HISTORIA
Y TEORÍA SOCIAL
Peter Burke / Traducción Horacio Pons
Amorrortu Ed., Buenos Aires, 2008
River-Boca
de las ciencias sociales, la competencia entre historiadores y sociólogos
suele dirimirse mediante lugares comunes, muchas veces groseros.
Los primeros juzgan a los segundos como tipos “que enuncian
lo obvio en una jerga bárbara y abstracta, carecen de todo
sentido de lugar y tiempo, encasillan sin piedad a los individuos
en categorías rígidas y, para colmo, describen estas
actividades como ‘científicas’”. A su turno,
los sociólogos ven a los historiadores al modo de “recolectores
de hechos, aficionados y miopes, sin ningún sistema, método
o teoría, y estiman que la imprecisión de su ‘base
de datos’ sólo se compara con su incapacidad para analizarla”.
Al recuperar la compostura, tirios y troyanos caen en la cuenta
de que tamaña división se sostiene únicamente
en las tradiciones académicas, pues los títulos de
los estudiantes deben decir algo. Por fortuna, hoy por hoy la rigidez
de esas disciplinas se ha diluido en el caldo interdiscursivo aportado
por la antropología, la lingüística, la semiología,
la economía, la psicología, la crítica literaria,
la filosofía, en fin, hasta la topología y la geografía.
Renovadas brisas que hicieron a estas ciencias despegarse del corset
universitario y pasar a definirse por los respectivos marcos teórico-metodológicos:
prepotencia de producción, diría Roberto Arlt.
Ya de acuerdo en que es tan buena idea interiorizarse en cómo
funciona una sociedad, como la manera en que se escribe su devenir,
el catedrático se Sussex y Cambridge Peter Burke, sistematizó
disyuntivas y convergencias a principios de los ’60. Ensayo
convertido rápidamente en libro de texto, aquel pionero Sociología
e Historia resignificó la labor de los especialistas, pateó
traseros y abrió puertas. Casi medio siglo después,
con la oleada interdisciplinaria, otra vez todo volvió a
dejar de ser lo que era y Burke se lanzó a actualizar su
obra clásica. Más desenfadado y suelto de cuerpo,
se percató que no bastaba con una revisión, de modo
que escribió otro libro, éste Historia y Teoría
Social que, con cinco años de demora, arriba a estas playas.
Una bicoca la tardanza si se revisa la profusa bibliografía
que Burke comenta y que por aquí no se conoce ni de mentas.
Lo que hace a esta obra tanto “una guía de conversación
introductoria” como “un juego básico de herramientas
adecuadas para algunos de los errores básicos en el análisis...”.
En la cresta de la ola se ponen en cuestión conceptos vapuleados
por el sentido común, naturalizados por los mass media, cuando
no naturalizados por las craneotecas orgánicas del establishment:
comunidad, identidad, clase, estatus, capital, movilidad, intercambio,
centro, periferia, desarrollo, poder, corrupción, ideología,
sociedad civil, público, privado, transculturación,
sincretismo, mito, memoria, cultura, su ruta...
No menos detestado por la caverna historiográfica conservadora
que por la ciénaga sociológica interaccionista del
todo-tiene-que-ver-con-todo, Burke abona tales animosidades al sostener,
sin ir más lejos, que la ciencia social participa “como
los novelistas y los poetas, en la actividad de la ficción;
en otras palabras, también ellos son productores de ‘artefactos
literarios’ de acuerdo con reglas de género y estilo
(sean concientes de estas o no)”. Simpáticas provocaciones
que no obstante nada le restan a la seriedad del desarrollo. Por
el contrario, le habilitan incluso a tomar posición: tras
simplificar –adrede, a los fines ejemplares- las dos principales
corrientes teóricas en los evolutivos y los partidarios del
conflicto (donde hace del nombre de autor, sustantivo: Spencer y
Marx) propone una “tercera vía” a la Blair: “...lo
más útil es ver la relación entre cultura y
sociedad en términos dialécticos, y considerar que
una y otra son a la vez activas y pasivas, determinantes y determinadas.
De un modo u otro, la construcción cultural debería
verse como un problema y no como un supuesto...”. Lo que se
dice: (re)nace un clásico. Colabora la traducción
de Horacio Pons.
EN
TORNO A LOS LIMTES DE LA REPRESENTACIÓN. EL NAZISMO Y LA SOLUCIÓN
FINAL
Saúl Friedlander (comp.)
Universidad nacional de Quilmes, Bs.As., 2007
Holocausto,
Solución Final, Shoá, judeicidio, exterminio, genocidio,
y tantas otras expresiones no alcanzan para abarcar la extensión
y profundidad histórica de lo cometido por los nazis contra los
pueblos judío, ruso, gitano; discapacitados, homosexuales, en
fin, diferentes. Ese (¿cómo llamarlo?) acto se hace paradigma
tanto de todo hecho similar anterior (europeos contra pueblos americanos
originarios, turcos contra los armenios, japoneses contra chinos y van...)
como posterior (Videla, Pinochet, Milosevic, Bush, etc.). Los efectos
de la masacre en las víctimas (que van de los individuos directamente
implicados a las sociedades que los contienen) así como las lógicas
materiales e ideológicas de los victimarios siguen siendo estudiadas
por la sociología, antropología, lingüística,
historia, semiología, psicoanálisis, epistemología;
es decir, diseccionada de modo de abarcar mecanismos que sirvan al modo
de fusibles, advertencias, anticipaciones; nunca naturalizantes ni legitimizaciones.
Tarde (tres lustros) pero seguro, la Universidad Nacional de Quilmes
trae uno de los trabajos teóricos tan clásico como fundamental
que precisamente explora los marcos de producción e interpretativos
determinantes en los relatos y estudios sobre lo que Peter Haidu –uno
de los más lúcidos participantes del proyecto- en su análisis
del discurso de Himmler da en llamar, en una propicia solución
de compromiso, el Suceso. Junto con La destrucción de los judíos
europeos de Raoul Hilberg (que demoró 44 años en traducirse
al español) los dieciocho ensayos reunidos dentro de En torno
a los límites de la representación. El nazismo y la solución
final, constituyen un arco referencial fundante en la reflexión
de una temática que –notablemente, como lo destaca en indispensable
prefacio de Alejandro Kauffman- ostenta una marcada desproporción
entre las publicaciones testimoniales y los ensayos científicos.
De la mano del historiador Saul Friedlander (Praga, 1932), el volumen
convoca especialistas abocados a incursionar en ese terreno inefable
allí donde guardan “una relación directa con la
forma en que la cultura contemporánea remodela la imagen del
pasado”. Con la generosa amplitud del sobreviviente, Friedlander
impulsa un ciclo académico con expresiones de gran diversidad,
incluyendo opiniones que el compilador no comparte, y las convierte
en un documento que da varias veces la vuelta al mundo en sus sucesivas
traducciones. Ciencia, ética, producción artística,
se anudan en la disección de las conceptualizaciones judiciales,
parámetros historiográficos, narrativa, crítica
a los trabajos clásicos de Apel y Habermas, alternativas epistemológicas,
efectos traumáticos, crímenes médicos, manifestaciones
cinematográficas, recortes ideológicos, la poesía
de Celan, la dialéctica de des-subjetivación, en fin,
todas o casi todas las perspectivas que a su vez abren nuevos senderos
de investigación.
Constreñida entre la “banalidad el Mal” de Hanna
Arendt y la imaginaria proscripción de hacer poesía después
de Auschwitz (en rigor T.W. Adorno jamás hizo tamaña afirmación
sino “... después de Auschwitz, escribir un poema es algo
barbárico...”, lo que es muy distinto) la exploración
sistemática del Suceso cayó en una suerte de paralización
fóbica que solo despertó con la generación de las
nuevas nacionalidades tras la caída del Muro de Berlín.
La compilación propulsada por Freidlander es el hito inicial
para todo aquel que jamás confunda relato testimonial con explicación.