La
significación de la pedofília
Serge André
Conferencia en Lausanne, 8 de
junio de 1999
Traducción : Guillermo
Rubio
¿Qué me autoriza a hablar de
pedofília? Sólo puedo autorizarme ante ustedes de mi práctica
- la del psicoanálisis - y del saber clínico y teórico
que me parece poder deducir de la misma con cierta certeza. El psicoanálisis
es una práctica marginal en el campo social aunque su objeto pueda
definirse como la esencia misma del lazo social. El psicoanálisis
no es ni una forma de medicina (más concretamente, no lo es de
la psiquiatría) ni una excrecencia de la psicología (no
se puede clasificar entre las psicoterapias). Ni ciencia ni arte, aunque
tenga la ambición decidida de establecer un saber sobre la faz
más secreta del ser humano. Aunque la práctica cotidiana
suponga una buena dosis de inspiración, el psicoanálisis
es la única experiencia que permite acceder no al psiquismo, sino
al inconsciente, es decir al deseo más fundamental que dirige la
subjetividad de un ser.
Por razones que ignoro - y sobre las que
siempre me pregunto - esta práctica me ha conducido a recibir regularmente
demandas de sujetos que el lenguaje común calificaría de
"pedófilos". ¿Por qué han venido a mí? ¿Por
qué me han elegido? ¿Por qué por mi parte les he recibido
sin la menor reserva, sin temor ni repugnancia, sin curiosidad obscena
tampoco y, con frecuencia, durante largos años? No lo sé.
Todo lo que sé es que lo que decían, las cuestiones que
me planteaban y las dificultades a las que se confrontaban, me interesaban.
En este recorrido, hacia finales de los años 80, en el momento
en el que comencé a intentar dar cuenta de esta experiencia en
mis seminarios de la Fundación Universitaria o en mis cursos de
la Sección Clínica de Bruselas, me di cuenta, extrañado,
de que en este punto me distinguía de mis colegas.
En efecto, mis colegas psicoanalistas no
recibían pedófilos en análisis y no creo exagerar
su opinión diciendo que para ellos recibir un pedófilo en
análisis resulta algo casi inconcebible. Pretenden - también
es lo que dicen en general de los sujetos perversos - que los pedófilos
no se dirigen al psicoanalista. Luego sostienen que si alguna vez eso
ocurriera, no podría tratarse más que de una "falsa demanda",
de una tentativa de manipular al psicoanalista para obtener de él
una especie de consentimiento o de aval, aunque sólo fuera tácito,
de su particularidad sexual. En fin, con una especie de razonamiento que
recuerda furiosamente el famoso silogismo del caldero evocado por Freud
en la Traumdeutung, los psicoanalistas consideran en general que está
contraindicado abrir al pedófilo el acceso a la experiencia analítica.
Por mi parte, creo que ahí hay una denegación, una especie
de sordera o de pánico irracional, una manifestación de
lo que Lacan llamaba "la pasión de la ignorancia".
Evidentemente esta situación es
tan lamentable para los pacientes en cuestión como para el psicoanálisis
mismo. Me acuerdo, por ejemplo, de un análisis que, según
la expresión utilizada en la jerga de los psicoanalistas, yo había
retomado "en segundas" (era el segundo analista de este paciente). Se
trataba de un hombre cuyo caso resultaba especialmente doloroso, pues
estando aún en edad poco avanzada, podía legítimamente
esperar construirse una vida nueva, o por lo menos soportable, fundándose
en los resultados de un psicoanálisis. Había pasado ya diez
años sobre el diván de un colega sin que ninguno de los
síntomas que le habían llevado a hacer una demanda de análisis
se hubiera modificado, sin que la menor luz hubiera podido esclarecer
la estructura de su deseo inconsciente ni poner en juego los elementos
del montaje de su fantasma. Si le creemos, su primer analista estuvo callado
durante diez años. El impasse completo en el que se había
atascado su primer análisis, se hacía evidente por el hecho
de que tres sueños repetitivos que el analizante había llevado
a su analista durante las primeras sesiones, se habían reproducido,
textualmente idénticos, hasta el término de esta primera
tentativa. Después de algunas sesiones, comencé a escuchar
claramente, a través de las palabras de este hombre, como palabras
o trozos de frases impresos en itálica en un texto, los elementos
de una escena -en el sentido de una escena de teatro- en la cual un joven
muchacho, de muslos fornidos, apretados en un calzón corto y demasiado
estrecho que dejaba sobre la piel la marca-fetiche de una linea roja,
era desvestido violentamente por un adulto todopoderoso que le reducía
al silencio con una voz autoritaria. A partir del momento en el que hice
oír estos elementos a mi analizante, las cosas se desbloquearon
rápidamente. Los dos síntomas principales con los que alimentaba
su queja aparente (la impotencia sexual completa con las mujeres y la
imposibilidad de soportar una relación en la que hubiera una fuente
cualquiera de autoridad masculina) podían, si no desanudarse, por
lo menos explicarse. No voy a entrar en la continuación de este
análisis ni en su conclusión, que merecerían ciertamente
una exposición exhaustiva. Diez años después del
final de este trabajo tuve la ocasión de hablar sobre la clínica
de la pedofília con aquel colega, el primer analista de este paciente.
Cuando le pregunté por qué nunca había subrayado
la importancia del fantasma pedófilo de su ex-paciente, me respondió
sorprendido: ¡nunca había pensado en eso! Y ademas, añadió
rápidamente, si me hubiera dado cuenta en aquella época,
ciertamente no habría llamado la atención del paciente sobre
este punto sino que sin duda habría interrumpido el análisis,
ya que -decía- "hay ciertas cosas que más vale no saber...".
Hay ciertas cosas que más vale no
saber... Yo sólo puedo manifestar mi desacuerdo completo con esta
opinión. Estoy convencido por el contrario de que, en todos los
casos, más vale saber. No digo que sea bueno saber todo. ¡
Lejos de eso! Hay un saber que hace daño. Hay incluso - y eso ocurre
-un saber del que uno sólo difícilmente puede restablecerse
(pienso, por ejemplo, en el caso de una mujer joven que vino en análisis
porque estaba literalmente destrozada por el fantasma de haber sido violada
por su padre y que fue conducida a descubrir durante su análisis
que su madre había tenido relaciones incestuosas con su propio
padre - el abuelo materno de mi paciente -, entre los ocho y los veinte
y tres años, es decir, hasta dos años después del
nacimiento de su hija). Eso no es un motivo, yo pienso más bien
que vale la pena saber. Es el principio del psicoanalista, como es el
principio de Edipo, no del Edipo del complejo, sino del de la tragedia
de Sófocles.
2. Algunas reflexiones sobre el contexto,
a partir de la actualidad (Belga entre otras)
El
caso judicial y mediático que ha apasionado a todos los belgas
durante varios meses - y del que actualmente todos se han desinteresado,
también masivamente - ha hecho de la palabra "pedófilo"
el ábrete sésamo de una comunicación que nadie hubiera
podido imaginar: comunicación entre las comunidades de nuestro
Estado Federal (e incluso con sus inmigrantes) entre las clases sociales,
los partidos políticos, las generaciones. No obstante, la repetición
cotidiana de las palabras "pedófilo" y "pedofília" ha causado
una gran confusión. Cada cual cree de buena fe saber lo que significan
estas palabras y, de repente, se cree eximido de interrogarse sobre las
diferencias, sin embargo enormes, que distinguen las personalidades y
los actos que recubren dichas palabras. Resulta evidente sin embargo que
no hay ni identidad ni equivalencia y ni siquiera analogía entre
los hechos de los que se acusa a Marc Dutroux, los que se sospechan de
tal educador o de tal profesor de escuela, o las insinuaciones lanzadas
contra un ministro u otro cuya homosexualidad manifiesta nunca había
inquietado o interesado a nadie hasta entonces. Si queremos abordar este
caso seriamente, como en toda circunstancia, nuestra primera tarea debe
consistir en rechazar las amalgamas fáciles y las generalizaciones
apresuradas, que aumentan quizás las ventas de periódicos
y la tasa de audiencia de las cadenas de televisión, pero que producen
como primer efecto el mantenimiento de nuestra ignorancia. La información
no siempre favorece al saber... Pienso firmemente, como condición
previa a cualquier reflexión razonada sobre la actualidad de la
pedofília, que se ha calificado erróneamente a Marc Dutroux
de pedófilo. No hay que confundir el registro del crimen sexual
con el de la atracción sexual. Los hechos que se le reprochan a
Dutroux no tienen nada que ver con la significación de la pedofília,
es decir con el amor electivo por los niños -entendiendo amor en
su sentido más amplio, del registro platónico al acto sexual
más crudo, y niño como un ser joven que aún no ha
alcanzado la pubertad. Marc Dutroux es seguramente un criminal, aparentemente
un psicópata, y quizás un perverso sádico, pero seguro
que no es un pedófilo.
A titulo de comparación -y con
las reservas que estas palabras implican- el caso de Marc Dutroux esta
mucho más próximo del de un Gilles de Rais que de los pedófilos
famosos y declarados como Lewis Carroll, André Guide, Henry de
Montherlant, Roger Peyrefitte o Roland Barthes, entre otros. La comparación
con el proceso de Gilles de Rais parece imponerse, pues este último
no se contentaba con tener relaciones sexuales con los niños que
raptaba, sino que además les mataba sistemáticamente después
de torturarles, siguiendo así el ejemplo de algunos ilustres emperadores
romanos como Tiberio y Caracalla. Sin embargo la comparación tiene
sus límites.
Contrariamente a Gilles de Rais, Dutroux,
y en eso es un sujeto ejemplar de nuestra sociedad occidental contemporánea,
tenía una motivación mercantil. Hacía comercio con
los niños. El niño era su materia prima, su fuente de plusvalía.
Una materia que no cuesta demasiado cara, hay que señalarlo: ciento
cincuenta mil francos belgas (aproximadamente seiscientas mil pesetas),
que es el precio que se paga en Tailandia por disponer de una joven virgen
-la joven virgen tailandesa constituye hoy en día el objeto-patrón
de la comercialización mundial de la sexualidad.
Lo
que hay que señalar en el caso Dutroux es que el niño, la
carne del niño, sólo va a adquirir verdaderamente su valor
(valor mercantil y valor sexual) en el uso que se va a hacer de él.
Los niños que Dutroux secuestraba no estaban destinados simplemente
a los placeres de algún cliente rico. Parece ser que estaban destinados
a la fabricación de cassettes pornográficas sádicas,
"snuff movies", es decir, películas que muestran niños violados
y torturados hasta la muerte. Según las informaciones que se han
hecho públicas, se sabe que cada uno de estos cassettes de "snuff
movies" vale, cada ejemplar, hasta seis veces el precio pagado por el
niño. Esta sobre valorización de la imagen de la atrocidad
merecería una reflexión profunda - que podría extenderse
hasta interrogar el destino del erotismo contemporáneo. El caso
Dutroux nos recuerda así lo que Freud puso en evidencia, a saber
que la pulsión sádica es uno de los componentes fundamentales
que caracterizan al ser humano. Los animales pueden ser crueles, pero
no son sádicos. "El crimen es el hecho de la especie humana" decía
Georges Bataille. Es una frase que Freud habría podido escribir.
Una de las expresiones más frecuentes de esta pulsión sádica
es el maltrato, la tortura, y el asesinato de niños. Hay que resignarse
a admitir, a pesar de la repulsión que provoca ese saber, que nuestra
"humanidad" se reconoce también en el hecho de incluir ciertos
seres cuyo goce consiste en cortar niños en trozos. El escándalo
y la emoción popular producidos por la revelación del caso
Dutroux -tanto como, por otra parte, la significativa capacidad de las
masas que habían desfilado en las "marchas blancas" hace apenas
dos años para ignorar ahora toda información sobre el caso-
son en realidad, directamente proporcionales a la represión a la
que todos sometemos nuestro propio sadismo. ¿Hemos olvidado acaso
esos famosos cuentos que colorearon nuestra infancia y que transmitimos
con placer a nuestros propios hijos? ¿Hemos olvidado que el personaje
que simboliza la fiesta de los niños en la cultura cristiana, San
Nicolás, esta ligado a una historia de niños enviados a
la carnicería?. ¿Hemos olvidado que en 1919 - hace por lo
tanto ochenta años -, Freud establecía que el fantasma "pegan
a un niño" es uno de los fantasmas más extendidos, tanto
en los neuróticos como en los perversos?. ¿No sabemos acaso
que todo padre, todo educador, todo profesor experimenta, en un momento
u otro, y a veces de una manera lancinante, las ganas feroces de castigar
cruelmente a los niños que tiene a su cargo, y que a veces ocurre,
incluso a los mejores, que no siempre pueden reprimirse?.
Respecto a nuestros "queridos niños",
¿no les hemos visto acaso a los dos o tres años de edad hacer
pedazos sus muñecos dando muestras de un intenso regocijo?. Sí,
tenemos que reconocerlo, sí, hemos olvidado todo eso. O más
bien, lo hemos reprimido: no queremos saber nada. Y esto es por lo que,
con la perspectiva de la que disponemos actualmente, podemos decir con
certeza que las "marchas blancas", que han tenido lugar en Bélgica
y el basto movimiento de indignación popular que ha sacudido hasta
a los países vecinos, no han sido de ningún modo la manifestación
de una "toma de consciencia" como se ha dicho, sino, por el contrario,
los signos ruidosos y coléricos de un rechazo de saber más
fuerte que las ganas de saber, de una protesta radical contra la amenaza
de manifestación de una faz de la libido que todos hemos tenido
que censurar enérgicamente en nosotros mismos. Han tenido que pasar
cincuenta años para que el proceso Papon haya tenido lugar (si
podemos considerar que lo que ha tenido lugar fue el proceso que teníamos
derecho a esperar). Estén seguros de que habrá que esperar
por lo menos tanto tiempo para que el caso Dutroux sea verdaderamente
aclarado.
3. ¿Por qué tanto horror?
Merece la pena interrogar igualmente la
aversión unánime que se declaró súbitamente
respecto a la pedofília y a los pedófilos (ya no hablo del
sadismo ni de los crímenes de Dutroux, sino del acoso a la pedofília
que se desencadenó tras el caso Dutroux). ¿Por qué
tanta sorpresa e indignación?. Se diría que se ha descubierto
de repente la existencia de una forma de sexualidad ignorada desde siempre.
Todo parece suceder como si no supiéramos, o más bien como
sino hubiéramos querido saber. Sin embargo, no hace mucho tiempo,
la pedofília e incluso el incesto, disfrutaban entre la gente de
una acogida relativamente neutra y a veces, incluso, benévola.
Para convencerse basta referirse a la prensa de los años 70 y 80.
Permítanme recordarles la indulgencia divertida, y hasta admirativa,
con la que críticos literarios y presentadores de televisión
acogían las declaraciones de Gabriel Matzneff o de René
Schérer, quien escribía, en el Libération del 9 de
junio de 1978 "La aventura pedófila viene a revelar la insoportable
confiscación de ser y de sentido que practican las obligaciones
sociales y los poderes conjurados en relación a los niños"
(citado por Guillebaud en La tyrannie du plaisir, p.23). El caso de Tony
Duvert, escritor pedófilo declarado y militante, es todavía
más interesante. En 1973, su novela Paysage de fantaisie, que pone
en escena los juegos sexuales de un adulto con varios niños, fue
alabado por la crítica como la expresión de una sana subversión.
Por otra parte, este libro recibió el premio Médicis. Al
año siguiente publica Le bon sexe illustré, verdadero manifiesto
pedófilo que reclama el derecho de los niños a disfrutar
de la liberación sexual que la pedofília podría aportarles,
en contra de las obligaciones y de las privaciones que les impone la organización
familiar. Al principio de cada capítulo del libro, se encuentra
reproducida la fotografía de un joven muchacho de unos diez años
en erección. En 1978, una nueva novela del mismo autor titulada
Quand mourut Jonathan, traza la aventura amorosa de un artista de edad
madura con un niño de ocho años. Este libro es celebrado
en Le Monde del 14 de abril de 1976: "Tony Duvert va hacia lo más
puro"... En 1979, L'île Atlantique le vale nuevos elogios ditirámbicos
de Madeleine Chapsal.
¿Qué pasó entonces entre
1980 y 1995 para que la opinión pública sufriera un cambio
tan espectacular? Me gustaría que alguien me aclarara este misterio.
El fenómeno es especialmente significativo puesto que nuestras
sociedades occidentales contemporáneas parecen desde entonces cimentadas
en el ideal sacrosanto, pero puramente imaginario, del niño-rey
y por la obsesión correlativa de la protección de la infancia.
Lejos de mí la idea de discutir la necesidad de dicha protección
y el progreso que constituye. Pero la mejor protección del niño
¿no es más bien el deseo y el apoyo que los adultos que le
rodean le manifiestan a fin de verle crecer? Hace algunos meses me sorprendió
- y estoy particularmente contento de contarles esta sorpresa aquí,
en el hospital Nestlé que ha querido recibir mis palabras esta
tarde - ver una publicidad de la firma Nestlé en la pantalla de
mi televisión en la que el texto enunciaba orgullosamente: "En
Nestlé el niño es presidente". ¿No estamos al borde
de una especie de delirio colectivo?. ¿Quién no ve la hipocresía
de este culto al niño inocente, virgen de cuerpo y alma, el niño
maravilloso y puro cuyo universo se considera poblado únicamente
de sueños y de juegos?. ¿Quién no observa, en el lenguaje
y en la imaginería publicitaria y mediática de hoy en día,
que la mercancía más preciosa del mundo es un niño
hermoso?. ¿A quién no le choca constatar que el ejemplo de
Ciudad ideal que se nos propone tiene dos versiones: Disneylandia y Las
Vegas?. De un lado, el mundo del niño imaginado como un adulto
en miniatura, del otro, el mundo del adulto imaginado como un niño
eterno. Hemos entrado, sin darnos cuenta, en una verdadera idolatría
del niño, en una "infantolatría", en la infantilización
general del mundo. Los niños se visten como adultos mientras los
adultos se atiborran de caramelos y de juguetes como niños -unos
y otros se disputan los mandos de la consola del ordenador familiar. Lo
ideal hoy en día es permanecer niño, ya no es convertirse
en adulto. Y, cada vez más, es una cierta representación
imaginaria del niño la que hace ley. Es el niño mítico
cuya estatua se eleva al rango de ídolo en la medida misma en la
que los adultos caen del pedestal, dimiten de su función y se infantilizan
cada vez más. Curiosa, pero lógicamente, cuanto más
se amplía esta celebración del niño imaginario, más
se pone de manifiesto en el seno de la realidad económica y social,
que el niño representa un coste. Además, cuanto más
se le venera más se convierte en un bien escaso, más tiende
a ser único. Si en todas las fases de la civilización que
nos han precedido, y en las culturas que rodean nuestro territorio Occidental,
se considera al niño como la primera riqueza, para nosotros constituye
actualmente una carga y a cada cual le parece normal que el Estado corra
con los gastos. En suma, el niño que adulamos y queremos proteger
de todo, el niño que mantenemos en un estado artificial de infancia,
es cada vez más irreal.
Es nuestro sueño narcisista y en
última instancia sólo le queremos para nuestro propio placer.
Para nosotros el niño ya no es una riqueza, sino que se ha convertido
en un lujo - lo que es totalmente diferente.
4. La significación de
la pedofilia
Para hablar seriamente de pedofília
antes de plantear las cuestiones, ciertamente preocupantes, de su tratamiento
y prevención, convendría intentar entender lo que significa
esta palabra. Para ello hay que distinguir cuidadosamente dos niveles
de discurso. Por una parte se puede abordar la pedofília desde
un punto de vista exterior, objetivo, descriptivo. Es lo que hacen los
juristas que deben establecer los hechos y calificarlos después,
es decir traducirlos al lenguaje del derecho penal. Por ejemplo, se llamará
"violación" a toda relación sexual entre un adulto y un
niño que tenga menos de una cierta edad fijada por la ley. También
es lo que hacen los psicólogos y los sexólogos, sobre todo
los que pretenden hoy en día ser expertos en el tratamiento de
los pedófilos. Los psicólogos describen los comportamientos
fundándose en el modelo teórico, experimentado con el animal
de laboratorio, del reflejo automático inducido por el estímulo.
Por ejemplo, cierta imagen que representa a un niño pequeño
desencadena un principio de erección en el paciente. El tratamiento
consistirá entonces en asociar dicha imagen con una sensación
de displacer. Así, se mostrará sistemáticamente dicha
imagen al paciente enviándole una descarga eléctrica dolorosa
en el pene. En estos dos enfoques, el que se funda sobre los hechos y
el que se funda sobre los comportamientos, se evacúa una dimensión
esencial -la más esencial-: la del sujeto que hace el acto calificado
de "pedófilo", la de la dimensión subjetiva (y no objetiva)
de este acto. Es esta dimensión subjetiva lo que hay que intentar
aprehender examinando la cuestión de la pedofília desde
un punto de vista interior, desde el punto de vista del funcionamiento
de una economía inconsciente y singular.
En efecto, la cuestión no es solamente
saber cuál es el acto que ha sido cometido, sino saber quién
lo ha cometido. Los actos o los comportamientos pedófilos pueden
producirse en los contextos más variados y en el marco de todas
las estructuras clínicas que el psicoanálisis permite distinguir:
las neurosis, las psicosis y las perversiones. Ahora bien, la estructura
psíquica en la cual un sujeto encuentra su posición de ser,
implica una relación diferente en cada caso con el deseo, el fantasma,
el goce, la ley, la culpabilidad y el otro en general. Puede ocurrir que
un neurótico obsesivo pase compulsivamente al acto con un niño
cuando éste se ha convertido para él en la cristalización
de una obsesión. En este caso, aún cuando la descripción
del acto coincida exactamente con la de ese mismo acto cometido por un
perverso o un esquizofrénico, su significación será
fundamentalmente diferente y en consecuencia, su sanción judicial
y su tratamiento deberían igualmente ser distintos. En lugar de
calificar automáticamente al sujeto obsesivo en cuestión
de "pedófilo" se debería tomarse el trabajo de analizar
el alcance subjetivo de su acto. Llegado el caso se podría constatar,
por ejemplo, que su acto no esta motivado por una atracción sexual
electiva hacia los niños, sino más bien por la compulsión
al sacrilegio típico de esta neurosis. Se sabe - remito aquí
a dos obras mayores de Freud que son Tótem y Tabú y El hombre
de las ratas - que la economía psíquica del obsesivo se
organiza en torno a la relación al tabú, a lo intocable,
a lo sagrado y a la confesión de la falta. De hecho, si queremos
ceñirnos al uso riguroso de las palabras y evitar las amalgamas
que acarrean la confusión y el oscurantismo, deberíamos
reservar el termino de "pedofília" a los casos de perversión
pedófila. Para explicarme sobre este punto, voy a intentar tratar
de manera sistemática lo que mi experiencia del psicoanálisis
me ha permitido cernir de la estructura perversa en general, y después,
de las características de esta perversión particular que
es la pedofília en sentido estricto.
5. La estructura de la perversión.
Distinta
de la neurosis y de la psicosis, la perversión es una de las tres
estructuras psíquicas inconscientes en las cuales el ser humano
puede establecerse como sujeto del discurso y como agente de su acto.
En este sentido, la perversión es perfectamente "normal", incluso
si molesta al mundo, o a todo el mundo. La existencia de las perversiones
plantea, con una evidente provocación, una cuestión que
apunta a la esencia misma de la sociedad humana. En efecto, sólo
los neuróticos forman sociedad: el síntoma neurótico
no es sólo un sufrimiento singular, sino también la matriz
del lazo que reúne a los hombres alrededor de unas reglas comunes.
Por eso en Moisés y el monoteísmo, Freud no vacila en tratar
la religión (y especialmente la religión cristiana) como
el síntoma por excelencia. Los perversos abordan el lazo social
por otra vía: micro-sociedades de amos, amistosas, redes fundadas
sobre una especie de pactos o de contratos que hoy en día no han
sido todavía verdaderamente estudiados, pero en las que se puede
subrayar que lo que aparece en la base del lazo es el fantasma y no el
síntoma, y que la exigencia de singularidad prevalece siempre sobre
la de comunidad y se opone a cualquier idea de universalidad. La clínica
psicoanalítica permite, me parece, diferenciar cuatro ejes principales
de la organización de la perversión, para todas sus variantes.
1. La lógica de la desmentida. En
la perversión, el mecanismo fundador del inconsciente es distinto
que en la neurosis. En la primera, la denegación (Verneinung) determina
y mantiene la represión (Verdrängung). Cuando un neurótico
declara, por ejemplo, "mi mujer no es mi madre", quiere decir en realidad
que su mujer es su madre. Pero sólo puede reconocerlo, o confesarlo,
afectando este enunciado con una negación (no...). Para el perverso
el mecanismo es más complejo y más sutil. Lo que Freud llamó
la Verleugnung -que hemos elegido traducir con Lacan como "desmentida",
la traducción más literal - consiste en plantear simultáneamente
dos afirmaciones contradictorias: a)- sí, la madre está
castrada, -b) no, la madre no está castrada.
El neurótico experimenta una gran
dificultad para comprender el proceso. Pues para el neurótico,
la lógica inconsciente se funda sobre el principio de identidad,
que es la base de la lógica clásica: A = A. Para el perverso,
la desmentida significa que A = A y también, al mismo tiempo, que
A es diferente de A. Esta coexistencia -que sólo es contradictoria
para el neurótico - hace del perverso un argumentador temible (por
lo menos cuando es inteligente) y un retórico particularmente apto
para manejar y manipular el valor de verdad del discurso para tener siempre
razón.
Básicamente, la desmentida se refiere
a la castración de la madre. Esto no hay que entenderlo solamente
como el hecho de que la madre no tenga pene, o, más finamente,
que le falte el falo. La castración de la madre significa que ella
no posee el objeto de su deseo, que éste sólo puede inscribirse
como falta y que esta falta es estructural. En otros términos,
en la desmentida que el perverso opone a la castración hay una
cara que reconoce la falta estructural del objeto del deseo, pero también
y al mismo tiempo, otra cara que afirma la existencia positiva de este
objeto. Ahora bien, si el objeto del deseo existe concretamente, si se
puede asir y designar a través del sentido, se deduce que el sujeto
sólo puede querer poseerlo y consumirlo absolutamente - y repetir
indefinidamente este movimiento.
2. El Edipo perverso El Edipo perverso
se distingue por el lugar especialmente particular que se atribuye al
padre en cada uno de los niveles en el que es llamado a cumplir su función.
En tanto que instancia simbólica, depositario de la ley, de la
prohibición y de la autoridad, el padre es perfectamente reconocido
-el perverso no es psicótico. Igualmente, los atributos del padre
imaginario, héroe o cobarde, padre ogro o padre ciego, son localizables
y localizados por el sujeto. Es a nivel del padre real que la perversión
llama la atención. En la situación edípica que caracteriza
a la perversión, el hombre que es llamado en la realidad a asumir
el papel de padre es sistemáticamente dejado de lado - en exilio,
diría Montherlant - por el discurso materno que envuelve al sujeto.
Convertido así en un personaje irrisorio, en una pura ficción,
el padre se ve reducido a ser únicamente una especie de actor de
comedia a quien se le pide actuar de padre, pero sin que este papel implique
la menor consecuencia: es un padre "para la escena". El resultado para
su hijo es que aunque la ley, la autoridad y la prohibición estén
presentes y sean reconocidas teóricamente, quedan reducidas a puras
convenciones de fachada. De un modo general, el mundo en el que el perverso
es introducido por su configuración familiar es una comedia, una
farsa en la que el lado grotesco es frecuentemente manifiesto. Esta introducción
toma para él un valor de iniciación. Pues, si la comedia
humana es para el neurótico una verdad en la que sólo puede
estar como un participante entre otros sin saberlo (situación a
la que por otra parte le resulta difícil resignarse), para el perverso
esta comedia es revelada de entrada, desenmascarada en su facticidad,
donde él ocupa su lugar con plena consciencia.
Presente a la vez en la escena y entre
bastidores, el perverso no se equivoca sobre el juego que se juega. Ciertamente
obtiene un saber, pero es un saber que podría calificarse de tóxico.
Obtiene su fuerza tanto como su desgracia. Conoce o cree conocer el reverso
del decorado y las reglas secretas que desmienten las convenciones de
la comedia. Otra consecuencia: el universo subjetivo del perverso se encuentra
desdoblado en dos lugares y dos discursos cuya contradicción no
impide su coexistencia. De un lado, la escena pública, del otro,
la escena privada. La escena pública, lugar del semblante explícito,
el mundo en el que las leyes, los usos y las convenciones sociales son
respetados y celebrados con un celo caricatural ("habría que estar
loco para no fiarse de las apariencias" decía Oscar Wilde). La
escena privada, por el contrario, lugar de la verdad escondida, del secreto
compartido con la madre, desmiente la precedente. Entre la madre y el
niño, después entre el perverso y su partenaire, se realiza
el ritual (siempre teatral) que demuestra que el sujeto tiene sus razones
para eximirse de las leyes comunes porque se atribuye conocimientos privilegiados
sobre los que funda su singularidad.
3.El uso del fantasma A nivel de contenido,
se puede decir que todo fantasma es esencialmente perverso. El escenario
imaginario en el que el neurótico conjuga su deseo y su goce no
es nada más, después de todo, que el modo en el que se imagina
perverso en secreto. No es por lo tanto el contenido del fantasma el que
permite diferenciar al perverso del neurótico sino, como voy a
mostrar, su uso. Tesoro secreto, estrictamente privado en el neurótico
(de tal modo que hacen falta años de análisis para que consienta
en comenzar a hablar de ello), el fantasma para el perverso es por el
contrario una construcción que sólo toma sentido cuando
se hace público. Para el neurótico el fantasma es una actividad
solitaria: es la parte de su vida que sustrae al lazo social. Inversamente,
el perverso se sirve del fantasma (sin ni siquiera darse cuenta por otra
parte de que se trata de un montaje imaginario) para crear un lazo social
en el que su singularidad pueda realizarse. Para el perverso, el fantasma
sólo tiene sentido y función si es puesto en acto o enunciado
de tal modo que consiga incluir a un otro, con o sin su consentimiento,
en su escenario. Es lo que aparece, considerado del exterior, como una
tentativa de seducción, de manipulación o de corrupción
del partenaire. Por ejemplo, el sádico exigirá de su víctima
que ella misma le pida, acusándose de una u otra falta, el castigo
que va a infligirle - castigo que aparecerá entonces como "merecido".
¿Por qué esta necesidad de obtener la complicidad forzada
del otro?. Porque en la perversión el fantasma tiene una función
demostrativa. El perverso solo puede, en efecto, asegurarse de su subjetividad
a condición de hacerse aparecer como sujeto positivado en el otro
(maniobra en la que no es más que el agente). ¿Pero de qué
sujeto se trata en este caso?. De un sujeto para el que es esencial, vital,
afirmar que hay continuidad entre deseo y goce. Pues para el perverso
un deseo que no se termina en goce no es más que una mentira, una
estafa o una cobardía. Esta mentira y esta cobardía es lo
que denuncia incansablemente como constitutivos de la realidad del neurótico
y del orden social: si éste prohíbe el goce (en todo caso,
a partir de cierto punto) es porque el neurótico no se atreve a
gozar verdaderamente. El goce constituye el valor supremo del universo
perverso, mientras que en la neurosis, es el deseo. Por eso es por lo
que el neurótico se sostiene perfectamente en un deseo insatisfecho
(en la histeria), en un deseo imposible (en la neurosis obsesiva) o en
un deseo prevenido (en la fobia). El neurótico encuentra su apoyo
en un deseo cuyo objeto siempre falta -cada vez que cree haberlo alcanzado,
se desilusiona rápidamente: no, no era "eso". Por esta razón,
en la neurosis, el goce va siempre acompañado de culpabilidad.
Lo que el perverso quiere demostrar, de lo que se esfuerza en convencer
al otro (a la fuerza si hace falta) no es solamente de la existencia del
goce, sino de su predominancia sobre el deseo. Para él, el deseo
no puede ser otra cosa que deseo de gozar, y no deseo de deseo o deseo
de desear, como para el neurótico.
4. La relación a la ley y al goce
La necesidad de dicha demostración se hace tan acuciante que uno
se puede preguntar si la perversión conoce la dialéctica
del deseo o si no la escamotea pura y simplemente. En todo caso, su comprensión
reclama una teoría del deseo y del goce distinta de la teoría
a la que nos referimos en el marco de la clínica de las neurosis.
Para entrar en esta teoría, hay que cernir la relación subjetiva
que el perverso mantiene con la Ley. La opinión común tiende
a confundir perversión y transgresión. Sin embargo seria
completamente simplista y erróneo asimilar al perverso a un fuera-de-la-ley,
incluso si la interrogación cínica, el desafío y
la provocación de las instancias que representan la ley constituyen
datos constantes de la vida de los perversos. Si el perverso desafía
la ley, y más frecuentemente aún la juzga, no es porque
se considere anarquista. Por el contrario. Cuando critica o cuando infringe
la ley positiva y las buenas costumbres, es en nombre de otra ley, ley
suprema y bastante más tiránica que la de la sociedad. Pues
esta otra ley no admite ninguna facultad de transgresión, ningún
compromiso, ningún desfallecimiento, ninguna debilidad humana,
ningún perdón. Esta ley superior que se inscribe en el corazón
de la estructura perversa no es, por esencia, una ley humana. Es una ley
natural cuya existencia el perverso es capaz de sostener y de argumentar
a veces con una fuerza de persuasión y una virtuosidad dialéctica
notables. Su texto no-escrito no promulga más que un solo precepto:
la obligación de gozar. En suma, cuando el perverso "transgrede",
como dice el lenguaje común, en realidad solo obedece. No es un
revolucionario, sino un servidor modelo, un funcionario celoso. Según
su lógica, no es él quien desea, no es ni siquiera el otro:
es la Ley (del goce). Más aún: esta ley no desea, exige.
Empujen al sujeto perverso hasta sus últimos reductos y, si es
sincero y acepta confiarse, escucharán su discurso transformarse
en una verdadera lección moral. No hay nada más sensible
para el perverso que el concepto de "virtud". Sade, Genet, Jouhandeau,
Montherlant, Mishima - y otros- nos lo prueban, cada cual a su manera:
la perversión conduce a una apología paradójica de
la virtud. Extraña virtud, sin duda. Aquí de nuevo la oposición
entre el mundo del neurótico y el del perverso es diametral. Mientras
que para el primero la ley es por definición una prohibición
dirigida al goce, y la virtud el respeto de los tabúes que resultan
de la misma, para el perverso, la ley gobierna el goce y de una manera
absoluta (lo que está prohibido, en cierto modo, es no gozar).
Así, la virtud consiste en este caso en mostrarse a la altura de
las exigencias de dicho imperativo absoluto -hasta el mal supremo. La
redención por el mal o la santidad en la abyección constituyen
temas recurrentes de los discursos perversos.
6. La perversión pedófila
En
tanto que psicoanalista, no considero injustas las leyes que sancionan
la pedofília. Tampoco las entiendo como la expresión de
una justicia absoluta y universal. Estas leyes son sólo una de
las construcciones posibles, gracias a las cuales nuestra sociedad trata
de mantenerse como síntoma entre otras. Se sabe que en otras sociedades,
tan civilizadas como la nuestra, por ejemplo en las sociedades helénicas
preclásicas, la pedofília estaba organizada a nivel social
como un ritual de iniciación de los jóvenes. En la sociedad
ateniense de la era clásica, la pedofília no sólo
estaba tolerada, sino considerada como el modelo ideal de la relación
amorosa y pedagógica (cf.. el "Primer Alcibíades" y el "Banquete"
de Platón). En la sociedad romana, la regla era que el amo tuviera
como amantes a algunos jóvenes muchachos no púberes a condición
de que no fueran ciudadanos romanos. En la Edad Media, los monasterios
eran lugares privilegiados de relaciones pedófilas entre monjes
y jóvenes novicios. En bastantes de las culturas que nos rodean
hoy en día el uso sexual de los niños, o su prostitución
organizada, es considerada como algo normal de lo que nadie se preocupa.
Esa especie de caza al pedófilo que se ha convertido, desde hace
poco, en la consigna de nuestros países debe ser considerada por
lo tanto como un fenómeno curioso más que como un progreso
de la civilización. En tanto que psicoanalista pienso que antes
de empeñarse en la lucha contra la pedofília, convendría
esclarecer de entrada por qué y contra qué lucha el pedófilo.
Hay que escuchar eso antes de condenarlo.
La pedofília se define como el amor
por los niños - precisemos: una cierta forma de amor que apunta
a cierto tipo de niños. No hay que confundir por lo tanto, repito,
al perverso pedófilo con el perverso sádico. La ley positiva
en vigor impone, por razones de técnica de procedimiento y de lingüística
penal, calificar automáticamente de "violación" las relaciones
sexuales de un adulto con un niño de menos de una cierta edad,
pero no por ello debemos tomar realmente a los pedófilos por violadores
sistemáticos. En principio (por supuesto hay excepciones), la violación
no interesa al pedófilo. Por el contrario, su discurso se funda
sobre la tesis de que el niño consiente las relaciones que el pedófilo
mantiene con él, y más aún, que el niño mismo
las pida. Lo que dice el pedófilo -yo caricaturizo apenas, lo he
oído regularmente en mi práctica - es casi que el niño
le ha violado a él. Es un punto muy importante, hay que tomar estas
palabras muy en serio (lo que no quiere decir que haya que creerlas).
En efecto, para el perverso pedófilo es capital demostrar que el
niño está sumergido en una especie de sexualidad natural
bienaventurada opuesta a la sexualidad restringida, reprimida y deformada
de los adultos, y que la expresión espontánea de esta sexualidad
natural es el deseo de gozar. Esta idea de un erotismo espontáneo
del niño se opone a cualquier tendencia a la violación.
Para el violador por el contrario, y es por eso que su conducta tiene
que ver con el sadismo, el no-consentimiento del otro es una condición
necesaria. El violador busca en efecto probar que se puede hacer gozar
al otro por la fuerza, que el goce no necesita el deseo o el consentimiento
subjetivo porque es una Ley que se impone absolutamente. Por otra parte,
otro punto capital de la argumentación de la que el pedófilo
intenta convencernos, es que la violencia en relación al niño
se sitúa esencialmente en la estructura familiar por el hecho de
ser fundamentalmente represiva en relación a la sexualidad. El
perverso pedófilo sostiene que los padres -y, en primer lugar,
el padre- abusan de sus hijos y les violentan robándole su sexualidad,
impidiéndoles hacer el amor y obligándoles a no ser más
que voyeurs del erotismo parental (cf. Le bon sexe illustré de
Tony Duvert). Hay que denunciar igualmente otra idea comúnmente
extendida: la pedofília, contrariamente a lo que se dice, no es
para nada lo mismo que el incesto. Por supuesto hay casos de perversos
pedófilos que seducen también a sus propios hijos, pero
estos casos son más bien excepcionales. El padre incestuoso, el
que tiene relaciones sexuales con su hija o con su hijo, no es en regla
general alguien que se excite con el niño como tal. Lo que le interesa,
lo que le crea problema, lo que le pone fuera de sí, es su propio
hijo, su descendencia. De hecho, el padre incestuoso es un sujeto que
no soporta la paternidad (esta aversión, lo mostraré más
adelante, se opone radicalmente a la posición que defiende el pedófilo).
No solamente no la soporta sino que experimenta la necesidad irresistible
de mofarse de ella, de anularla de alguna manera revelando su indignidad.
Repito, es raro que un pedófilo abuse de sus propios hijos. Por
el contrario, los pedófilos que tienen niños son generalmente
padres modelo o se esfuerzan en serlo. En efecto, contrariamente a los
padres incestuosos -que destruyen la paternidad-, los pedófilos
tienen una idea muy elevada de la paternidad. No es exagerado decir que
la perversión pedófila contiene una teoría compleja
y sutil de la paternidad, y más precisamente de la restauración
de la función paterna. Esta tesis puede parecer chocante y paradójica,
sin embargo la convicción de ser el heraldo de una verdadera reforma
moral (cf.. "Les garçons" de Montherlant) es la que empuja al pedófilo
a entrar en conflicto con la familia, con la sociedad y con las instituciones.
Para él, los padres legales, limitados en su papel de censores
son por esencia incapaces de amar. El "verdadero" amor paterno tiene que
provenir por lo tanto de un lugar diferente del de aquellos que están
ligados al niño por lazos de sangre. Como declara el Abad héroe
de la pieza de Montherlant, La ciudad en la que el príncipe es
un niño, "Dios ha creado hombres más sensibles que los padres,
en relación a los niños que no son los suyos, y que son
mal amados". Pero ¿qué es un verdadero amor paterno tal como
el pedófilo lo concibe? Es un amor pasional y sensual que se sitúa
en rivalidad profunda con el amor materno - como si la madre robara al
padre la parte erótica del amor que éste experimenta por
el niño. Restaurar la pasión de ser padre y hacer de ésta
el modelo de la pasión amorosa, eso es lo que está radicalmente
en juego en la pedofília. Es la razón por la que el pedófilo
esta íntimamente persuadido de hacer el bien a los niños
con los que tiene relaciones amorosas o sexuales. También es por
lo que está convencido de ser mejor educador - mejor porque más
verdadero - que el padre legal. Replica las leyes y las costumbres familiares
que castran a los padres antes de castrar a los hijos, pues sólo
puede estar a la altura de su función el padre cuyo amor no retrocede
ante la pasión. Una pasión que no rechaza ni reprime lo
que implica de sensualidad y de erotismo. Una pasión que exige
la reciprocidad porque cree saber que el niño mismo reclama esta
sensualidad paterna.
En suma, el perverso pedófilo nos
plantea el desafío de concebir la función paterna como algo
fundado sobre la idealización de la pulsión más que
sobre la idealización del deseo. En esta pasión, la iniciación
al goce tiene la más grande importancia.
En efecto, como en toda perversión,
el goce se identifica aquí a la Ley. Se trata entonces de introducir
al niño a la verdad de la Ley y de hacerle descubrir la mentira
fundadora de la familia y de la normalidad social. Tony Duvert, que ya
he citado, denuncia esta mentira como la alianza de una maternidad incestuosa
y de una paternidad pederasta cuyo sexo se pretende ausente (cf.. Tony
Duvert, Le bon sexe illustré, pp. 66-67).
Algunas
palabras en fin sobre el niño que es tomado como objeto elegido
de la perversión pedófila. A veces se ha evocado la idea
de que el niño jugaría para el pedófilo el papel
de un fetiche. Es una idea que me parece interesante aunque no me parece
exacta. Hay que señalar - es un criterio decisivo para distinguir
al pedófilo del homosexual pederasta - que el pedófilo elige
al niño pre-púber. Es una noción muy difícil
de manejar, sobre todo para el legislador o para el juez, obligados a
apoyarse sobre criterios "objetivos", como por ejemplo la idea absurda
de una edad en la que se fijaría lo que se llama la "mayoría
sexual". La pre-pubertad no se refiere ni a una edad ni a una definición
biológica o médica de la pubertad. Es una noción
vaga, vaga puesto que su objeto es confuso. En efecto, a lo que apunta
la perversión pedófila es al niño cuyo cuerpo o cuyo
espíritu no han elegido aún verdaderamente su sexo. Es el
ángel o el angelote como se prefiera. Es el niño aparentemente
asexuado o sexuado de una manera indefinida, es el ser que encarna en
cierto modo la desmentida opuesto al reconocimiento de la diferencia de
sexos, y en quien el pedófilo discierne, por esta misma razón,
la dicha de una sexualidad completa, más amplia que la de los adultos.
Esta imprecisión de la sexuación del niño no tiene
solamente la función de sostener la defensa contra la homosexualidad,
tan inherente a la pedofília como a otras formas de perversión.
Los pedófilos y los homosexuales se horripilan mutuamente, es un
dato bien conocido de la clínica. Pero, más allá
de esta función de defensa, la exigencia de que el niño
sea elegido antes de la manifestación de la pubertad significa
que el pedófilo busca en el niño que le atrae la encarnación
de la desmentida de la castración y de la diferencia de sexos.
El niño elegido por el pedófilo es el tercer sexo. O más
exactamente es el sexo que une, confundiéndolos, los polos opuestos
de la diferencia sexual. Esto es por lo que la atracción que experimenta
el pedófilo puede cristalizarse tanto sobre un rasgo de feminidad
exquisita que aparece en un joven muchacho como sobre la travesura de
una chiquilla. En todo caso, el psicoanálisis del pedófilo
permite poner en claro que, lo que el pedófilo busca encontrar
y hacer aparecer en la figura infantil elegida por su pasión es
él mismo. No se trata solamente de una búsqueda narcisista,
ni de un proceso de identificación imaginaria. Esta búsqueda
frenética no se sitúa solamente a nivel del yo y de sus
imágenes especulares. Es el sujeto en tanto que tal el que es llamado
a revelarse. El sujeto, es decir lo que sólo es un vacío
en la cadena significante del discurso. El pedófilo llena este
vacío provocando la aparición de un niño que representa
la encarnación de un sujeto natural más que de un hijo del
lenguaje, de un sujeto que sería virgen de la marca significante,
de un sujeto anterior a la castración simbólica. Ese es
su extravío fundamental. Ahí es donde se manifiesta hasta
que punto él mismo se ha quedado convertido en un eterno niño
imaginario, atado a ser lo que podría llenar la falta del deseo
de su madre para que la beance del mismo no aparezca nunca.
Para concluir estas reflexiones, tomaré
dos frases de Philippe Forest de un articulo publicado en el numero 59
de la revista L'Infini dedicada a "La cuestión pedófila".
Ph. Forest escribía "... la infancia no existe, es el sueño
del pedófilo. El pedófilo -yo lo imagino así - es
precisamente el que cree en la infancia (...). El la ve como el paraíso
del que ha sido injustamente expulsado, el lugar hacia el que tiene que
volver, y en el que tiene que penetrar a cualquier precio". Efectivamente,
mi práctica del psicoanálisis con sujetos pedófilos
me permite confirmar que, para ellos, la infancia no es un momento, una
etapa transitoria de la vida, un tiempo destinado esencialmente a terminarse,
sino una especie de estado del ser que hay que restituir en una temporalidad
indefinida. En la lógica pedófila, el niño constituye
la desmentida opuesta a la división del sujeto: el "sujeto-niño"
encarna el mito de una completud natural en la cual el deseo y goce no
están separados. Por eso cada pedófilo está constantemente
confrontado al drama de ver al niño amado transformarse y abandonar
este estado del cual se hace, él, depositario. También es
por eso por lo que, a pesar de su atractivo y frecuentemente de su talento
excepcional para la pedagogía, pienso con François Regnault,
que se puede definir al pedófilo como "el reverso del pedagogo"
(cf. L'Infini n° 59, p. 125). Puesto que el verdadero pedagogo -
¿todavía los hay hoy en día? - es el que funda su práctica
sobre la suposición de que el deseo más fundamental del
niño es el deseo de hacerse mayor.
Como escribe Hegel en sus Principios de
filosofía del derecho (§ 175), "la necesidad de ser educado
existe en los niños tanto como el sentimiento, que les es propio,
de no estar satisfechos de lo que son. Es la tendencia a pertenecer al
mundo de los mayores que adivinan superior, el deseo de hacerse mayor.
La pedagogía del juego trata al elemento pueril como algo que tendría
un valor en si mismo, lo presenta a los niños como tal, y menosprecia
para ellos lo que es serio, y se deprecia ella misma en una forma pueril
poco valorada por lo niños. Representándolos como acabados
en el estado de inacabamiento en el que se sienten, esforzándose
así en contentarles, turba y altera su verdadera necesidad espontánea
que es mucho mejor" (citado por F. Regnault in op.cit.).
Instruidos por estas últimas frases,
nos toca interrogarnos sobre el sentido, que evocaba más arriba,
de la evolución contemporánea de nuestra sociedad. Este
movimiento, que he designado como "infantolatría" de la época,
¿no corre el riesgo de llevarnos hacia una forma de pedofília
generalizada y triunfante? Esta hipótesis podría en todo
caso explicar las manifestaciones de horror y de pánico que el
pedófilo despierta hoy en día en nuestra sociedad. ¿Este
horror no sería finalmente el horror ante la revelación
de la significación de nuestra propia idealización de la
infancia?
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