeur conscient".
Lafont. Le levre de Poch col. Pluriel, Paris, 1972.
2. Para Giorgio Agamben, el nazismo constituye el movimiento
biopolítico por excelencia al hacer de la vida natural el lugar
previlegiado de una desición soberana, y el campo de concentración,
por su parte, revela la cruda reducción del cuerpo político
(Bios) a su cuerpo biológico (Zöé) "Homos Sacer
- el poder soberano y la nuda vida". Pre-textos. Valencia, 1998.
3. "Ultima escena" Mario Pujó.
Diario Página 12. Buenos Aires, 18 de marzo de 1999, pag. 30.
4. El hecho de que a causa de sus brusquedades Bettelheim
fuera apodado "Beno Brutelheim" por algunos de sus colegas de
la Asociación Psicoanalítca de New York (Newsweek,
Nº Especial, 1990), produce una inevitable sonrisa. No es que sea
gracioso, sino que, como diría el propio Bettelheim, el humor es
una poderosísima defensa al horror.
5. Ocho días de duración, 17 rehenes, 8
asesinados descuartizados e incinerados en los hornos de la panadería,
constituye el patético record batido por el motín ocurrido
en el penal de máxima seguridad de Sierra Chica (Provincia de Buenos
Aires) en abril de 1996.
6. J. Lacan. Seminario IX: La identificación
(Inédito)
7. J. A. Miller. "Extimité".Curso
1985-86. Inédito. También "Extimidad", en Matemas.
Manantial, Bs.As., 1990.
8. M. Pujó. "La preguta pública".
En Revista de la perra. Año 7 - Nº 9, Rosario en el
mismo número: D. Kreszes, "Segregación y exterminio"
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