Ir a Datos de la IlustraciónEl sin-sentido del desvalimiento.

Jorge Tarela

 

1.1 Introducción del concepto de desvalimiento en la obra de Freud

El idioma alemán cuenta con estos tres términos que pueden traducirse como desvalimiento o bien seguir otra acepción: Hilflosigkeit (que sugiere en orden de acepción desvalimiento, desarrimo, desnudez, desamparo); Verlassenheit (que sugiere abandono, desamparo, desabrigo o desvalimiento);Hilfsbedürftigkeit (que sugiere desvalimiento o desamparo -bedürftigkeit es indigencia o necesidad).
La traducción de las Obras Completas de Sigmund Freud por Etcheverry se hace más compacta en relación al término desvalimiento que aparece floridamente aunque no se pueda desprender a que acepción de las nombradas corresponda -vale aclarar que este trabajo no fue sólo de traducción sino de cotejamiento entre la Standar Edicion y el original Alemán-, mientras que en la traducción de Ballesteros se diluye la aparición del término desvalimiento en función del contexto de la frase en alemán. En el caso de la traducción de Lacan -que prefería el texto en alemán ante las pésimas traducciones al francés- el término empleado -luego traducido-es indefensión: se trata aquí del peso de lo simbólico en su faz jurídica.

1.2 Esquema conceptual del término.

El rastreo del término desvalimiento o similar en las traducciones dan cuenta de diversos objetos de desvalimiento en la Obra freudiana como también así de diversos agentes por los cuales es procurado el desvalimiento o bien superado en cuanto efecto.
Los objetos de desvalimiento descriptos por Freud son en primer lugar el Yo del sujeto en cuestión y el niño como construcción del análisis. Ambos pueden fundirse en la imagen más precisa de la "inmadurez del yo del niño", imagen coincidente con cierto infantilismo del sujeto. A veces -muchas menos veces- aparece la figura del individuo, o ciertos estados de éste, como el muerto, el recién nacido, la mujer grávida, los vástagos, pero en esos casos no se aclara si el estado de desvalimiento recae sobre todo el individuo o sobre su Yo o sobre su inmadurez. También se habla de situaciones de desvalimiento a su vez materiales o psíquicas. Estas situaciones, depende del contexto, aparecen diferenciadas o identificadas.
En cuanto al agente de desvalimiento tenemos en forma general la figura del otro, el semejante, lo ajeno, la figura del mayor, los padres, el adulto experimentado, entre otras. También se alude en forma impersonal a factores biológicos o históricos, como la tensión hipertrófica de la necesidad, la exigencia pulsional, el peligro realista, la añoranza de cierta protección, la pérdida de objeto o del amor de objeto y otros en menor medida, como cierta continuidad del proceso de investidura no inhibido y ciertos estados oníricos ominosos.
La diversidad es enorme tanto en el registro del objeto como en el del agente. ¿Cómo procurarnos un esquema que respete al desvalimiento como concepto generatriz de un campo teórico ante tanta diversidad?. Por ejemplo, no es lo mismo situar al Yo como sujeto del campo a explorar frente a las exigencias pulsionales, que situar al niño indefenso como sujeto de una voluntad arbitraria. ¿Cambia según el ejemplo el objeto de estudio -que podemos llamar sujeto del desvalimiento- como cambia también el agente en cuestión?. Creemos que lo que cambia, -lo variable- se sitúa en un campo en donde se ubican dichos elementos, procurando una cierta reducción que posibilite mejor al concepto en su ejecución práctica.
Dicho campo podría ubicar como distintos a un desvalimiento vivido de otro desvalimiento actual y ambos diferenciarse a su vez de un desvalimiento estructurante. ¿Pero en qué se diferencia un desvalimiento vivido en la historia de alguien de otro actual y presente para cualquiera?. La diferencia para el análisis, -y en esto Freud está dispuesto a dialogar puesto que sabía que no toda persona conoce el psico análisis- que eso actual o vivido para el sujeto, se junta en algún punto con lo estructural, y en esos casos Freud habla no del niño o del Yo desvalidos, sino del individuo, o del paciente, o del caso: hace diferencias.
Pero si hacemos un pasaje obligado por el desvalimiento estructural es porque estamos hablando de algo necesario para la comprensión del proceso de cierta cura. Cuando Freud cita a su paciente ruso y dice que llegó en un total "estado de desvalimiento", no se refiere al desvalimiento estructural sino al actual posible del paciente. Pero también refiere, en parte, a un desvalimiento vivido por el paciente y que tampoco es el estructural.
Ese desvalimiento estructural Freud lo refiere al situar un origen posible de la religión "Así, el motivo de la añoranza del padre es idéntico a la necesidad de ser protegido de las consecuencias de la impotencia humana; la defensa frente al desvalimiento infantil confiere sus rasgos característicos a la reacción ante el desvalimiento que el adulto mismo se ve precisado a reconocer, reacción que es justamente la formación de la religión". (1)" o bien como lo sitúa en el "Entwurf..." (2)siendo el origen de todos los motivos morales. Este desvalimiento primero y original, como tal situado lógicamente en la sincronía histórica del sujeto, da cuenta del encuentro con ese Otro absolutamente distinto al sujeto, pero necesario como dijimos para su localización en tanto sujeto y ser parlante, el sujeto se encuentra en la imposibilidad de desentenderse de ese Otro y autofundarse. Decimos que este desvalimiento (indefensión simbólica según la traducción de Lacan) deja al sujeto a merced del Otro y su Ley, dada la imposibilidad doble de separación y alienación absolutas. Según Freud, entonces, el agente del desvalimiento estructurante es de género neutro, el auxilio ajeno lo llama. Más adelante en su Obra situará a los padres -motivos históricos- o a factores biológicos -tensión hipertrófica de la necesidad, como versiones de eso neutro. Consideramos que lo neutro se disipa en esas imágenes fenomenológicas. Preferimos situar allí una coordenada que haga al universo simbólico y no al imaginario.
Que no sea otro, un otro extraño y familiar, sino una Otredad, no más de lo Mismo, sino un Otro. Incluso más, lo Otro, para sostener así ese carácter neutro.
Esto vale -y veremos de qué manera vale- para el desvalimiento estructural más no para el actual o el vivido, en esos casos es necesario precisar el agente, y Freud siempre lo hace, puesto que el agente del desvalimiento vivido o actual nunca es neutro, es imaginario -un otro revestido idealmente- o es simbólico -puede ser una función o alguien cuyos atributos van más allá de él. En los ejemplos de Freud incluso aparece en el caso del sueño ominoso, como un interior opaco del sueño, en los otros ejemplos es sin duda imaginario y el objeto del desvalimiento es el Yo, cuando de éste se trata o bien de una figura representante simbólica o jurídicamente hablando. Por ende podemos presentar el siguiente esquema que permita distinguir al concepto desvalimiento del término que se utiliza

  Desvalimiento
estructural
Desvalimiento
vivido
Desvalimiento
actual
Objeto de
desvalimiento
imaginario simbólico real
Agente de
desvalimiento
real imaginario simbólico
Campo en que se desenvuelve simbólico real -> imaginario imaginario -> real


Una vez despejado los campos, sobre todo el del desvalimiento estructural, podemos ocuparnos de la confusión de planos en que usualmente quedan los otros desvalimientos, el vivido y el actual. Se critica a veces ciertas posturas que toman por imaginarios los acontecimientos vividos -por ejemplo un trauma- cuando en realidad esos acontecimientos relatados en la cura tienen el estatuto de reales. Se denuncia una posible degradación que creemos consiste en no tener forjada una idea de lo real como imposible, sino simplemente un criterio de realidad -una moral por cierto- que intenta dar cuenta de eso y que indudablemente no lo logra. Pero también hay que destacar que esos mismos que intentan eliminar la primera degradación no pueden, por lo mismo que estamos diciendo -una realidad como sustento- más que potencializar lo actual como real, cuando lo que se relata y por el hecho de ser un relato de lo que ocurre efectivamente, realiza una apariencia de real, es decir un imaginario que no se sostiene en los dichos posteriores del consultante. No es imaginario lo real vivido ni real lo actual relatado. Estos son efectos del relato en la cura. Y de allí se desprende también, basta con cotejarlo y ubicarlo, al sujeto y al agente de dichos desvalimientos.
Una experiencia de desvalimiento, valga el ejemplo, puede ser la misma en su descripción y sin embargo ser diferenciada en la cura como vivida o actual, según el caso. No se trata aquí de una mera calificación que a poco conduciría, sino de manifestar que el relato mismo posiciona al sujeto y da cuenta de él, en el preciso momento de su enunciación, no sin la presencia de otro. Por ejemplo en la lectura de la Obra Freudiana puede englobarse los casos de desvalimientos vividos por el consultante, como relatos en donde Freud sitúa un Yo desvalido ocasionalmente a causa de un agente siempre externo a ese Yo. El Yo no tiene el poder que sí tiene el agente idealizado, pero este Yo se confunde en el relato conla apariencia del consultante. Se trata de un Yo, que sufre al tiempo que desconoce las causas externas de su desvalimiento.
Pero una vez que sepa sobre eso, ese Yo ¿Podrá decir que antes no sabía?. La cuestión no es tanto si sabía o no, sino localizar a ese Yo cuando dice que ahora sabe que antes no sabía, ¿quién le garantiza ese saber actual?. En lo actual, la garantía se deduce porque está ocurriendo, el Yo cree saber que sabe, por esto Freud habla del individuo desvalido por las circunstancias actuales, es decir, no escindido por ese saber no sabido.


Ir a Datos de la Ilustración2. 1. Desvalimiento y despotismo del otro.

El libro de Alain Grosrichard (3) nos permite una serie de reflexiones y conclusiones sobre el serallo y sus componentes, tal vez una mirada occidental del asunto, que bien puede parodiar la imagen que nos construimos de esas familias o conjuntos de personas que comparten un mismo techo, tan propensas a forjar indefensión en uno o más de sus miembros.
El texto invita a pensar lo prohibido en el serallo como lo que cerca por todas partes, cada impronta no puede sino concluir con sangre, siendo esta sangre el signo del corte que se realiza.
Todo lo que ocurre en el serallo, por más nimio que sea, no hace más que reiniciar un crimen que se sostiene en el horizonte, el crimen que tal vez advendrá o que advino en algún momento. Las diversas entradas a ese refugio familiar en el serallo son nombradas de manera significativa: el refugio de los afligidos, el pasaje de la justicia, el ritual de la obediencia, todos nombres posibles para situar los ritos y tabúes que se establecen en todo secreto de índole familar. Por último el diván, más allá del umbral de la felicidad, el sitio del amo, el único destinado al supuesto máximo disfrute.
En el interior del serallo unos vigilan a los otros recíprocamente. Se distinguen, tal vez, por una dosis mayor o menor de servidumbre entre ellos y, haciendo gala de la excepción el único amo que es el amo del goce. Se nota un privilegio de la mirada -sexual- sobre las mujeres y los niños. No se autoriza ningún coito en el serallo, lo que no impide que se ejecuten, a escondidas de todos, claro está.
Pero más allá de las apariencias y semejanzas que podemos seguir nombrando entre el serallo y las familias que podemos entrever como productoras de desvalimiento, el libro de Grosrichard establece que el déspota tiene su origen personal en otra parte, es de otro lugar y además, en el serallo todos son extranjeros. Allí reina lo Otro-mismo, distinto a lo Uno-múltiple que se jerarquiza desde allí.. Hay una identificación negativa al déspota, identificación al déspota en tanto ausencia.
Se destacan en esa identificación los ciegos, los mudos, los bufones, los eunucos, las mujeres, los niños; cada cual cabalga una existencia montada en algún rasgo del déspota. Los hijos del amo son destronados, mantenidos como tales, infantilizados, no existe en la vida del déspota un otro futuro déspota, mientras el déspota vive, esto es innombrable, se privilegia lo actual.
En el despotismo hay una ruptura constante y real en todos los dominios, lo único que se sostiene es esa constancia en la ruptura. Están los hijos criados del déspota -hijos adoptados por el padre simbólico- en donde se privilegia la aptitud física y el cuerpo físico atleta de estos muchachos.
Cuerpos a ser vistos por el déspota, cuerpos que no le hablan, que no le miran.
Hay una disciplina del cuerpo y una estrategia con la diferencia en relación a esta identificación a lo negativo del déspota. Existe una organización de los cuerpos a tal punto que los enanos y los mudos son los únicos encargados de la ejecución escrita como mandato del déspota. Las mujeres hacen a la presencia del eunuco como indispensable, ellas son consideradas objetos de sumo valor y cuidado. Los eunucos, por ende, son siempre extranjeros blancos o negros, castrados o vaciados, cuatro categorías distintas.

2.1 La función de la presencia de una ausencia

El texto que comentamos dedica un espacio notable a la figura del Eunuco, cita a un tal Ancillon que dice en su "Tratado de los eunucos" (1707) que hay un enaltecimiento de la nobleza -la de su época- en la voz y el afeminamiento. En esa época -la del despotismo ilustrado cabe consignar- al eunuco se lo ve como un fin en sí mismo. Hay matrimonios con eunucos, hay un valor fálico en esa ausencia, hay cierta voluptuosidad sugerida.
Pero Grosrichard destaca la función del eunuco como el valor de una puerta o umbral. El eunuco arma la razón de la serie entre el déspota y los otros, en cuanto rigor del falo ausente, y necesario como tal. Para Grosrichard no hay serallo sin eunuco, no hay despotismo posible, ilustrado o no, bárbaro o civilizado, sin el armado de ese valor negativo fálico, presente en la ausencia del eunuco o del castrado. Más allá del despotismo, en la llamada ilustración, se encuentra un valor desplazado del castrato en su voz.


2.2.1 Por el lado de la presencia

Por dos veces, en su libro, D. Fernández (4) intenta precisar la diferencia entre la solución castrato y la solución contra-tenor,-que es la solución inglesa-: "sería el lugar para analizar la diferencia fundamental que opone el arte de cantar en Inglaterra y el arte de cantar en España. Los contraltos tienen la voz situada en la cabeza, de ahí esta impresión de pureza celeste casi irreal, no desprovista de sensualidad -pero de una sensualidad que arde en la propia medida de las ansias que enciende. Las sopranos y altos tienen la voz situada mucho más abajo en el pecho, se creería que casi en el vientre, en todo caso cerca del sexo. Se supone que los castratos obtenían un efecto tan irresistible sobre sus auditores no sólo porque su voz fuera una de las más bellas, sino porque al mismo tiempo estaban cargadas de un intenso poder erótico. Toda la savia que no tenía otra salida en su cuerpo, impregnaba el aire que expulsaban de sus bocas, con el resultado de trasformar esta cosa, habitualmente aérea e impalpable, en una materia pulposa, mullida. Mientras que los contra-tenores ingleses ignoraban que tenían sexo, o que podrían tener uno, los castratos italianos hacen de su canto un acto carnal y completo de expulsión, simbólico del acto sexual del que su voz traiciona la dolorosa y voluptuosa impaciencia. Los sonidos que salen de su garganta poseen una consistencia -relleno- esos muchachos hacen el amor por medio de su voz".
Deleuze comenta (5) este artículo subrayando que "Tenemos que retener esos dos procedimientos de desterritorialización de la voz, la voz de la cabeza del contra-tenor, cabeza-senos-boca, sin apoyarse sobre el diafragma, y la voz de la base de los pulmones y del vientre del castrato, ¿de qué nos sirve? Vemos en qué el agenciamiento musical de la voz, el proceso musical de desterritorialización de la voz hace uno, en efecto, con una especie de sobrepasamiento de la diferencia de los sexos. En nuestro lenguaje, nosotros diríamos que la música es inseparable de un devenir-mujer y de un devenir-niño."
Sobre el "castrati" también encontramos un trabajo de Ramirez (6) que sitúa del dicho bíblico de San Pablo un recorte en donde se lee que las mujeres deben mantener silencio absoluto en las iglesias. Pero como se entiende que la voz más propicia para los ángeles es la voz aguda, se elige al niño o al púber como portador de ese don angelical. Hasta que la presencia del castrato musulmán en España aparece como verdadera solución al problema. La iglesia mozárabe toma al castrato en su voz aguda y a la vez más potente que la de los niños o púberes. Es el siglo XII, en donde otros autores se autorizan también a encontrar allí el origen de la sodomía entendida como prohibida y objeto de segregación: como si el oriente ejerciera sobre la sexualidad un atributo a ser rechazado y de aquí los desplazamientos de la falta a la presencia.
Siempre la voz apareció como algo amenazante al discurso del amo de turno. La voz de los ángeles implica entonces una suerte de segundo plano, de secundarización respecto de la voz masculina, tomada como más grave y representativa del amo. Es una voz feminizada, suave, traslúcida, seductora y envolvente. El siglo de los castrati fue sin lugar a dudas el siglo XVIII. Cabe aclarar que los castrati no fueron nunca eunucos vaciados -sobre ellos siempre recayó un absoluto desprecio en occidente hasta que la ciencia médica les brindó una opción feliz-, se intentaba recuperar una voz considerada como objeto de un goce perdido en un cuerpo de hombre, es decir, con falo, con cierto volumen destacable respecto a los niños y mujeres, una voz fuera del sexo, -que los ángeles, dicen, no lo tienen. Este hombre-ángel resulta pues el centro de todas las miradas y de todas las escuchas. Tal vez el más famoso castrati de todos los tiempos fue Carlo Boschi, más conocido como Farinelli. Llegó a ser llevado a España para el Rey Felipe V, a quien trató con su terapéutica voz hasta curarlo de su melancolía, cantando cuatro canciones -siempre las mismas- todas las noches durante toda la vida del Rey. Llegó a tener una influencia notable en esa corte.
Pero los castrati encontraron su final ante la crítica de los enciclopedistas de la Revolución Francesa, y su posterior prohibición artística. Pero el entrecruce primero, que les daba su lugar en la Iglesia les permitió permanecer como tales hasta 1903, año en donde se prohibió su reclutamiento monacal. Hoy en día, esa voz está definitivamente perdida, existe una grabación de quien fuera tal vez el último, en disco de cera.
Llegamos pues a tomar ese valor de una presencia -auditiva en este caso- sobrevalorizada en función de una ausencia -la castración- que hace de estos castrados el paradigma de la función de una ausencia real. Procuradores de un goce infinito, inagotable, no sólo por lo que poseen -una voz distinguida- sino por lo que perdieron. De hecho como rescata Fernández, ningún contratenor - personas cuya voz trabajada especialmente es similar a la de los castratis- pudo tener sobre sí el reconocimiento que si tenían los castrati, aún siendo estos últimos inferiores en calidad artística. Al desaparecer los castrati, los contratenores no sólo no escalonaron posiciones, sino que perdieron ese brillo ya opacado.


2.2.2 Por el lado de la ausencia


Recortamos de Grosrichard esta frase: "En efecto, curiosamente, mientras que los testimonios de los viajeros convergen para presentar al serallo oriental como un enfermo de perversión la imagen que de él conservan y difunden en la literatura y el teatro, es la de un mundo secretamente sometido a la norma de una heterosexualidad celosa de su jerarquía (mujeres sometidas a los hombres a través de los eunucos) que funda la estructura del poder despótico en la cual se inserta".
¿Este efecto de la imaginación occidental, no es el mismo que se realiza sobre ese tipo de familias, conservadorismo por medio, que cuando se las conoce -generalmente por sus efectos nefastos- son tratadas idealmente según la fantasía de turno?. Si así fuese, más allá del despotismo imperante, más allá del sometido y del sometedor, ¿dónde se ubica ese valor negativo y ausente, el rigor fálico, que siempre parece dispersarse rápidamente?


Ir a Datos de la Ilustración2.3 Un ejemplo trágico.


Cotejemos entonces a estas preguntas recién planteadas en una obra que en 1672 provocaba el encanto de los parisinos: la presentación de Bayacet, una tragedia de Racine (7) sobre el despotismo turco, una tragedia en el interior del serallo. La crítica en ese momento apuntó a cierta inadecuación de la descripción de las costumbres de los bárbaros de Bizancio, de los Otomanos. Sin duda esta crítica era acertada, Racine pinta la escena occidentalmente, ¿pero no es esta misma cuestión la que nos interesa por sobre todo?. Efectivamente, a Racine le interesó mucho el relato de lo acontecido apenas 30 años atrás -es decir el relato de algo actual en ese momento- porque daban cuenta de lo que también acontecía en París mismo: El despotismo bárbaro descripto occidentalmente, es una forma de burlar a la censura que impedía ver el despotismo moderno europeo.
En este sentido el prefacio de Bayacet que Racine escribiera en 1697 es impecable a este respecto: "La lejanía de los países compensa en cierta forma la excesiva proximidad en el tiempo, porque el pueblo apenas pone diferencia entre lo que está, si me atrevo a hablar de este modo, a una distancia de mil años y lo que está a mil leguas. Es lo que hace, por ejemplo, que los personajes turcos, por modernos que sean, tengan dignidad en nuestro teatro. Desde un principio se los mira como antiguos". Debemos recordar que este prefacio fue escrito en 1697. Sin embargo, este ser antiguo, bruto, pasional se contrapone en la tragedia con los personajes de las mujeres que allí aparecen, sabias en las cosas del amor y, en suma, exquisitas. Para Racine esta cuestión queda resuelta porque consideraba que el serallo era el sitio en donde todas las rivales están encerradas juntas y su único pasatiempo era el aprender a ser agradables. El amor -tierno en las mujeres y ferozmente pasional en los hombres- no tiene comparación con el desprecio que el bárbaro-antiguo tiene por la vida. Esto es importante, porque introduce la noción de modernidad en el sentido de una sobrevalorización de la vida por sobre lo pasional.
Bayacet, la tragedia de Racine es desde el punto de vista occidental, lo que se configura como el mundo del despotismo no ilustrado: todo ocurre bajo el imperio de la tiranía del gran sultán Amuray, cuya presencia en el texto a través de sus representantes es total, aunque el mismo Amuray brille por su ausencia. Lo que más se aproxima a este amo despótico en la obra es una carta escrita por él, un mensaje en donde sentencia sus órdenes. Demasiado ocupado con lo suyo -el arte de la guerra- demasiado temeroso por todo y en sobremedida por los suyos -su hermano, sus mujeres- formaliza un halo de desconfianza entre todos los habitantes del serallo. Este es el rigor con que actúan los sultanes... según los occidentales. No ligan jamás su fe al himeneo, esa es su ley soberana... según los occidentales. Sin embargo, en el interior del serallo, y a pesar de estas prohibiciones, el odio y el amor se imponen a la autoconservación. Parece ser este el atractivo de lo antiguo, según Racine no antiguo en el tiempo, sino en la distancia. En la tragedia es el amor y el odio lo que se destaca ante un auditorio poco dispuesto a sacrificar su vida por estos emblemas y ese es el atractivo. Ante la mirada occidental, en donde el serallo es un dominio del hombre sobre sus esclavos y sus mujeres, Racine hace una mirada actual de lo que cuchichean las mujeres, las sultanas y sus súbditas, descubriendo el poder velado que ellas tienen. En esa carta que citamos de Amuray se le ordena a Rosana: "...Vos si tenéis estima de vuestra propia vida, sólo con su cabeza en la mano mostraos". Se trata de la cabeza de Bayacet, el hermano del sultán y sujeto preciado de Rosana. Esta es la mujer que se establece como una mujer para el Déspota, surtida con la parte más preciada del enemigo íntimo en sus manos , según el punto de vista occidental que para entonces había forjado una imagen de la mujer mucho más sublimada: La virgen de la piedad.
La ceguera impuesta por el Amo, el silencio de los mudos esclavos del serallo, las órdenes que no pueden no cumplirse, dan forma a ese escenario y presentifican permanentemente a una ausencia densa y perenne.¿ No es esta ausencia misma la que delatan nuestros actuales desvalidos, siempre a una distancia de nosotros, siempre antiguos, develando la misma estructura cuyo valor fálico y rigor lógico pasional podemos leer a la distancia respecto del despotismo del siglo XVII occidental u oriental?


Ir a Datos de la Ilustración3.1. La cuestión del objeto del desvalimiento

El término Über-Ich Traducido como Super-yo fue introducido en 1923 para resolver el problema de la conciencia moral. En aquél entonces, lo describe como una instancia diferenciada del yo que parece apropiarse de él. No tenemos porque suponer innatismo en Freud, por ende también el superyó es una construcción. Su formación es correlativa de la declinación del Edipo: el niño renuncia a la satisfacción de sus deseos incestuosos, marcados por la interdicción, y transforma su inversión libidinal en los padres en identificación con ellos, interiorizando así la interdicción. El objeto voz tiene una importancia fundamental en esta operación. "El superyó no puede desmentir que proviene también de lo oído, es sin duda una parte del yo [...], pero la energía de investidura no le es aportada a [los] contenidos del superyó por la percepción auditiva, la instrucción, la lectura, sino que la aportan las fuentes del ello." (8)En otras palabras, la prohibición, que una voz lleva, puede tornarse un modo de gozar. Más tarde, cuando el contenido de las prohibiciones ya no tenga la menor importancia, restará la voz, viscosa, aún prendiendo al neurótico.
Aún sin ser nombrado como tal, el futuro superyó aparece ligado a la fonación, a la voz humana. Ya desde 1895, en el Entwurf (2), Freud imagina un recién nacido reducido a la inmanencia de la información visceral, debido al aumento incesante de la tensión producida por las necesidades vitales. El grito de dolor que tal estado provoca, aunque reflejo al comienzo, será el único signo con cualidad suficiente como para abrir las puertas a una transcendencia posible de la sed, el hambre y el frío. El bebé escucha su propio llanto como viniéndole de afuera para marcar aquel malestar difuso. El grito, la voz desatada, dará a la urgencia vital -Not des Lebens- una suerte de "objetividad", menos por sí mismo que por el hecho de inducir la acción del semejante en provecho del sujeto desvalido. Nada mas suyo que ese ruido que le escapa del pecho y, sin embargo, nada más ajeno. Transformado en llamada por la respuesta recibida, el grito introduce la dimensión de la alteridad: El Otro del desvalimiento. Freud no abandonará esta intuición inicial, a saber, que el único elemento común a las experiencias originales de dolor y satisfacción del bebé son los sonidos que produce. Señal de su desamparo radical, el grito instaura al mismo tiempo la omnipotencia del otro de quien depende. Su propia voz "in-corpora" esta arbitrariedad pura, raíz, según Freud, de todas las motivaciones morales. Nuestra "voz interior" merece ser calificada de unheimlich, y aunque pueda ser reconducida empíricamente a un origen exterior, se puede decir que la voz borra la distinción entre un dentro y un fuera. Es decir -tal como ocurre con el objeto escópico- la diferencia entre el dentro y el fuera se desarma en la consideración de estos objetos. De aquí puede deducirse la importancia de alternar el objeto oral -el seno- con el objeto escópico -la mirada- y el objeto anal -el excremento- con el objeto voz. Aquí no hay triunfo de la cronología sino de una lógica particular dependiente del rigor que introduce o no, el objeto faltante a la serie anterior: el falo como objeto en cuanto faltante.


3.2. Cierre: la castración, el futuro por sobre el pasado.


Hay una lógica que hemos considerado y que ahora, en miras a un cierre, debemos precisar. En su texto más elogiado G. Deleuze "Lógica del sentido" trabaja una y mil veces las consecuencias de esta lógica, exactamente son 34 series en donde se manifiesta la interpretación de los estoicos como efecto renovado por el siglo XX. Se nos dispensará el ejercicio de sintetizar semejante obra.
Tomaremos un breve ejemplo que Deleuze sabe citar: Alicia, al otro lado del espejo, de Lewis Carroll. Allí, dice Deleuze, los acontecimientos en su diferencia radical con las cosas, ya no son buscados en la profundidad, sino en la superficie, en ese tenue vapor incorporal que se escapa de los cuerpos, película sin volumen que los rodea, espejo que los refleja, tablero que los planifica. Alicia no puede hundirse ya, ella deja libre su doble incorporal. Es siguiendo la frontera, costeando la superficie, como se pasa de los cuerpos a lo incorporal: lo más profundo es la piel: este es el verdadero descubrimiento estoico, de donde se desprende una ética que ocurre en la superficie.
Extraña postura -Comenta Michel Tournier- la que valora ciegamente la profundidad a expensas de la superficie y que quiere que superficial signifique no de vasta dimensión, sino de poca profundidad, mientras que profundo signifique gran profundidad y no débil superficie.
De lo corporal, los estoicos y el siglo que ya termina, supieron desprender como distinto lo incorporal. El falo como objeto en cuanto falta a su lugar es una expresión de esta lógica que Freud supo leer tardíamente en la llamada organización genital infantil. Que clase de cuerpo realiza esa falta: incorpóreo. Qué clase de profundidad dibuja ese sin fondo: un agujero. Qué clase de tiempo es el tiempo que falta: relativo. Esta lógica no es privativa del efecto del desvalimiento, al contrario hemos considerado su presencia como necesaria a los fines de considerar la constitución de un pasado desde el futuro que falta. Esa mueca, esa fractura, ese corte, eso mal constituído, ese conjunto de imprecisiones que formalizan un punto de fijación hacia donde la libido -conservadora o sexual- regresionará dado un impedimento futuro, según esta lógica que hemos considerado, tomará consistencia en la medida en que algo falte en el horizonte de la existencia del sujeto, a condición de que se entienda que esa falta futura en el momento en que el sujeto se topa con ella deja de ser una falta para ser un sentido desde lo anterior, aquello mal constituido. En la lógica del sentido entonces el sin-sentido no es lo opuesto sino lo constituyente mismo. Cada vez que el objeto del desvalimiento -y hemos definido al menos tres categorías- se presentifique para el sujeto, hay un sin-sentido que le falta o dicho de otro modo queda reducido a un sentido que lo engloba y del cual no puede más que entramparse. La castración como operación es precisamente el refugio para un sujeto cuyo horizonte de sin-sentido no pretende ser escamoteado. El desvalimiento en cambio es un rechazo a esa operación en procura, precisamente de lo contrario: que no falte ese sentido. En este sentido Freud enlazó desvalimiento y religión, incluso más, desvalidos e iglesia o ejército, puesto que toda organización es a la imagen de un cuerpo. Pero el tratamiento del desvalimiento desde el psicoanálisis no es una ortopedia de ese cuerpo o de ese Yo destronado. Queda pues, la dignidad de ese objeto incorporal que a todas luces es la herencia que Freud legó al futuro del psicoanálisis y en donde los freudianos tuvieron que jugar su carta.


Notas:

1- Freud, S. "El porvenir de una ilusión", Obras Completas. Tomo 21. Editorial Amorrortu. Bs.As.1976.
2- Freud, S. "Proyecto de psicología para neurólogos", Obras Completas. Tomo 1.Editorial Amorrortu. Bs.As.1976.
3- Grosrichard A "Structure du serail" en Ornicar?. Nº 17/18, 1979.
4- Fernández D. Citado en Curso de los martes (Sobre Música) : 08/03/77 www. imaginet.fr/ deleuze
5- Deleuze, G. Curso de los martes (Sobre Música) : 08/03/77 ubicación: www. imaginet.fr/ deleuze
6-Ramirez, Mario Elkin, "El castrato y el canto de los ángeles" en "Aporías de la cultura contemporánea".Universidad de Antioquía, 1998
7-Racine, Jean B. Bayaceto en Tres Tragedias. Sudamericana. Bs.As. 1958
8-Freud, S. "El Yo y el Ello", Obras Completas. Tomo 19.Editorial Amorrortu. Bs.As.1976.
9-Deleuze G. "Lógica del sentido". Ed. Paidos. Barcelona, 1989.