Funciones
del Yo-piel
Didier Anzieu
Extraído de:
El yo-piel
Didier Anzieu
Biblioteca Nueva. Madrid, 1998
Mi
fundamentación teórica se basa en dos principios generales.
Uno específicamente freudiano: toda función psíquica
se desarrolla apoyándose en una función corporal cuyo funcionamiento
transpone al plano mental. Aunque Jean Laplanche (1)
recomienda reservar el concepto de apuntalamiento al apoyo que las pulsiones
sexuales encuentran en las funciones orgánicas de autoconservación,
yo soy partidario de un sentido más amplio, porque el desarrollo
del aparato psíquico se efectúa en grados sucesivos de ruptura
con base biológica; rupturas que, por una parte, le permiten escapar
a las leyes biológicas y, por otra , hacen necesaria la búsqueda
de un apuntalamiento de todas las funciones psíquicas en funciones
del cuerpo. El segundo principio, igualmente conocido por Freud, es Jacksoniano:
a lo largo de su evolución, el desarrollo del sistema nervioso
presenta una particularidad que no se encuentra en los otros sistemas
orgánicos; a saber, que el órgano más reciente y
más cercano de la superficieel córtex, tiende
a tomar la dirección del sistema cuando integra los otros subsistemas
neurológicos. Esto sucede también con el Yo consciente,
que dentro del aparato psíquico tiende a ocupar la superficie en
contacto con el mundo exterior y a controlar el funcionamiento de este
aparato. Igualmente se sabe que la piel (superficie del cuerpo) y el cerebro
(superficie del sistema nervioso) derivan de la misma estructura embrionaria,
el ectodermo.
Para mi, como psicoanalista, la piel tiene una importancia capital: proporciona
al aparato psíquico las representaciones constitutivas del Yo y
de sus principales funciones. Y, en su momento, esta constatación
se inscribe en el cuadro de la teoría general de la evolución.
Desde los mamíferos hasta el hombre, el cerebro no solamente aumenta
sino que se hace más complejo. La piel pierde su dureza y sus pelos.
Los pelos subsisten apenas sólo en el cráneo, aumentando
su papel protector del cerebro, y alrededor de los orificios corporales
de la cara y del tronco, donde refuerzan la sensibilidad e incluso la
sensualidad. Como demostró Imre Hermann (2), la
pulsión de agarramiento de cualquier pequeño a su madre
es más difícil de satisfacer en la especie humana y se manifiesta
en las angustias intensas precoces y prolongadas de pérdida de
la protección, de falta de objeto soporte y en un desamparo que
ha sido calificado de originario. Como contrapartida, la pulsión
de apego toma, en el pequeño humano, una importancia tanto más
considerable cuanto que la infancia humana es proporcionalmente más
larga que la de otras especies. Esta pulsión tiene por objeto la
localización, primero en la madre y después en el grupo
familiar que toma el relevo, de las señalessonrisa, suavidad
del contacto, calor físico del abrazo, diversidad de emisiones
sonoras, solidez del transporte, acunamiento, disponibilidad para dar
el alimento, los cuidados, la compañiaque proporcionan indicios
de la realidad exterior y de su continuidad, por una parte, y, por otra,
de los afectos vividos por la compañera, especialmente como respuesta
fundamental a los afectos del bebé. Nos encontramos aquí
ya no en el registro de la satisfación de las necesidades vitales
de autoconservación (alimento, respiración, sueño)
sobre las que los deseos sexuales y agresivos van a constituirse por apuntalamiento,
sino en el de la comunicación (preverbal e infralingüistica)
sobre la que el intercambio de lenguajes encuentra oportuno apoyarse.
A menudo los dos registros funcionan simultáneamente: la mamada,
por ejemplo, proporciona la ocasión de las comunicaciones táctiles,
visuales, sonoras y olfativas. Pero sabemos que una satisfacción
material de las necesidades vitales, sistemáticamente desprovista
de esos intercambios sensoriales y afectivos, puede conducir al hospitalismo
o al autismo. Se comprueba igualmente que, con el crecimiento del bebé,
la parte que dedican él y su entorno a comunicar por comunicar
va creciendo independientemente de las necesidades de autoconservación.
La comunicación originaria es una comunicación directa en
la realidad y más aún en la fantasía, no mediatizada,
de piel a piel.
Freud, en «El Yo y el Ello» (3), ha demostrado
que no sólo los mecanismos de defensa y los rasgos del carácter
derivan, por apoyo y por transformación, de actividades corporales,
sino que sucede lo mismo con las instancias psíquicas: Las pulsiones
psíquicas que constituyen el Ello derivan de los instintos biológicos;
lo que va a llamar el Superyó «tiene raíces acústicas»,
y el Yo se constituye, primero, a partir de la experiencia táctil.
A lo que me parece necesario añadir que preexiste una tópica
más arcaica, tal vez originaria, con el sentimiento de existencia
del Sí-mismo: Si-mismo en torno al cual se diferencia un Yo a partir
de la experiencia táctil; Si-mismo en cuyo exterior se proyectan
tanto los estímulos endógenos como los exógenos.
La tópica secundaria (Ello, Yo, con su apéndice el Yo ideal,
Superyó formando pareja con el ideal del Yo) se organiza cuando
la envoltura visual fundamentalmente bajo los efectos de la prohibición
primaria del tocarsustituye a la envoltura táctil, proporcionando
al Yo el apoyo esencial, cuando los representantes de cosas (principalmente
visuales) se asocian, en el preconsciente que se desarrolla entonces,
con representantes de palabras (proporcionados por la adquisición
de la palabra) y cuando se adquieren las diferenciaciones, por una parte,
del Yo y del Superyó y, por otra, de la estimulación externa
y de la extracción pulsional.
En mi más importante articulo de 1974 sobre el Yo-piel le asignaba
yo tres funciones: una función de barrera protectora del psiquismo
y una función de filtro de los intercambios y de inscripción
de los primeros rasgos, función que hace posible la representación.
A estas tres funciones corresponden tres figuraciones: el saco, la pantalla
y el tamiz. El trabajo de Pasche (4) sobre Le Bouclier
de Persée me lleva a tomar en consideración una cuarta funcion,
la de espejo de la realidad.
Las nueve funciones del Yo-piel
Voy a realizar ahora el establecimiento
de un paralelo más sistemático entre las funciones de la
piel y las funciones del Yo, intentando precisar, para cada una, el modo
de correspondencia entre lo orgánico y lo psíquico, los
tipos de angustia unidos a la patología de esta función
y las representaciones del trastorno del Yo-piel que la clínica
nos aporta. El orden que voy a seguir no obedece a ningún principio
de clasificación riguroso. Tampoco pretendo ser exhaustivo en cuanto
al inventario de estas funciones que va a permanecer abierto.
1) Lo mismo que la piel cumple una función
de sostenimiento del esqueleto y de los músculos, el Yo-piel cumple
la de mantenimiento del psiquismo. La función biológica
se ejerce por lo que Winnicott (5) llamó holding;
es decir, por la forma en que la madre sostiene el cuerpo del bebé.
La función psíquica se desarrolla por interiorización
del holding materno. El Yo-piel es una parte de la madreespecialmente
sus manosque ha sido interiorizada y que mantiene el funcionamiento
del psiquismo, al menos durante la vigilia, de la misma forma que la madre
mantiene en ese mismo tiempo el cuerpo del bebé en un estado de
unidad y de solidez. La capacidad del bebé para mantenerse psíquicamente
a sí mismo condiciona el acceso a la posición de sentado,
después a la de de pie y a la de marcha. El apoyo externo sobre
el cuerpo materno conduce al bebé a adquirir el apoyo inferno sobre
su columna vertebral, como una espina sólida que le permite ponerse
derecho. Uno de los núcleos que anticipan el Yo consiste en la
sensación-imagen de un falo interno materno o, más generalmente,
parental, que asegura al espacio mental, en vías de constituirse
un primer eje, del orden de la verticalidad y de la lucha contra la pesantez
y que prepara la experiencia de tener una vida psíquica para sí.
Adosándose a este eje, el Yo hace actuar a los mecanismos de defensa
más arcaicos, como la escisión y la identificación
proyectiva. Pero solamente puede adosarse a este soporte con toda seguridad
si está seguro de tener en su cuerpo zonas de contacto estrecho
y estable con la piel, los músculos y las palmas de la mano de
la madre (y de las personas de su entorno primario) y, en la periferia
de su psiquismo, un circulo reciproco con el psiquismo de la madre (lo
que Sami-Ali (6) ha llamado "inclusión mutua").
Blaise
Pascal, tempranamente huérfano de madre, teorizó muy bien
en física, después en psicología y en la apologética
religiosa, sobre este horror del vacío interior durante mucho tiempo
atribuido a la naturaleza y sobre esta falta del objeto soporte necesario
al psiquismo para que éste encuentre su centro de gravedad. Francis
Bacon pinta en sus cuadros los cuerpos decadentes a quienes la piel y
los vestidos aseguran una unidad superficial, pero que están desprovistos
de esta espina dorsal que mantiene el cuerpo y el pensamiento: pieles
llenas de sustancias más liquidas que sólidas, lo cual corresponde
muy bien a la imagen del cuerpo del alcohólico (7).
Lo que aquí está en juego no es la incorporación
fantasmática del pecho nutricio, sino la identificación
primaria con un objeto soporte contra el cual el niño se abraza
y que lo tiene en brazos; es más bien la pulsión de agarramiento
o de apego la que encuentra mayor satisfacción que la libido. La
unión, cara a cara, del cuerpo del niño con el cuerpo de
la madre, está vinculada con la pulsión sexual que encuentra
satisfacción a nivel oral en la mamada y en esta manifestación
de amor que es el abrazo. Los adultos que se aman encuentran generalmente
este tipo de acoplamiento para dar satisfación a sus pulsiones
sexuales a nivel genital. En cambio, la identificación primaria
con el objeto soporte supone otro dispositivo especial que se presenta
con dos variantes complementarias: Grotstein (8), discípulo
californiano de Bion, ha sido el primero que las ha precisado: espalda
del niño contra vientre de la persona objeto-soporte (back-ground
object), vientre del niño contra la espalda de ésta.
En la primera variante, el niño está adosado al objeto soporte
que se moldea ahuecándose sobre él. Se siente protegido
por su parte posterior; es la espalda la única parte de su cuerpo
que no se puede ni tocar ni ver. La pesadilla frecuente en los niños
con fiebre, de una superficie que se arruga, se comba, se desgarra, llena
de jorobas y de agujeros, traduce de forma figurativa la espera de la
representación aseguradora de una piel común con el objeto
soporte que le sostiene. Esta superficie que desfallece puede ser interpretada
por el soñador como una ondulación de serpientes, pero seria
un error de interpretación el entenderla únicamente como
un símbolo fálico. La presencia de muchas serpientes reptando
no tiene el mismo sentido que la de una serpiente única que se
pone derecha. Grotstein cita uno de estos sueños de una niña
pequeña aportado por la madre que se analizaba con él.
«Su hija se despertó en medio de la noche viendo serpientes
por todas partes, incluso en el suelo por el que ella caminaba. Corrió
a la habitación de su madre y, saltando sobre ella, puso su espalda
contra el vientre de su madre. Era éste el único sitio donde
podía encontrar consuelo. Aunque la paciente era la madre y no
la niña, sus asociaciones en relación con este acontecimiento
establecieron, inmediatamente, el hecho de que la madre se había
identificado con su niña. Era ella la niña pequeña
que deseaba tenderse sobre mi para procurarse el «soporte»
(backing), la protección y la cobertura (rearing) de los que ella
se había sentido privada por sus propios padres» (9).
La segunda posición, la del niño tumbado juntando la parte
de delante de su cuerpo a la espalda de la persona que cumple para él
la función de objeto soporte, aporta al interesado la sensación
sentimiento de que la parte más apreciada y frágil de su
cuerpo, es decir, su vientre, está protegida detrás de la
pantalla protectora, el para-excitación originario que es el cuerpo
de este otro mantenedor. Esta experiencia empieza generalmente con uno
u otro de los padres (incluso con ambos); puede continuar durante bastante
tiempo con un hermano o hermana con quien el niño comparte la cama.
(Hasta su psicoanálisis con Bion, Samuel Beckett no era capaz de
vencer la angustia del insomnio si no dormía unido a su hermano
mayor). Una de mis pacientes, educada por una pareja de padres violentos
y desunidos, encontraba su seguridad interior, hasta la prepubertad, durmiéndose
así pegada a su hermana pequeña, con quien compartía
la cama. Aquella de las dos que tuviera más miedo «hacía
de silla» (ésta era su expresión) para acoger y abrazar
contra ella el cuerpo tranquilizador de la otra. Durante toda una fase
de su análisis su transferencia me invitaba implícitamente,
a mi también, a hacer de silla: me reclamaba la alternancia de
mis asociaciones libres con las suyas, la confesión de mis pensamientos
y sentimientos, de mis angustias; me proponía el acercamiento de
su cuerpo, sin comprender por qué yo rechazaba el que ella viniera
a sentarse sobre mis rodillas. Tuve que analizar primero como una sexualización
defensiva la seducción histérica con la que ella cubría
su petición; después pudimos elaborar su angustia por la
pérdida del objeto soporte.
Grotstein relata otro tipo de ejemplo significativo: «Pacientes
en análisis, frecuentemente, me han contado sueños en los
que ellos conducían un coche desde el asiento de atrás.
Las asociaciones a estos sueños conducían, casi invariablemente,
a la noción de tener un «soporte» (backing) defectuoso
y, como consecuencia, una dificultad para la autonomía».
Grotstein propone incluso un juego de palabras intraducible: porque el
objeto-soporte está «detrás» o «debajo»
(he under stands), proporciona el paradigma de la «comprensión»
(understanding)
2) A la piel, que recubre la superficie
entera del cuerpo y que es donde se insertan todos los órganos
de los sentidos externos, responde la función de continente del
Yo-piel. Esta función se ejerce principalmente por el handling
materno. La sensación-imagen de la piel como saco se despierta
en el bebé por los cuidados del cuerpo que, de acuerdo con sus
necesidades, le procura la madre. El Yo-piel como representación
psíquica emerge de los juegos entre el cuerpo de la madre y el
cuerpo del niño, así como de las respuestas de la madre
a las sensaciones y a las emociones del bebé; respuestas gestuales
y vocales, porque la envoltura sonora refuerza entonces la envoltura táctil,
respuestas de carácter circular en las que las ecolalias y las
ecopraxias del uno imitan las del otro, respuestas que permiten al niño
pequeño experimentar progresivamente esas sensaciones y esas emociones
independientemente, sin sentirse destruido. R. Kaes (10)
distingue dos aspectos de esta función. El «continente»
propiamente dicho, estable e inmóvil, se ofrece como receptáculo
pasivo para ser depósito de las sensaciones-imágenes-afectos
del bebé, neutralizadas y conservadas así. El «continente»
corresponde al aspecto activo, a la ensoñación materna según
Bion, a la identificación proyectiva, al ejercicio de la función
alfa que elabora, transforma y restituye al interesado sus sensaciones-imágenes-afectos
ya representables.
Lo mismo que la piel envuelve todo el cuerpo, el Yo-piel pretende envolver
todo el aparato psíquico, pretensión que parece abusiva
pero que al principio es necesaria . En este caso , el Yo- pi el está
representado como corteza y el Ello pulsional como núcleo, teniendo
cada uno de los dos términos necesidad del otro. El Yo-piel solamente
es continente si tiene pulsiones que contener, que localizar en las fuentes
corporales, y, más tarde, que diferenciar. La pulsión no
se siente como empuje, como fuerza motriz, si no encuentra limites y puntos
específicos de inserción en el espacio mental en el que
se despliega, sino solamente si su fuente se proyecta en las regiones
del cuerpo dotadas de una excitabilidad especial. Esta complementariedad
de la corteza y del núcleo es el fundamento del sentimiento de
la continuidad del Sí-mismo.
Dos formas de angustia dan respuesta a la carencia de esta función
contenedora del Yo- piel. La angustia de una excitación pulsional
difusa, permanente, esparcida, no localizable, no identificable, no apaciguable,
que traduce una topografía psíquica por un núcleo
sin corteza; el individuo busca una corteza sustitutiva en el dolor físico
o en la angustia psíquica; se envuelve en el sufrimiento. En el
segundo caso, la envoltura existe, pero su continuidad está interrumpida
por agujeros. Es un Yo-piel colador; los pensamientos, los recuerdos se
conservan con dificultad; huyen. La angustia de tener un interior que
se vacía es considerable, especialmente la de la agresividad necesaria
a toda afirmación de si. Estos agujeros psíquicos pueden
instalarse en los poros de la piel: la próxima observación
de Getsemani (11) nos muestra a un paciente que transpira
durante las sesiones y que lanza de este modo, sobre su psicoanalista,
una agresividad nauseabunda que no puede ni retener ni elaborar, en tanto
que su representación inconsciente de un Yo-piel colador no haya
sido interpretada.
3) La capa superficial de la epidermis protege su capa sensible (aquella
en la que se encuentran las terminaciones libres de los nervios y los
corpúsculos del tacto, y el organismo en general, contra las agresiones
físicas, las radiaciones y el exceso de estímulos. Ya en
el «Proyecto de una psicología para neurólogos»
de 1895, Freud reconoció una función de para-excitación
paralela al Yo. En «El bloc maravilloso» (12),
precisa muy bien que el Yo (como la epidermis: pero Freud no hace siempre
esta precisión) presenta una estructura en doble hoja. En el «Proyecto»
de 1895 Freud da a entender que la madre sirve al bebé de para-excitación
auxiliar, y lo hacesoy yo quien lo añadehasta que el
Yo, en su crecimiento, encuentre, sobre su propia piel, un apoyo suficiente
para asumir esta función de forma. De forma general, el Yo-piel
es una estructura, virtual en el nacimiento, que se actualiza durante
la relación entre el lactante y el entorno primario; el origen
lejano de esta estructura se remontaría a la aparición misma
de los organismos vivos.
Los excesos y los déficits del para-excitación ofrecen distintas
problemáticas con apariencias muy variadas. Frances Tustin (13)
ha descrito las dos imágenes del cuerpo que pertenecen al autismo
primario y secundario respectivamente: el Yo-palpa (cuando ninguna de
Las funciones del Yo-piel han sido adquiridas, ni las de soporte, ni de
continente, ni de para-excitación, y cuando la doble hoja aún
no ha sido bosquejada), el Yo- crustáceo, con un caparazón
rígido que reemplaza al contenedor ausente y que impide el engranaje
de las siguientes funciones del Yo-piel.
La angustia paranoide de intrusión psíquica se presenta
con dos formas: a) me roban mis pensamientos (persecución); b)
me infunden pensamientos (máquina de influenciar). Aquí
las funciones de para-excitación y de contenedor existen de forma
distinta pero suficiente.
La angustia de la pérdida del objeto, que cumple el papel de para-excitación
auxiliar, aumenta al máximo cuando la madre del niño ha
entregado a éste a su propia madre para que lo eduque (es decir,
a la abuela materna del niño), y cuando ésta se ocupa del
niño con tal perfección cualitativa y cuantitativa que el
niño no ha podido conocer la posibilidad ni la necesidad de proporcionarse
un autoapuntalamiento. La toxicomanía puede aparecer entonces como
una solución para constituir una barrera de niebla o de humo entre
el Yo y los estímulos externos.
El para-excitación puede ser buscado como apoyo en la dermis a
falta de epidermis: esta es la segunda piel muscular (14),
la coraza caracterial (15).
4) La membrana de las células orgánicas
protege la individualidad de la célula, distinguiendo los cuerpos
extraños, cuya entrada impide, de las sustancias parecidas o complementarias
que decide admitir y asociar. Por su granulación, color, textura
y olor, la piel humana presenta diferencias individuales considerables.
Estas pueden ser narcisisticamente, incluso socialmente, sobreinvestidas.
Permiten distinguir, en los demás, los objetos de apego y de amor
y afirmarse a sí mismo como un individuo que tiene su propia piel.
A su vez, el Yo-piel asegura una función de individuación
del Si-mismo, que le aporta el sentimiento de ser un ser único.
La angustia que describe Freud (16) de la «inquietante
extrañeza» está unida a una amenaza hacia la individualidad
del Sí-mismo por debilitamiento del sentimiento de sus fronteras.
En la esquizofrenia, toda la realidad externa (mal diferenciada de la
realidad interna) está considerada como peligrosa de asimilar.
La pérdida del sentido de la realidad permite el mantenimiento,
a toda costa, del sentimiento de unidad del Sí-mismo.
5) La piel es una superficie que contiene bolsas, cavidades donde se alojan
los órganos de los sentidos que no son los del tacto (que están
insertados en la misma epidermis). El Yo- piel es una superficie psíquica
que une las sensaciones de distintas naturalezas y que las destaca como
figuras sobre este fondo originario que es la envoltura táctil:
esta es la función de intersensorialidad del Yo-piel, que desemboca
en la constitución de un «sentido común» (el
sensoriam commune de la filosofía medieval), cuya referencia básica
se realiza siempre por medio del tacto. La angustia de fraccionamiento
del cuerpo responde a la carencia de esta función; más precisamente,
la del desmantelamiento (17), es decir, la de un funcionamiento
independiente anárquico de los distintos órganos de los
sentidos. Más adelante mostraré el papel decisivo de la
prohibición del tocar, cuando me refiero a la envoltura táctil
continente del espacio intersensorial que prepara la simbolización.
En la realidad neurofisiológica es en el encéfalo donde
se efectúa la integración de las informaciones que provienen
de los diversos órganos de los sentidos; la intersensorialidad
es, pues, una función del sistema nervioso central o, más
globalmente, del ectodermo (de donde parten simultáneamente la
piel y el sistema nervioso central). En la realidad psíquica, por
el contrario, este papel se ignore y existe una representación
imaginaria de la piel como telón de fondo, como superficie originaria
sobre la cual se despliegan las interconexiones sensoriales.
6) La piel del bebé es objeto de carga libidinal de la madre. El
alimento y los cuidados se acompañan de contactos piel a piel,
generalmente agradables, que preparan al autoerotismo y que sitúan
los placeres de piel como telón de fondo habitual de los placeres
sexuales. Estos se localizan en ciertas zonas eréctiles o en ciertos
orificios (excrecencias y bolsas) donde la capa superficial de la epidermis
es más delgada, por lo que el contacto directo con la mucosa produce
una sobreexcitación. El Yo-piel cumple la función de superficie
de sostén de la excitación sexual, superficie en la que,
en el case de un desarrollo normal, se pueden localizar zonas erógenas,
reconocer la diferencia de sexos y su complementariedad. El ejercicio
de esta función puede ser autosuficiente: el Yo-piel capta la carga
libidinal en toda su superficie y se convierte en una envoltura de excitación
sexual global. Esta configuración es el fundamento de la teoría
sexual infantil sin duda más arcaica, según la cual la sexualidad
se limita a los placeres del contacto piel con piel y el embarazo se produce
por un simple abrazo corporal y por un beso. A falta de una descarga satisfactoria,
esta envoltura de excitación erógena puede transformarse
en envoltura de angustia
Si la carga de la piel es más narcisistica que libidinal, la envoltura
de excitación puede reemplazarse por una envoltura narcisística
brillante, como para conceder a su poseedor la invulnerabilidad , inmortal
y heroica.
Si el sostenimiento de la excitación sexual no está asegurado,
el individuo convertido en adulto no se siente con la seguridad suficiente
para comprometerse en una relación sexual complete que desemboque
en una satisfacción genital mutua.
Si las excrecencias y los orificios sexuales son lugar de experiencias
halógenas más que erógenas, la representación
de un Yo-piel agujereado se encuentra reforzada, la angustia persecutoria
aumentada, la predisposición a las perversiones sexuales que pretenden
convertir el dolor en placer acrecentada.
7) A la piel, como superficie de estimulo permanente del tono sensomotor
por las excitaciones externas, responde la función del Yo-piel
de recarga libidinal del funcionamiento psíquico, de mantenimiento
de la tensión energética interna y de su distribución
desigual entre los subsistemas psíquicos (18).
Los fallos de esta función producen dos tipos antagónicos
de angustia: la angustia de la explosión del aparato psíquico
bajo el efecto de la sobrecarga de excitación (la crisis epiléptica,
por ejemplo, cf. H. Beauchesne, 1980); la angustia de Nirvana, es decir,
la angustia ante lo que sería la realización del deseo de
una reducción de la tensión cero.
8) La piel, con los órganos de los sentidos táctiles que
contiene (tacto, dolor, calor-frio, sensibilidad dermatóptica),
proporciona informaciones directas sobre el mundo exterior (que inmediatamente
son recuperadas por el «sentido común» con las informaciones
sonoras, visuales, etc.). El Yo-piel realiza la función de inscripción
de huellas sensoriales táctiles, función de pictograma según
Piera Castoriadis Aulagnier (19), de escudo de Perseo
que remite en espejo una imagen de la realidad según F. Pasche
(20). Esta función está reforzada por
el entorno materno, en la medida en que realiza su papel de «presentación
del objeto» (21) en relación con el niño
pequeño. Esta función del Yo-piel se desarrolla con un doble
apoyo, biológico y social. Biológico: un primer dibujo de
la realidad se imprime en la piel. Social: la pertenencia de un individuo
a un grupo social está marcada por incisiones, escarificaciones,
pinturas, tatuajes, maquillajes, peinados y sus dobles, que son los vestidos.
El Yo-piel es el pergamino originario que conserva, a la manera de un
palimpsesto, los.garabatos tachados, raspados, sobrecargados de una escritura
«originaria» preverbal, hecha de trazas cutáneas.
Una primera forma de angustia relativa a esta función es la de
estar marcado en la superficie del cuerpo y del Yo por inscripciones infamantes
e indelebles que tienen su origen en el Superyó (Los rubores, el
eczema, las heridas simbólicas, según Bettelheim (22),
la máquina infernal de la Colonia Penitenciaria de Kafka (1914-1919)
que graba en la piel del condenado, en letras góticas, hasta la
muerte, el articulo de l código que éste ha transgredido)
. La angustia en verse se refiere al peligro de desaparición de
las inscripciones por efecto de su saturación, esto es, la pérdida
de la capacidad de fijar las huellas, en el sueño, por ejemplo.
La película que permite el desarrollo de los sueños propone
entonces al aparato psíquico la imagen visual de un Yo-piel restituido
en su función de superficie sensible.
9) Todas las funciones precedentes están al servicio de la pulsión
de apego y, después, de la pulsión libidinal. ¿No
podría existir una función negativa del Yo-piel, una especie
de antifunción, al servicio de Tanatos, que tendiera a la autodestrucción
de la piel y del Yo? Los progresos de la inmunologia, desencadenados por
el estudio de las resistencias del organismo a los trasplantes de órganos
, nos encaminan hacia reacciones del organismo vivo. Las incompatibilidades
entre donador y receptor de órganos, que nos confirman que no existen
dos seres humanos idénticos sobre la tierra (salvo en el caso de
los verdaderos gemelos), nos han permitido conocer, por otra parte, la
importancia de los marcadores moleculares de la «personalidad biológica»;
cuanto más similares son estos marcadores entre el donador y el
receptor mayor es la posibilidad de éxito en los trasplantes (Jean
Hamburger); y estas similitudes proceden de la existencia de una pluralidad
de diferentes grupos de glóbulos blancos que se revelan como marcadores,
no solamente de dichos glóbulos, sino de la personalidad entera
(23).
Los biólogos han tenido que recurrir, sin saber lo que estaban
haciendo, a nocionesel Si- mismo, el No-Yoanálogas
a las que algunos sucesores de Freud forjaron para completar la segunda
concepción tópica del aparato psíquico. En muchas
enfermedades, el sistema inmunológico puede ponerse en movimiento,
equivocada o acertadamente, para atacar cualquier órgano del cuerpo
como si fuera un injerto extraño. Estos son los fenómenos
autoinmunes, lo que etimológicamente quiere decir que el organismo
vivo vuelve contra si mismo la reacción inmunológica o inmune.
La defensa celular está hecha para rechazar los tejidos extrañosel
No Si-mismo, dicen los biólogos, pero es, a veces, lo bastante
ciega para como atacarse a Si-misma, mientras que en estado de salud se
respeta totalmente: de aqui que las enfermedades autoinmunes sean a menudo
graves
Como analista me sorprende la analogía entre la reacción
autoinmune, por una parte, y, por otra, la vuelta de la pulsión
sobre sí misma, la reacción terapeútica negativa,
así como los ataques contra los vínculos en general y contra
los continentes psíquicos en particular. Me doy cuenta, también,
de que la distinción entre lo familiar y lo extraño (24)
o entre el Yo y el no no-Yo (me and not me, según Winnicott) tiene
sus raíces biológicas a nivel de la célula misma,
por lo que propongo la hipótesis de que la piel, como envoltura
del cuerpo, constituye la realidad intermediaria entre la membrana celular
(que recoge, clasifica y transmite la información en cuanto al
carácter extraño o no de los iones) y la interfaz psíquica
que es el sistema de percepción-conciencia del Yo.
La medicina psicosomática ha descubierto una inversión de
las señales de seguridad y de peligro en la estructura alérgica:
la familiaridad, en lugar de ser protectora y tranquilizante se rechaza
como mala, y la extrañeza, en lugar de ser inquietante, se muestra
atractiva: de aquí la reacción paradójica del alérgico
y también del toxicómano que evita lo que puede hacerle
bien y que está fascinado por lo que le es nocivo. El hecho de
que la estructura alérgica se presente a menudo bajo la forma de
una alternancia asma-eczema permite precisar la configuración del
Yo-piel que está en juego. Al principio se trata de paliar las
insuficiencias del Yo-piel -bolsa para delimitar una esfera psíquica
interna en orden al volumen, es decir, podrá pasar de una representación
bidimensional a una representación tridimensional del aparato psíquico
(25). Las dos afecciones corresponden a los dos modos
posibles de acercamiento de la superficie de esta esfera: por el interior
y por el exterior. El asma es una tentativa de sentir por dentro la envoltura
constitutiva del Yo corporal: el enfermo se hincha de aire hasta sentir
desde dentro las fronteras de su cuerpo y hasta asegurarse los limites
ampliados de su Si-mismo; para preservar esta sensación de Si-mismo-bolsa
inflada permanece en apnea, con el peligro de bloquear el ritmo de intercambio
respiratorio con el medio y de ahogarse. La observación de Pandora
lo ilustra. El eczema es una tentativa para sentir desde fuera esta superficie
corporal del Si-mismo, en sus desgarramientos dolorosos, su contacto rugoso,
su visión vergonzante y, también, como envoltura de color
y de excitaciones erógenas difusas.
En la psicosis, especialmente en la esquizofrenia, la paradoja que la
alergia suscita es llevada al paroxismo. El funcionamiento psíquico
está dominado por lo que Paul Wiener (26) ha
llamado la reacción antifisiológica . La con fianza en el
funcionamiento natural del organismo está destruida o no ha sido
adquirida. Lo natural es vivido como artificial; lo vivo se asimila a
lo mecánico; lo que es bueno en la vida y para la vida se percibe
como un peligro mortal. Tal funcionamiento psíquico paradójico
altera, por una reacción circular, la percepción del funcionamiento
corporal que se presenta nuevamente reforzado en sus paradojas. Aquí
la configuración paradójica subyacente del Yo-piel conlleva
la no adquisición de las distinciones fundamentales: vigilia-sueño,
sueño-realidad, animado- inanimado. La observación de Eurídice
(27) nos proporciona un ejemplo limitado en una paciente
no psicótica, pero que se siente amenazada de confusión
mental. El restablecimiento de la confianza en un funcionamiento natural
y feliz del organismo (a condición de que éste encuentre
el eco suficiente a sus necesidades dentro del medio) es una de las tareas
esenciales del psicoanalista en relación con dichos pacientes,
una tarea ardua y repetitiva de acuerdo con los intentos inconscientes
del paciente para paralizar al psicoanalista cogido en la trampa de la
transferencia paradójica (28) y para conducirlo
a su propio fracaso.
Los ataques inconscientes contra el continente psíquico, que puede
ser que se apoyen sobre los fenómenos orgánicos autoinmunes,
tengo la impresión de que proceden de partes del Si-mismo fusionadas
a la pulsión de autodestrucción inherente al Ello, deportadas
a la periferia del Si-mismo, enquistadas en la capa superficial que es
el Yo-piel, cuya continuidad socavan allí mismo, cuya cohesividad
destruyen y cuyas funciones alteran invirtiendo sus fines. La piel imaginaria
con la que el Yo se recubre se convierte en una túnica envenenada,
ahogante, abrasadora, desagregante. Se podría, pues, hablar de
una función tóxica del Yo-piel.
Esta lista de nueve funciones psíquicas del Yo, homólogas
a las funciones biológicas de la piel, no es, desde mi punto de
vista, ni inmutable ni exhaustiva. Proporciona una clave que los hechos
tendrán que prober, y permanece abierta y mejorable para facilitar
la observación clínica, el diagnóstico psicopatológico,
la conducta de las psicoterapias y la técnica de la interpretación
psicoanalítica.
En cuanto a las funciones de la piel que no he evocado aún (29),
se podría, llevando más lejos el espiritu del sistema, proponer
el hacerlas corresponder incluso a otras funciones del Yo:
Función de almacenamiento (por ejemplo, de las grasas): comparable
a la función mnésica; aunque ésta surge de las zones
preconscientes del aparato psiquico y no pertenece Freud insiste
en elloa su «superficie», caracterizada por los sistemas
de percepción-conciencia.
Función de producción (por ejemplo, de los pelos y
de las uñas): comparable a la producción de los mecanismos
de defensa por la zona del Yo (ésta también preconsciente
e incluso inconsciente).
Función de emisión (por ejemplo, de sudor, de ferhormonas
(30)): comparable a la precedente, porque la proyección
constituye, en efecto, uno de los mecanismos de defensa más arcaicos
del Yo; pero conviene articularlo con una configuración tópica
especifica que he descrito como Yo-piel colador
Se podría comparar también algunas funciones, al menos ciertas
tendencias del Yo-piel, con características estructurales (ya no
funcionales) de la piel. Por ejemplo, el hecho de que la piel tenga la
mayor superficie y el mayor peso de todos los órganos del cuerpo,
correspondería la pretensión del Yo de envolver la totalidad
del aparato psíquico y tener el mayor peso en su funcionamiento.
Igualmente, la tendencia al ajuste de las hojas externas e internas del
Yo-piel, así como de las envolturas psíquicas (sensoriales,
musculares y rítmicas) parece relacionada con el enmarañamiento
de las capas que componen la epidermis, la dermis y la hipodermis. La
complejidad del Yo y la multiplicidad de sus funciones podrían
igualmente ser comparadas con la existencia de numerosas e importantes
diferencias de estructura y de función, de un punto a otro de la
piel (por ejemplo, la densidad de los diferentes tipos de glándulas,
de corpúsculos sensoriales, etc.).
Un caso de masoquismo perverso
Observación del Señor M.
El caso, bastante excepcional, del Señor
M;, aportado por Michel de M'uzan (31) con anterioridad
a mi primer artículo sobre el Yo-piel (32), no
corresponde a una indicación de cura psicoanalítica, por
lo que fue objeto de sólo dos entrevistas con este colega. Mi perspectiva
de las nueve funciones del Yo-piel permite reinterpretarlo con posterioridad,
poniendo en evidencia la alteración de la casi totalidad de las
funciones del Yo-piel (el inventario que de ellas hago queda así
indirectamente validado) en los casos graves de masoquismo y la necesidad
de recurrir a prácticas perversas para restablecer estas funciones.
Para el Señor M., que no sin razón es radioelectricista,
la función de sostenimiento está artificialmente asegurada
por la introducción de trozos de metal y de vidrio bajo toda la
piel (se trata, pues, aquí, de una segunda piel ya no muscular,
sino metálica), fundamentalmente de agujas en los testiculos y
el pene, de dos anillos de acero colocados respectivamente en la extremidad
de la verga y en el origen de las bolsas, de tiras cortadas de la piel
de la espalda con la finalidad de suspender al Señor M. de unos
ganchos de carnicero, mientras que un sádico le sodomiza.
Los fallos de la función de continente del Yo-piel, son materializados
no solamente por las innumerables cicatrices de quemaduras y de desgarros
esparcidos por toda la superficie del cuerpo, sino también por
el cepillado de ciertas excrecencias (seno derecho arrancado, dedo pequeño
del pie derecho cortado con la sierra de metal), por el taponamiento de
algunos agujeros (ombligo lleno de plomo fundido), por el alargamiento
artificial de algunos orificios (ano, fondo del glande). Esta función
de continente se restablece por la instauración repetitiva de una
envoltura de sufrimiento, gracias a la gran diversidad, ingeniosidad y
crueldad de los instrumentos y de las técnicas de tortura: la fantasía
de la piel arrancada debe ser reavivada permanentemente, en el masoquista
perverso, para que pueda reapropiarse de un Yo-piel.
La función de para-excitación está tan mal realizada
que llega al punto limite irreversible en el que el peligro resulta mortal
para el organismo. El señor M. siempre ha salido intacto de esta
situación limite (no ha tenido ni una enfermedad grave ni la locura),
mientras que su joven esposa, con quien hizo el descubrimiento mutuo de
las perversiones masoquistas, murió de agotamiento consecutivo
a los malos tratos soportados. El señor M. puja muy alto jugando
a un juego de desafío a la muerte.
La función de individuación del Si-mismo sólo puede
realizarse dentro del sufrimiento físico (las torturas) y moral
(las humillaciones); la introducción sistemática de sustancias
no orgánicas bajo la piel, la ingestión de materias repugnantes
(la orina, los excrementos del compañero) muestran la fragilidad
de esta función; la distinción del cuerpo propio y de los
cuerpos extraños se pone en tela de juicio sin cesar.
La función de intersensorialidad es, sin duda, la que mejor se
respeta (lo que explica la excelente adaptación profesional y social
del señor M.).
La función de sostén de la excitación sexual y la
de recarga libidinal del Yo-piel están igualmente preservadas y
activadas, mas al precio de los sufrimientos limite que acabamos de evocar.
El señor M. no sale ni abatido ni deprimido de sus sesiones de
prácticas perversas, ni simplemente cansado: Las sesiones lo tonifican.
No llega a la satisfacción sexual ni penetrando ni siendo penetrado,
sino, al principio, por la masturbación, después sólo
por el espectáculo de escenas perversas (por ejemplo, la de su
mujer sufriendo la crueldad de un sádico), acompañado de
una excitación de toda su piel sometida también a castigos.
«Toda la superficie de mi cuerpo era excitable por medio del dolor.»
«La eyaculación llegaba en el momento en el que el dolor
era más fuerte... después de la eyaculación, sufría
sin más» (33).
La función de inscripción de los signos está sobreactivada.
Numerosos tatuajes cubren el cuerpo entero, exceptuando la cara; por ejemplo,
sobre las nalgas: «Cita con las buenas colas»; sobre los muslos
y el vientre: «Viva el masoquismo», «Soy una perra cachonda»,
«Servíos de mi como de una hembra, os lo pasaréis
muy bien», etc. (34). Todas estas inscripciones
atestiguan una identificación específica con la anatomía
femenina, con erogenización del conjuto de la superficie de la
piel, y la invitación a hacer gozar al compañero por diversos
orificios (boca, ano) por los que él mismo no goza.
Finalmente, la función que he llamado tóxica del Yo-piel
(es decir, autodestructiva) llega al paroxismo. La piel se convierte en
la fuente y el objeto de los procesos destructores. Pero la escisión
de las pulsiones de vida y de las de muerte no es más que pasajera,
a diferencia de las psicosis, en las que es definitiva. En el momento
en que el juego con la muerte se convierte en suicida, el compañero
detiene sus malos tratos, la libido opera una vuelta a la cargo «salvaje»,
y el Señor M. puede disfrutar.
Ha tenido siempre, al menos, bastante olfato psicológico para elegir
a tales compañeros: «El sádico se desinfla siempre
en el último momento», cuenta (35). Deseo
de omnipotencia, comenta Michel de M'Uzan. Quiero
precisar: la búsqueda de una omnipotencia en la destrución
es, para el masoquista perverso, la condición para acceder a una
fantasía de omnipotencia erótica, necesaria para desencadenar
el placer: la piel no está completamente arrancada, las funciones
del Yo-piel no están irreversiblemente destruidas, su recuperación
realizada in extremis en el momento de su pérdida, produce una
«asunción jubilosa» mucho más intensa (porque
es a la vez corporal y psíquica) que la descrita por Lacan en el
estadio del espejo, pero cuya economía narcisista es también
evidente.
Espero haber demostrado que estos mecanismos de defensa, de sobra conocidos
(escisión de la pulsión, vuelta contra si mismo, vuelta
de lo escindido, sobrecarga narcisística de funciones psíquicas
y orgánicas heridas) sólo funciona con tal eficacia en un
Yo-piel especial que provisionalmente ha adquirido las nueve funciones
fundamentales, que revive repetitivamente una fantasía de piel
arrancada y el drama de la pérdida de la casi totalidad de estas
funciones para obtener, igualmente, un placer con la exaltación
de sus reencuentros. La fantasía (necesaria para la evolución
hacia una autonomía psíquica) de tener una piel propia permanece
profundamente culpabilizada por la fantasía previa de que es necesario
tomarla de otro para tenerla para si, y de que es mejor aún dejársela
tomar por el otro para proporcionarle placer y para, finalmente, obtenerlo
para sí mismo.
Notas:
1- Jean Laplanche. Vida
y mueerte en psicoanálisis. Amorrortu, Bs. As.,1970.
2- Imre Hermann. l´ínstinct filial. Denöel.
Paris,1930.
3- Freud,S. El Yo y el Ello. Amorrortu Editores. Bs.As.
1978.
4- Pasche. Le Bouclier de Persée. En "Revista
francesa de psicoanalisis" 35 nº 5-6. Pag. 850-870
5- Winnicott, D. Líntegration du moi ou cours du
developpement de lénfant en "Processus de maturation chez
l´énfant". Payot. Paris, 1970. p. 12-13.
6- Sami-Ali. Espacio imaginario. Amorrortu ediciones.
Bs.As, 1974.
7- Cf. mis dos monografías, «De l'horreur
du vide a sa pensée: Pascal» y «La peau, la mere et
le miroir dans les tableaux de Francis Bacon», reproducidos en Le
Corps de l'ouvre(Anzieu D., Gallimard. Paris 1981)
8- Grotstein. Splitting and projective identication. Jason
Aronson. New York,1981.
9- Agradezco a Annick Maufras du Chatellier el haberme
hecho conocer este texto y el haberine proporcionado la traducción
francesa.
10- R. Kaes. Introduction à l´ànalyse
transitionnelle en Crise, rupture et dépassement. Dunod. Paris,1979
11- Getsemani (p. 193)
12- Freud. S. El block maravilloso. Amorrortu Editores.
Bs.As. 1978
13- Frances Tustin. Autisme et psychose de lènfant.
Seuil, Paris,1972
14- E. Bick. L´experience de la peau dans les relatins
d´objet précoces en "Explorations dans le monde de l´autisme".
Meltzer, D.. Payot. Paris, 1980.
15- W. Reich.
16- Freud, S. Lo ominoso. Amorrotu Editores. Bs.AS, 1978
17- Meltzer, Explorations dans le monde de l´autisme.
Payot. Paris, 1980. 1975.
18- cf., Las «barreras de contacto» del «Proyecto»
freudiano de 1895. Ver Freud, S. Proyecto de psicología para neurólogos.
Amorortu Editores. Bs.As. 1978
19- Piera Castoriadis Aulagnier. La violence de l´interpretation.
P.U.F..Paris,1975.
20- F. Pasche. Le bouclier de Perseé. En "Rev.
Franc. Psychanal." 35 nº 5-6, pag. 859- 870
21- Winnicott, L´íntegrationdu moi ou cours
du developpement de lénfant en "Processus de maturation chez
lénfant". Payot. Paris, 1970. p. 12-13
22- Bettelheim, B. Le blessures symboliques. Gallimard.
Paris, 1971
23- Jean Dausset [cita faltante]
24- Spitz. De la naissanche à la parole. Le premiere
anneé de la vie. P.U.F..Paris, 1968
25- cf. D. Houzel, 1984 a [cita faltante]
26- Paul Wiener. Structure et processus dans la psychose.
P.U.F..Paris,1983
27- D. Anzieu. Sur la confusion primaire de l´anime
et de l´animé. Un cas de triple méprise. En Nouv.
Rev. Psych. Nº 25. Pag. 215-222
28- cf. D. Anzieu. Le transferet paradoxal. En Nouv.Rev.
Psychaanal. Nº9 p.57-71
29- Agradezco a mi colega, Francois Vincent, psicofisiólogo,
que haya llamado mi atención sobre ellas.
30- N. de la T.: en el original phérormonas. término
creado por las lenguas anglosajonas para designar las sustancias que los
animales excretan para la comunicación
31- Michel de M'uzan. Un cas de masochisme pervers, en
obra colectiva "La sexualité perverse". Payot. Paris,
1972
32- Anzieu,Yo-piel [falta cita]
33- Michel de M'uzan Un cas de masochisme pervers, en
obra colectiva "La sexualité perverse". Payot. Paris,
1972, p. 133-134
34- Michel de M'uzan. Un cas de masochisme pervers, en
obra colectiva "La sexualité perverse". Payot. Paris,
1972, p. 127
35- Michel de M'uzan. Un cas de masochisme pervers, en
obra colectiva "La sexualité perverse" . Payot. Paris,
1972. p. 137
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