Ir a Datos de la Ilustración Trauma y desamparo.

Mario Pujó


Extraído de:

Lo que no cesa: del psicoanálisis a su extensión.
Mario Pujó.
Ediciones del Seminario. Colección Filigrana. Bs. As. 2001.

El Psicoanálisis y el Hospital. Nº 17.Clínica del desamparo.
Junio del 2000. Ediciones del seminario. Bs.As.



Del lugar etiológico que el trauma ocupa al inicio de la teorización freudiana, al escaso interés que su noción despierta en la actualidad de nuestra práctica, hay, cuando menos, una devaluación, en la que la enseñanza del propio Lacan ha tenido su incidencia.
Entre las múltiples razones que dan cuenta de esa depreciación, hay dos que, a mi juicio, no deberíamos soslayar. La primera, de orden estructural, atiende al desarreglo que el hecho de hablar instaura en el hablante, la perturbación que el lenguaje introduce en el plano de la regulación biológica de la necesidad. Así, ante la ausencia de una determinación instintiva del objeto, la relación del sujeto con lo real se halla forzosamente signada por un tropiezo, un «malencuentro» (dustuschia, dice Lacan), una inadecuación fundamental. A falta de la inscripción de un saber sobre el sexo, la irrupción del goce sexual deviene necesariamente traumática, y su experiencia subjetiva se traduce por lo inesperado de una sorpresa, el exceso o el defecto, el demasiado pronto o demasiado tarde de un destiempo insalvable.
Huella de la marca de un encuentro imposible, lo traumático nombra desde entonces el núcleo mismo del inconsciente al que torna solidario del concepto de repetición. En efecto, la contingencia del azar como tyché afecta de modo decisivo lo que vendrá después, introduciendo en la sucesión de los encuentros futuros del sujeto, el automaton de una regla y una regularidad. Tal la torsión que Lacan imprime a esos dos términos griegos con los que Aristóteles propone distinguir la causalidad propiamente humana de la animal. Y le permite definir los dos bordes de una hiancia que separa la noción de causa de la de determinación: el trazo de una experiencia casual condiciona en el sujeto su modo de gozar, sesgando las relaciones que establece con el Otro sexo por una Fixierung, ese modo de presentarse lo mismo que Freud denomina «fijación».
Si el inconsciente es una memoria que repite la marca de lo que el sujeto no recuerda, el trauma se sitúa en el corazón de la experiencia analítica, la que, al transitar su recorrido en el sentido retroactivo del après coup, lleva al sujeto a confrontarse con la parte de satisfacción que ha comprometido en la construcción de su destino. Se trata por tanto de verificar cada vez, cómo ese profundo trastorno -que la fórmula «no hay relación sexual» abrevia con provocativa concisión- adopta su forma específica al inscribirse como síntoma.
No obstante, si lo que ocurre como por azar no podría no haber ocurrido (no haber ocurrido sino como por azar), la noción de trauma alberga en su interior una paradoja: ante la necesariedad de su ocurrencia la contingencia pierde su carácter extraordinario, banalizando su excepcionalidad.
La segunda razón de la depreciación psicoanalítica del concepto de trauma que querría retener, es de orden estrictamente clínico. Si el sujeto constituye la primera consecuencia del acto analítico y, como tal, representa la condición inaugural de un análisis, lo que nos interesa del trauma, antes que el acontecimiento efectivo, es su valor de experiencia; vale decir, no el hecho en sí, sino la participación del sujeto en lo vivido, el modo en que se halla concernido por ello, lo que ha hecho a partir de él.
Allí donde en Freud se constata una larga vacilación en relación a estos dos aspectos del trauma (a los que denominaré su cara acontecimiento y su cara sujeto) que se prolonga a lo largo de su obra (desde los «Stüdien ...» hasta «Análisis terminable...»), hay de entrada en Lacan una clara toma de partido, que se pone en juego, por ejemplo, en la distinción inicial entre «pasado» e «historia». No se trata, en efecto, del factum, el hecho ocurrido, sino de su inclusión en una secuencia significativa, su reconsideración retroactiva, descontando que la perspectiva historizante que posibilita su relato constituye una función eminentemente subjetiva.
Lo que desde la perspectiva del análisis nos interesa es, en verdad, la implicación del sujeto en lo que «le» ocurrió, apoyándonos en la suposición de que en el modo en que eso lo afectó ha participado activamente, y es sobre ello que lo invitamos a responder. El sentido etimológico de «responsabilidad» designa así una condición sine qua non del análisis.
Podemos pensar, a partir de estas consideraciones, que el paso de la teoría del trauma a la del fantasma -en tanto producción subjetiva-, y sus dos tiempos constitutivos, resulta contemporáneo de la construcción del psicoanálisis, e inherente a su modo de «inventar» el inconsciente y dirigirse a él.
En relación a ello, me interesaría especialmente observar que el frecuente desliz que lleva a muchos analistas a desestimar inicialmente la veracidad de ciertas denuncias de abuso infantil, maltrato padecido o franco incesto, en favor de la presunción de una fantasía histérica, no responde sólo a una razón subjetiva del analista en cuestión. Más allá de lo que efectivamente se preferiría no saber y se evidencia solidario de los puntos ciegos de la propia represión, se insinúa, además, una exigencia que concierne a la constitución del discurso analítico y es condición de su clínica. Así, el notable carácter «siempre activo» de la pulsión, la sorprendente «masculinidad» de la libido (o la ironía sobre el «alma bella» que se limita a denunciar los desequilibrios de su entorno), son modos diversos de referirse a ese punto en el que no se reconoce al sujeto inocencia ni pasividad, y en el que es conminado a dar cuenta de los hechos constituyentes sin poder hacerlo en ningún caso como víctima.
Pero, a riesgo de hacernos efectivamente cómplices en la creación de una (reduplicando en los hechos el desamparo que eventualmente el sujeto padeció), muchas circunstancias de la clínica tal como se nos presenta en sus fronteras, en el horizonte de las condiciones que impone y caracterizan esta época, exige que nuestra posición de abstinencia adopte una forma distinta que la de la simple inacción. Ya que por fuera de aquello que necesariamente ocurre como contingencia, existe lo contingente en tanto tal, esto es, lo que podría no haber ocurrido, lo que debería no ocurrir.
Más allá de la marca que organiza en su repetición la estructura del saber que condiciona los desplazamientos del sujeto, puede a veces irrumpir algo que conmociona, trastoca y a veces devasta la estructura misma de ese saber.

Ir a Datos de la IlustraciónBettelheim

Si el desamparo originario (Hilflosigkeit), es decir, la inermidad primitiva del sujeto, su completa dependencia del Otro -y lo que desde esa perspectiva se percibe como la potencia de su arbitrariedad- instituye el prototipo de toda situación traumática, podemos pensar que el campo de concentración -tal como algunas descripciones nos permiten reconstruirlo- constituye dramáticamente su paradigma. Se trata, en efecto, de una experiencia de sometimiento a una situación de iniquidad absoluta, sostenida en el tiempo, en condiciones de extrema privación, tanto de orden material como afectivo y en ausencia de una mínima legalidad.
Entre los diversos y siempre desgarradores relatos sobre la vida en los campos, el de Bruno Bettelheim tiene, para nosotros, un interés especial. Se trata del testimonio de un psicoanalista, y de uno formado en la Sociedad de Viena, en la proximidad del propio Freud, a quien tuvo oportunidad de conocer y admirar. El hecho de serlo no es, por otra parte, ajeno a lo que a su propio entender le permitió mantenerse en vida, albergando la improbable esperanza de no enloquecer, y de preservar, incluso, lo esencial de su personalidad anterior. Su experiencia como prisionero transforma, además, su concepción del psicoanálisis, hasta el punto de modificar su elaboración teórica y sus modos de instrumentación práctica; lo que lo conduce a diseñar un dispositivo terapéutico sustentado precisamente en lo que cree poder extraer como enseñanza de su propio padecimiento.
De manera forzosa e imprevista, Bettelheim comprueba que su formación analítica y sus años de diván le resultan un recurso valiosísimo durante su cautiverio, aunque no por el saber que ellos le habrían provisto, ni mucho menos por el grado de «equilibrio» mental que le habrían permitido alcanzar. Se trata, en verdad, de manera más elemental, de esa actitud de atención e interés por el comportamiento humano, ese rasgo de apertura y curiosidad ante lo nuevo, lo desconocido, que él reconoce como propio de su práctica como analista; algo que, ante la inminencia de su hundimiento emocional y su quiebre definitivo, enciende en él una ilusión, bajo la forma luminosa de un proyecto. Se decide entonces a observar las reacciones de sus compañeros, registrando mentalmente -a falta de poder hacerlo por escrito- sus observaciones, con el propósito de llevar a cabo un estudio objetivo de la evolución del comportamiento humano en situaciones extremas.
Logra así asumir una actitud, una posición, un papel, que le permite poner alguna distancia ante los hechos con que se confronta, a través del espejismo de hallarse en una situación que, desde esa óptica -que él no desconoce es exorbitante- podría considerarse «privilegiada». No es que ignorara el carácter fabulatorio de semejante postura; «pero aún así» -tal la fórmula inmortalizada por Octave Mannoni-, su engaño le proporciona una vital utilidad: logra por momentos persuadirse de que su forzada estadía es una oportunidad única de corroborar la brutal incidencia del medio sobre el individuo, en condiciones en las que su capacidad de interactuar se halla prácticamente anulada. Creencia que si no llega a velar su exposición personal al horror, le permite al menos mitigarla fragmentariamente, sosteniendo y sosteniéndose en la renegación que la hace posible. En el mantenimiento de esa «convicción» le va, literalmente, la vida.
Bettelheim pasa un año entero, de 1938 a 1939, en dos campos de concentración, seis meses en Dachau y seis meses en Buchenwald, al cabo de los cuales es liberado. Pero es sólo en 1960, vale decir, más de veinte años después, que aborda el estudio de su experiencia de un modo sistemático, tal como lo había concebido inicialmente; publica entonces el resultado de su trabajo en Nueva York en un libro que titula «The informed heart» («Corazón instruido»)(1). Ese extenso período de tiempo, inusual para lo que sería la «comunicación» de una «observación científica», no es, en verdad, un hecho aislado ni fortuito. Se presenta regularmente en el caso de muchos testimonios de sobrevivientes, como en el de Elie Wiesenthal o el de Jorge Semprún, siendo ese lapso para este último, el objeto de una reflexión que inspira el título de su libro, «La escritura o la vida», enunciando en él la elección forzada que explica su postergación. A falta de algo mejor, el transcurso temporal, la sucesión de vivencias, la acumulación de experiencias, asegura en todos ellos una mínima distancia que les permite aproximarse al precipicio del horror sin sentir el riesgo vertiginoso de verse atrapados nuevamente en él.
Pero lo que me parece en este caso francamente notable y me resulta importante remarcar, es el efecto de verdad que la ficción que él construye ejerce sobre el propio Bettelheim. Ya que gracias a lo que al comienzo no podía ser más que una insensata quimera, consigue no sólo sobrevivir a las mayores atrocidades, sobrellevando de algún modo sus penurias -lo que no es poco de por sí-, sino que logra además, dos décadas después, con la escritura de su experiencia, conferirle una realidad efectiva.
A través de la reconstrucción de los episodios vividos, la recopilación de los diálogos con sus compañeros y los relatos posteriores de otros sobrevivientes, Bettelheim nos ofrece, entonces, un sólido testimonio acerca de ese crimen gigantesco, monstruoso, al que denuncia en su malignidad, y sobre cuya oscura racionalidad nos alerta. Produce, con ello, un conocimiento objetivo del campo de concentración en tanto «institución»; en particular, su doble función de espacio de entrenamiento de las SS, y de ámbito privilegiado de experimentación: en el plano económico (cómo obtener el máximo rendimiento humano con el mínimo de «insumos» -alimento, sueño, abrigo, etc.-); en el plano psico-social (cómo dominar el más amplio número de personas con la menor cantidad de guardias); en el plano biológico (ensayo de drogas, armas, venenos, formas de contagio, técnicas quirúrgicas, etc.). Con lo que da cuenta del funcionamiento del campo como el de un enorme y despiadado laboratorio de pruebas sobre cobayos humanos.
Pero, al mismo tiempo, Bettelheim avanza sobre lo que constituye el «verdadero» objeto de su estudio, en cuanto registra, describe y compara el comportamiento, las reacciones y la transformación de las diferentes personas, según su pertenencia a distintos grupos; ya sea siguiendo los criterios originarios (diferencias étnicas, religiosas, políticas, de clase, profesión, educación), ya sea según los diversos agrupamientos que se van consolidando a partir del cautiverio (los nuevos, los viejos, los kapos, los «musulmanes»)
Vemos así desplegarse diferentes formas de evolución, frente a un mismo proceso que tiende a suprimir en cada interno su condición de sujeto, al reducirlo a su más cruda objetalidad; hasta el punto que si quiere tener alguna chance de sobrevivir, no sólo no debe reclamar, protestar, sublevarse, sino que no debe ver, oír, ni percibir las atrocidades que ocurren delante de sus ojos; y, sobre todo, no debe hacerse observar, ser distinguido, diferenciarse en el sombrío ropaje de esa mortificada masa humana en la que debe confundirse. Un proceso de cosificación colectiva y anonimizante que induce una reacción regresiva e infantil, caracterizada por la dependencia, la sumisión, la obediencia ciega, el encierro autístico. Vale decir, la reducción del sujeto a lo que G. Agamben denomina la «nuda vida», su aminoramiento a una pura existencia biológica (2); lo que si es quizás una noción abusiva en el ser hablante en tanto tal, permanece no obstante como el punto de mira de esa completa deshumanización a la que aspira el tratamiento concentracionario.
Desde el punto de vista de lo que en esas condiciones parece un eufemismo llamar «salud mental», son muchas las conclusiones a las que arriba Bettelheim a partir de su experiencia, la que imprime, desde entonces, su marca al curso de su pensamiento teórico y a la orientación de sus propuestas terapéuticas. Algo que se percibe incluso en el título de cada uno de sus libros, tanto en su obra anterior («El amor no basta», 1950; «Las heridas simbólicas», 1954; «Evadidos de la vida», 1955), como en su obra posterior («La fortaleza vacía», 1967; «Los niños del sueño», 1969; «Un hogar para el corazón», 1974), títulos que son notablemente sugestivos de por sí.
Porque la ilusión que sostiene Bettelheim -y en la que él mismo se sostiene-, lo conduce a imaginar un espacio de tratamiento para niños autistas o severamente perturbados que, a riesgo de cierta simplificación, resumiríamos en la idea siguiente: si la influencia de un medio que suprime la posibilidad de reacción del sujeto es capaz de enloquecer, otro contexto que, en sentido contrario, tome en cuenta sus capacidades creativas de interactuar, tendrá una incidencia terapéutica; siendo el equilibrio entre lo emocional y lo racional -un «corazón pensante»-, el no predominio defensivo de uno sobre otro, la condición y, al mismo tiempo, el objetivo de la curación. Su proyecto se cristaliza en 1947 con la fundación de la «Escuela Ortogenética de Chicago» cuya dirección preside hasta su muerte.
Desde luego, serían muchas y muy extensas las interpretaciones y discusiones que las afirmaciones de Bettelheim merecen; sólo retendré, a los efectos de los que me propongo desarrollar aquí, aquellas que hacen a las condiciones que evidencian propiciar cierta tolerancia frente a situaciones terribles, y que son, además, las mismas que, a los ojos de Bettelheim, pondrían en jaque buena parte de las elaboraciones psicoanalíticas y lo llevan a distanciarse de ellas.
Desde el inicio, por ejemplo, Bettelheim comprueba que aquellas personas que, en los términos habituales de la Sociedad Psicoanalítica de Viena serían consideradas «normales», no son, ni remotamente, las más aptas para soportar el rigor de una situación extrema. La aparente salud, la buena adaptación, la mejor vinculación con la realidad, no representan un reaseguro para preservar el equilibrio mental en circunstancias tan gravemente adversas. Éstas reclaman categorías que no son las de la vida corriente, distinción que va tomando cuerpo simplificadamente en la oposición, bastante frecuente por otra parte, entre un «adentro» y un «afuera».
Así, los Testigos de Jehová que no gozan «afuera» de una gran reputación en cuanto a su estabilidad psíquica, permanecían «adentro» singularmente solidarios y respetuosos de los demás, soportando su suerte con notable entereza. Detenidos por rehusarse a portar armas -en tanto «objetores de conciencia»-, no sólo demostraban una gran dignidad ante su inhumano cautiverio, sino que se negaban a aceptar su liberación a cambio de ser afectados al servicio militar.
De manera semejante, los detenidos por razones políticas asumían la desmesura de su castigo como una constatación de su peligrosidad para el régimen, lo que a su juicio confirmaba lo bien fundado de sus ideas y reafirmaba el sentido de sus militancias. Así como las personas firmemente religiosas demostraban una mayor resignación ante la crueldad de la que eran objeto, al concebirla como una prueba exigida por el siempre insondable designio divino.
En cambio, los sectores de clase media que exhibían cierta mentalidad «arribista» y no cuestionaban tanto el oprobio del sistema en sí, como el «error» de haber sido sometidos a él, sucumbían pronto a la desesperación, perdiendo rápidamente la razón y, al poco tiempo, la vida.
De lo que se desprende, entre otras cosas, que incluso en las condiciones de mayor inclemencia, la explicación, la justificación, el recurso al sentido -aún en su presumible insensatez-, posee una fuerza vital extraordinaria, al ejercer propiamente una función de velamiento. Se trata de una especie de trama, de pantalla, de intermediación, capaz de irrealizar la desnudez del acontecimiento, refractando su inmediatez y resguardando aunque sea en un nivel elemental, las condiciones mínimas de su posible subjetivación; una delgadísima malla que recubre con alguna opacidad la crudeza del hecho.
A su modo, Bettelheim comprueba así que el partenaire del trauma no es la estructura «psicopatológica» donde él viene a inscribirse -según el exceso o la escasez de satisfacción con la que Freud distingue las psiconeurosis- sino el discurso mismo en tanto estructura, por cuanto es él el que estabiliza las relaciones de significación en las que se ampara el sujeto. Se trate de neurosis, psicosis o perversión, la potencia enloquecedora de lo traumático no reconoce otra clínica diferencial que la que permite establecer el semblante, en cuanto logra o no «irrealizar» efectivamente lo real.
Desde luego, la posibilidad de dar sentido a lo que se ubica en sus confines, en el límite externo de su exterioridad, es, en esas circunstancias, inherente al mantenimiento o la recomposición de un mínimo sostén fantasmático por parte del sujeto; lo que sólo es factible si el Otro mantiene algún grado de integridad, de consistencia, para «semblantizar» lo real en una trama significativa. Ese Otro que en su film «La vita é bella» Benigni encarna en el personaje de ese padre que da cuerpo a la ilusión lúdica del niño y, a través de ella, sostiene en el espectador la creencia en la fuerza protectora de la función paterna.(3)
Sea invocando a Dios, la causa, la trascendencia de una misión, el poder enloquecedor de lo traumático es atenuado por la organización de aquellos ideales que sustentan al sujeto, atemperando el sin sentido e interponiéndose, como una envoltura, ante lo real.
En el caso del propio Bettelheim, ese Otro parece erigirse laicamente, más allá del psicoanálisis, en relación a la ciencia. Respecto de lo cual su libro adquiere una singularidad extraordinaria, por cuanto despliega ante nuestros ojos el intento de tejer ese velo en el acto mismo de su escritura; escritura que, producida «afuera», se dirige hacia atrás, buscando reasegurar retroactivamente aquello que «adentro» sólo podía ser una apuesta insensata, como obligado a ganarla veinte años después.
Bettelheim consagra así su vida a una causa, la de los niños perturbados, víctimas de una severa carencia, en los que reconoce sin duda la marca de su propia vivencia de privación. Algo que no sería excesivo traducir como la inefable esperanza de obtener algún provecho del sin sentido que le tocó vivir, procurando la compensación de convertirlo en algo útil, productivo, que haya servido para algo.
Nada nos permite pensar que, en verdad, su empresa «reparatoria» haya tenido éxito. Las circunstancias de su suicidio en 1990, asfixiado con una bolsa de nylon (autoimponiéndose lo que en la lúgubre jerga de la tortura de la época se conocía como «submarino seco»), y las denuncias que se conocerían entonces sobre el presunto maltrato infligido a los niños en su institución, sus bruscos y poco contemplativos comportamientos (4) parecerían indicar, más probablemente, lo contrario. Esas reacciones ponen más bien al descubierto una fuerza irrefrenable cuya potencia maligna caracteriza, para Freud, la insistencia de lo traumático. Porque en ese retorno fatídico de lo que él padeció, hay un efecto propiamente siniestro: el encuentro con «lo mismo», una mismidad sin mayor desplazamiento ni metaforización, que delata el fracaso de un trabajo de elaboración -o eventual sublimación-, desnudando esa terca, ruidosa, e incoercible resistencia del trauma a su tramitación.
El odio, el desprecio, la tortura, el abanico degradatorio de todas las formas denigrantes de la vejación, ponen de relieve esa necesidad vital para el sujeto, de velar el carácter mortificante del impacto pulsional; vale decir, la necesidad primaria de faltarle al Otro, allí donde al experimentarse gozado, el sujeto padece el oprobio enloquecedor de su completud.

Ir a Datos de la IlustraciónNuestro destino de mercados comunes

A falta de poder concluir, un tiempo de preguntas.
La actualidad de la realidad concentracionaria no requiere una extensa argumentación; ella se trasluce en la mayor parte de las propuestas que ofrecen resolver de una buena vez los problemas vinculados a la inseguridad. La drástica represión del delito deja entrever esa secuencia rigurosa por la que el desempleo y la marginación encontrarían en la cárcel su natural «continente» institucional. La iniquidad del régimen penitenciario, el hacinamiento, la extrema violencia y la denigración a la que son sometidos los reos ... Sierra Chica está allí para recordárnoslo (5). El ciclo productivo del criminal se relanza con tal virulencia, que no es difícil adivinar el reclamo futuro de una «solución» que se querrá «definitiva».
El proceso de expulsión social evidencia en su mecanismo, la misma lógica segregativa que Lacan despeja en relación a la totalidad: la excepción no confirma la regla, la funda, en la medida en que representa su condición. El uno totalizante que hace existir el significante se constituye por una exclusión, la necesaria extracción de una parte(6). Perspectiva desde la cual Lacan pudo efectivamente prever que «nuestro destino de mercados comunes» se saldaría por el ineluctable incremento de la segregación.
No sabríamos alegrarnos por el acierto de su predicción, cuya exactitud no aligera un ápice su dramatismo. En efecto, el triunfo planetario de la globalización encuentra su triste correlato en la expansión de la marginalidad, y no sólo en los suburbios del desarrollo; «cuarto mundo» alude así, irónicamente, al retorno inesperado del «tercero» en el «primero», encarnado en quienes son expulsados en su seno como homeless, clochards, jonkees ... ¿Margen interior? ¿Periferia central? La estructura de la «exclusión interna» ha sido suficientemente trabajada por J.-A. Miller, como para que sea necesario demorarnos en ella.(7)
Menos atendida, quizás, la incidencia «disgregativa»(8) que la conjunción ciencia-capital ejerce en el seno de la totalidad que ella conforma como mercado. La inclusión del objeto técnico en la estructura libidinal del sujeto, el espejismo de suturar su división a través de una satisfacción que emerge en el seno de una voluntad de goce globalizada, se traduce en la figura de una colección de sujetos que, en posesión del objeto, cuentan como uno; vale decir, el conjunto de los individuos. La configuración reiterativa y adicionante de esos sujetos indivisos -nombre lacaniano de la «debilidad mental»- suturados con su objeto de goce, entraña una fragilización de las estructuras discursivas que soportan el vínculo social, en favor del robustecimiento de un autoerotismo cuya caricatura representa a un consumidor consumido por su propio consumo.
Si en su panoptismo el Otro concentracionario reenvía al fantasma inquietante de su completud, el Otro «disgregado» de la aldea global se evidencia, por su parte, cada vez más fragmentario e inconsistente. Diferencia que exige distinguir la presencia terrorífica del Otro real, del tejido simbólico que estructura normativamente los ideales, las costumbres, la tradición. Ambas topografías -colecciones disgregantes, instancias concentracionarias- se recortan sobre el horizonte segregativo que conlleva forzosamente la exigencia totalizante de un mercado universal; y ambas se saldan por un efecto semejante de desubjetivación: el sujeto resulta inerme frente a lo que, ante la fragilidad de la legalidad discursiva, emerge disruptivamente como real. La exposición a la contingencia traumática se ve, entonces, incrementada doblemente, al hallarse no sólo facilitada su ocurrencia, sino también aminorados los recursos capaces de acogerla. El quiebre de las regulaciones simbólicas desprovee entonces al sujeto de los semblantes que le permitirían velar aquello que aparece fuera del saber, al tiempo que lo atrapan en las redes de esa voluntad de goce que, allí donde lo convida también lo acecha. La pérdida de un trabajo puede ser entonces causa suficiente de suicidio, y el exabrupto de formas intolerables del abuso, el incesto, la violencia gratuita, emergen como un «desmadre» frecuente de la pulsión.
La captura de la ciencia en una estructura productiva rentable desencadena así, acumulativamente, sus efectos sobre nuestra subjetividad. ¿Deberíamos anhelar el retorno a esas formas primitivas de organización social en las que el mito atempera los enigmas, y los ritos de iniciación aminoran la incidencia de lo real? ¿Abocarnos a la invocación religiosa de principios sagrados que aseguren el respeto de las prohibiciones fundantes? ¿Entregarnos acaso a las bellas auroras de alguna promesa emancipatoria?
A la pregunta por «¿Qué hacer?», no sabríamos contentarnos con responder, sencillamente, «el partido», el partido de los psicoanalistas; no al menos, si aspiramos a pensar psicoanalíticamente lo político. Entretanto, es preferible admitir humildemente ciertos impasses de nuestra práctica, que arriesgarían desnaturalizarla. Ya que no hay lugar para el psicoanálisis en una institución total, y no lo hay en aquellas condiciones de desamparo que desproveen los recursos indispensables a una elaboración sintomática de lo real. Se torna antes necesario atender ese desvalimiento, destotalizar previamente esa institución, ofreciendo un espacio vacío capaz de suscitar el deseo del sujeto, bajo la forma de una esperanza, una ilusión, un proyecto ...
Si el psicoanálisis ha tenido, desde su origen, un carácter insidiosamente irritativo para el Amo es, antes que nada, porque, confrontado a la circunstancia concreta, no sabría vacilar en su opción decidida por el sujeto, en detrimento del orden institucional; el psicoanálisis se rehúsa, más ampliamente, a asistir a ese orden como saber, allí donde a la saga de la psiquiatría, la psicología social, o la psicopedagogía, parecería tenderse a convocarlo en una empresa semejante de ¿distracción?, ¿ocultamiento?, ¿justificación?


Notas:

1. La traducción es nuestra. De aquí en adelante nos referiremos a la versión francesa publicada con el título "Le coeur conscient". Lafont. Le levre de Poch col. Pluriel, Paris, 1972.
2. Para Giorgio Agamben, el nazismo constituye el movimiento biopolítico por excelencia al hacer de la vida natural el lugar previlegiado de una desición soberana, y el campo de concentración, por su parte, revela la cruda reducción del cuerpo político (Bios) a su cuerpo biológico (Zöé) "Homos Sacer - el poder soberano y la nuda vida". Pre-textos. Valencia, 1998.
3. "Ultima escena" Mario Pujó. Diario Página 12. Buenos Aires, 18 de marzo de 1999, pag. 30.
4. El hecho de que a causa de sus brusquedades Bettelheim fuera apodado "Beno Brutelheim" por algunos de sus colegas de la Asociación Psicoanalítca de New York (Newsweek, Nº Especial, 1990), produce una inevitable sonrisa. No es que sea gracioso, sino que, como diría el propio Bettelheim, el humor es una poderosísima defensa al horror.
5. Ocho días de duración, 17 rehenes, 8 asesinados descuartizados e incinerados en los hornos de la panadería, constituye el patético record batido por el motín ocurrido en el penal de máxima seguridad de Sierra Chica (Provincia de Buenos Aires) en abril de 1996.
6. J. Lacan. Seminario IX: La identificación (Inédito)
7. J. A. Miller. "Extimité".Curso 1985-86. Inédito. También "Extimidad", en Matemas. Manantial, Bs.As., 1990.
8. M. Pujó. "La preguta pública". En Revista de la perra. Año 7 - Nº 9, Rosario en el mismo número: D. Kreszes, "Segregación y exterminio"