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Del
acontecimiento.
Gilles Deleuze
Extraído de:
Lógica del sentido
Gilles Deleuze
Ed. Paidos. Barcelona, 1989
Dudamos a veces en llamar estoica a una
manera concreta o poética de vivir, como si el nombre de una doctrina
fuera demasiado libresco, demasiado abstracto para designar la relación
más personal con una herida. Pero ¿de dónde surgen
las doctrinas sino de heridas y aforismos vitales, que son otras tantas
anécdotas especulativas con su cargo de provocación ejemplar?
Hay que llamar estoico a Joe Bousquet. La herida que lleva profundamente
en su cuerpo, la aprende sin embargo, y precisamente por ello, en su verdad
eterna como acontecimiento puro. En la medida en que los acontecimientos
se efectúan en nosotros, nos esperan y nos aspiran, nos hacen señas:
«Mi herida existía antes que yo; he nacido para encarnarla."
(1). Llegar a esta voluntad que nos hace el acontecimiento,
convertirnos en la casi-causa de lo que se produce en nosotros, el Operador,
producir las superficies y los dobleces en los que el acontecimiento se
refleja, donde se encuentra incorporal y manifiesto en nosotros el esplendor
neutro que posee en sí como impersonal y preindividual, más
allá de lo general y de lo particular, de lo colectivo y lo privado:
ciudadano del mundo. "Todo estaba en su sitio en los acontecimientos de
mi vida, antes de que yo los hiciera míos; y vivirlos, es sentirse
tentado de igualarme con ellos, como si les viniera sólo de mí
lo que tienen de mejor y de perfecto."
O bien la moral no tiene ningún
sentido, o bien es esto lo que quiere decir, no tiene otra cosa que decir:
no ser indigno de lo que nos sucede. Al contrario, captar lo que sucede
como injusto y no merecido (siempre es por culpa de alguien), he aquí
lo que convierte nuestras llagas en repugnantes, el resentimiento en persona,
el resentimiento contra el acontecimiento. No hay otra mala voluntad.
Lo que es verdaderamente inmoral, es cualquier utilización de las
nociones morales, justo, injusto, mérito, falta. ¿Qué
quiere decir entonces querer el acontecimiento? ¿Es aceptar la guerra
cuando sucede, la herida y la muerte cuando suceden? Es muy probable que
la resignación aún sea una figura del resentimiento, él,
que ciertamente posee tantas figuras. Si querer el acontecimiento es,
en principio, desprender su eterna verdad, como el fuego del que se alimenta,
este querer alcanza el punto en que la guerra se hace contra la guerra,
la herida, trazada en vivo como la cicatriz de todas las heridas, la muerte
convertida en querida contra todas las muertes. Intuición volitiva
o transmutación. "Mi gusto por la muerte -dice Bousquet- que era
fracaso de la voluntad, lo sustituiré por un deseo de morir que
sea la apoteosis de la voluntad." De este gusto a este deseo, en cierto
modo no cambia nada, excepto un cambio de voluntad, una especie de salto
sobre el mismo lugar de todo el cuerpo que cambia su voluntad orgánica
contra una voluntad espiritual que quiere ahora, no exactamente lo que
sucede, sino algo en lo que sucede, algo por venir conforme a lo que sucede,
según las leyes de una oscura conformidad humorística: el
Acontecimiento. Es en este sentido que el Amor fati se alía con
el combate de los hombres libres. Que en todo acontecimiento esté
mi desgracia, pero también un esplendor y un estallido que seca
la desgracia, y que hace que, querido, el acontecimiento se efectúe
en su punta más estrecha, en el filo de una operación, tal
es el efecto de la génesis estática o de la inmaculada concepción.
El estallido, el esplendor del acontecimiento es el sentido. El acontecimiento
no es lo que sucede (accidente); está en lo que sucede el puro
expresado que nos hace señas y nos espera. Según las tres
determinaciones precedentes, es lo que debe ser comprendido, lo que debe
ser querido, lo que debe ser representado en lo que sucede. Bousquet añade:
"Conviértete en el hombre de tus desgracias, aprende a encarnar
su perfección y su estallido." No se puede decir nada más,
nunca se ha dicho nada más: ser digno de lo que nos ocurre, esto
es, quererlo y desprender de ahí el acontecimiento, hacerse hijo
de sus propios acontecimientos y, con ello, renacer, volverse a dar un
nacimiento, romper con su nacimiento de carne. Hijo de sus acontecimientos
y no de sus obras, porque la misma obra no es producida sino por el hilo
del acontecimiento.
El actor no es como un dios, sino como
un contra-dios. Dios y el actor se oponen por su lectura del tiempo. Lo
que los hombres captan como pasado o futuro, el dios lo vive en su eterno
presente. El dios es Cronos: el presente divino es el círculo entero,
mientras que el pasado y el futuro son dimensiones relativas a tal o cual
segmento que deja el resto fuera de él. Al contrario, el presente
del actor es el más estrecho, el más apretado, el más
instantáneo, el más puntual, punto sobre una línea
recta que no deja de dividir la línea, y de dividirse él
mismo en pasado-futuro. El actor es el Aión: en lugar de lo más
profundo, del presente más pleno, presente que es como una mancha
de aceite y que comprende el futuro y el pasado, surge aquí un
pasado-futuro ilimitado que se refleja en un presente vacío que
no tiene más espesor que el espejo. El actor representa, pero lo
que representa es siempre todavía futuro y ya pasado, mientras
que su representación es impasible, y se divide, se desdobla sin
romperse, sin actuar ni padecer. Hay, en este sentido, una paradoja del
comediante: permanece en el instante, para interpretar algo que siempre
se adelanta y se atrasa, se espera y se recuerda. Lo que interpreta nunca
es un personaje: es un tema (el tema complejo o el sentido) constituido
por los componentes del acontecimiento, singularidades comunicativas efectivamente
liberadas de los límites de los individuos y de las personas. El
actor tensa toda su personalidad en un instante siempre aún más
divisible, para abrirse a un papel impersonal y preindividual. Siempre
está en la situación de interpretar un papel que interpreta
otros papeles. El papel está en la misma relación con el
actor como el futuro y el pasado con el presente instantáneo que
les corresponde sobre la línea del Aión. El actor efectúa
pues el acontecimiento, pero de un modo completamente diferente a como
se efectúa el acontecimiento en la profundidad de las cosas. O.
más bien, dobla esta efectuación cósmica, física,
con otra, a su modo, singularmente superficial, tanto más neta,
cortante y por ello pura, cuanto que viene a delimitar la primera, destaca
de ella una línea abstracta y no conserva del acontecimiento sino
el contorno o el esplendor: convertirse en el comediante de sus propios
acontecimientos, contra-efectuación.
Porque la mezcla física no es justa
sino a nivel del todo, en el círculo entero del presente divino.
Pero, para cada parte, cuántas injusticias e ignominias, cuántos
procesos parasitarios caníbales que inspiran nuestro terror ante
lo que nos sucede, nuestro resentimiento contra lo que sucede. El humor
es inseparable de una fuerza selectiva: en lo que sucede (accidente),
selecciona el acontecimiento puro. En el comer, selecciona el hablar.
Bousquet asignaba las propiedades del humor-actor: aniquilar las huellas
siempre que sea preciso; "levantar entre los hombres y las obras su ser
de antes de la amargura" "vincular a las pestes, a las tiranías,
a las guerras más espantosas la suerte cómica de haber reinado
para nada"; en una palabra, desprender de cada cosa "la porción
inmaculada", lenguaje y querer, Amor fati.(2)
¿Por
qué todo acontecimiento es del tipo de la peste, la guerra, la
herida, la muerte? ¿Quiere decir sólo que hay más acontecimientos
desgraciados que felices? No, porque se trata de la estructura doble de
todo acontecimiento. En todo acontecimiento, sin duda, hay el momento
presente de la efectuación, aquel en el que el acontecimiento se
encarna en un estado de cosas, un individuo, una persona, aquel que se
designa diciendo: venga, ha llegado el momento; y el futuro y el pasado
del acontecimiento no se juzgan sino en función de este presente
definitivo, desde el punto de vista de aquel que lo encarna.
Pero, hay, por otra parte, el futuro y
el pasado del acontecimiento tomado en sí mismo, que esquiva todo
presente, porque está libre de las limitaciones de un estado de
cosas, al ser impersonal y preindividual, neutro, ni general ni particular,
eventum tantum...; o, mejor, porque no tiene otro presente sino el del
instante móvil que lo representa, siempre desdoblado en pasado-futuro,
formando lo que hay que llamar la contra-efectuación. En un caso,
es mi vida la que me parece demasiado débil para mí, que
se escape en un punto hecho presente en una relación asignable
conmigo. En el otro caso, soy yo quien es demasiado débil para
la vida, es la vida demasiado grande para mí, echando sus singularidades
por doquier, sin relación conmigo, ni con un momento determinable
como presente, excepto con el instante impersonal que se desdobla en todavía-futuro
y ya-pasado. Que esta ambigüedad sea esencialmente la de la herida
y de la muerte, la de la herida mortal, nadie lo ha mostrado como Maurice
Blanchot: la muerte es a la vez lo que está en una relación
extrema o definitiva conmigo y con mi cuerpo, lo que está fundado
en mí, pero también lo que no tiene relación conmigo,
lo incorporal y lo infinitivo, lo impersonal, lo que no está fundado
sino en sí mismo. A un lado, la parte del acontecimiento que se
realiza y se cumple; del otro, "la parte del acontecimiento cuyo cumplimiento
no puede realizarse". Hay pues dos cumplimientos, que son como la efectuación
y la contra-efectuación. Por ello, la muerte y su herida no son
un acontecimiento entre otros. Cada acontecimiento es como la muerte,
doble e impersonal en su doble. "Ella es el abismo del presente, el tiempo
sin presente con el cual no tengo relación, aquello hacia lo que
no puedo arrojarme, porque en ella yo no muero, soy burlado del poder
de morir; en ella se muere, no se cesa ni se acaba de morir."(3)
Hasta qué punto este se difiere
del de la trivialidad cotidiana . Es el se de las singularidades impersonales
y preindividuales, el se del acontecimiento puro en el que muere es como
llueve. El esplendor del se es el del acontecimiento mismo o la cuarta
persona. Por ello, no hay acontecimientos privados, y otros colectivos;
como tampoco existe lo individual y lo universal, particularidades y generalidades.
Todo es singular, y por ello colectivo y privado a la vez, particular
y general, ni individual ni universal. ¿Qué guerra no es un
asunto privado? E inversamente, ¿qué herida no es de guerra,
y venida de la sociedad entera? ¿Qué acontecimiento privado
no tiene todas sus coordenadas, es decir, todas sus singularidades impersonales
sociales? Sin embargo, hay mucha ignominia en decir que la guerra concierne
a todo el mundo; no es verdad, no concierne a los que se sirven de ella
o la sirven, criaturas del resentimiento. La misma ignominia que decir
que cada uno tiene su guerra, su herida particulares; tampoco es verdad
de aquellos que se rascan la llaga, criaturas también de la amargura
y el resentimiento. Solamente es verdad del hombre libre, porque él
ha captado el acontecimiento mismo, y porque no lo deja efectuarse como
tal sin operar, actor, su contra-efectuación. Sólo el hombre
libre puede entonces comprender todas las violencias en una sola violencia,
todos los acontecimientos mortales en un solo Acontecimiento que ya no
deja sitio al accidente y que denuncia o destituye tanto la potencia del
resentimiento en el individuo como la de la opresión en la sociedad.
El tirano encuentra sus aliados propagando el resentimiento, es decir,
esclavos y sirvientes: únicamente el revolucionario se ha liberado
del resentimiento, por medio del cual siempre se participa y se obtienen
beneficios de un orden opresor. Pero ¿un solo y mismo Acontecimiento?
Mezcla que extrae y purifica, y lo mide todo por el instante sin mezcla,
en lugar de mezclarlo todo: entonces, todas las violencias y todas las
opresiones se reúnen en este solo acontecimiento, que las denuncia
todas al denunciar una de ellas (la más próxima o el último
estado de la cuestión). "La psicopatología que reivindica
el poeta no es un siniestro pequeño accidente del destino personal,
un desgarro individual. No es el camión del lechero que le ha pasado
por encima del cuerpo y lo ha dejado inválido, son los caballeros
de los Cien Negros pogromizando a sus ancestros en los guetos de Vilno...
Los golpes que ha recibido en la cabeza no lo fueron en una riña
de gamberros en la calle, sino cuando la policía cargaba contra
los manifestantes... Si grita como un sordo de genio es que las bombas
de Guernica y de Hanoi lo han ensordecido...,"(4) La
trasmutación se opera en el punto móvil y preciso en el
que todos los acontecimientos se reúnen así en uno solo:
el punto en el que la muerte se vuelve contra la muerte, en el que el
morir es como la destitución de la muerte, en el que la impersonalidad
del morir ya no señala solamente el momento en el que me pierdo
fuera de mí, sino el momento en el que la muerte se pierde en sí
misma, y la figura que toma la vida más singular para sustituirme.(5)
Notas:
1. Respecto a la obra de
Joe Bousquet, que es, toda ella, una meditación sobre la herida,
el acontecimiento y el lenguaje, véanse los dos artículos
esenciales de Los Cahiers du Sud, n. 303, 1950: René Nelli, "Joe
Bousquet et son double"; Ferdinand Alquié, "Joe Bousquet et la
morale du langage".
2. Véase Joe Bousquet,
"Les Capitales", Le cercle du livre, 1955, pág. 103.
3. Maurice Blanchot, "L'Espace
littéraire", Gallimard, 1955, pág. 160.
4. Artículo de Claude
Roy a propósito del poeta Ginsberg, Nouvel Observateur, 1968.
5. Véase Maurice
Blanchot "L'Espace littéraire", Gallimard, 1955., pág. 155:
"Este esfuerzo para elevar la muerte a sí misma, para hacer coincidir
el punto donde ella se pierde en sí y el punto donde yo me pierdo
fuera de mí, no es un simple asunto interior, sino que implica
una inmensa responsabilidad respecto de las cosas y no es posible sino
a través de su mediación....."
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